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VEINTICINCO

Miércoles, 15 de octubre

Acabo de entrar por la puerta después de todo el día dando vueltas por ahí, y de tanto ajetreo casi parece un día como los de Madrid, traigo la cabeza como un bombo. Ya no estoy acostumbrada a pasar tantas horas con gente, socializando, hablando, y además en inglés, que requiere más atención. Y todo porque esta mañana llamé a Gunnar para decirle que se me había terminado la leña. Le dije que no pasaba nada, que no había prisa, que ponía los radiadores más fuertes y punto, pero Gunnar es como es y me dijo que se acercaba un momento y me traía más leña. Yo acababa de desayunar, con café incluido, pero viendo que venía Gunnar, puse otra cafetera, que sé que le encanta llegar y lo primero de todo sentarse a tomar uno. En esas, me llama él a mí, que ha ido a mirar y resulta que a él también le queda muy poca leña, que se va a acercar a buscar leña a casa de unos amigos y que si me apetece acompañarle, que viven en una zona muy bonita, con vistas a la montaña. Le dije que sí y pasó a buscarme.

Los amigos de la leña se llaman Karl y Cecilia. Karl fue compañero de instituto de Sune, el hijo de Gunnar, el que vive en Umeå y tiene tres niños. Eran muy amigos, Karl y Sune, bueno, siguen siéndolo, aunque ahora se vean poco y hayan llevado vidas muy diferentes desde que terminaron el instituto. Y es que todo lo que Sune viajó por el mundo, antes y después de estudiar la carrera, no lo hizo Karl. De hecho, después de darle muchas vueltas, tampoco se decidió a estudiar una carrera.

Karl no llegó a irse nunca de Jokkmokk. Conoció a Cecilia, su mujer, en el instituto, y como ella es un año más joven que él e iba un curso por detrás, decidió que se quedaría a esperarla. Siempre le había gustado la naturaleza, el bosque, así que empezó a trabajar en la empresa maderera de la familia de Cecilia, que llevaban el padre y el tío. Al tío le acababan de diagnosticar un cáncer, tenían que darle quimioterapia y, como mínimo, si todo iba bien, iba a estar cinco o seis meses de baja. Karl se puso a trabajar en la empresa, en principio por unos meses, para ayudar al padre de Cecilia mientras el tío se recuperaba, pero de todo esto han pasado ya quince años y ahí sigue. El cáncer del tío de Cecilia remitió, volvió a trabajar y sigue estupendamente; de hecho, hoy le hemos visto un momento, ha pasado por casa de Karl y Cecilia a dejar un camión y coger otro y nos ha saludado con energía: un hombre mayor, de la edad de Gunnar, con el pelo blanco y una barba blanca y larga. Parecía el primo de Papá Noel, o el propio Papá Noel con un mono azul y un abrigo de pana.

El caso es que, aunque el tío se recuperó pronto, Karl ya siguió trabajando en la empresa, y no porque le quisiesen hacer un favor al chaval, sino porque los dos hermanos no daban abasto, y la empresa tenía mucho más potencial del que le estaban sacando. Cecilia, entre tanto, ya casi estaba terminando su último curso en el instituto y aunque también había medio pensado que quería mudarse a Luleå, o a Umeå, y estudiar algo en la universidad, encontró, casi sin buscarlo, una sustitución de verano trabajando de administrativa en el centro de salud de Jokkmokk, y como estaban tan contentos con ella y la persona a la que estaba sustituyendo estaba a punto de jubilarse, le propusieron quedarse a trabajar allí.

En fin, que se quedaron, Karl trabajando en el bosque con la familia de Cecilia y ella trabajando en el ambulatorio de Jokkmokk. Al principio, estuvieron viviendo en la casa de verano de los padres de Karl, que estaba a medio camino entre Jokkmokk y Kvikkjokk, pero en un par de años ya se habían construido su propia casa, tan solo a quince kilómetros del centro y muy cerca de la casa de los padres de Cecilia, que es donde tienen la oficina de la empresa maderera.

Cuando llegamos allí, llamamos a la puerta, y Karl nos dijo que pasásemos, que estaba abierto y que él estaba en la cocina. Estaba leyendo el periódico y esperándonos. Nos dijo que nos sentásemos a tomar un café con él mientras venía Cecilia, que había ido a buscar la leña. La cocina era casi tan grande como toda mi cabaña, con dos ventanas enormes por las que se veía el bosque, un bosque muy parecido al mío, y al fondo, las montañas, las montañas donde está Kvikkjokk. Y al otro lado de las montañas, bastante más lejos, Noruega. La mañana estaba muy despejada, así que se veían las montañas con bastante nitidez, y llenas de nieve, mucha más nieve de la que hay aquí, que no termina de cuajar.

Era mi tercer café de la mañana. El primero, al desayunar; el segundo, justo antes de salir de casa, al venir Gunnar a recogerme, y el tercero, bien cargado, en la cocina de Karl. Ni se me ocurrió que podía haber dicho que no quería café; además, me apetecía y no estaba pensando en la cantidad de cafeína que le estaba metiendo al cuerpo. Ya me he acostumbrado a beberlo como lo beben aquí, solo y sin azúcar, y a rellenar la taza cuando se termina. Así que cuando digo que me tomo un café, en realidad me estoy tomando dos, y cuando digo que me he tomado tres, resulta que más bien son tirando a seis. Pues eso, seis cafés entre las ocho y las once de la mañana. Y me sentía muy bien ahí sentada en el banco de la cocina de Karl y Cecilia, con la taza calentándome las manos y con el sabor del café en el paladar, notando como mi cerebro estaba en muy atento y captaba hasta el más mínimo detalle de lo que estaba ocurriendo. Estaba concentrada al máximo escuchando lo que nos estaba contando Karl; acababa de leer en el periódico un artículo sobre el cierre de una mina de hierro en Pajala, una mina que había revolucionado el pueblo en los últimos años, que había conseguido no solo que los jóvenes no se marchasen de allí, sino que los que ya se habían marchado regresasen, o que llegasen personas nuevas, gentes de todas las partes de Suecia.

Pajala, me contaron cuando les dije que no me estaba enterando de nada, es un pueblo al norte de Luleå, en la frontera con Finlandia. Tan casi en Finlandia que de hecho no solo hablan sueco, sino también finlandés y otro idioma local parecido al finlandés. Bueno, pues resulta que en Pajala, hasta hace unos días, había una mina de hierro que en los últimos años le había dado un nuevo aire al pueblo y que acababa de cerrar. Los precios del hierro a nivel mundial no hacían más que bajar y a la empresa propietaria de la mina no le salían las cuentas. El artículo era de opinión y no contaba nada nuevo: la noticia del cierre de la mina y el despido de los trescientos empleados que quedaban la habían publicado hace unos días, pero lo que sí hacía el artículo era reflexionar sobre el tema y conectarlo con los planes de abrir otras minas en la región, como por ejemplo la de Jokkmokk, el motivo de la discusión que presencié la última vez que estuve con Gunnar en el bar, un proyecto que de momento estaba paralizado a la espera de si la empresa recibía licencia de explotación o no, y según parece, por la opinión provisional que había dado el Gobierno regional al respecto, no iban a recibirla.

Karl nos decía que no sabía qué pensar, no sabía si quería o no quería que saliese para adelante el proyecto de la mina en Jokkmokk. Obviamente, con los precios del hierro estando como estaban, la verdad es que no parecía una idea muy brillante, pero según escribían los economistas en los periódicos, y Karl seguía siempre esas noticias con atención, la bajada de los precios del hierro era una cuestión temporal. Volverían a subir, y subirían más que antes. La lista de regiones y países que estaban empezando a producir y a consumir como países desarrollados no hacía más que aumentar. Al mundo le iba a hacer falta mucho hierro, y a Jokkmokk le vendría muy bien poder venderlo cuando los precios empezasen a subir. Pero más que nada, lo importante es que la mina traería gente a vivir a Jokkmokk, gente para ir a las tiendas, gente que necesitaría casas, casas que habrían de construirse, gente con niños para ir a las escuelas, gente que pagaría impuestos que ayudarían a mantener un servicio digno en el centro de salud, incluso para mejorarlo, para poder seguir yendo a recoger a los enfermos que viven en zonas alejadas en helicóptero en caso de urgencia. Eso por un lado, pero por otro, aunque la mina podía traer muchas cosas, también podía llevárselas igual de rápido si la empresa quebraba, como estaba pasando en Pajala. Y aunque la empresa no quebrase y la mina fuese un éxito, llegaría un momento en que el hierro se terminaría, ¿y entonces qué?, ¿sería como volver al principio? Como al principio, pero con las aguas contaminadas.

Aunque Karl le daba vueltas a todo esto a un ritmo pausado y tranquilo, la realidad es que no paraba de hablar, yo me daba cuenta de que Gunnar intentaba meter baza de vez en cuando, pero cuando se iba a arrancar a hablar, ya había retomado el monólogo Karl. La situación era graciosa. Además, iba documentándolo todo con diferentes artículos de periódicos y revistas que iba sacando de un revistero enorme y los iba poniendo encima de la mesa. Yo no entendía nada porque estaba todo en sueco, pero veía las fotos. Muchos de los artículos eran de economía, de un periódico naranja que me recordó a las páginas naranjas de economía de El País, que jamás he leído pese a haber estudiado ADE. A Gunnar también le llamó la atención ese periódico naranja, aunque él sí que lo conocía, y le preguntó a Karl si era suscriptor. Sí, lo era, era el regalo que le había hecho Cecilia las Navidades pasadas: una suscripción por un año. Karl hasta entonces solo lo había comprado de tarde en tarde. Llevaba mucho tiempo pensando que quería subscribirse, pero es de esas cosas que a veces uno no hace aunque lo haya pensado en muchas ocasiones. Así que ahora, todos los días le llegaba al buzón el periódico naranja de economía, pero no solo ese, también recibían un periódico de la región de Norrbotten que yo ya había visto a veces en el coche de Gunnar, y un periódico nacional.

A todo esto, Cecilia no venía con la leña, y Karl decía que se habría entretenido con algo, seguramente con las gallinas. Las habían comprado hace poco y todavía estaban en fase de adaptación, tanto las gallinas como ellos. Eran gallinas normalitas, nada de esas gallinas de raza que compran otros. Apunte mental: algún día, cuando vuelva a la vida normal, con ordenador y Wikipedia, mirar qué es eso de las gallinas de raza y ver cuántos tipos de gallinas hay. Pues eso, que las gallinas de Karl y Cecilia eran gallinas normalitas y habían ido a comprarlas a una granja industrial, de esas en las que tienen a cientos de gallinas viviendo apretadas unas con otras, encerradas, sin ver la luz del sol y con las luces de la granja encendidas casi todas las horas del día para que pongan el máximo número de huevos posibles. Compraron veinte gallinas en plan operación rescate, de esto hace dos semanas, y en la primera semana se les habían muerto cinco sin que supiesen muy bien por qué. Se asustaron pensando que se les iban a morir todas y vino de visita una prima de Karl que es veterinaria y no encontró ninguna explicación lógica. ¿Quizás el cambió de vida las había afectado demasiado?, ¿quizás había sido por culpa del transporte desde la granja? El cambio de vida era, se mirase por donde se mirase, para mejor. ¿Pero a lo mejor los animales que se acostumbran a vivir una vida chunga cuando empiezan a vivir mejor no se adaptan? Gunnar consiguió cortar el monólogo de Karl un instante y apuntó que eso de acostumbrarse a vivir una mala vida muchas veces también les sucede a las personas, luego se rellenó la taza de café y le dejó seguir hablando de las gallinas. El caso es que ya fuese por la visita de la veterinaria o porque se habían muerto todas las que se tenían que morir, en esta segunda semana, no se les habían muerto más gallinas. Pero andaban con mucho cuidado, con muchos mimos, y seguramente Cecilia estaba allí, entretenida en el corral.

Con la pausa para hablar de las gallinas, parecía que a Karl se le había olvidado el asunto de la mina, pero no. Siguió enlazando unas cosas con otras, contándonos como Cecilia siempre había sido muy ecologista y como él había ido aprendiendo de ella; siguió poniendo más artículos encima de la mesa, pero ahora no eran periódicos, sino revistas, revistas de dos asociaciones ecologistas, una de ellas la versión sueca de Amigos de la Tierra. En las revistas, también había artículos sobre el tema de la mina en Jokkmokk, sobre los destrozos irreparables que se les iba a hacer a las zonas no solo de extracción, sino también de transporte de los minerales, sobre el hecho de que en ese territorio pastaban los renos de los samis, sobre la legislación minera, sobre el impuesto ridículamente pequeño que tendría que pagar la empresa extractora, una empresa británica.

En estos artículos de revistas, había más fotos que en los artículos de periódico que nos había enseñado antes, así que yo me podía entretener viendo las fotos al tiempo que escuchaba atentamente el monólogo de Karl. Y hacía las dos cosas como si fuesen una sola, lo que escuchaba completaba lo que veían mis ojos en las fotos y viceversa, y simultáneamente veía por un rabillo del ojo que Gunnar estaba haciendo lo mismo que yo, pero él estaba de pie y yo sentada; él también estaba hojeando los artículos, leyendo con las gafas de leer que lleva siempre colgadas, igual que mi padre llevaba siempre colgadas las suyas. Seguramente, él no solamente estaba mirando las fotos, y seguramente se estaba enterando menos que yo de lo que Karl nos estaba contando. No porque Gunnar se entere poco de las cosas, o porque este viejuno, no, más bien porque yo me estaba enterando más de lo normal, me estaba enterando de todo, incluso de las cosas que Karl dejaba a medias y no decía del todo, quizá porque no lo tenía claro, qué sé yo, o porque le daba vergüenza pensar o decir ciertas cosas, porque los márgenes de lo políticamente correcto a veces son más estrechos de lo que nos creemos. Y me estaba observando también a mí misma pensando todas estas cosas, usando conceptos que no suelo usar, como el de que algo sea políticamente correcto o no lo sea. Y mientras tanto, con el otro rabillo del ojo, estaba viendo el bosque y las montañas al fondo, estaba imaginándome el dichoso pueblo de Kvikkjokk del que he oído hablar tantas veces y que algún día tendré que visitar, la extensión de montañas más allá de Kvikkjokk, el parque nacional de Sarek, con sus osos y alces y linces, y valles silenciosos, y agua, mucha agua. Que todo esto lo sé porque hay un libro sobre Sarek en la cabaña, en la estantería de la cocina, junto a dos libros de cocina en sueco. El libro sobre Sarek también está en sueco, pero no importa porque yo lo que miro son las fotos. Y más allá de Sarek, o justamente en el borde occidental de Sarek, la frontera con Noruega.

¿Y la mina?, ¿en qué zona estaba proyectada? Intenté encontrar una pequeña pausa en el relato de Karl a ver si se lo podía preguntar, pero no hubo manera, pensé que ya se lo preguntaría luego a Gunnar, o al propio Karl, cuando callase. Pero se me olvidó. Hubo un momento en el que Karl, mientras buscaba una foto concreta en una de las revistas, hizo una pausa digna de llamase pausa, y yo tuve mi oportunidad de preguntar, pero en ese momento, ya se me había olvidado la pregunta, sabía que quería hacerle una pregunta y la tenía en la punta de la lengua, pero no había manera. Y me acuerdo ahora, unas cuantas horas más tarde, y en la cocina de casa, sola y sin nadie a quien preguntar, contándoselo a la grabadora. Podría llamar a Gunnar y preguntarle que dónde quieren hacer la famosa mina, y me lo contaría encantado, y capaz sería de decir que se viene ahora mismo para acá con un mapa. Pero no, tanta curiosidad no tengo, lo que tengo es la cabeza como un bombo y dolor de cabeza, y prefiero seguir aquí en silencio, o hablando conmigo misma, que es casi como estar en silencio, aunque me quede sin saber dónde está proyectada la mina. Ya me enteraré otro día.

Todo lo agotada que estoy ahora es todo lo despierta que estaba esta mañana en la cocina de Karl y Cecilia. Tuvo que ser la cafeína. Mi cabeza estaba a ochenta cosas a la vez, atenta a todo y haciendo conexiones sin parar. Mientras Karl rebuscaba entre los artículos de las revistas buscando esa foto que quería enseñarnos, yo intentaba acordarme de esa pregunta que tenía en la punta de la lengua y, al mismo tiempo, veía como Gunnar leía y fruncía el ceño, también veía como levantaba los ojos de la revista y los posaba en un cuenco con galletas que estaba al otro lado de la cocina, como se acercaba al cuenco de galletas, como cogía dos galletas y se volvía al mismo lugar donde estaba antes, exactamente al mismo lugar, de pie al lado de la ventana con el culo medio apoyado en el poyete y el sol iluminando la revista que estaba ojeando. Se llevó una de las primeras galletas a la boca al tiempo que retomaba la lectura y ocurrieron dos cosas a la vez. Una, que se le volvió a fruncir el ceño, seguro que algo de lo que leía no le hacía gracia, y dos, que se le puso una media sonrisa en la boca y en los ojos, una media sonrisa que quería decir que le estaba gustando la galleta, o así lo interpreté yo.

Estaba claro que Gunnar se sentía en esa casa como en su casa; si no, no se habría cruzado la cocina para coger una galleta, seguramente ha estado allí bastantes veces, como mínimo cada vez que viene a por leña. Y bueno, a decir verdad, Gunnar parece tener bastante facilidad para sentirse en su casa en cualquier sitio; en mi casa tardó poco en abrir y cerrar la nevera sin preguntar, igual que su hija Rebecka, a la que por cierto tengo ganas de ver. Bueno, qué digo, ¡si hoy la he visto! Iba conduciendo el autobús regional, su autobús, cuando yo iba en el coche con Cecilia y nos hemos cruzado con ella. Nos ha pitado y saludado, y me ha hecho gracia verla en acción en su trabajo de conductora, pero casi no cuenta como haberla visto porque no ha sido nada más que un segundo y desde lejos. Y sí, yo iba en el coche con Cecilia; así, tan de repente lo cuento, que soy un caos y salto de atrás para adelante en mi relato y no me entero de lo que le estoy contando a la grabadora. Que total, da igual, pero en fin, mejor un poco de orden: Cecilia.

Cecilia estaba a punto de aparecer por la cocina; Gunnar iba ya por su segunda galleta, y yo, que en mi hiperatención cafeinada también estaba pendiente de lo que estaba pasando al otro lado de la ventana, vi a una chica salir de una especie de nave que había enfrente de la casa con una gallina bajo un brazo y una cesta bajo el otro. La puerta de la nave se había abierto de golpe, como si le hubiese dado una patada para abrirla. Esa chica pequeñita, con un abrigo verde luminoso, Cecilia, rápidamente desapareció de mi campo de visión al mismo tiempo que oí abrirse una puerta dentro de la casa. Karl, que acababa de encontrar la foto, porque se lo vi en la cara, también oyó la puerta abrirse y nos dijo las dos cosas a la vez, que mirásemos la foto y que acababa de llegar Cecilia con la leña. Y yo pensé que no, que de la leña nada, que yo había visto que solo traía una gallina y una cesta vacía.

La foto en cuestión estaba en una de las revistas de las asociaciones ecologistas, en un número de hace un año más o menos, cuando ecologistas de media Suecia aparecieron de repente en Jokkmokk para unirse a los ecologistas locales y a los samis y protestar contra la empresa minera y los políticos locales. En la foto salía mucha gente: había pancartas, megáfonos, camisetas de colores y, entre toda la gente, Karl puso el dedo encima de una chica con el pelo rubio y rizado y le preguntó a Gunnar si esa chica no era Lilly. Yo, al oír el nombre, no caía. Sí, me sonaba el nombre, pero no me acordaba de por qué, pero al ver la reacción de Gunnar conecté rápido unas cosas con otras y me vino a la mente una foto que había visto cuando estuve en casa de Gunnar hace un par de meses, la foto de una mujer joven apoyada en el hombro de Gunnar, en el jardín de la casa lleno nieve. La mujer de la foto era Lilly, su hija pequeña, la que vive en Brasil, y que, según me contó Gunnar ese día en su casa, se supone que la última vez que vino por Jokkmokk fue hace cuatro años, para el entierro de Astrid.

Eso es precisamente lo que le dijo Gunnar a Karl mientras se acercaba la foto a los ojos, que Lilly no había estado en Jokkmokk desde hacía cuatro años, desde el entierro de Astrid. Pero miraba la foto, tocaba el papel con las manos y decía que la verdad es que esa chica se parecía mucho a su Lilly, a su Lilly cuando se enfadaba. Y es que en la foto se veía a la chica estirando el brazo y con la boca abierta, como gritando algo. No es la única persona de la foto que sale estirando el brazo y con la boca abierta, casi todos lo hacen, como si le estuviesen gritando algo a alguien, que supongo que es lo que estarían haciendo, pero sí que es cierto que Lilly es la que más enfadada parece de todos. Pero que sea o no sea Lilly, no ha quedado nada claro, y Karl daba la impresión de que no sabía dónde meterse. Estaba claro que él no sabía que Lilly, oficialmente, llevaba cuatro años sin pisar Jokkmokk y había estado buscando la foto porque pensaba que a Gunnar le haría ilusión ver a su hija en una revista, aunque fuese con cara de enfadada.

En ese momento, entró Cecilia en la cocina, cuando Gunnar estaba pegado a la ventana intentando iluminar la foto un poco más y moviendo la cabeza de un lado a otro. Cecilia dijo «hej»; luego, «hello», y al verme a mí, me dio la mano para saludarme. Después, al ver la cara de circunstancias de Karl, y a Gunnar tan ensimismado en la foto, le preguntó rápidamente algo en sueco a Karl, que le respondió también en sueco señalando a Gunnar y frunciendo el ceño. Y es curioso que, aun no enterándome de nada, porque no me entero absolutamente de nada cuando oigo hablar en sueco, el lenguaje no verbal sea a veces tan transparente. Cecilia puso cara de «madre mía, ¡qué has hecho!», o de «¡cómo se te ocurre!», y volviendo al inglés, le dijo a Gunnar que seguramente se trataba de alguna chica muy parecida a Lilly, pero no Lilly. Se acercó a mirar la foto y dijo que la calidad era muy mala, que las caras salían muy pequeñas. Es verdad que la chica se parecía a Lilly, pero también podía ser cualquier otra rubia con el pelo rizado. Y a todo esto, Cecilia tenía una gallina bajo el brazo, y la gallina estaba empezando a ponerse nerviosa, así que Cecilia cerró la puerta de la cocina y soltó a la gallina, que se puso a picotear las migas de galleta que había a los pies de Gunnar.

La gallina fue una buena excusa para cambiar de tema y que Gunnar dejase de darle vueltas a la foto de la revista, al menos por un momento. De todas maneras, Gunnar le pidió a Karl si le podía dejar prestada la revista unos días. Luego le preguntó a Cecilia lo que yo me llevaba preguntando un rato, que por qué había traído una gallina a la cocina.

Estaba enferma, otra gallina más que se les ponía enferma. En la cocina, se había espabilado un poco, pero en el corral estaba todo mustia y a Cecilia le había dado miedo que se les fuese a morir como las anteriores, así que había decidido que la iba a llevar a la veterinaria inmediatamente. Le preguntó a Karl si se podía encargar de ir a recoger la leña para Gunnar, ¿y quizás Gunnar le podía ayudar? Eso por un lado, y por otro lado, ¿a lo mejor a mí me apetecía acompañarla a la veterinaria? La pregunta me pilló por sorpresa. Nos acabábamos de conocer y apenas habíamos cruzado dos palabras, pero me lo propuso tan convencida que casi sin darme cuenta le estaba diciendo que sí, que «yes, yes», que nunca había ido a llevar a una gallina a un veterinario. O alguna tontería así le dije. El caso es que lo de ir al veterinario era para ya mismo, lo que tardásemos en ponernos los abrigos y en meter a la gallina en el coche. Gunnar me dijo que no me preocupase, que él se encargaba de la leña y que luego pasaba a buscarme por la casa de la veterinaria. Pero Cecilia que no y que no, que no hacía falta, que luego me llevaba ella de vuelta a la cabaña, que por supuesto sabía cómo llegar.

Así que nos fuimos con la gallina y con la cesta. La cesta era para meterla durante el trayecto en coche. Y dejamos a Karl con la palabra en la boca con el asunto de la mina: que si lo más importante, al fin y al cabo, era no destrozar irreparablemente la naturaleza de los alrededores de Jokkmokk. Pero por otro lado, si seguíamos viviendo como vivíamos y consumiendo tanto como consumíamos, aunque no estropeásemos la naturaleza de alrededor de Jokkmokk, estaríamos estropeando la de otras partes del mundo, y seguramente con menos controles. Y claro, viéndolo así… «Viéndolo así o viéndolo asá, pero nosotras nos vamos», le dijo Cecilia. Se lo dijo en sueco, pero no tengo la más mínima duda de que fue eso lo que le dijo. Y Gunnar, que había vuelto a ensimismarse con la revista, levantó la vista un momento para decirnos que tuviésemos cuidado con la gallina en el coche.

Una gallina en un coche. Siempre hay una primera vez para todo. Decidimos que íbamos a probar a llevarla conmigo en el asiento de delante. Es decir, yo sentada; encima de mí, la cesta; y en la cesta, la gallina. Y yo sujetando la gallina. Y funcionó más o menos bien. Es verdad que el trayecto no fue muy largo, pero lo suficiente para atravesar el centro de Jokkmokk y cruzarnos con unos cuantos coches y peatones. Y con el autobús de Rebecka, que nos saludó al vernos. Justo después de ver a Rebecka, Cecilia se puso muy seria y me sacó el tema de la foto en la revista, la foto de Lilly; me explicó qué es lo que había pasado en realidad y como Karl había metido la pata hasta el fondo. Pero, claro, Karl no sabía nada, le habían dejado fuera del asunto desde el principio. Yo estaba perdidísima con el asunto y debió de vérmelo en la cara, así que me dijo que me lo iba a contar desde el principio, y que no era tan grave, pero un poco de lío sí que era, más que nada porque Gunnar se iba a enfadar y con razón

Lilly sí que había estado en Jokkmokk el verano pasado. Había venido con un novio suyo brasileño, Joao, activista en el Movimiento Sin Tierra. Bueno, activista el novio y activista ella misma. En sus años en Brasil, Lilly había ido implicándose cada vez más en movimientos sociales y cuando se enteró de lo que estaba pasando con los planes de la mina en Jokkmokk, decidió que era buen momento para venir de visita y participar en las protestas. Sobre todo para venir de visita, que no venía desde la muerte de su madre, pero ya que estaban las protestas en marcha, ¿por qué no aprovechar?

Pero la cosa es que las fechas cuadraron de tal manera que para el mismo día que Lilly y Joao llegaban al aeropuerto de Luleå, había convocada una de las manifestaciones más importantes en la zona donde la empresa minera había proyectado hacer los agujeros, y a Lilly le pareció que podían aprovechar y pasarse por allí directamente antes de ir por casa. A Gunnar no le habían avisado de nada, iba a ser una visita sorpresa, y tampoco a Sune, el hermano mediano y amiguísimo de Karl. Pero a Rebecka sí que la habían avisado; de hecho, fue ella quien fue a buscarlos al aeropuerto y quien los llevó a la manifestación. Rebecka tenía muchas cosas que hacer ese día y les dijo que no se quedaba con ellos en la manifestación, pero que luego la llamasen para que se pasase a buscarlos e irse todos para casa de su padre.

Todo esto se lo contó la propia Rebecka a Cecilia unas semanas después. Rebecka, que con su trabajo de conductora de autobús muchas veces hacía también de servicio informal de correos, se había pasado por el ambulatorio a llevarle unas cosas a una de las enfermeras que era amiga suya. Y al ver a Cecilia en la recepción, le dijo que quería hablar un momento con ella. Se tomaron un café allí mismo, en la recepción, y Rebecka le contó todo, que Lilly había estado en Jokkmokk y que a ella y a su novio Joao los había detenido la policía. Lilly no quería que su padre y su hermano Sune se enterasen, primero por no preocuparlos, pero sobre todo porque, al salir del calabozo, a Lilly le dio tanta vergüenza que no se le ocurrió otra cosa que marcharse sin avisar. Porque es así, porque le dan esos impulsos. Y además le pidió a su hermana que le guardase el secreto.

A Rebecka le pareció una estupidez y se lo dijo, pero poco pudo hacer para convencerla porque Lilly la llamó cuando estaba ya en el aeropuerto de Luleå a punto de coger un avión de vuelta para Estocolmo. Habían cambiado sus planes y no se quedaban en Jokkmokk. Ya vendrían otra vez. Pero que no se enterasen ni Gunnar ni Sune; le daba mucha vergüenza que supiesen que a ella y a Joao, a quién todavía no conocían, los había detenido la policía. Pero en Jokkmokk todo el mundo se acaba enterando de todo, eso es algo que Lilly solo puede haber olvidado por llevar tantos años fuera. Rebecka, sin embargo, lo tenía muy claro y sabía que por una razón o por otra su padre se acabaría por enterar del asunto y se enfadaría; con razón se enfadaría. No porque la policía hubiese detenido a Lilly, sino porque se lo hubiesen ocultado y, sobre todo, por no haber podido verla estando tan cerca. Es por eso precisamente por lo que Rebecka quería hablar con Cecilia, por retrasar un poco lo inevitable. En el caso de que se enterase Karl, ella quería que Cecilia se ocupase de pararle los pies y le convenciese de que no hablase de ello con Sune. Cecilia le dijo que tranquila, que Karl era la excepción que confirma la regla de que en Jokkmokk todo el mundo se entera de todo; a Karl la mayoría de los cotilleos le pasan de largo.

Y ya está, ya habíamos llegado. Habíamos cruzado el centro de Jokkmokk, habíamos recorrido unos kilómetros en dirección a Luleå, cogido un desvío a la izquierda y, después de unos minutos por una especie de pista forestal, Cecilia paró el coche delante de unas casas destartaladas. Aquí vivía y trabajaba su prima la veterinaria. De la historia de Lilly, Joao y la manifestación, no había mucho más que contar. De momento. Ahora faltaba por ver cuál sería la reacción de Gunnar, porque tonto no era y había visto a su hija en la revista, así que llamaría a Rebecka para preguntar, eso seguro. Cecilia decía que la culpa era suya por no haber hablado con Karl cuando Rebecka se lo dijo. Se le olvidó.

No sé qué más iba a contar; de repente, se me ha ido el santo al cielo. La verdad es que estoy cansada y me duele mucho la cabeza. Toda la cafeína que tenía en el cuerpo esta mañana debe de haberme abandonado de repente. A la gallina no le pasaba nada grave, pero de todas maneras se quedó en casa de la prima, en observación. Ahora la que va a ponerse en observación soy yo, voy a tumbarme un rato en la cama a mirar el techo.

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