Sesenta metros cuadrados. Capítulo 15

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QUINCE

Sábado, 9 de agosto

El problema, mi problema, fue la fusión. Dos empresas que funcionaban más o menos bien, que tenían beneficios y unos equipos de trabajo estables dentro de lo que cabe, que competían un poco en ciertas actividades, pero no en todas, ¿por qué deciden fusionarse? La decisión la tomaron vete tú a saber dónde, seguramente en Roma o en París, que es donde estaban las sedes centrales. La de mi empresa en concreto, en Roma, y yo ya me había acostumbrado a ir por allí como mínimo una vez al año a la cena de Navidad. Con el ascenso, seguramente me tocaría ir más, y no descartaba que algún día me propusiesen un traslado. Había ensayado mi respuesta. Primero hacerme de rogar, contar las muchas cosas que me ataban a Madrid, mentira todas, y presionar un poco para que me compensasen el esfuerzo con un buen aumento de sueldo. Sí, me había imaginado viviendo allí, tampoco demasiado, pero sí lo suficiente como para llevarme un chasco cuando una mañana, al abrir el Outlook, me encontré con un correo electrónico del director gerente de la empresa, no el de Madrid, sino el de lo más alto de todo, el de Roma, anunciando la fusión con la otra empresa, la de la sede en París, que tenía sus oficinas de Madrid, en un edificio al lado del nuestro, en el mismo parque empresarial.

Aquella mañana, se formó un corrillo más grande de lo habitual alrededor de la máquina de café; había algunos que decían que esto se veía venir, que últimamente habíamos hecho muchos proyectos juntos con resultados muy buenos para las dos empresas, es decir, con menos costes y más beneficios. Se veía venir la fusión; lo siguiente que se veía venir, y eso no solo lo decían algunos, sino que es lo primero en lo que pensamos todos en cuanto leímos aquel correo electrónico, eran recortes. Los llamarían reorganización, reestructuración, modernización, optimización o algún otro nombre cursi mal traducido del inglés, pero lo llamasen como lo llamasen implicaría despidos.

¿Y yo? Recién ascendida y con gente a mi cargo. ¿Eso era bueno o era malo? No lo sabía. El primer café me lo tomé allí, al lado de la máquina, escuchando a los que parecían saberlo todo; luego, me saqué otro de la máquina y me lo llevé a mi cubículo. No hacia ni siquiera dos meses desde que me habían trasladado allí y ya me había acostumbrado tanto a la privacidad de esas cuatro paredes que no me explicaba cómo podía haber trabajado tantos años en la otra sala, siempre rodeada de gente. Entrar con mi café en la mano y cerrar la puerta me hacía sentir un poco como en casa. «¡Trampa, trampa!», pienso ahora. ¿Cómo va a ser eso una casa? Piqué el anzuelo y me lancé de lleno a la hoguera a quemarme por la empresa. Y todo porque me habían dado un cubículo minúsculo sin ventanas y quería demostrar que me lo merecía más que nadie.

Abrí otra vez el correo electrónico del superjefe de Roma y, ahora sí, me fijé un poco más en los detalles. Pronto recibiríamos información de cómo afectaría la fusión a nuestros distintos proyectos y de cómo sería la configuración de los nuevos equipos de trabajo. Las instrucciones nos las darían nuestros jefes más directos. Pronto. Bueno, tan pronto no podía ser, porque si los detalles tenían que ir descendiendo, desde el director gerente en Roma, paso a paso en la jerarquía de la empresa hasta llegarme a mí, entonces la cosa iba para rato. Guardé el correo electrónico en la carpeta de Esperando instrucciones; sí, tenía carpetas para todo, y pasé al siguiente correo: un informe que necesitaban en el departamento de ventas y que me volvían a pedir a mí pese a mi explicación detallada de por qué de ese tema se tenían que ocupar en la oficina local de Valencia y no en la central de Madrid. Me enfadé, pero como no tenía ganas de volverles a escribir para decirles lo mismo, me puse a redactar el informe de mala gana.

No escribí más de dos líneas. Me acuerdo perfectamente de aquel informe porque fue la primera vez que me quedé parada y bloqueada, como si me hubiesen robado toda la energía del cuerpo, como si funcionase con unas pilas colocadas detrás de las orejas y me las hubiesen quitado de repente. Y así me quede: con la cabeza girada, mirando a la ventana que no tenía, es decir, mirando a la pared, al calendario con el logo de la empresa y al reloj redondo de IKEA. Atontada, con el ratón en la mano y el cursor parpadeando en la pantalla.

Y pasaron los minutos. Pasó una hora, dos, tres, pasó incluso la hora de comer y no espabilé hasta que no sonó el teléfono del despacho a media tarde. Mi jefa, que no me había visto en el comedor a mediodía y quería hablar conmigo lo antes posible. De la fusión, claro. Sí, por supuesto que podía estar en su despacho en cinco minutos. En ese momento, al colgar, tomé conciencia de la hora que era y de que algo muy raro había pasado. Me había quedado paralizada, embobada y fuera de juego durante varias horas. Pero ya pensaría en eso más tarde; primero, tenía que cruzar la oficina de punta a punta y llegar al despacho de mi jefa con la mente despejada para escuchar los detalles de la fusión.

Eran buenas noticias, me iba a hacer cargo de un equipo de más gente. El mismo tipo de puesto, pero prácticamente multiplicado por dos, con el doble de recursos, de proyectos y con un aumento de sueldo del veinticinco por ciento. No, el sueldo no lo multiplicaban por dos, pero, aun así, era un buen aumento. No habían pasado ni dos meses del anterior ascenso y, de repente, me encontraba con esto. Intenté disimular mi sorpresa, pero no coló. Me alegré, claro que me alegré, y aunque ahora al pensarlo no me alegro, sería mentira negar que en aquel momento me puse muy contenta.

La nueva empresa, la fusión, ya no tendría la sede ni en París ni en Roma, sino en Irlanda, por cuestiones de impuestos y leyes de la Unión Europea. En Dublín. Pero mi puesto seguiría en Madrid, al menos de momento. Volví a mi cubículo intentando disimular la sonrisa y pensando en el siguiente paso: una reunión con mi equipo para explicarles los cambios. Lo más complicado iban a ser los despidos.

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