Sesenta metros cuadrados. Capítulo 23

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VEINTITRÉS

Miércoles, 1 de octubre

Empieza un nuevo mes y yo estoy que me subo por las paredes de la cabaña. En el desayuno me he quedado mirando el calendario como una tonta, el calendario con publicidad del supermercado que trajo Gunnar uno de los primeros domingos. En cada mes aparece una receta nueva, y la receta de este mes es una tarta de arándanos. Ya estamos a primeros de octubre, empieza otro mes y aquí sigo, y si comparo cada día con su siguiente, parecería que nada cambia, pero ahora amanece mucho más tarde, la claridad de las mañanas de los días de verano ha desaparecido y casi todas las mañanas son grises. Y frías. ¡Y llueve mucho! Gunnar me dice que pronto llegará la nieve y todo será distinto, que descubriré un nuevo Jokkmokk.

Mientras desayunaba, he pensado que me apetecía dar un paseo, un paseo largo de esos que apenas doy, y mira que lo tengo fácil, un paseo como el de aquel día cuando me encontré con esa familia que me invitó a café y a bollitos de canela y que me contó que hay unos holandeses que viven en una casa al lado del río subiendo en dirección a Kvikkjokk. ¿Quizás sea hoy el día de ir a visitarlos? A los holandeses, digo. No los conozco, pero para unos medio vecinos que tengo me da curiosidad.

He puesto una cafetera para llenar el termo, he preparado un par de bocadillos y cuando estaba atándome las botas, con la mochila y la ropa de abrigo ya puesta, ha empezado a llover a cantaros. A llover y llover y llover…, como un diluvio. Y así sigue. Y aquí sigo yo, sin moverme de la cabaña, esperando, subiéndome por las paredes. Porque cuando me decido a hacer una cosa, mira que me cuesta cambiar el chip. Siempre he sido así, cabezona, pero siempre lo he negado y he intentado ocultarlo. He cogido la grabadora por hacer algo —cualquier cosa que no sea esperar a que pare de llover—, pero la verdad es que no sé muy bien qué contar. Voy a apagarla y voy a, no sé, voy a ver si me termino el dichoso Juan de Mairena, que ya me queda poco. Me está gustando, pero es bastante denso y me da demasiado que pensar. Y de novela nada, es otra cosa, aunque no sabría decir el qué. Echo un poco de menos los libros de ciencia ficción; me entretenían mucho y, bueno, también me hacían pensar, pero solo un poquito, lo justo.

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