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DOS

Lunes, 7 de julio

Casi quince días ya, y se me han pasado sin darme cuenta, aunque tampoco me extraña; creo que si junto las horas que he dormido, me sale que me he pasado durmiendo diez días de los quince. Y no estoy exagerando. Sin embargo, estos dos últimos días he empezado a madrugar sin pretenderlo. De repente, se me abren los ojos y siento que ya he dormido lo suficiente.

En casa, solía despertarme a las seis de la mañana de lunes a viernes, y siempre de mal humor. Tenía que colocar el despertador al otro lado de la habitación para obligarme a salir de la cama. Después, me duchaba a toda velocidad, me tomaba un café en tres tragos, quemándome la boca la mitad de los días, y salía a la calle a buscar el coche. Todo a la carrera y arrepintiéndome de no haber tenido más tiempo para tomarme el café y para desayunar algo más consistente. Luego, ir al trabajo me llevaba entre media hora y una hora y cuarto, dependiendo del tráfico. Lo curioso es que, aunque ahora, al hablar de ello, me parezca algo muy lejano, en realidad solo han pasado dos meses desde que dejé todo aquello. Ni siquiera dos meses: el trabajo lo dejé el 28 de abril, y solo entonces pude empezar a organizar el viaje.

La cabaña la tenía apalabrada con Niklas desde mediados de mayo, pero no pude darle el sí definitivo hasta que no alquilé la casa

de Madrid y supe con cuánto dinero contaba: 1100 euros al mes. In- cluso algo más de lo que yo había previsto. Y los tengo garantizados todos los meses por un periodo de dos años, eso es lo que he firmado con la agencia de alquileres que me lo va a llevar todo.

La agencia me ingresa 1100 euros en la cuenta todos los meses y luego pueden alquilar el piso por el precio que quieran, yo ahí no me meto. Eso sí, dentro de dos años me lo tienen que devolver en buenas condiciones otra vez. No me imagino quedándome aquí dos años, pero si quisiese volver antes a Madrid, o irme a cualquier otro sitio, ya me buscaría otro lugar para vivir; con esos 1100 euros de base me apañaría bien.

Vale, 500 de los 1100 euros desaparecen para pagar la hipo- teca, los gastos de comunidad y el IBI del piso, pero con los 600 euros de margen me salen bien las cuentas. Empezando por los 385 euros de alquiler de la cabaña con electricidad y calefacción incluidas, ¡baratísima!, pero Niklas dice que prefiere que la caba- ña esté en uso, que así se estropea menos que teniéndola cerrada. En cuanto a la comida, Niklas me ha arreglado un trato con un vecino amigo suyo, Gunnar. El trato consiste en que, por 200 euros al mes, Gunnar se ocupará de hacerme la compra. Un dato importante: en esta esquina de Europa, la palabra vecino quiere decir que vive a menos de 20 kilómetros de distancia.

Este señor, Gunnar, lleva ya bastantes años jubilado y da la impresión de estar muy contento con su nueva ocupación. Hemos quedado en que va a venir cada domingo con la compra semanal. Ayer mismamente estuvo aquí. De momento, me está trayendo lo que a él le apetece, porque yo le he dicho que quiero comer lo que come la gente de la zona; como no tiene prisa, cada vez que viene se entretiene en contarme qué es lo que contiene cada lata y cada paquete y también qué cosas son más apropiadas para desayunar, para comer o para cenar.

Resumen de cuentas: si sumo los 385 euros del alquiler con los 200 euros de la comida, resulta que por 585 euros al mes tengo la vida solucionada mientras siga aquí en la cabaña. Total, como no tengo más gastos, me da para ir ahorrando 15 euros cada mes. Mi economía nunca había sido tan sencilla desde los años en que mamá me daba una paga cada viernes. Bueno, el único problema sería que la corona sueca se pusiese carísima, porque los gastos de aquí, aunque me los traduzco a mí misma a euros, son en coronas. Pero tampoco sería una catástrofe, tengo dinero ahorrado. ¿Y por qué me he puesto a hablar de dinero? No me apetece nada hablar de dinero. Pero me alucina pensar que estoy en una situación en la que, si quisiese, no tendría que trabajar nunca más.

Llevo un rato despierta y todavía no son ni siquiera las seis de la mañana, más temprano que mi hora de despertarme en Madrid. Y es de día, claro, es de día todo el rato. Que, por cierto, aunque ya sabía que los veranos en Laponia son así, una cosa es saberlo y otra cosa es ver como el sol da vueltas sin ponerse nun- ca. Al principio pensé que no podría dormir, pero las cortinas de mi habitación son completamente opacas, sea la hora que sea las cierro y es de noche. Así que si ahora madrugo, no es porque me despierte el sol, sino porque, simplemente, ya no tengo más sueño.

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