Sesenta metros cuadrados. Capítulo 17

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DIECISIETE

Domingo, 17 de agosto

Por fin he ido a casa de Gunnar, una casa que es como el propio Gunnar: grande, acogedora y sencilla. Y vieja. En realidad, es la casa familiar de los padres de Astrid, los samis, una casa de madera pintada de amarillo y blanco en la orilla de un pequeño lago. Junto a la casa hay dos cabañas y el antiguo establo, que ahora está lleno de trastos. En las cabañas pequeñas también hay trastos. «Todo son trastos —se queja Gunnar—, llega un día en que todas las cosas que uno ha ido acumulando a lo largo de la vida se han convertido en trastos que no le hacen a uno ninguna falta».

Le he dicho que no se preocupe, que también Niklas, que es mucho más joven que él, tiene una cabaña llena de trastos. Le conté que había venido de visita a recoger unas cosas el otro día, el día que estuve con fiebre, y mientras se lo iba contando, me iba mordiendo la lengua. No, no le había contado a Gunnar que me puse mala, ni que Niklas me había traído medicinas, y tampoco pasa nada por no habérselo contado, pero siendo Gunnar mi contacto oficial con la realidad, se me hace raro haber visto a alguien sin que él lo sepa. El caso es que se lo he contado hoy, y hemos cotilleado sobre la abuela rusa y sobre lo bien que habla Niklas el ruso, que me quedé impresionada cuando le llamaron al móvil y se puso a hablarlo. No tengo ni idea de sueco, pero ya reconozco la melodía del idioma, y estaba claro que aquello no era sueco, sonaba a película de espías, a ruso. Aunque si lo pienso bien, todas las películas de espías que he visto eran dobladas, así que los rusos hablaban en español, con acento pseudorruso, sí, pero español al fin y al cabo.

Y no sé muy bien cómo ha surgido la idea de ir hoy a casa de Gunnar. Ha venido con la compra de la semana, nos hemos tomado el café que siempre nos tomamos y, cuando me he querido dar cuenta, estábamos ya en el coche camino de su casa. Creo que me lo ha propuesto así sin más, me ha invitado a cenar en su casa. Lo cual es bastante normal porque llevo ya casi dos meses aquí. Me da la sensación de que si no me lo había propuesto antes, es por mi culpa, por esta manera de ser que tengo que hace que la gente se piense que me van a molestar si me proponen hacer algo. Aunque es cierto que ya fuimos de excursión a Jokkmokk y que yo me comí un pitipana.

Nada más llegar, nos hemos tomado otro café, y Gunnar se ha puesto a preparar la comida mientras yo me he dado una vuelta por la casa. Me ha dicho que si veo algún trasto que me guste que me lo lleve, sobre todo de los que están en el piso de arriba, que si están ahí es porque él no los necesita. Mantener caliente la casa entera sería desperdiciar mucho calor, así que Gunnar ha reducido sus movimientos al piso de abajo y no usa el resto de la casa.

En la planta baja, además de la cocina, están el salón, el taller, una habitación y un baño. El salón es bastante grande y en uno de los lados está la cama. Duerme en el salón porque dice que es donde está más a gusto, y no me extraña: además de la cama, también hay dos sillones de orejas, un sofá, una mesita y una televisión. Y la chimenea. Se nota por el olor que las paredes están recién pintadas, pero a Gunnar ya le ha dado tiempo a volver a colgar un montón de fotografías enmarcadas, sobre todo en la pared que está encima de la cama. La mayoría son fotografías antiguas: de Gunnar y Astrid juntos, de sus hijos cuando eran pequeños y de un grupo de gente mayor con cara de susto que miran fijamente a la cámara y que deben de ser familiares muertos hace ya mucho tiempo. También hay fotos más recientes, con los nietos y con los hijos ya adultos. Tiene dos hijas y un hijo: la mayor, el mediano y la pequeña. Me quedé mirando las fotos tanto rato que cuando Gunnar me avisó de que la cena estaba lista, apenas me había dado tiempo a ver nada de la casa, el salón nada más.

Le quería preguntar a Gunnar por sus hijos, de los que nunca me había hablado, pero antes de que le dijese nada, como si se lo viese venir, fue él quien se puso a hablarme de ellos. Bueno, primero abrió una botella de vino, un vino español para celebrar que por fin había venido de visita, una botella que le trajo su hija Rebecka la semana pasada. Rebecka es su hija mayor; cuando me fue a decir los años que tenía, se dio cuenta de que no lo sabía, pero por supuesto se acordaba del año en que nació, así que echamos cuentas y resulta que Rebecka y yo tenemos la misma edad: treinta y cinco años.

La misma edad pero parece que a Rebecka le ha cundido el tiempo bastante más que a mí, al menos ha hecho muchas más cosas y nunca se ha sentado en un cubículo sin ventanas. Ha trabajado en diferentes empresas turísticas y, además de hacer otras cosas de las que no me he enterado bien por culpa del inglés, resulta que ha pilotado helicópteros, ¡helicópteros! En Jokkmokk se usan bastante los helicópteros: para transportar turistas, para rescatar a gente que se ha perdido por las montañas o para socorrer a vecinos a los que les da un infarto y que viven a cinco horas en coche del hospital más cercano, algunos incluso viven en lugares donde no llegan las carreteras. Otra cosa que hace Rebecka es bucear, ha buceado mucho y ha trabajado como buzo en el puerto de Luleå en tareas de mantenimiento. También ha trabajado en Noruega, buceando y montando plataformas petrolíferas en mitad del mar.

Ahora tiene un trabajo más aburrido, pero también mucho más estable, o eso le parece a Gunnar: ha conseguido un puesto fijo de conductora en los autobuses públicos de la región. Normalmente, hace los trayectos entre Luleå y Piteå o entre Luleå y Jokkmokk. Así que, aunque vive en Luleå, viene bastante por Jokkmokk y se queda a dormir en casa de su padre. Usa la habitación que hay en la planta baja. Gunnar, de todas maneras, duerme en el salón esté o no esté Rebecka. Los días libres suele pasarlos en Luleå, pero esta semana ha estado por aquí el martes y el miércoles ayudándole a colgar los cuadros y a mover los muebles aprovechando que la pintura ya estaba seca. Y trajo el vino.

Después de Rebecka viene Sune, el mediano, que es dos años más pequeño que su hermana. Sune se fue de Jokkmokk al terminar el instituto y, después de pasarse un año trabajando y viajando por Estados Unidos, volvió a Suecia para estudiar Derecho. Al terminar la carrera, volvió a irse de viaje, esta vez a Asia: Vietnam, Camboya, Tailandia, China… Gunnar y Astrid ya se hacían a la idea de que a su hijo le iban a ver poco el pelo cuando les sorprendió regresando, no solo a Suecia, sino a Umeå, una ciudad cercana, nada más que a cuatrocientos kilómetros de Jokkmokk —y en el norte de Suecia, decir cuatrocientos kilómetros es como decir el pueblo de al lado—. Había conocido a una chica en Camboya, pero no a una camboyana, sino a una sueca que llevaba dos meses allí haciendo un estudio de campo para su doctorado. Y el doctorado lo estaba haciendo en Umeå. Así que para Umeå se fue también Sune y en Umeå viven ahora los dos con sus tres hijos. Tres niños.

Al hablarme de ellos, Gunnar se levantó para acercarme una foto suya con los tres. La foto es de la Semana Santa pasada y están los cuatro en el jardín, Gunnar con el nieto más pequeño en brazos y los otros dos agarrados uno a cada pierna. Como en una postal. Y el jardín lleno de nieve. Sí, en Semana Santa todavía hay nieve; la nieve llega en octubre y se va en mayo, o en junio, así que los meses sin nieve como ahora son la excepción. La foto con los nietos está puesta en un marco doble junto a otra foto en la que sale Gunnar con una mujer joven que se le parece mucho en la nariz y en la forma de los ojos. Le pregunto si es Rebecka y me dice que no, que es Lilly, su hija pequeña. En la foto salen los dos muy juntos y cogidos del brazo, la cabeza de Lilly apoyada en el hombro de Gunnar. También están en el jardín y también hay nieve. La foto es de hace cuatro años, unos días después del entierro de Astrid. Es la última vez que se vieron. Lilly vive en Brasil y, aunque no han tenido ningún conflicto, la realidad es que ha roto casi por completo los lazos con su vida en Suecia.

Cuando murió Astrid, Lilly ya vivía en Brasil. Vino para el entierro de su madre, pasó un mes en Suecia y se volvió a Brasil. En Jokkmokk estuvo como máximo una semana, el resto del tiempo lo pasó viajando por Suecia, visitando a amigos y haciendo trámites. Gunnar no tiene muy claro a qué se dedica en Brasil, sabe que al principio se fue para allá con la empresa Scandia, pero al segundo o tercer día después del entierro de Astrid, en esos días en los se quedó con él en casa, le contó que había dejado de trabajar para Scandia y que ahora se dedicaba al transporte de maderas para una empresa brasileña, aunque no sabía si iba a quedarse en la empresa por mucho tiempo. No le habló de ninguna pareja, ni de planes de ningún tipo, ni de si planeaba quedarse mucho más tiempo en Brasil o si pensaba volver a Suecia, y Gunnar tampoco le preguntó. Estaba triste por la muerte de Astrid, descolocado, y no tenía la cabeza como para pensar en otras cosas. Luego se arrepintió por no haberle preguntado más, pero también podía haber surgido de ella contarle un poco, podía ponerle al día con alguna carta o llamarle por teléfono de vez en cuando. Pero, al parecer, Lilly es muy suya, le cuesta mucho hablar de lo que hace o no hace, de sus planes.

Mientras me hablaba de sus tres hijos, nos dio tiempo a comernos la fuente entera de guiso con carne de alce y patatas al horno que había preparado. Yo creí que no íbamos a poder con todo, pero los dos repetimos y rebañamos hasta dejar limpia la olla. Y de postre, arroz con leche con mermelada. Lo que no sé es cuánto tiempo voy a tardar en hacer la digestión. Cuando Gunnar me ha traído de vuelta a la cabaña, lo primero que he hecho es sentarme en la mecedora, y aquí sigo, sin moverme del sitio. Debería salir a dar un paseo, aprovechar que todavía queda un poco de luz y moverme un poco. Aunque solo sea acercarme al río y volver. Venga, va.

Solo una cosa más: quiero dejar constancia de que me alegro por fin de conocer un poco mejor a Gunnar; me lo había imaginado rodeado de una soledad como la mía y resulta que no es para tanto, que cada dos por tres tiene a su hija Rebecka en casa y que con los nietos de Umeå habla todas las semanas por Skype y no pasan tres meses sin que los vea. Y luego los amigos. No sabría decir por qué, pero se nota que por su casa pasa gente, aunque haya que coger el coche y recorrer quince kilómetros desde el centro de Jokkmokk para llegar.

¡Ah! Casi se me olvidaba: entre todos los trastos de Gunnar, he encontrado un tocadiscos y tres cajas llenas de discos. Llevaban cogiendo polvo desde los noventa, cuando Gunnar y Astrid se modernizaron, se compraron una cadena de música y se volvieron a comprar sus discos favoritos pero en formato CD. Me lo ha prestado todo, el tocadiscos y las tres cajas, lo hemos traído a la cabaña y de momento lo hemos dejado en la sauna, que he empezado a usar de almacén. Gunnar me ha prometido que el domingo que viene me lo instala.

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