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VEINTIDÓS

Sábado, 27 de septiembre

Me he quedado dormida como una tonta. En la mecedora. Lo de quedarme dormida mientras leo me ocurre bastante, pero no lo de pasarme toda la noche en la mecedora. ¡Qué dolor de espalda! Me acabo de despertar, son las nueve de la mañana, y no sé muy bien a qué hora me quedé dormida. ¿Eran también las nueve? Sí, más o menos las nueve debían de ser, no mucho más tarde. Sé que me senté justo después de cenar. Más que de haber dormido mucho, aunque es verdad que he dormido mucho, la sensación que tengo es de haberme pasado soñando una semana. Y mientras espero a que salga el café, voy a intentar contarlo todo para que no se me olvide, al menos todo de lo que me acuerdo. Empezando por el principio.

Estaba leyendo y me quedé dormida. Bueno, hablando en propiedad, no estaba leyendo cuando me quedé dormida. O sí, estaba leyendo, pero uno de los párrafos del libro me hizo acordarme de mi padre y de la barba que se había dejado crecer en los últimos tiempos. Una barba bastante larga. «De santón», decía mi madre. Aunque tampoco era para tanto, no era como la de Fidel Castro. En concreto, me acordé del primer día que le vi con la barba, un domingo en el que Marcos y yo fuimos a comer a casa de mis padres. Era justo después de las vacaciones de verano y por unas cosas o por otras habíamos estado casi tres meses sin vernos. Mi padre nos abrió la puerta y recuerdo que al verle pegué un grito del susto. Le reconocí, claro, pero tardé quizás un segundo, y la parte más intuitiva de mí parece ser que no le reconoció y se asustó al encontrarse de frente y de golpe con ese señor barbudo que nos sonreía.

En el libro Juan de Mairena aparecía una mención a Sócrates y, sin querer, me vino la imagen de Sócrates a la cabeza, la única imagen de Sócrates que conozco, que es la del libro de Filosofía de COU: un señor mayor barbudo con pinta de Papá Noel, pero envuelto en una túnica griega. Y estaba en ello, enganchada en la lectura, cuando al venirme a la cabeza la estampa de Sócrates, pensé en la barba de mi padre y en el susto que me pegué al verle cuando nos abrió la puerta aquel domingo.

Cerré los ojos, me vino a la mente la imagen de mi padre, oí mi propio grito y, al momento, pude escuchar la voz de mi madre, que desde el salón quería saber qué demonios pasaba.

—No pasa nada, mamá, es solo que me he asustado al ver a papá con barba.

Debe de ser que le he cogido tanta maña a esto de revivir los recuerdos que ahora se me activan aunque yo no lo pretenda, sin querer, pero al darme cuenta de lo que estaba pasando, apoyé el libro abierto encima de mi tripa y me dejé llevar por el recuerdo. Después del susto inicial, reconocí a mi padre, le di un beso y le tiré de la barba a ver si era de verdad. Marcos le dijo que le quedaba bien, y mi madre lo confirmó desde el salón:

—Le queda muy bien. Lo que no me explico es por qué nunca se le había ocurrido probarlo antes.

Luego, pasamos al salón a saludar a mi madre, que estaba sentada en el sofá con los pies encima de la mesa y con el periódico del domingo dividido en cuadernillos y desparramado a su alrededor. Nos sentamos a su lado y mi padre enfrente, en el serijo, y los cuatro nos lanzamos como locos a los aperitivos. Había queso, pan, almendras, patatas fritas y aceitunas. El queso era de Sobradillo, y las aceitunas, del pueblo de la madre de Marcos, en Jaén. Bueno, aunque en realidad la que lo hacía todo era la tía, no la madre, aliñaba las aceitunas y las guardaba en unos tarros enormes de plástico con tapas verdes. En cada tarro había, qué sé yo, ¿cinco kilos de aceitunas? O diez. El caso es que pesaban un montón y cada vez que íbamos al pueblo nos traíamos como mínimo tres tarros: uno para nosotros, otro para la hermana de Marcos, que vivía y, supongo que seguirá viviendo, en Alcalá de Henares, y otro para mis padres. Y estaban muy ricas, eso hay que reconocerlo, pero, aun así, al final no sabíamos qué hacer con tantas aceitunas. Por lo menos se conservaban bien. Por ejemplo, las aceitunas que nos estábamos comiendo en casa de mis padres en aquel domingo de principios de septiembre eran del tarro que les habíamos traído en Semana Santa. Y si lo recuerdo ahora no es porque tenga yo un control absoluto de las idas y venidas de los tarros de aceitunas de todos los viajes en los que fui a Jaén con Marcos, sino porque aquel día, el día de la barba, mi padre lo mencionó; dijo:

—Hay que ver lo bien que se conservan estas aceitunas, están como el primer día, o más ricas aún, con más sabor. Son las últimas del tarro que nos trajisteis en Semana Santa, han pasado más de cuatro meses y no se han estropeado.

Y dijo eso, exactamente eso, porque es lo que tiene esto de los recuerdos vividos, que se me viene todo a la mente punto por punto. Que sea realmente un recuerdo o que mi mente se esté inventando hoy las palabras, eso no lo sé; ¿cómo saberlo? De cualquier manera, dicho eso, mi padre se puso de pie y se fue a la cocina a quitar el arroz del fuego porque la paella ya debía de estar lista. Cinco minutos reposando y a comer.

—¿Algún voluntario que venga y me ayude a bajar un mantel limpio?

Mi padre tenía vértigos, a veces más fuertes y otras menos fuertes, por rachas. En ese momento, estaba en una de las malas rachas y por eso ni siquiera podía subirse al taburete para coger un mantel de la parte de arriba de la estantería.

La voluntaria fui yo. Cogí un último trozo de queso para comerme de camino a la cocina y al entrar por la puerta pegué un grito aún más fuerte que el que había pegado al llegar y ver a mi padre con la barba. Lo curioso es que esta vez mi madre no dijo nada desde el salón al oír el grito; ni mi madre ni Marcos. No reaccionaron. Y esta es una reflexión que hago ahora a la luz del día mientras espero a que salga el café: que es significativo que no dijesen nada. Pero anoche, sentada en la mecedora con los ojos cerrados y el libro encima de mis piernas, anoche no pensé en eso, ni por asomo. Anoche, en lo único en que podía pensar era en lo que estaba viendo: mi padre de pie al lado de la puerta de la cocina señalando el mantel verde en lo alto de la estantería mientras que subido al taburete había otro señor barbudo vestido de monje alargando el brazo para alcanzar el mantel.

—Papá, ¿quién es ese…, ese señor?

—Es mi amigo san Antonio Abad.

Entonces, el monje se giró y me miró con unos ojos muy oscuros, casi negros:

—Jovencita, puedes llamarme simplemente Antonio. A tu padre se lo tengo dicho, pero se empeña en seguir llamándome san Antonio.

—La costumbre.

San Antonio, o Antonio, bajó del taburete, le dio el mantel a mi padre y me puso la mano en la cabeza. ¿Me estaba bendiciendo o qué se supone que estaba haciendo?

—Querida Laura, tenía ganas de conocerte, tu padre me ha hablado mucho de ti.

¿Ah, sí? ¿Y qué le había contado? No lo averigüé porque no me lo dijo, ni yo le pregunté. En lugar de hablar de eso, y sin saber muy bien por qué, el caso es que me puse a contarle nuestras vacaciones en Libia. Y él me preguntaba por unas cosas y por otras, se notaba que conocía muy bien la zona. Resulta que era de Egipto, aunque hablaba español perfectamente y, si me apuras, diría que con un poco de acento de Sobradillo. Era muy alto, no sé cuánto mediría, pero me sacaba una cabeza, y muy delgado, extremadamente delgado.

Mi padre estaba trajinando con la paella, que se le había quedado un poco corta de agua, y nosotros hablábamos de unas cosas y de otras mientras poníamos la mesa de la cocina. Parece mentira que nos diese tiempo a hablar tanto en el poco rato que se tarda en poner una mesa. Es como si el tiempo nos cundiese más de lo normal. Pero en ese momento yo no pensaba en eso, y a lo que tampoco parecía darle demasiadas vueltas era al hecho de que mi padre de repente fuese tan amigo de san Antonio Abad. Además, daba la sensación de que se conocían desde hace mucho. Sí, es verdad que me sorprendí al verlo subido al taburete, que me asusté y pegué un grito, pero, pasado ese primer momento de sorpresa, no le di más vueltas al asunto, y tampoco me extrañaba el que no se oyese el más mínimo ruido proveniente del salón. Ni mi madre ni Marcos reaccionaron a mi grito; tampoco aparecieron por la cocina. Pero no era tan raro, todavía no estaba lista del todo la paella.

La paella. Ni estaba lista ni llegó a estarlo nunca. Mi padre seguía en el fogón, y Antonio y yo no terminábamos de poner los cubiertos, cuando, de repente, por la puerta de la terraza, entró un cerdo en la cocina, un cerdo muy peludo.

—No es un cerdo, es un jabalí. Pero no te asustes, que es amigo mío y no muerde. Vivimos juntos.

 El jabalí se acercó a husmearme las piernas y, después de haberme identificado y de haber registrado mi olor, fue a refrotarse en el mantón de san Antonio.

Yo no sabía qué pensar, era la primera vez que tenía un jabalí tan cerca. Miré a mi padre a ver qué cara estaba poniendo, pero de repente ya no estaba allí. Ni mi padre, ni la paella, ni la cocina, ni ninguna de las cosas que había a mi alrededor hacía un momento. Excepto san Antonio y el jabalí, que seguían a mi lado y se habían transportado conmigo a otro sitio. Ya no estábamos en casa de mis padres en Madrid, sino al aire libre en un lugar desconocido, en un paisaje rocoso parecido a algunas zonas del desierto que Marcos y yo acabábamos de visitar en Libia.

—Ven, quiero enseñarte mi casa.

San Antonio no esperó a que le respondiese y se puso a caminar con paso firme y con el jabalí trotando a su lado. Y yo les seguí, claro, no quería quedarme sola en mitad de la nada. El sol brillaba con fuerza en lo más alto del cielo, y yo notaba el calor por todo mi cuerpo, calor de verdad, un calor que no he sentido en todo el tiempo que llevo en Jokkmokk y que me recordaba a los veranos de mi adolescencia en Madrid cuando me pasaba las tardes tostándome vuelta y vuelta en la piscina. Un calor intenso que, unido al ritmo de san Antonio al caminar, me estaba haciendo empezar a sudar.

—¡Ya casi estamos!

Después de subir y bajar unos pequeños montículos, noté como el paisaje rocoso se iba llenando de arbustos e incluso algún que otro árbol. Y justo al lado de un árbol, siguiendo con mi mirada la dirección que indicaba el brazo de san Antonio, se podía distinguir algo que parecía una choza.

—Ahí está mi casa.

San Antonio se paró a tomar aire y beber un poco de agua de una cantimplora que llevaba escondida debajo del mantón. Me ofreció, y yo también bebí. El agua estaba muy fresca. El jabalí, que nos miraba y movía el rabo como si fuese un perro, se cansó de esperarnos y salió disparado hacia la choza.

—Le encanta volver a casa. Y a mí también.

En ese último tramo del camino, antes de llegar a la choza, me fui fijando mejor en los árboles que habían ido apareciendo poco a poco a nuestro alrededor, eran naranjos, naranjos con naranjas, muy fáciles de reconocer incluso para mí, que no sé nada de árboles. Pero una naranja es una naranja. San Antonio, que ahora caminaba a mi lado a un ritmo mucho más pausado, me iba contando que había vivido muchos años en esta choza y que durante un tiempo tuvo discípulos que vivían en otras chozas alrededor de la suya. Pero ahora la naturaleza había recuperado terreno, había crecido a sus anchas y había borrado las señales de que un día hubo algo parecido a un pequeño poblado en este lugar. La única señal de presencia humana que quedaba era la choza de san Antonio. El paisaje de alrededor había vuelto a ser el paisaje con el que él se encontró al llegar:

—Un oasis, eso es lo que es esto. Un oasis, un regalo en mitad del desierto.

Y tenía razón. No solo por los arbustos, los naranjos y el verdor en general, sino también porque cuando por fin llegamos a la choza, vi el manantial que hasta entonces no había visto y que formaba un pequeño lago en una hondonada que había a veinte o treinta metros de la choza. El lago, o la charca, porque por tamaño creo que es más correcto llamarla charca, recibía el agua del manantial por la parte superior de la hondonada y perdía agua por la parte inferior, en donde se había formado un pequeño riachuelo.

—Esta agua está siempre en movimiento: fresca, limpia y lista para beber.

No entramos en la choza, pero, al pasar a su lado, pude ver que no tenía puerta y que lo único que había dentro era un montoncito de paja sobre el que retozaba el jabalí, quien, por cierto, no nos hizo ni caso y siguió allí tumbado mientras nosotros fuimos a sentarnos en la orilla de la charca, en la zona alta de la hondonada, por donde entraba el agua que venía del manantial.

Primero se sentó san Antonio, que me hizo un gesto con la mano para que le acompañase, aunque no habría hecho falta porque yo ya me estaba sentando a su lado, contenta de descansar un poco después de la caminata a pleno sol, descansar con los pies metidos en el agua de la charca y la cabeza a la sombra de un naranjo. En ese momento, creo que no tenía una conciencia clara de todo lo que estaba pasando, simplemente me senté al lado del santo barbudo y bebí un poco más de agua de la cantimplora que ahora acabábamos de rellenar con agua fresca del manantial.

Habíamos caminado por un desierto rocoso como el de Libia, habíamos llegado a una zona con arbustos, árboles y un manantial: el oasis. Habíamos pasado de largo por la choza de san Antonio, donde el jabalí que le acompañaba se había quedado a echar la siesta, y ahora estábamos sentados a la orilla de la charca, yo con mis dos pies metidos en el agua hasta los tobillos. Una cosa llevaba a la otra y todo parecía tener sentido, pero lo que yo no era capaz de recordar en ese momento, mientras me remangaba los vaqueros para poder remojar las piernas hasta las rodillas, era cómo habíamos llegado allí, al desierto, y en qué momento nos habíamos conocido san Antonio y yo. La escena en casa de mis padres con Marcos y las aceitunas de Jaén, mamá y el periódico, papá y la paella, todo eso había desaparecido. Mi recuerdo, por más que intentase extenderlo, no me llevaba más allá del desierto. Me veía a mí misma caminando en el paisaje rocoso, caminando a buen ritmo e intentando no perder de vista a san Antonio y al jabalí, que caminaban delante de mí. Pero la cosa no me preocupaba demasiado, y no le dediqué muchos pensamientos al asunto, me interesaba más el agua, que ya me mojaba las piernas hasta las rodillas, y san Antonio, que se había decidido a imitarme y había metido sus pies enormes en el agua.

—Siempre se me olvida lo placentero que es esto; tanto tiempo viviendo al lado del manantial y de la charca y se me pasan meses, ¡años!, sin remojar los pies. Y darme un baño, darme un baño así de cuerpo entero, ni recuerdo cuándo fue la última vez que lo hice.

¿Se iba a dar un baño? Quizá se le pasó la idea por la cabeza, pero a lo mejor le dio un poco de pudor conmigo al lado. El caso es que no lo hizo, se contentó con mojarse los pies y los tobillos, lo justo hasta el borde de su mantón. Pero le cogió el hilo al tema de «esas cosas placenteras que uno tiene todo el tiempo delante de sus narices y nunca hace», como dormir a pierna suelta hasta que el sol esté en lo alto del cielo, rascarse el paladar con la lengua o dar muchas vueltas en redondo a toda velocidad hasta marearse. Y muchas cosas más que ahora no soy capaz de recordar. Sin embargo, lo que sí recuerdo perfectamente es lo que sucedió justo después: san Antonio se había puesto de pie para hacerme una demostración de lo de las vueltas en redondo cuando de repente llegó volando un cuervo y se posó a nuestro lado. Traía un trozo de pan en el pico y lo dejó en el suelo, a nuestro lado. Luego se acercó a los pies de san Antonio, que le acarició la cabeza y el cuello. Después, se marchó volando en la misma dirección por la que había llegado.

—Es mi querido Pablito, le he puesto ese nombre en recuerdo a mi amigo san Pablo el ermitaño, que en paz descanse.

Entonces me contó la historia de cómo tuvo la suerte de conocer a san Pablo el ermitaño poco antes de que se muriese. Estuvo un tiempo buscándole por el desierto, porque san Pablo también vivía en el desierto, aunque más adentro, más aislado, y después de mucha búsqueda dio con él en una cueva. San Pablo, al principio, se escondió al oír que venía alguien, pero salió de su escondite cuando san Antonio dio unas voces explicando quién era y por qué venía. Los dos se fundieron en un abrazo y se sentaron fuera de la cueva a charlar y a contarse sus cosas, de ermitaño a ermitaño. Y en esas estaban cuando llegó volando un cuervo con un trozo de pan en el pico, el mismo cuervo que ahora acaba de venir a dejarnos un pan a nosotros.

Aquel día, cuando los dos santos charlaban al sol al lado de la cueva, fue san Pablo el que acarició la cabeza y el cuello del cuervo, después le contó a san Antonio que ese mismo pájaro venía todos los días a traerle un mendrugo y que lo que harían hoy sería partir el pan en dos trozos. Estuvieron discutiendo un rato a ver quién de los dos lo partía: pártelo tú que eres el huésped, pártelo tú que eres más viejo, y como no se ponían de acuerdo, al final decidieron que tirarían uno de cada punta del pan y así lo partirían entre los dos.

—Y he pensado, querida Laura, que eso es también lo que vamos a hacer nosotros hoy, coger el pan cada uno de una punta y partirlo juntos. Si te quedas con hambre, porque sé que tu plan para hoy era comer paella y no medio mendrugo de pan, puedes comerte unas naranjas del naranjo que tenemos encima de nosotros, son muy sabrosas y nutritivas.

Otra vez lo de querida Laura, ¿cómo es posible que este hombre pareciese conocerme tan bien? Y la paella…, ¡la paella! La paella me hizo recuperar la memoria de golpe, y recordé que Marcos y yo estábamos en casa de mis padres, que era domingo, que papá acababa de dejarse su barba de santón y que fue allí, en su cocina, donde aparecieron primero san Antonio y después el jabalí. Y desde ahí, desde la cocina y sin más explicación, nos habíamos transportado de repente al desierto rocoso. Una cosa así no puede pasar, simplemente no puede pasar, y si pasa es que se trata de… claro, como no me había dado cuenta antes, se trataba de un sueño. Tenía a san Antonio Abad enfrente de mí tirando de una de las puntas de un mendrugo, y yo tirando de la otra punta, primero con cuidado y luego con fuerza, porque el mendrugo era correoso y no había quien lo partiese, y mientras tiraba con fuerza, me daba cuenta, cada vez con más claridad, de que estaba dentro de un sueño. Y al final, cuando ya lo vi todo completamente claro, cuando entendí que estaba dentro de un sueño y que no había ni mendrugo, ni charca, ni naranjas, ni cuervo, ni siquiera san Antonio, entonces me desperté.

Me desperté, quiero decir, que me he despertado, hace quince minutos, balanceándome en la mecedora y con el libro apoyado en la tripa. Después de quince minutos, todavía sigo recordando el sueño con muchísimos detalles. Seguramente, ayuda lo de haberlo contado todo en voz alta. Además, así lo tengo grabado. Y yo qué sé, a lo mejor mi psicólogo le encuentra alguna utilidad al sueño si lo analizamos juntos. Aunque no me veo yo volviendo al psicólogo, no me veo yo volviendo a Madrid. ¡Uy! Acabo de decir algo de lo que no era consciente, lo de que no me veo volviendo a Madrid. Pero explícate, Laura, Laurita, yo misma: explícate, ¿no te ves volviendo a Madrid ahora o no te ves volviendo a Madrid así en general? ¿Qué pretendes, quedarte a vivir aquí en el Polo Norte, irte al desierto de Egipto a comer mendrugos de pan con san Antonio? No sé, no sé, no sé, ¡no sé! Este tema mejor lo dejamos, quiero decir que lo dejo para otro día. Ahora voy a apagar la grabadora, voy a tomarme el café, que ya está listo, y voy a salir a darme un paseo a que me dé un poco el aire.

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