Sesenta metros cuadrados. Capítulo 21

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VEINTIUNO

Martes, 23 de septiembre

No sé ni el tiempo que ha pasado desde la última grabación. ¿Dos semanas?, ¿tres? En una de las últimas grabaciones, conté el primer recuerdo vivido que tuve, el de aquella mañana de tormenta en casa de mis abuelos en Sobradillo, cuando le cayó un rayo a Torrija, la perra del tío Darío. El primero de esos recuerdos, y durante unos cuantos días el único. Y ya casi había tirado la toalla y pensaba que no tendría más recuerdos así cuando conseguí evocar un segundo recuerdo, y reviví, punto por punto, un domingo por la tarde en casa con Marcos. Aquello me abrió la lata de la memoria y desde entonces he tenido lo menos diez o doce recuerdos. Lo único que me da rabia es no haber ido grabándolos, y todo por la dichosa grabadora, que no sé por qué, pero de repente no cargaba al conectarla al cargador y la he tenido sin batería todo este tiempo. Se lo comenté a Gunnar y me dijo que cuando quisiese podíamos llevar la grabadora y el cargador a la tienda de electrónica que hay en el centro de Jokkmokk, pero lo he ido dejando y dejando hasta hoy, hasta que esta mañana he cogido la grabadora en plan autómata, sin recordar que estaba sin batería, y me he cogido un buen rebote conmigo misma por ser tan dejada. He llamado por teléfono a Gunnar para preguntarle que cuándo le venía bien ir conmigo a la tienda y en menos de media hora le tenía en la puerta de casa tocando el claxon.

En la tienda no hemos estado más de diez minutos; enseguida se han dado cuenta de que el problema era el cargador, que se ha roto sin posibilidad de arreglo, y me han vendido otro, uno de esos universales. Y aquí estoy, grabando otra vez, por fin. Ah, y de paso me he comprado también unas botas de invierno. Que conste que creía que las que tenía ya eran de invierno, pero no, resulta que no me van a servir para un invierno como el que me espera aquí.

El domingo vino de visita Rebecka con Gunnar y fuimos a dar un paseo. Gunnar no, él se quedó en la mecedora leyendo el periódico. Como había estado lloviendo toda la noche del sábado y los caminos se llenan de barro, decidí ponerme las botas de invierno, en principio impermeables y calentitas. Se las enseñé orgullosa a Rebecka, que las miró, las cogió y me dijo que no me van a servir para el invierno porque tienen la suela demasiado plana, que en cuanto haya placas de hielo, me voy a partir los dientes. Y no hubo discusión posible. Me dijo que eran unas buenas botas… de otoño, perfectas para el paseo que íbamos a dar, pero para el invierno, y el invierno estaba al caer, iba a necesitar otro tipo de botas.

Así que hoy hemos estado de compras Gunnar y yo, shopping in Jokkmokk’s downtown. Las botas me las he comprado en una tienda que hay al lado del supermercado y que llevan dos señores mayores, de la quinta de Gunnar. Y se nota que tienen experiencia vendiendo porque, además de con las botas, he salido de allí con un gorro, dos pares de guantes, varios leotardos y camisetas interiores de lana. Ahora estoy preparada para todo lo que venga. A punto han estado de venderme un anorak, pero de momento voy a seguir con el que me compré en el Decathlon justo antes de venir.

Después de las tiendas, hemos ido al mismo bar al que fuimos la otra vez, en el que me comí el pitipana, y esta vez me he pedido una pizza cuatro estaciones. Estaba la tele puesta y había bastante jaleo en el bar, porque justo en ese momento estaban apareciendo vecinos de Jokkmokk en las noticias nacionales. Resulta que una empresa de minería está haciendo unas exploraciones en el término municipal de Jokkmokk, no muy lejos de aquí. El plan es hacer una mina de hierro en una zona en la que tradicionalmente pastan los renos de los samis, y algunos de los que salían en la tele eran samis y se habían vestido con las ropas tradicionales para la ocasión. Lo de las prospecciones mineras y las protestas en contra llevaba en marcha desde hace ya un par de años, y las imágenes que se veían en la televisión eran del año pasado, cuando unos vecinos de Jokkmokk viajaron en autobús a Estocolmo y se instalaron un par de días en un parque en el centro de la ciudad con las tiendas de campaña tradicionales de los samis. Que no sé si es correcto llamarlas tiendas de campaña, porque no son de ir de acampada, sino de vivir dentro todo el año, o al menos así lo hacían antiguamente. Pusieron las tiendas de campaña en el centro de Estocolmo y solo faltaban allí los renos, que son el motivo principal de la discordia. Los renos y la naturaleza de los alrededores, el agua del río, que podría contaminarse de manera irreversible.

Esas protestas en Estocolmo fueron hace más o menos un año, pero si han puesto las imágenes ahora en la televisión, es porque han dado la noticia de que el Gobierno regional ha dado una respuesta negativa al informe que ha recibido de la empresa minera. La opinión del Gobierno regional no es vinculante, pero se sospecha que tendrá bastante peso en la decisión definitiva que tomen los responsables de minería a nivel nacional. Lo que está en juego es que le den permiso o no a la empresa de minería para seguir adelante con el proyecto. Ya se han hecho algunas prospecciones y, por eso, empezaron las protestas, pero hasta ahora las prospecciones han sido nada más que preliminares, para hacerse una idea del potencial de la mina y recopilar todos los detalles necesarios para empezar en serio con la explotación.

Al parecer, lo más problemático en el proyecto, según la respuesta del Gobierno regional, no es la mina en sí, sino las vías de transporte que se tendrían que abrir para poder trasladar el material extraído. Se necesitarían caminos y carreteras en zonas que hasta ahora son reserva natural, zonas en las que tradicionalmente han pastado los renos de los samis.

De todo esto me he enterado a posteriori, al terminar de comer e ir hacia casa en el coche con Gunnar, que me lo ha explicado con calma. Y es que en el rato en el bar se montó una discusión y al final nadie se paraba a traducirme. Los primeros dos minutos sí, a Gunnar le dio tiempo a explicarme lo básico: vecinos de Jokkmokk en la tele, la mayoría samis, empresa inglesa de minería, prospecciones, protestas, viaje a Estocolmo el año pasado, decisión polémica del Gobierno de la región… Pero en ese punto, uno de los señores de la mesa de al lado se puso a meter baza porque consideraba que la explicación que me estaba dando Gunnar no se ajustaba a la realidad, que lo de las prospecciones mineras no es para tanto y que todo es una exageración de los ecologistas. El señor, que creo recordar que se llamaba Mikel, dijo esto dirigiéndose a mí y a Gunnar con tres frases en inglés. Pero en la cuarta frase, se atascó, cambió al sueco y ya se apalancaron en el sueco durante el resto de la discusión. Se unieron más tertulianos a nuestra mesa: una pareja de la edad de Gunnar: un señor muy gordo, que pese a la nieve iba en chanclas y calcetines, y una mujer, más o menos de mi edad, que llevaba puesta una sudadera reflectante y unos pantalones con bolsillos enormes y llenos de herramientas.

No me enteré de nada, claro, el sueco me sigue sonando igual de indescifrable que cuando llegué, pero aunque no estaba entendiendo nada, me he entretenido intentando averiguar, por los gestos, quiénes tenían opiniones parecidas entre sí y quiénes las tenían opuestas. Y bueno, tengo mis teorías, aunque al final he acabado desconectando y me he puesto a pensar en mis cosas, empezando por el propio hecho de estar sentada en esa mesa escuchando una discusión incomprensible. De repente, me vi a mí misma como a través de una ventana, o de un agujero, o como si estuviese dentro de una escena de una película europea con subtítulos. ¿Cómo había terminado allí, en una mesa de un bar de Jokkmokk rodeada de suecos discutiendo sobre prospecciones mineras y zonas de pasto de los renos?

Eso, ¿cómo he terminado aquí? En una cabaña solitaria a treinta kilómetros de un pueblo minúsculo donde me he tomado una pizza cuatro estaciones pensando en mis cosas mientras las voces en sueco me entraban en un oído y salían por el otro. Vale, sé muy bien cómo he terminado aquí, o más bien por qué he terminado aquí. Porque no daba más de mí, porque estaba exhausta y había tocado fondo. Y la sensación que tengo es que sigo en el fondo, pero que por lo menos empieza a haber caminos por aquí abajo. Es un fondo más amplio, menos angustioso, con más oxígeno. Cuando llegué aquí, tenía algo así como una niebla espesa en la cabeza que no me dejaba ver ni siquiera las cosas más obvias que tenía delante de mis ojos. Una niebla que llevaba años instalada ahí, por no decir lustros, ¡o decenios!, una niebla tenue al principio, pero espesándose sin prisa ni pausa hasta llegar a un punto de bloqueo total en el que no podía moverme ni hacia adelante ni hacia atrás. La única opción fue moverme hacia afuera. Dejarlo todo, irme de Madrid e instalarme en Jokkmokk, en esta situación tan privilegiada que me permite vivir aquí sin tener que dar un palo al agua, dando gracias a las leyes del mercado, a que los precios de los alquileres en Madrid son los que son y a que los precios de los alquileres en Jokkmokk también son los que son.

Ni hacia adelante ni hacia atrás; mi única opción en aquel momento era moverme hacia afuera. Nunca lo había pensado con esas palabras. Y, en realidad, esto de moverme hacia afuera se ha ido convirtiendo, poco a poco, en moverme sobre todo hacia adentro. La niebla espesa entre ceja y ceja se va disipando y tengo el suficiente tiempo, ¿todo el del mundo?, para deshilar historias y evocar recuerdos, para dormir, leer y perderme en mundos imaginaros, en fin, para hacer muchas cosas que no había hecho nunca o que llevaba demasiado tiempo sin hacer, empezando por aquellas mañanas largas en la cama contando las sombras de los agujeros de las persianas en la pared. Ha sido el moverme hacia afuera y venirme a Jokkmokk lo que me ha dado la posibilidad, el espacio, para moverme hacia adentro, y quizás ahora la niebla empieza a disiparse, a consumirse a sí misma poco a poco.

La niebla se disipa y de repente me encuentro con que me intereso de otra manera por cosas que ocurren a mi alrededor, que me intereso sinceramente, con una curiosidad y una espontaneidad que me sorprenden mucho. Me intereso, por ejemplo, por Mahmoud, el niño adoptivo de Gunnar, que hoy no ha venido con nosotros al centro porque es viernes y él tiene que ir al instituto. Bueno, digo que es un niño adoptivo, pero no le ha adoptado, solamente está viviendo un tiempo en su casa. Y tampoco es que sea un niño, tiene dieciséis años y es bastante más alto que yo.

Nos llevamos bien Mahmoud y yo. Hace un par de días vino de visita con su bicicleta, la antigua bicicleta verde de Astrid, la que usó toda su vida y que ha estado varios años cogiendo polvo en uno de los trasteros de Gunnar. Pero desde hace tres semanas, tiene un nuevo dueño que no hace pereza para recorrer los diez kilómetros de distancia que hay entre casa de Gunnar y el centro de Jokkmokk para ir al instituto. Anteayer, como terminó las clases más pronto de lo habitual y le sobran las fuerzas, decidió venir a visitarme a media tarde. O sea, que después de hacerse los diez kilómetros de vuelta hasta casa de Gunnar, continuó veinte kilómetros más hasta llegar a mi cabaña. Lo de venir hasta aquí se le ocurrió de repente, tenía ganas de montar más rato en bicicleta y decidió venir a verme. Llegó por sorpresa, pero a mí no es difícil pillarme en casa. Estaba rebuscando en la caja de libros, intentando decidir cuál es el próximo que quiero leer, cuando sonó el timbre de la puerta y pegué un salto del susto.

Al abrir la puerta, le vi con una sonrisa de oreja a oreja, con el casco debajo de un brazo y sujetando la bicicleta con el otro. La dejó apoyada en la pared de la cabaña y pasamos dentro. Me preguntó si le podía dar un poco de agua y se bebió tres vasos de los grandes. Después, puse una cafetera, saqué el pan, el queso y el pepino, las galletas y los bollitos de canela y nos pusimos a merendar.

Mientras merendábamos, empezó a hablarme de su viaje a Suecia, de las vueltas que había dado hasta llegar aquí, de cómo le separaron de su madre y su hermana en el aeropuerto de Estambul y desde entonces no había sido capaz de ponerse en contacto con ellas. Y su padre y su hermano mayor ni siquiera habían conseguido salir de Kabul. Estando como estaban, medianamente seguros en Irán, no deberían de haber puesto los pies otra vez en Afganistán, pero su padre quería pasar por la casa familiar para coger documentos importantes y joyas que tenía escondidas, así que se fue para allá acompañado de Sajad, el hermano mayor de Mahmoud, y quedaron en reunirse todos en Estambul. Mahmoud, su madre y su hermana se quedaron unos días más en Teherán y luego cogieron un avión para Estambul. Tenían los papeles en regla y dinero con ellos, y en esa primera parte del viaje, no hubo ningún problema. Eran tres turistas más en Estambul y hasta ese momento el viaje parecía un viaje normal, incluso divertido, una especie de vacaciones. Aunque lo que estaban haciendo era huir de los países en los que habían vivido siempre, donde tenían amigos y familia. Para Mahmoud y su hermana, ese país era principalmente Irán; para su madre, Afganistán, pero de cualquier manera se estaban marchando de ambos sitios, quizá para no volver nunca.

El lugar al que querían llegar era Suecia, pero la cosa no era tan sencilla como comprar cinco billetes de avión de Teherán a Estocolmo y viajar toda la familia junta. O eso decía su padre, que la cosa no era tan sencilla, que no podían hacer eso, decía que si se presentaban en la embajada sueca en Teherán y pedían un visado para ir de viaje a Suecia como turistas, se lo denegarían, se reirían de ellos. Y en el caso de que se lo concediesen, tampoco les iba a venir bien hacer eso porque entonces iban a llegar a Suecia como turistas y no les iban a aceptar como refugiados políticos, que era el objetivo. Porque razones tenían de sobra para ser considerados refugiados políticos. No se habían marchado de Kabul por capricho, sino porque el padre de Mahmoud estaba amenazado de muerte por culpa de unas revistas que se habían impreso en la imprenta de la que él era dueño, y si ahora se querían marchar de Teherán era porque las amenazas habían cruzado la frontera, y su vida también corría peligro en Irán. Esa era otra de las razones del viaje de última hora del padre y del hermano a Afganistán. Para poder demostrarlo con pruebas suficientes, el padre de Mahmoud quería pasarse por la casa familiar en Kabul y recoger pruebas: ejemplares de las revistas, cartas con amenazas, fotos de la imprenta saqueada y destrozada… Y también rescatar las joyas de la familia, las de la abuela paterna de Mahmoud, joyas que se habían ido heredando de generación en generación y que iban a tratar de llevarse consigo a Suecia.

Con las pruebas de las amenazas que recibieron en Kabul, más las de las que había empezado a recibir en Teherán, las autoridades suecas les concederían el asilo. Pero antes tenían que llegar a Suecia y, a ser posible, según el empecinamiento del padre de Mahmoud, no como turistas. Si llegaban como turistas desde Teherán, aunque llevasen consigo los documentos y pruebas de las amenazas, las autoridades suecas pensarían que la cosa no era para tanto, al menos en su nueva vida en Irán. Y no les concederían el asilo. Mahmoud nunca entendió del todo el razonamiento de su padre, la obsesión con no llegar como turistas, pero tampoco le puso muchas pegas. Primero, porque nunca le ponía pegas a los razonamientos de su padre, y segundo, porque tampoco le interesaban mucho los detalles de pasaportes, visados y asilos. Si por él fuese, no se habrían marchado de Teherán, que es donde habían vivido los últimos ocho años, desde que él tenía siete. Es en Teherán donde tenía todos sus amigos, donde iba al colegio, donde jugaba en un equipo de fútbol. Pero entendía que las amenazas eran reales y que tenían que irse.

Así que no llegarían a Suecia como turistas, sino a escondidas, y con la ayuda de unos amigos de su padre, unos antiguos clientes de la imprenta que entre otras cosas tuvieron en su día un grupo de música y por eso su padre siempre les llamaba Los Rockers. Llevaban varios años exiliados en Turquía y ayudaban a gente de Afganistán a entrar en la Unión Europea con pasaportes falsos. Bueno, ayudaban y ayudaban… El caso es que cobraban bastante por sus servicios, aunque decían hacerlo como parte de su activismo político. Mahmoud, su hermana y su madre volaron de Teherán a Estambul con sus pasaportes reales y pasaron la primera semana en la ciudad como verdaderos turistas: visitando el palacio de Topkapi, la mezquita de Suleiman, Santa Sofía… Pero la normalidad desapareció después de reunirse con Los Rockers en una cafetería cerca del Gran Bazar. Salieron de allí con tres pasaportes falsos y tres billetes de avión para Roma. En los nuevos pasaportes, encontraron las fotos que su padre había enviado a Los Rockers unos meses antes, pero ahora sus caras estaban asociadas a nuevos nombres y apellidos. Por motivos de seguridad, que tampoco entendieron muy bien del todo en el breve encuentro en la cafetería, no les dieron a los tres el mismo apellido. La madre y la hermana sí que recibieron el mismo apellido y se iban a presentar como madre e hija en el aeropuerto. Pero a Mahmoud le tocó otro apellido, así que tendría que presentarse solo en el control de policía. También le habían cambiado la edad y, en lugar de quince años, que son los que tenía, según el pasaporte nuevo eran diecinueve. Cosa no del todo descabellada, porque la verdad es que Mahmoud está bastante desarrollado para su edad.

Además de lo de los apellidos diferentes, la gran sorpresa del encuentro con Los Rockers fue que los billetes de avión no fuesen para Estocolmo, sino para Roma. No les había sido posible conseguir billetes para Estocolmo y, en realidad, decían, daba lo mismo, porque una vez dentro de la Unión Europea podrían moverse por ella con libertad y sin tener que enseñarle el pasaporte a nadie, sobre todo si evitaban los aviones. El viaje de Roma a Estocolmo podían hacerlo en tren. Eran casi dos días de viaje, pero los trenes en Europa son cómodos.

Mahmoud, su madre y su hermana volvieron al hotel y se encerraron en la habitación triple que compartían a discutir qué es lo que debían hacer, es decir, si debían seguir adelante con el plan o si debían esperar. Lo de los apellidos diferentes y lo del viaje a Roma eran pequeños inconvenientes si lo comparaban con la gran preocupación que tenían los tres en ese momento: que el padre y el hermano mayor de Mahmoud no terminaban de llegar a Estambul, que no tenían noticias de ellos y que seguramente todavía no habrían conseguido salir de Afganistán.

Lo único que sabían es que, dos días antes, todavía estaban en Kabul, viviendo en casa de unos amigos de confianza, y que su hermano se había acercado a un hotel con conexión a internet para escribirle un correo electrónico a Mahmoud y decirle que estaban bien, pero que no sabían cuándo iban a poder salir de Kabul, y mucho menos cuándo iban a poder llegar a Estambul. Quizás podrían estar allí en una semana, pero también es posible que la cosa se alargase, ¿quién sabía?, lo mismo tardaban un mes en llegar. No tenía sentido que esperasen tanto tiempo; además, Los Rockers ya habrían comprado los billetes de avión y mejor perder solo dos billetes que no perder los cinco. En fin, que les decían que se pusiesen en marcha y que ya se reunirían todos en Estocolmo. En el correo electrónico, estaba también el teléfono de Los Rockers para que se pusiesen en contacto con ellos lo antes posible. Y eso hicieron, llamaron a Los Rockers y concertaron la cita en esa cafetería cerca del Gran Bazar. Allí recibieron los billetes, hablaron de los viejos tiempos en Kabul, se tomaron un té y, sobre todo, se tranquilizaron bastante porque Los Rockers estaban muy relajados y parecían muy seguros de lo que hacían. Y compartían la opinión del padre y el hermano de que lo mejor es que se fuesen para Europa lo antes posible y que ya se reunirían todos en Estocolmo.

Pero esa tranquilidad había desaparecido; ahora estaban solos en la habitación del hotel y todo eran inseguridades. ¿No sería mejor esperar en Estambul y viajar todos juntos a Europa? No tenían mucho tiempo para pensar y decidirse, los billetes para Roma eran para dentro de tres días, y aunque en tres días les dio tiempo para cambiar de opinión unas cuantas veces, al final pesaron mucho las palabras del padre, del hermano mayor y las de Los Rockers. Todos los que habían organizado y planeado este viaje les decían que tenían que ponerse en marcha y coger ese avión. Ellos dudaban, Mahmoud en particular dudaba mucho, pero no estaba acostumbrado a llevar la contraria a las decisiones de su padre, sobre todo cuando se trataba de decisiones importantes. Así que cuando llegó el día del viaje, hicieron lo que se esperaba de ellos: ponerse en marcha. Fueron al aeropuerto de Estambul y se separaron antes de pasar por el control policial. Mahmoud lo haría primero, y cinco minutos después irían su madre y su hermana. Luego se reunirían en la zona de embarque. Pero eso nunca sucedió. Mahmoud no sabe que pasó, seguramente descubrieron que sus pasaportes eran falsos en el control policial. El caso es que no aparecieron por la zona de embarque. ¿Y qué hacen en Turquía con la gente que intenta viajar con pasaportes falsos? ¿Los llevan a la cárcel? ¿Será posible que su hermana y su madre estén en una cárcel de Estambul desde entonces? Pero su hermana es demasiado pequeña para estar en una cárcel, tan solo tiene doce años. ¿Y Los Rockers?, ¿habrán recibido ayuda de ellos? Mahmoud no se quedó con el teléfono de Los Rockers, lo tenía apuntado su madre. Y ni su madre ni su hermana responden al teléfono, no ha recibido noticias de ellas desde entonces, y tampoco de su padre o de su hermano. Aquel día en el aeropuerto de Estambul, empezó su otra vida, esta vida nueva en la que tiene que arreglárselas él solo y en la que todo es complicado. Aunque últimamente le vayan mejor las cosas y esté muy contento de vivir con el abuelo Gunnar, que es como él le llama. Pero algunos momentos han sido duros, muy duros, como los primeros días en Italia. Tan duros que todavía no es capaz de hablar de ello.

Me contó todo esto mientras merendábamos. Y dejó su relato parado ahí, en el momento en el que se quedó solo en el aeropuerto. No le apetecía hablar de los días en Italia y, además, se estaba empezando a hacer tarde y quería que le diese tiempo a volver a casa de Gunnar en bicicleta antes de que se le hiciese de noche. Podíamos haber llamado a Gunnar por teléfono y que viniese a buscarle con el coche, pero Mahmoud quería volver en bicicleta, quería probar un camino diferente al que había usado para venir hasta casa. En las tres semanas que lleva viviendo en casa de Gunnar, ya se conoce la zona mucho mejor que yo, y parece que está contento viviendo allí. La idea es que alguna familia de la zona, con hijos de su edad, le acoja para que viva con ellos, pero mientras aparece o no aparece esa familia, está a gusto en casa de Gunnar. Sigue yendo al psicólogo una vez por semana, para desenredar la madeja del trauma que le causa los ataques de pánico, y Gunnar ya le ha dicho que se puede quedar el tiempo que quiera en su casa.

Cuando Mahmoud se marchó, me quedé un buen rato sentada en la mesa de la cocina, mirando por la ventana y pensando. Igual que en las últimas semanas en el trabajo, cuando me quedaba con la mirada perdida en algún punto de las paredes del cubículo y se me pasaba el tiempo sin darme cuenta. Solo que esta vez sí que pensaba de verdad, no solamente estaba ahí como un pasmarote, atontada y con una niebla espesa en la cabeza. Estaba pensando en Mahmoud y en las cosas que no se ha animado a contarme porque le han faltado fuerzas, en todo lo que habrá vivido a sus dieciséis años, en los paisajes de Afganistán y de Irán, tan distintos a estos que veo todos los días. No se me va de la cabeza: la historia de la separación de la familia, el control en el aeropuerto de Estambul, el padre y el hermano que no consiguen salir de Kabul, la madre y la hermana que quizás estén en una cárcel en Turquía, ¿o las habrán deportado a Afganistán? Y me doy cuenta de que no sé nada de cómo funcionan estas cosas: pasaportes, visados, deportaciones, derecho de asilo, delitos migratorios… ¿hay delitos migratorios? He estudiado Derecho, pero hay que ver qué poco me cunde. No sé nada del tema, pero me interesa, quiero saber, y eso ya es una novedad grande, yo interesándome por algo. Ni recuerdo cuándo fue la última vez. Ahora echo en falta el internet que no tengo para poder consultar cosas, pero voy a intentar no caer en la tentación de instalarlo en la cabaña, como me propone Niklas, que me ha insistido varias veces. ¿Pero quizás puedo usar algún ordenador en la biblioteca de Jokkmokk? La he visto esta mañana cuando hemos estado de compras, un edificio pequeño en el que ponía Bibliotek, muy cerca de la tienda de los dos abuelillos donde me he comprado las botas de invierno.

No, mejor no poner internet aquí, que estoy muy tranquila. Mis únicas fuentes de información son Gunnar, Rakel y Mahmoud. Y Niklas. Y los libros de la caja. Ya me he leído todos los de Asimov, los de Las Fundaciones y otros más que había suyos: uno sobre el universo, sobre la Alta Edad Media, sobre los romanos, una guía de la Biblia… de todo. Me he acostumbrado a su forma de escribir y me da pereza cambiar de autor. Pero no me va a quedar otra porque no hay más libros suyos en la caja. Después de mucho dudar, me he decidido por empezar a leerme uno de Antonio Machado; mi única referencia de Machado es de la época del instituto y solo recuerdo lo del «caminante, no hay camino». Pero yo creía que nada más que escribía poesía y este libro que he encontrado parece más bien una novela, o algo así. Se llama Juan de Mairena, y ya está esperándome en la mesita de al lado de la mecedora. Solo me falta encender la chimenea. Voy a salir al porche a por leña.

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