Sesenta metros cuadrados. Capítulo 20

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VEINTE

Domingo, 31 de agosto

No voy a ponerme a contar ahora todos los intentos que he hecho esta semana para tratar de tener un recuerdo vivido como el de la semana pasada. Pero han sido muchos. Menos mal que ha llegado el domingo, y con el domingo, Gunnar, que me ayuda a distraerme y pensar en otras cosas. Además, hoy ha venido con Rebecka, su hija mayor, y ver una cara nueva es todo un acontecimiento por aquí.

Se acaban de ir y noto más que nunca el silencio que hay en la cabaña. Es la primera vez que viene de visita alguien que no sea Gunnar o Niklas, la primera vez que somos tres personas aquí dentro. Han llegado a media tarde con la compra de la semana. Rebecka estuvo ayer en una fiesta de cumpleaños en Jokkmokk y se quedó a dormir en casa de su padre. No tiene turno de trabajo hasta el lunes, así que de momento sigue por aquí. La mañana se la ha pasado durmiendo, intentando esquivar la resaca, y se ha librado del mal cuerpo, pero no del dolor de cabeza. Eso fue lo que me dijo nada más entrar por la puerta, es decir, después de presentarnos:

—Hola, yo soy Laura.

—Hola, yo soy Rebecka, me han hablado mucho de ti.

—Lo mismo digo.

Lo primero que me dijo fue que necesitaba un café, y después de poner las bolsas de la compra encima de la mesa, se sentó en la mecedora y nos empezó a hablar de la fiesta de cumpleaños de la noche anterior. Yo me puse a colocar la compra y Gunnar a preparar el café.

Su amigo Henrik cumplía cuarenta años y le habían hecho una fiesta sorpresa. Ella era una de las organizadoras, así que no solo estaba cansada por la fiesta, sino también por todos los preparativos. O eso decía, que estaba cansada, porque parecía cualquier cosa menos cansada. Creo que he conocido a pocas personas con un aspecto tan saludable como Rebecka. Sí, esa es la palabra, saludable, como de comer bien, dormir bien y hacer ejercicio. En la cara se parece un poco a su padre, pero no mucho; a quien más se parece es a su madre, a las fotos que yo he visto de su madre. Tiene el pelo rubio, un poco rizado y bastante largo, los ojos marrones, marrón claro, un poco rasgados y con bastantes arrugas, o por lo menos más arrugas que yo. La piel muy clara, pero no pálida grisácea, sino una claridad con buen color, y las mejillas sonrosadas. No es que las tenga como Heidi, pero sí lo suficientemente rojas como para que llame la atención. Y no era maquillaje. En lo que sí que se parece a su padre es en el cuerpo, porque es alta y grande. No está gorda, pero, al ser alta y seguir todo el cuerpo las proporciones de su altura, resulta ser una mujer grande, de un tamaño completamente distinto al mío. Y no porque yo sea pequeña, que me considero de tamaño normal, al menos entre españolas.

Rebecka se balanceaba en mi mecedora como si hubiese estado balanceándose en ella toda su vida y me hablaba como si nos conociésemos desde primero de EGB. Es verdad que no solo me estaba hablando a mí, sino que también hablaba a su padre, nos contaba los detalles de la fiesta mientras se balanceaba y se daba un masaje a sí misma en la planta de los pies porque los tenía hechos polvo de tanto bailar. Gunnar se reía con algunas cosas de las que estaba contando y le preguntaba detalles por los unos y los otros. Por estar yo delante, hacía las preguntas en inglés, y Rebecka también contestaba en inglés, pero de vez en cuando se les escapaba una expresión en sueco que me servía de recordatorio de que el inglés no es el idioma que se habla aquí, aunque sea el que hablen conmigo y lo hablen tan bien, o eso me parece a mí, que lo hablan muy bien. Yo me perdía con tanto nombre de gente a la que no conozco, pero estaba claro que había sido una fiesta divertida.

Entre todas las anécdotas de la fiesta, la conversación se detuvo en una, la historia de Mahmoud, que de repente nos sacó de los marujeos del estilo «lo calvo que se está quedando el primo Harald» y nos pusimos a hablar de guerras, migraciones, integración, adaptación a nuevas culturas y otras cosas así, mucho más serias. Mahmoud es un chico afgano de dieciséis años que ha llegado a Jokkmokk huyendo de la guerra, él solo, y que ayer estuvo en la fiesta de Henrik. En el instituto de Jokkmokk, hay una clase entera de alumnos de quince a diecinueve años en un programa especial de introducción que, con suerte, les permitirá estudiar más adelante en el instituto normal. En el programa de introducción estudian Sueco y también Inglés, Matemáticas, Geografía…; diferentes materias para ponerse más o menos al nivel que tienen los alumnos suecos de dieciséis años. Para poder inscribirse luego en el bachillerato sueco, necesitan aprobar exámenes en esas materias, y no tienen todo el tiempo del mundo para prepararse, ya que cuando cumplen veinte años, se les considera demasiado mayores y entonces tienen que buscar otras soluciones, como escuelas de adultos o educación a distancia. Y entonces la cosa se les complica aún más. Para algunos, es una auténtica carrera contrarreloj, porque llegan a Suecia a los diecisiete o dieciocho años y apenas tienen dos años para aprender el idioma y preparar las asignaturas. Algunos llevaban años sin ir al colegio, por la guerra y los desplazamientos; otros directamente no han ido nunca, pero también hay unos cuantos de ellos que tienen una formación bastante completa y buenas técnicas de estudio, sobre todo los que vienen de Irán, afganos que vivían en Irán.

No todos son afganos, pero sí que son el grupo más mayoritario; también hay kurdos, somalíes, libios, sirios, cada vez más sirios… Y, por supuesto, no han sido ellos los que han elegido Jokkmokk para vivir y estudiar, sino que ha sido el Estado sueco el que los ha destinado aquí, igual que a otros refugiados los han enviado a otros pueblos y ciudades. Antes de que les concedan el destino permanente, se pasan unas semanas, o incluso a veces meses, en residencias temporales en las tres ciudades grandes de Suecia: Estocolmo, Gotemburgo y Malmö. Pasar demasiado tiempo en las residencias temporales tiene el inconveniente de que los chicos se acaban habituando a ellas; para algunos de ellos, es su primer amago de hogar con un mínimo de seguridad después de varios años dando tumbos, y muchas veces, cuando al fin les llega la notificación del destino permanente, es un jarro de agua fría que les pone otra vez en marcha y les devuelve a un viaje que no termina nunca.

De todos las ciudades y pueblos de Suecia, a Mahmoud y a sus compañeros les ha tocado Jokkmokk. Rebecka conoce a otros dos afganos que suelen coger el autobús que ella conduce, se sientan en los asientos de primera fila y van charlando con ella todo el camino. Uno de ellos le contó su viaje de Estocolmo a Jokkmokk con mucho sentido del humor, dice que estaba convencido de que le estaban llevando al fin del mundo, que le iban a hacer desaparecer o que un OVNI aparecería de un momento a otro en un claro del bosque. Y es que para llegar de Estocolmo a Jokkmokk, después de un vuelo de Estocolmo a Luleå de más o menos una hora, le montaron en un autobús que nada más salir de Luleå se adentra en un bosque que parece que no va a terminarse nunca. Este chico llegó a Jokkmokk en un mes de noviembre, cuando ya estaba todo nevado y lo único que se podía ver por la ventanilla eran árboles y nieve, y luego más árboles y más nieve. Y por lo menos tuvo la suerte de que el viaje en autobús le pilló en las poquísimas horas de luz que hay en esa época del año. O quizá no tanta suerte, porque si hubiese hecho el viaje de noche, lo habría visto todo oscuro, y eso, dentro de lo que cabe, habría sido una experiencia más familiar, porque con el ajetreo de vida que ha tenido ha hecho ya unos cuantos viajes en autobús en mitad de la noche, viajes mucho más largos y en condiciones mucho más precarias. Pero tres horas de árboles y nieve, y tal cantidad de árboles y de nieve, a eso no estaba acostumbrado. Nunca había visto tantos árboles juntos, y tan cerca los unos de los otros. Podría haber miles, cientos de miles, millones de árboles iguales entre sí que escoltaban al autobús a ambos lados de la carretera. Y las montañas que se podían ver en el horizonte también estaban cubiertas de árboles, árboles cubiertos de nieve hasta donde los ojos podían ver. Y al final del camino, Jokkmokk.

Rebecka hace el trayecto al menos dos veces por semana. Y cuando no hace ese trayecto, hace otros que son bastante parecidos: carreteras largas con muchas rectas y un bosque frondoso a ambos lados del autobús. Pero para ella, los kilómetros de bosque son muy diferentes los unos de los otros; dice que conoce tan bien los trayectos que su mirada ve cosas, matices, que los ojos de un recién llegado, los míos por ejemplo, tardarán mucho tiempo en reconocer.

Rebecka contó todo esto de carrerilla y con muchos más detalles de los que yo estoy recuperando ahora. Detalles de los que o no me enteré bien, porque mi inglés tiene sus limitaciones, o no soy capaz de recordar. Aunque solo haya pasado un rato desde que tenía a Rebecka aquí mismo contándome la historia, tengo la sensación de que ya se me ha olvidado la mitad. Incluso me entra la duda de si alguna de las cosas que recuerdo, de estas cosas que estoy diciendo ahora mismo en voz alta, pertenecen realmente al relato de Rebecka o si son una mezcla difusa entre lo dicho por ella y los detalles que a mi mente ya le ha dado tiempo a introducir por aquí y por allá. Y si pienso en esto ahora es porque la propia Rebecka hizo una pausa similar en su relato y compartió con nosotros una reflexión parecida. Nos estaba hablando de la fiesta de Henrik, y de Mahmoud, el adolescente afgano que una amiga suya se había traído a la fiesta, y Rebecka, al contárnoslo a Gunnar y a mí, tenía la sensación de que se le estaban olvidando la mitad de las cosas que le había escuchado contar a su amiga en la fiesta. Así que entre lo que se le olvidase ella y lo que se me esté olvidando a mí, me pregunto cuánto queda en mi cabeza de la historia verdadera de Mahmoud.

Además, el relato original, el de la amiga de Rebecka, fue en sueco, el de Rebecka en inglés, y el mío, ahora, en español. Un caos de idiomas parecido al que tienen que manejar a diario en las clases del programa de introducción para los refugiados. La amiga de Rebecka es una de las dos profesoras que lo llevan. El idioma común, el que todos quieren aprender lo antes posible, es el sueco, pero algunos acaban de llegar y apenas lo hablan, así que hay que encontrar soluciones. Los que tienen el mismo idioma materno, o parecidos, se ayudan unos a otros: los que llevan más tiempo en Suecia hacen de traductores y corrigen los errores de los recién llegados. Otras veces, la solución es el inglés. Algunos de los alumnos nuevos no tienen a nadie cerca que hable su mismo idioma materno, así que se tienen que apañar con el inglés para poder comunicar las cosas esenciales antes de poder hacerlo en sueco. Eso en el caso de que sean capaces de hablarlo. Porque, aunque no ocurra casi nunca, a veces sucede que llega un chaval que no comparte idioma materno con ninguno de sus compañeros y que además no habla inglés. Pero ese no es el caso de Mahmoud, que habla bien el inglés y cuyo idioma materno es el dari, de Afganistán, un idioma que hablan también muchos otros de los alumnos. Mahmoud ha nacido y crecido en Irán, pero su familia es de Afganistán, y el idioma que hablaban en casa es el dari.

Ayer, en la fiesta, después de saludar y comer un poco, Mahmoud se instaló en la buhardilla de la casa de Henrik a jugar a la Play Station hasta que se durmió. Mientras tanto, en el piso de abajo, su profesora le hablaba a Rebecka de la situación de los alumnos del programa de introducción y de las dificultades de adaptación que estaba teniendo Mahmoud, dificultades que no tenían que ver con el idioma, sino con la vivienda.

Hay dos tipos de alumnos en el programa de introducción: por un lado, los que han llegado a Suecia solos, como Mahmoud, que son casi todos chicos; por otro lado, los que han venido aquí con sus familias, o al menos con parte de ellas. En este segundo grupo, hay más mezcla de chicos y chicas. Los que han llegado solos viven todos juntos en casas grandes que son como residencias de estudiantes. Y ese es el problema de Mahmoud: vivir con tanta gente alrededor. No porque se lleve mal con los otros chicos, todo lo contrario, se lleva bien con todo el mundo —de hecho, con el compañero de habitación, que también es un afgano que ha crecido en Irán, ha conectado bastante—; el problema es que en los quince días que lleva en Jokkmokk no ha conseguido dormir una noche entera. De repente, le entra la angustia de estar allí encerrado y le dan unos ataques de ansiedad que no puede controlar. Se pone a gritar, despierta a todo el mundo y al final se lo acaban llevando de allí los asistentes sociales que trabajan en la residencia o algún otro adulto que los compañeros de residencia pillen despierto cuando se ponen a llamar pidiendo ayuda.

Mahmoud está viendo a un psicólogo para entender qué es lo que le pasa, o al menos para intentar que le deje de pasar, pero el caso es que de momento no puede vivir en la residencia. Los ataques de ansiedad solo le dan en las residencias, tanto en esta como en la de Estocolmo, donde estuvo unas semanas antes de que le diesen un destino más permanente. Tan pronto como le trasladan a otro sitio, por ejemplo a una casa con una familia, como hicieron en Estocolmo, se le pasan las angustias nocturnas. Así que los últimos cinco días se ha quedado a dormir en casa de un amigo de su profesora, también amigo de Rebecka, un alemán que vive en Jokkmokk desde hace muchos años y que trabaja de traductor. Un trabajo muy flexible que hace desde casa y que le permite viajar mucho, así que lo mismo se pasa quince días en Estocolmo, dos meses en Berlín o medio año en la Patagonia. Para trabajar, solo necesita su ordenador portátil y conexión a internet.

Lo de que Mahmoud se quede en casa de este hombre no puede ser por mucho tiempo, más que nada por lo mucho que viaja, y es que a Mahmoud, recién llegado y bastante desubicado, no le conviene vivir solo. Ayer mismo, cuando el alemán iba a salir de casa para ir a la fiesta de Henrik, le dijo a Mahmoud que no le esperase despierto porque la fiesta se alargaría bastante; al ver la cara de pena que puso el chico, decidió llevárselo con él. Luego, en la fiesta, a Mahmoud le entró la timidez y no sabía dónde meterse hasta que Henrik le rescató y le preguntó si quería probar la Play Station que tenía en el ático. En fin, que están buscando una familia, o alguien con una vida más estable que la del alemán y que pueda hacerse cargo de Mahmoud hasta que se sienta preparado para vivir en la residencia.

Gunnar, que había dejado de interrumpir con preguntas a Rebecka desde que empezó a contar la historia de Mahmoud y de los adolescentes recién llegados a Suecia, se puso de pie y nos preguntó si queríamos más café. Sí, sí que queríamos. Y ya de paso, propuse yo, podíamos picar algo. Así que mientras Gunnar preparaba otra cafetera, yo saqué la mantequilla, el queso y el pepino de la nevera y puse a tostar unas rebanadas de pan. Y los bollitos de canela. Gunnar, en la compra semanal, me trae siempre un paquete con bollitos de canela que normalmente me raciono estrictamente para que me duren por lo menos hasta el viernes. Pero un día es un día, así que puse el paquete de bollitos de canela encima de la mesa y nos lo comimos entero. A Rebecka le parecía muy gracioso que en mi casa hubiese exactamente la misma comida que en casa de su padre, incluido el paquete semanal de bollitos de canela.

En estas, Gunnar, que estaba de espaldas a nosotras preparando la cafetera, dijo, como quien no quiere la cosa, que pronto iba a tener que empezar a comprar comida para otra persona más. Rebecka, con la boca llena de bollito de canela, le preguntó si lo que quería decirnos con eso es que por fin se había echado una novia. No, no se había echado ninguna novia ni tenía intención de hacerlo, pero acababa de decidir que iba a ofrecerle a Mahmoud irse a vivir con él. Rebecka se tragó de golpe todo el bollito que tenía en la boca y le dijo que era un gesto muy bonito, pero que no se apresurase, que primero fuese a casa del alemán a conocer a Mahmoud. «Claro que iré a conocerle», dijo Gunnar, pero más que nada para que Mahmoud le conozca a él, que no tiene tan claro que el chaval quiera irse a vivir con un abuelo que además vive a diez kilómetros del centro de Jokkmokk. Mientras nosotras mojábamos los bollitos de canela en el café, Gunnar ya se imaginaba viviendo con Mahmoud y pensaba en voz alta que lo de los diez kilómetros no es un problema demasiado grande porque a quinientos metros de su casa está la parada de autobús, que pasa pocas veces al día, pero funciona durante todo el año. Desde que murió Astrid, ha vivido solo en esa casa que se le hace demasiado grande. Es verdad que de vez en cuando viene Rebecka, pero la mayor parte de los días los pasa solo. Y no, no tiene ganas de echarse una novia, pero tampoco le gusta vivir solo. Si se viene a vivir Mahmoud, pondrá otra vez la calefacción en la parte de arriba de la casa.

Rebecka miraba a su padre con los ojos muy abiertos mientras este fantaseaba en voz alta con la idea de tener un compañero de piso y caminaba de un lado a otro de la cabaña como si caminar le ayudase a pensar. Y yo los miraba a los dos. A Gunnar, que aunque llevo viéndole dos meses nunca deja de sorprenderme, y a Rebecka, sobre todo a Rebecka, que en las dos horas que llevaba en mi casa me tenía fascinada. Yo de mayor quiero ser como ella, y como tenemos la misma edad, más me vale empezar pronto si quiero llegar a algún sitio. Quiero ser como Rebecka porque parece estar tan cómoda consigo misma que contagia esa comodidad a los que la rodean. He conocido a más gente así. Mi hermana, sin ir más lejos, es un poco así. Y Marcos, a veces, también lo era. ¿Y yo? ¿Estoy cómoda conmigo misma o cómo estoy yo? Llevo ya dos meses aquí y tengo la sensación de que lo único que he hecho en este tiempo es descansar. Pero, en fin, descansar es justamente lo que venía a hacer aquí. Es como estar pelando y desarmando una cebolla poco a poco, y la cebolla soy yo. O como quitar capas de papel pintado de las paredes de una habitación en la que se han acumulado tantas capas que nadie tiene la menor idea de cuántas hay.

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