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DIECISÉIS

Martes, 13 de agosto

He salido a pasear por la orilla del río. El domingo, Gunnar me explicó cómo llegar desde la cabaña hasta un sendero que va al lado del río y en dirección a las montañas. El sendero empieza, de repente, en una pequeña explanada y continúa muchos kilómetros hacia el oeste hasta juntarse con otros senderos más transitados por excursionistas, ya en la montaña, en la zona de Kvikkjokk.

Después de desayunar y de hacer un poco de gimnasia, he salido de casa con las indicaciones de Gunnar en un papel y no he tardado ni veinte minutos en llegar a la explanada. Estaba segura de que no iba a ver a nadie en todo el paseo. No sé, me han dado tanto la lata con eso de que esta zona está tan desierta que creí que iba a ser imposible cruzarme con nadie. Pero qué va, ahí mismo, en la explanada, había una familia haciendo un pícnic. Uno de los niños estaba bañándose en el río y el otro me saludó con la mano y me gritó: «¡Hej!». Como el niño había roto el hielo, también me saludaron los padres: «¡Hej, hej!». Y yo: «¡Hej, hej!». Después, nos pusimos a hablar en inglés.

Están aquí pasando una semana de vacaciones. El padre vivió los primeros años de su vida en una de las granjas en la orilla del río, en dirección a Kvikkjokk, pero apenas recuerda nada de aquella época, porque antes de que empezase a ir al colegio sus padres le vendieron la granja a unos holandeses y se mudaron a un piso en el centro de Jokkmokk. Al acabar el instituto, él se fue a estudiar a Luleå y de ahí a Gotemburgo, que es donde conoció a su mujer y donde viven ahora los cuatro.

Cuando me quise dar cuenta, ya me habían llenado un vaso con café del que llevaban en el termo y me habían dado un bollito de canela. Tenían mucha curiosidad por saber qué es lo que hacía aquí, y les dije que yo también tenía curiosidad, que realmente no lo sabía muy bien. Les hablé así un poco por encima de mi trabajo estresante, de mi colapso, de mi necesidad de descansar y de que no sé cuánto tiempo me quedaría, pero que de momento estaba contenta. Les hablé de Gunnar, de Niklas y de la cabaña. De la mecedora, la chimenea y los libros de la caja.

Nos despedimos con abrazos. En serio, yo creía que estos nórdicos eran más fríos, pero los cuatro me han dado unos buenos abrazos de despedida. Ellos se metieron en su coche, y yo, en el bosque. Me dio un poco de respeto, ¿y si me perdía? Este ha sido el primer paseo que doy yo sola por un bosque, quiero decir, el primer paseo de verdad, sin contar las vueltas de quince minutos alrededor de la cabaña. Aunque ir siguiendo el curso de un río complica lo de perderse. De pequeña, además de a Sobradillo, íbamos mucho a la sierra: papá, mamá, Inés y yo. Llevábamos un pícnic, como la familia sueca de hoy, o comíamos un bocadillo en algún bar. Íbamos en coche y a mí normalmente no me hacía mucha ilusión el plan. Prefería pasar los sábados y los domingos en casa, remoloneando en la cama y viendo la tele. Aunque el caso es que luego allí, ya en la sierra, no me lo pasaba del todo mal.

Mamá se sabía casi todos los nombres de las plantas y los animales, e Inés se los iba aprendiendo poco a poco, como si fuesen los nombres más normales del mundo. A mí, sin embargo, me entraban por una oreja y me salían por la otra, y de hecho sigo mezclando todos los nombres de las plantas, de los árboles, de los pájaros, de los insectos… de todo. Creo que a mi mente le basta y le sobra con los nombres genéricos: planta, árbol, pájaro, insecto. El resto son detalles para los científicos.

Papá tampoco se sabía los nombres. Inés y mamá bromeaban siempre con eso y le convencían en un momento de que la encina que tenía delante de sus ojos era en un roble, o de que una perdiz era una codorniz. Papá se tragaba siempre la mentira, luego se reía, repetía el nombre dos o tres veces mirando fijamente la planta o el bicho en cuestión, decía que esta vez se lo había aprendido y seguíamos caminando. Si le volvían a preguntar pasada una hora, era bastante probable que ya no se acordase. Y yo tampoco.

Él tenía la cabeza en otro sitio. No es que no estuviese presente allí en la sierra con nosotros, que sí que lo estaba, pero en su cabeza no había lugar para los nombres. Pensaba en otras cosas, o en las mismas cosas, pero de otra manera. Mi padre, aunque de lunes a viernes trabajase en una oficina de la Telefónica, y esa era la versión oficial que yo le contaba a mis compañeros de clase, en realidad era poeta. Un poeta atado al recuerdo y al reconocimiento de la gente de su pueblo, o como mucho, de su comarca. Se había marchado de allí a los dieciocho años y había pasado los siguientes cinco estudiando Filología en Salamanca, viviendo en un piso compartido con tres primos suyos y yendo de visita al pueblo en cuanto ahorraba un poco de dinero para el billete de autobús.

Muchos años después, nos contaba a nosotras los viajes en aquellos autobuses lentos, por carreteras mal asfaltadas y con paradas en los pueblos más minúsculos del camino. Nos lo contaba mientras viajábamos por la autopista, cuando nos quejábamos porque no llegábamos nunca o porque el aire acondicionado no nos llegaba bien a la parte de atrás del coche. Nosotros viajábamos desde mucho más lejos, desde Madrid, pero tardábamos en llegar al pueblo casi lo mismo que él tardaba en aquellos autobuses desde Salamanca: tres horas.

En los viajes que hacía papá desde Salamanca, el aire acondicionado no existía y la calefacción, que sí que había, estaba estropeada la mitad de las veces, así que en invierno no era raro ir con el abrigo puesto dentro del autobús, sobre todo si uno se sentaba al lado de una ventanilla. Pero es ahí donde le gustaba sentarse a papá, para ir viendo el paisaje, y en el paisaje, las señales que le avisaban de que se iba acercando a su pueblo. No las señales de tráfico que decían cuántos kilómetros faltaban para llegar a tal o cual sitio, sino otros indicios, como ciertos bares de carretera o pueblos con nombres imposibles que, a fuerza de pasar una y otra vez por ellos, se iban convirtiendo en lugares reales, con sus plazas, sus vecinos, sus iglesias y sus paradas de autobús.

Cuando el autobús entraba en Sobradillo, él solía ser el único que se bajaba allí, a no ser que viajase con alguno de los primos que también estudiaban en Salamanca, pero sus primos no le tenían tanto apego al pueblo, o al menos no lo demostraban con viajes tan continuos. Les bastaba con las tres visitas de rigor: Navidad, Semana Santa y la semana de fiestas en verano. Para los primos, la vida en Salamanca era una liberación y un alivio, se sentían anónimos y libres de hacer y deshacer lo que quisiesen sin dar cuenta a nadie, felices en su minúsculo piso de estudiantes. Es verdad que la libertad del país dejaba mucho que desear, pero la suya propia, comparada con la que tenían en el pueblo, era una libertad casi sin límites. O al menos así lo sentían. Lo curioso es que papá, habiendo vivido una infancia tan parecida a la de sus primos, no sintiese también eso. Será que en el fondo sus años en el pueblo no habían sido tan parecidos a los de sus primos, o que tenía un carácter muy diferente al de ellos.

Una vez hablamos de esto, poco antes del accidente. Fue una de las últimas conversaciones que tuvimos. Estábamos en el pueblo, en casa de los abuelos, vaciando unas cajas que habían estado cogiendo polvo en un trastero desde Dios sabe cuándo. Me contó que él no había tenido ninguna prisa por irse de la casa de sus padres, y que sin duda lo hizo demasiado pronto, antes de sentirse preparado para ello. Pero tenía que irse. Quería estudiar, y eso pasaba, como mínimo, por Salamanca. No solo es que lo quisiese, también es lo que estaba esperando toda su familia y lo que daban por descontado los profesores del instituto.

Y es que papá era un coco. Sobresaliente en todas las asignaturas y especialmente brillante en Filosofía, Historia y Literatura, todas esas cosas que a mí se me dan tan mal. Desde los primeros cursos, participaba en la revista del instituto con poemas y con crónicas de cosas que pasaban en los pueblos de la región. El abuelo guardaba todos los números y nunca se cansaba de ir a buscar las carpetas y enseñárselos a las visitas desprevenidas. Con los poemas, los artículos y, sobre todo, con los premios provinciales que empezó a recibir cuando apenas acababa de cumplir quince años, papá se convirtió en una joven promesa de la que hablaban los profesores del instituto y los culturetas de la zona.

Le llenaron la cabeza hablándole de todas esas cosas interesantísimas con las que se encontraría en Salamanca, o incluso en Madrid, porque había algunos que le recomendaban que se fuese directamente a estudiar a Madrid, que es donde de verdad pasaban cosas. Le animaban, en fin, a lanzarse a la aventura, a crecer, a quitarse de encima el pelo de la dehesa, pero el caso es que bien entrado el otoño, en Salamanca, pasaban las semanas y él lo que hacía era ahorrar como una hormiguita para poder pagarse el siguiente billete de autobús al pueblo. No sabía qué es lo que le hacía sentirse así, de dónde le venía tanta nostalgia, pero intentaba explicarlo en unos poemas cada vez más complicados y llenos de referencias locales que no entusiasmaban a nadie cuando los leía en Salamanca. Así que pronto dejó de ir a los clubes y recitales de poesía que se organizaban en los colegios mayores y en algunos bares. En Salamanca, mi padre era un estudiante anónimo que iba a sus clases y hacía sus exámenes, pero que por lo demás no llamaba mucho la atención. En el pueblo seguía siendo el Poeta; aunque eran pocos los que habían leído sus poemas, la mayoría empezaron a llamarle así, Poeta, como uno más entre los motes que usaban entre ellos. Poeta por aquí, Poeta por allá, «Poeta, invita a la siguiente ronda»…

Fue también en mitad de aquella conversación, mientras vaciábamos las cajas del trastero y me contaba la poca gracia que le había hecho irse a Salamanca, cuando de repente, en una de las cajas, nos encontramos con esa estatuilla de san Antonio Abad que papá creía que había perdido en una mudanza. Había que devolvérsela a la señora Juana, la hermana de don Aurelio. ¡Sin falta! A papá le entraron las prisas; dijo que como lo dejásemos pasar un invierno más, lo mismo se nos moría la señora Juana. Y al poco tiempo, cosas de la vida, fue la señora Juana la que estuvo en el funeral de mis padres.

Don Aurelio era el cura de uno de los pueblos cercanos, no recuerdo cuál, y al parecer lo fue durante muchísimos años. Vivió siempre con una de sus hermanas y, aquel día, cuando nos presentamos con el san Antonio bajo el brazo, apenas llevaba unos meses muerto; por eso, a quién le devolvimos el santo fue a su hermana. La casa de Juana tenía un llamador de los antiguos, muy bonito, y ningún timbre a la vista. Llamamos unas cuantas veces hasta que nos dio una voz. Luego pasó un buen rato hasta que llegó a la puerta. No la habíamos avisado, así que no tenía preparado nada, pero, en fin, perronillas[1] siempre hay a mano en la casa de una octogenaria en un pueblo de las Arribes. Y café con leche. Yo olfateaba discretamente, maravillada por el olor a limpio. ¿Olería alguna vez así mi casa?

Papá, sin dar más explicaciones, sacó al san Antonio de la bolsa y lo puso encima de la mesa. Cuarenta años de préstamo ya estaba bien. Juana, al principio, no se acordaba, pero al mirarlo de cerca lo reconoció. Tenía dos san Antonios más en casa, pero eran mucho más grandes. Se podía decir que este era un san Antonio de bolsillo. No quería quedárselo, pero papá insistió, un préstamo es un préstamo, así que al final cedió y dijo que aceptaba, lo pondría en la mesilla de noche de su hermano. La habitación seguía tal cual la dejó el día que se murió, y Juana pasaba todos los días a quitar el polvo.

De pie, en la habitación de don Aurelio, mientras colocábamos al santo en la mesilla y lo girábamos una y otra vez decidiendo si debía mirar hacia la cama o hacia la ventana, o quizás mejor al retrato de don Aurelio que había en la pared, papá le contaba a la señora Juana la grata compañía que le había dado el santo durante todos estos años. Yo no sabía si le estaba hablando en serio o no: ¡lo habíamos sacado de una caja polvorienta! Eso lo había visto yo con mis propios ojos, pero papá le hablaba a la señora Juana de recuerdos de muchos años atrás, de cuando se llevó el san Antonio Abad a Salamanca y lo tenía en el escritorio de su habitación. No le rezaba, porque papá nunca ha sido de rezar; de hecho, era más bien tirando a ateo, pero le contó a la señora Juana que, en aquellos años en Salamanca, todas las noches, antes de irse a la cama, le miraba fijamente, y así, según acababa de mirarle, se ponía manos a la obra y escribía un poema de corrido. De ahí salieron los famosos poemas místicos de papá. Famosos solo en el pueblo, pero famosos al fin y al cabo.

Después de haber merendado el café con leche con perronillas y de habernos despedido de la señora Juana lo menos tres veces —porque no nos dejó irnos hasta que no accedimos a que nos diese un chorizo de la matanza de su sobrino—, en el camino a casa, papá me contó cómo conoció a don Aurelio. Y yo puse mucha atención porque la amistad de mi padre con el cura era algo que siempre me había tenido intrigadísima, sobre todo cuando venía de visita a Madrid, con su camisa de cura y esa cosa blanca en el cuello que nunca me acuerdo de cómo se llama. Supongo que vendría a Madrid a hacer otras cosas, pero el caso es que se pasaba por casa a tomar un picoteo.

Resulta que se hicieron amigos en el autobús, en ese que tardaba tres horas en llegar de Salamanca a Sobradillo. Don Aurelio se subió a mitad de camino. El autobús iba bastante lleno y se sentó en el asiento de al lado de mi padre, que aquel día, por casualidad, iba leyendo una biografía de santos, una especie de compilación. Uno de los catedráticos que le daban clase en Salamanca la tenía de lectura de cabecera y la consideraba como una obra literaria de primer orden, más allá del valor religioso que tuviese. Don Aurelio, que necesitaba poca cuerda para entablar una conversación, reconoció el libro y le dijo que su santo favorito era san Antonio Abad. Le contó la historia del santo, y ya de paso la de otros cuantos santos, así de carrerilla. Don Aurelio sabía contar historias, lo hacía de tal manera que luego no se te olvidaba lo que habías oído. De eso sí que me acuerdo.

El viaje fue ameno, don Aurelio también sabía escuchar, y papá se sorprendió a sí mismo contándole lo que no le había contado a nadie hasta ese momento. Que estaba bastante perdido, que no sabía muy bien si iba o si venía, que no le veía mucho sentido a lo que estaba estudiando, que extrañaba el pueblo y, sobre todo, que llevaba cuatro meses sin escribir un solo poema. Lo único que era capaz de hacer era pasar a limpio y retocar poemas antiguos. Entonces fue cuando don Aurelio sacó de su maleta al san Antonio Abad y se lo dio. Le dijo que era un santo muy apropiado para enfrentarse a la soledad y al desarraigo.

A partir de entonces, san Antonio Abad vivió en una de las esquinas del escritorio de papá en Salamanca, acompañado de un bloc de notas y un cubilete con bolígrafos. Y todas las noches, antes de irse a la cama, papá se sentaba frente a frente con el santo y escribía un poema. No faltó a la cita ni siquiera en las noches de fiesta, pocas, en las que llegaba tarde a casa y con unos vinos de más. Algunos poemas no tenían nada más que una línea; otros eran tan largos que le hacía falta empezar un bloc de notas nuevo en mitad del poema. El caso es que la poesía volvió a su escritorio después de cuatro meses de sequía. Pero una poesía diferente, al parecer más complicada y quizás demasiado mística. Bueno, al menos así es como la describía él mismo, porque yo sinceramente no lo sé, nunca he sido capaz de leer sus poemas, místicos o no místicos. Bueno, ni los suyos ni ningunos otros, no me concentro leyendo poesía, me disperso.

Si algo le faltaba a papá para sentirse aún más raro y poco adaptado en Salamanca era escribir poemas místicos en los ratos libres. Pasó el primer curso de carrera y la cosa no mejoró, las vacaciones de verano se las pasó enteras en el pueblo y, al llegar septiembre, retomó la rutina de seguir volviendo por allí todo lo posible. Y así hasta que se murió. Conoció a mamá, cambió Salamanca por Madrid, las clases en la Facultad de Filosofía y Letras por un puesto fijo en la Telefónica, y nacimos nosotras. Y ya está. Madrid no le interesaba. Pasaba por las semanas como de puntillas, pensando en los fines de semana alternos en los que íbamos al pueblo.

¿Y mamá? Pues mamá, feliz. A ella le daba un poco igual un pueblo que otro, pero lo de salir de Madrid y ver campo le apetecía siempre. Ella no tenía pueblo. Había nacido en Madrid, igual que sus padres, y que yo supiese también sus abuelos, o sea, mis bisabuelos. Debe de ser un caso entre mil de madrileña de origen madrileño. No tenía pueblo y se había criado justo enfrente de la parada de metro de Quevedo, rodeada de asfalto y de coches. Así que siempre andaba pensando en salir de la ciudad, y en cuanto podía lo hacía. Sobradillo era el pueblo de papá, es cierto, pero ella acabó por hacerse su propia pandilla, estaba apuntada a un par de grupos de senderismo de la zona y no había fin de semana en que estuviésemos allí en el que no saliese a caminar. Y mi hermana igual: en cuanto se hizo lo suficientemente mayor como para no cansarse al andar, empezó a irse con ella. Así es como se fue aprendiendo todos los nombres de árboles, de pájaros y de plantas que se sabe.

En mi caso, era todo lo contrario. Nunca me apetecía ir de excursión, sobre todo cuando eran excursiones de las de madrugar. ¿Qué sentido tenía madrugar cuando no había que ir al colegio? Por las mañanas, me costaba salir de la cama, no era una de esas niñas que se levantan a las siete de la mañana y se ponen a dibujar, a ver la tele o a incordiar. Me quedaba en la cama, me despertaba y me volvía a dormir, y no recuerdo que fuese aburrido, qué va, casi qué diría que era el mejor momento del día. En Madrid, tenía más libertad para hacer eso, pero en Sobradillo, llegado un momento de la mañana, aunque no tuviese nada que hacer ni hubiese excursión planeada, mi abuela solía venir a despertarme y a sacarme de la cama. No me podía pasar la mañana durmiendo. ¿Y por qué no? Pues porque no, claro y meridiano. Por ejemplo, porque tenía que desayunar y no podía ser que el desayuno se me juntase con la comida. Cuando mi abuela me sacaba de la cama, una de las cosas que a veces se me quedaban a medio hacer era el recuento de agujeros en las persianas, una tarea aparentemente sencilla, pero que rápidamente se ponía complicada porque empezaba a mezclar unos agujeros con otros hasta que acababa perdiendo la cuenta. Dependía del día. A veces bajábamos la persiana a tope por la noche y apenas quedaban agujeros, pero yo procuraba estar atenta y dejar la persiana un poco más suelta para que la cosa tuviese más gracia.

Mamá, a veces, conseguía sacarme de la cama a las ocho y llevarme con ella e Inés a caminar, pero si hacía eso, luego tenía que aguantar mis quejas el resto del día, que si estaba cansada, que si me estaban picando los mosquitos, que quería parar otra vez a comer, que quería volver, que me daba igual si el pájaro que teníamos delante era un buitre o una perdiz. Mamá usaba la técnica de la comparación: me decía que si yo era dos años mayor que Inés y ella aguantaba caminando, entonces yo también tenía que aguantar. Pero yo aprendí a contestar que papá tampoco se iba de excursión, aunque fuese mucho mayor que yo. Al final, llegamos a una especie de pacto, nunca formulado, de que yo iría de excursión las veces en que las que fuese papá. Y eso solía ser en la sierra de Madrid, en alguno de los fines de semana en los que no íbamos al pueblo. Dábamos paseos y nos parábamos a merendar: papá y yo nos aprendíamos el nombre de alguna planta y luego lo olvidábamos en el coche de vuelta a Madrid.

De aquello han pasado como mínimo veinte años, porque recuerdo que me puse en huelga incondicional de excursiones a la sierra a los quince. Desde entonces hasta hoy, puedo contar con los dedos de la mano las veces que he estado en el campo, y pasear sola por un bosque como he paseado hoy no lo había hecho nunca. Después de haberme cruzado con esa familia que me ha invitado a un café, no he visto a nadie más, y he estado andando lo menos cuatro horas. Normal que ahora esté cansadísima y a punto de quedarme dormida aquí en la mecedora. Y mañana verás qué agujetas.

¿Cuánto rato llevo hablando? Se me había olvidado qué lo que estoy haciendo es hablar en voz alta y contarle mis cosas a la grabadora que está en la mesita. Tenía la sensación de estar pensando con los ojos cerrados. Y, bueno, eso es lo que hago, estoy pensando en voz alta, y los ojos los tengo cerrados. Y ahora me callo y me voy a la cama.


[1] ¿Perronillas o perrunillas? Incluso en un mismo pueblo, o en una misma familia, se pueden encontrar apasionados defensores de un término o del otro. Pero parece ser que el padre de Laura decía siempre perronillas (nota del autor).

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