Presentación de Sesenta metros cuadrados

Realizada por Adolfo Burriel Borque el 10 de mayo de 2018 en la librería Los Editores de Madrid

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Aunque no sea lo más razonable, comenzaré por la conclusión diciendo que Sesenta metros cuadrados es una excelente novela. Ya puesto, diré que resulta sorprendente ver cómo un escritor novel (aunque ya diera los primeros pasos con aquella “Paralisa”) ha sido capaz de completar un texto que, en mi opinión, lejos de los elogios que se supone que siempre debe usar un presentador, se sitúa entre las obras más interesantes y mejor construidas que he leído en mucho tiempo.

Y ahora que ya lo saben lo que pienso, me explicaré.

La novela se desarrolla casi por entero en una cabaña de Jokkmokk, un municipio de Laponia, de unos 10.000 Kilómetros cuadrados (como Asturias, para entendernos), pero de tan solo 6.000 habitantes. La cabaña, sola y rodeada de bosques, con un río y un lago cercanos, tiene 60 metros cuadrados, sauna incluida,. Sus más cercanos vecinos –lo cual no quiere decir en estas latitudes que sean vecinos lejanos- están a unos 20 kilómetros. Pronto sabremos que Jokkmokk forma parte del territorio Sápmi, casi lo que nosotros -ignorantes de tantas cosas- llamamos esquimales. Se trata, pues, de un sitio aislado, solitario, pequeño, en medio de la nada naturaleza, fuera del mundo habitual de nuestros pensamientos y hábitos, donde no hay internet ni televisión –sí un viejísimo teléfono móvil, y una grabadora de mano. Habrá luego también, no al principio, un tocadiscos-. Y allí, Laura, una española sola, de 35 años, ajena hasta ahora a estos amplios, amplísimos vacíos, que necesita de un proveedor semanal si quiere disponer de calefacción y comida.

Este es el marco de la novela.

La otra razón de ella, lo que podríamos llamar su contenido, hay que encontrarlo en las grabaciones que Laura lleva a cabo de forma esporádica. Porque, en realidad, la historia es simplemente eso: las experiencias, los recuerdos, las idas y venidas, los pensamientos, los sueños, las tristezas y las alegrías, los amores y desamores, los encuentros, los paseos y las sorpresas de Laura, contadas a una grabadora en la soledad de una cabaña sola.

Alrededor –o dentro- de tan escasos recursos, hay también unos pocos personajes: los del entorno de la protagonista, los reales de sus recuerdos, amores y pesares, y esos otros, sobre todo imaginados, que llegan a sus sueños.

Y con este ligero material, tan descargado de tumultos y de argumento, Miguel construye una narración ejemplar, plagada –ahora, sí, nada vacía- de situaciones, de mundos, de reencuentros, de esperanzas, de cariños, también de dudas y desasosiegos.

La novela avanza en círculos que se expanden, como si se tratara de la piedra que echamos al agua, que deja el golpe de su señal, un minúsculo punto, pero que, de inmediato, expande su presencia en progresivos círculos concéntricos hasta ocupar una extensa superficie.

Por la novela pasan con la sutileza y la perfección del buen narrador (en el fondo, es algo que preveíamos desde el comienzo y que pronto llega de lleno), los terrores de una civilización absorbente, que entierra la vida y la creación, que arranca a las personas de sus deseos y búsquedas, que nos ata a sus pilares, incomprensible pero inevitable, agotadora e implacable, ajena pero nuestra, postmoderna y multinacional, con psicólogos y planes estratégicos para el bienestar laboral, jornadas inacabables, trabajos imposibles, coordinaciones impensables, y solo sujeta a los designios de ojo que todo lo ve. A los designios de quien manda, de quien dirige, de quien obra y obliga. Ese dios inexpugnable que acaba escribiendo nuestra vida sin que nosotros sepamos lo ajenos que somos a ella. Esa civilización es también, en cierto modo, la que mató a los padres de Laura en un accidente de coche, la que rompió aquellos amores suyos que se quedaron en sueños inacabados, la que partió esas otras amistades que nunca llenaron la amistad. Y frente a ello, como contraste radical, un mundo lejano, blanco, amplio y no contaminado, con cielo de auroras boreales y caminos capaces de perderse fuera de casi todo, inabarcable, solitario y sin mandatos, perdido y olvidado, casi libre, si la libertad pudiese entenderse. Esa especie de contraposición entre la civilización (esa civilización explotadora y esclavizante, claro) y la naturaleza o, si se prefiere, entre la huida y los encuentros, es una de las señas de identidad de la novela.

Naturalmente, en este panorama, la novela lo que cuenta es la huida de la protagonista. Pero uno no huye sin más ni del todo del bien y del mal, de sus memorias y recuerdos. Huye de lo visible, sea propio o ajeno, no huye de lo invisible.

Y ahí están para saberlo –a ellos me referiré en primer lugar- los sueños de Laura por donde  llegan, no solo el pasado conocido, sino también muchas de las partes no explicadas de lo vivido. A mí, esos sueños (algunos, contados con una perfección muy alta, y una forma narrativa muy sugerente, de la que luego diré algo) me llevan hasta esa rara y asombrosa sensación que se percibe cuando se busca lo inaprensible, lo desconocido, lo viejo y lo vivido (los recuerdos vividos es a lo largo dela historia una constante necesaria del texto), también lo temido y espantado, todo eso que compone lo largo y lo ancho de nuestra vida. Y me parece que merecen mucho la pena, que dejan una imagen entrevista, pero no por ello menos palpable, de una especie de pasado que se recrea en los paisajes interiores de la infancia, en el sabor de la tierra pisada, contrastado con el mundo de Jokkmokk, que, en este caso, es como una representación del mundo despojado de mitos. Personajes reales como el padre poeta de Laura (también la madre y la hermana), el cura don Aurelio, el tío Darío, y personajes que nacen del recuerdo y el sueño, que se crean en la mente gracias a lo escuchado y percibido y que son un itinerario que nos descubre cómo nos componemos de visiones y datos, de cultura y orígenes. San Antonio Abad y el jabalí que le acompaña, el gran santo y su mascota –a la que yo veo, dicho sea de paso, como un mundano eslabón teológico-, el gran santo que a sus 95 años se hace disidente del arte de la culpa y del martirio interior, la gran conversión de San Antonio Abad, el Moreno de La Seca, santo hereje refugiado en Santa Marina en Sobradillo para evitar a la Inquisición, la falsedad de san Atanasio, padre incuestionable de la Iglesia… La reforma de la Iglesia, con Juliana la beguina en Sobradillo convenciendo a Catalina, el conventículo del hospicio convertido en refugio de la nueva reforma…

La novela recibe también los mundos visibles exteriores. No  voy a entrar en muchos pormenores porque me alargaría en exceso y por muchos detalles que cuente no sustituiré, ni de lejos, a los que percibirán cuando lean la novela. Pero sí es importante hablar, en este mundo de concentricidades –si se me permite la palabra- cómo la escapada y la soledad de la protagonista no excluye los mundos cercanos, las otras presentes realidades. Y así es como tiene una importancia especial en el texto la consideración de los refugiados, de los expulsados por las guerras, el hambre y la muerte, algo que nos obliga a pensar en un conflicto tan presente y terrible y que pone en duda la razó de nuestras justificaciones. Las historias de Mahmoud y Hamed, que convierten muchas veces el limpio paisaje en una denuncia, pero, a la vez, en una composición de igualdad y universalidad. Incluso las de Gunnar y Saúl; las contradicciones entre el progreso –en este caso las minas- y el territorio; la militarización de los espacios vacíos (aunque una parte del pecado, por otro lado, verdadero, anide en las paranoias de Gunnar); los encuentros colectivos de los pueblos (cómo no recordar aquí el capítulo 38, casi al final, con la excursión colectiva, una excursión de pueblos y gentes, envuelta entre los múltiples idiomas y las varias culturas, y aterrorizada por los aviones de guerra); la solidaridad y la amistad, y hasta el amor, en la que son indispensables personajes centrales de la trama Gunnar y Niklas, que merecen una atención particular, o Rebecka y Eva que también la merecen, y de las que no voy a insistir para no alargarme en exceso.  Y, cómo no, la presencia de los pueblos indígenas, del pueblo sámi, habitante y señor de estas tierras inhóspitas y receptoras de gentes. Hasta hay algunos momentos en los que se cuelan vagas demandas de independencia (no miren a Cataluña, que no va la cosa por esos lados).

Vuelvo, como decía al principio. Estamos ante una gran novela, no ante una novela o un escritor que promete.

Es muy complicado, solo al alcance de un gran narrador, componer una historia con armazón y con cuerpo usando tan pocas herramientas. O si queremos decirlo más exactamente: componer una historia sin historia, y hacer que tenga cuerpo y alma lo narrado. Además, y junto a ello (y eso es muy importante), hay páginas, en mi opinión, que dan fe suficiente de lo que es ser un buen escritor: ese capítulo 16, del 13 de agosto, con los recuerdos del papá poeta, con San Antonio Abad hecho imagen primero, (que es lo que era), luego ya personaje, con las otras gentes de la casa, es un ejemplo de hermosa narración. O el capítulo 38 del 17 de febrero del 2015, al que ya mencioné más arriba, casi al final, en el que los presentes se entrecruzan en razas e idiomas, pensamientos y experiencias, donde se consigue dar un especial tino y armonía a esa composición solidaria de variedades. O El gran sueño del capítulo 30 del 2 de noviembre… y otros capítulos más, claro que más. Ya los primeros y breves capítulos primeros son un aldabonazo potente de buena escritura y de bien compuesta introducción narrativa.

Sesenta metros cuadrados hace inevitable hablar de Marcel Proust, uno de los padres, en todo caso uno de los escritores más influyentes, de la novela moderna. Y no porque la novela moderna no sea deudora de la gran narración del siglo XIX –Balzac, Zola, Víctor Hugo… o los rusos como Dostoievski, o los mismos españoles como Galdós-, sino porque a la narración montada sobre una trama, donde los personajes mostraban, en enramados sucesos, sus pensamientos y deseos, sus actos y malicias, Proust añadió –o colocó-, más que un argumento, la necesidad de buscar a los personajes desenterrando de la memoria que guarda lo sucedido aquel otro presente que no somos capaces de asumir o de entender. El Tiempo, como personaje decisivo, la Memoria como parte de la realidad. Pasado y presente como algo simultáneo, que viven en la misma dimensión, que se cruzan en la misma y única verdad. En la misma y única realidad.

Uno no puede sino encontrar paralelismos entre la memoria vivida de la que Sesenta metros cuadrados hace causa repetida, a medida que avanza la obra, y el Tiempo recobrado, que es el título de la última parte de A la busca del tiempo perdido de Proust.

En sesenta metros cuadrados, el uso del tiempo, la complejidad de cómo el pasado se integra en el presente de Laura, la forma, a través de los recuerdos (muchas veces nacidos de los sueños), de cómo se crea el presente de la protagonista, está tan bien construida, que, yo creo, que convierten a la novela –y este es un dato más- en una obra extraordinaria. Porque la construcción del texto y el desarrollo de la historia –con idas atrás y llegadas al presente, con saltos y caídas, sin orden aparente, pero edificando todo con la precisión de un buen arquitecto (a lo mejor, en este caso, habría que decir de un buen matemático) es extremadamente complicada, y hubiera sido fácil caer en un cierto desbarajuste de sucesos donde los tiempos pasados y presentes no se unifican en un discurrir equilibrado, sino que se solapan y se sustituyen, se enredan y se descomponen. El propio Proust, al hablar de su obra, decía, más o menos, que había trabajado como se trabaja una catedral: hay un proyecto inicial, pero los tiempos y los hechos van cambiando las ideas y surgen nuevas razones hasta entonces ausentes, se alteran los hechos que dan sentido y forma a todo aquellos que parecía perfectamente planeado.

En Sesenta metros cuadrados los acontecimientos no llegan en el tiempo que les corresponde, van entrando en la novela sin pausa ni presión, sin romper la unidad, y cada uno en su momento, que no es el momento en que pasaron. De nuevo, espacio (la novela) y tiempo (el presente y el pasado) se unen paso a paso hasta construir la catedral impensable.

No quiero cansar más, porque mi única pretensión es decir que Sesenta metros cuadrados es una excelente novela. Y dejar constancia de que estamos –estáis- ante el nacimiento de un gran novelista. No dejéis pasar la oportunidad de disfrutar del libro y de descubrir algo nuevo y magnífico, que es también otra forma de disfrutar. Me vais a agradecer que os lo haya dicho, se lo vais a agradecer mucho más, claro está, a Miguel.

Adolfo Burriel Borque

10 de mayo de 2018, Madrid