Sesenta metros cuadrados. Capítulo 26

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VEINTISÉIS

Miércoles, 15 de octubre (segunda grabación del día)

Me ha despertado el hambre. Creía que era por la mañana, convencida estaba, con esa sensación en el cuerpo de haber dormido mucho. Y sí que es verdad que he dormido mucho, más de tres horas, pero no es por la mañana, son las diez de la noche. Cuando me he levantado he ido directa a la nevera y poco a poco me he ido dando cuenta de que algo raro pasaba; no llevaba puesto el pijama, sino los vaqueros y la sudadera, y las luces del salón y la cocina estaban encendidas. He tardado en caer en que lo que había pasado es que me había despertado de una siesta larguísima. Y luego me ha costado recordar qué es lo que he hecho antes de la siesta, el resto del día. La pista me la ha dado la grabadora, que estaba encima de la mecedora. No en la mesita de al lado de la mecedora, que es donde la suelo dejar, sino directamente encima de la mecedora. Y entonces he empezado a acordarme del resto de las cosas. De cómo he llegado cansada a casa y me he encontrado con dos sacos de leña en la puerta, de Karl y de Cecilia, del viaje en coche con la gallina. Pero no voy a entretenerme a pensar otra vez en esas cosas, no ahora.

Lo que quiero es seguir un rato más en el sueño que he tenido. Me he preparado la cena y he cenado pensando en el sueño, tirando del hilo de los detalles que recordaba, que son muchos, para que no se me olviden y para poder contarlos ahora. No sé por qué, pero el caso es que me parece importante dejar grabados estos sueños tan intensos, igual que el sueño que tuve hace unas semanas con la paella en casa de mis padres y san Antonio. He vuelto a soñar con él, con san Antonio Abad, el mismo cuerpo delgado y alto, la misma barba, las mismas pintas, la misma ropa de monje, incluso me ha parecido que tenía la misma voz y la misma… ¿personalidad? ¿Personalidad de alguien que aparece en un sueño? Yo diría que sí, que la misma personalidad, aunque sea la personalidad que mi mente decida ponerle.

Esta vez no estaban ni Marcos ni mis padres, y tampoco estábamos en su choza en el desierto de Egipto. Estábamos en mi cubículo, el de la oficina, yo sentada en la silla de mi escritorio, y él en el pequeño sillón que yo apenas usaba, ese en el que se supone que me debería sentar para leer los informes o los documentos largos, para cambiar un poco de postura y cuidarme la espalda. En la práctica, era el sillón en el que se sentaba la gente que venía de visita a mi cubículo, que no era mucha. Últimamente, en la época de la fusión de las dos empresas, quien más ratos pasaba en el sillón era Javier Román, que venía a informarme de cómo iban las tareas que había delegado en él. Siempre tan puntual, tan cumplidor, tan estricto en eso de no quedarse en la oficina ni un minuto más de lo que ponía en su contrato. Me pregunto cómo le irá ahora a Javier Román. Pues le irá bien, no se me ocurre que le pueda ir de otra manera, hay gente que es así.

Justo de eso es de lo que empezamos a hablar, de Javier Román; al menos es lo primero que recuerdo del sueño. Y seguramente porque a san Antonio le dio por aparecer sentado en el sillón donde Javier se solía sentar, y con la misma tranquilidad en el cuerpo. Luego, la verdad es que no hay muchos más parecidos entre ellos, al menos de aspecto. Javier es de mi altura, es decir, tirando a bajito, y regordete. Y san Antonio, todo lo contrario, largo como un palo largo y chupado como un perro hambriento. Y con los pies llenos de barro, como recién salido de la orilla del riachuelo donde estuvimos charlando la última vez. Traía consigo un pan, un pan partido en dos trozos.

—Laura, la última vez que nos vimos, estábamos partiendo este pan que nos trajo el cuervo Pablito.

—Fue entonces cuando me desperté.

—Sí, pero yo guardé el pan.

Lo pienso ahora, despierta, y la cosa no tiene mucho sentido; al decirle eso en voz alta, lo de que fue entonces cuando me desperté, debería de haberme dado cuenta de que estaba otra vez en un sueño. Pero no até cabos. Supongo que todo era tan real, incluso el olor, que no había sitio para pensamientos de ese tipo; toda mi atención estaba puesta en lo que estaba pasando ante mis ojos. Ese olor intenso, olor a animal, venía por supuesto del jabalí de san Antonio, que al principio no le veía porque se había escondido debajo de mi escritorio, pero que pronto se hizo notar lamiéndome los pies. Entonces, me di cuenta de que estaba descalza, en la oficina pero descalza, y como me estaba haciendo cosquillas, moví un poco las piernas y salió rápidamente resoplando y yéndose a explorar el resto del cubículo.

San Antonio me lanzó mi mitad del pan, lo cogí al vuelo y comimos un poco. También, le dio un poco al jabalí, que no perdía el tiempo y ya se estaba comiendo las hojas de los dos geranios que había en el cubículo:

—Perdona que se esté comiendo tus plantas, está acostumbrado a estar en el campo y a comerse todo lo que le venga en gana.

—No son mis plantas, ya no trabajo aquí.

—Es verdad.

—Y cuando trabajaba aquí, tampoco hacía mucho caso a las plantas.

—No, estabas todo el rato mirando la pantalla del ordenador.

—Y hablando por teléfono.

—Pero cuando hablabas por teléfono, lo hacías con los auriculares puestos y la mitad de las veces seguías tecleando y mirando a la pantalla del ordenador al mismo tiempo.

—Tienes razón. Oye, tú…

—¿Que cómo sé tantas cosas?

—Sí.

—He vivido muchos años.

Y ahí se quedó el asunto. Me intrigaba que supiese tantas cosas de mí, pero el caso es que no le pregunté más. Y ahora que estoy despierta, tampoco me parece tan raro; sabía todas esas cosas de mí porque soy yo misma quien le pone las frases en la boca, y también soy yo quien decide que el jabalí tenga o no tenga ganas de comerse los geranios. Sin embargo, ahora que estoy despierta, lo que me intriga es cómo puedo ser capaz de evocarlo todo con tanto detalle, que parece que estuviese viéndolo como se ve una obra de teatro desde los asientos del público. Mientras que en el sueño propiamente dicho era como estar dentro del escenario. Me pasó igual con el sueño de hace un par de semanas, que, al evocarlo, me acordaba de muchísimos detalles, una cosa exagerada. Y ahí está grabado, aunque no lo haya escuchado. Y puede ser esa la causa, ¿no? Quiero decir, lo de grabarlo, el ir contándolo en voz alta; ¿quizás es eso lo que hace que vayan apareciendo todos los detalles?

Bueno, que ya me estoy yendo por las ramas y pierdo el hilo del sueño, de este sueño. A ver. El pan, cada uno con su trozo, y también uno para el jabalí, que a ver si así dejaba en paz los geranios. Sí, eso, y después de comernos el pan, o más bien mientras nos lo comíamos, nos pusimos a hablar de Javier Román.

—Un buen hombre ese Javier; tenías que haberle escuchado un poco más.

—¿Qué quieres decir?

—Pues eso, que si le hubieses escuchado un poco más, te habrías dado cuenta de que era imposible que os diese tiempo a hacer todo lo que se supone que teníais que hacer.

—No creas, que darme cuenta sí que me daba cuenta, pero la única manera de seguir adelante era hacer como si no me diese cuenta.

—No lo entiendo.

—Y yo entiendo que no lo entiendas.

Y así seguimos un rato. Dándole vueltas al asunto de Javier Román y a cómo Javier intentaba hacerme entender, una y otra vez, que las peticiones y los plazos que nos ponía la dirección no tenían ni pies ni cabeza. Venía a verme al despacho con esa agenda grande que tenía, de piel marrón, y con el estuche lleno de lápices de colores para ir apuntando unas cosas y otras. Diferentes colores para diferentes tipos de tareas. Y en la última semana en la oficina, que fue como fue, conmigo encerrada en el cubículo y sin querer ver a nadie, Javier fue la única excepción, la única persona a la que sí aceptaba ver. Fueron nada más que cuatro días, de lunes a jueves, pero se me hicieron eternos. También es verdad que me había pasado el fin de semana sin salir de la oficina. Tenía la sensación de llevar allí toda una vida, una vida horrible.

San Antonio se metió la mano debajo del mantón que llevaba puesto y sacó una agenda de piel igual que la de Javier.

—¿Te acuerdas de las cosas de las que hablasteis en aquellos últimos cuatro días en la oficina?

—No mucho; cuando me pongo a recordar esos días, siento como si se me colocase una nube negra y espesa en el centro de la frente, justo encima de los ojos. Pero supongo que hablamos de todas las cosas que se iban a quedar a medias cuando yo me fuese.

—No, apenas hablasteis de eso.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tengo aquí el cuaderno de Javier con los apuntes de aquellos días. Y los lápices de colores ya están llegando.

Entonces, vi como el jabalí, que había vuelto a estar hurgando en los geranios, iba dando saltos hacia san Antonio con algo en la boca, el estuche de Javier.

—Calma, bonico, que no tengo más pan que darte, te vas a tener que conformar con que te acaricie la papada.

Después de acariciar al jabalí, y un buen rato, por cierto, san Antonio volvió a abrir el cuaderno de Javier y se puso a leerme los apuntes de esa semana, empezando por el lunes, 14 de abril de 2014.

—¿Te lo leo todo o solo el apartado que pone Reunión con Laura?

—Ya que te pones, léemelo todo.

Los primeros apuntes del día los había escrito desde casa, justo después de desayunar. Según san Antonio, ponía Apuntes de después del desayuno, con esa frase subrayada en azul:

Apuntes de después del desayuno

Hoy, Marga no se ha levantado a desayunar conmigo. Ayer nos pusimos tibios de mejillones de los que trae su primo de Lugo y le han sentado mal. A mí me han sentado muy bien, así que a lo mejor es algún mejillón concreto el que estaba mal, o que yo me controlé un poco más. En fin, que Marga se ha quedado durmiendo lo que no ha dormido por la noche. Además, puede hacerlo. Algún día tendré que hacer yo lo mismo que ella: trabajar desde casa y con horario libre. Aunque a este paso, es más probable que me jubile antes. Con quien sí que he desayunado hoy es con Pablo, que tenía no sé qué prácticas en la facultad y ha salido de casa corriendo, quejándose del maldito profesor que le ha puesto las prácticas tan temprano. Me ha dado tiempo a darle una pera y un par de servilletas mientras salía por la puerta. Un milagro ver a uno de mis hijos por la mañana de un día laborable, pero como Pablo iba con tantas prisas, me ha contagiado y al final he desayunado yo también a la carrera; no son ni siquiera las siete y veinte y ya estoy listo. Bueno, así me da tiempo a pensar un poco en la semana que empieza. No sé en qué momento dejé que me convencieran para encargarme de organizar el torneo de frontenis. Y Paula —al fin y al cabo, es por ella que me empecé a involucrar en esto de la asociación de frontenis— pues ahora va y dice que no va a participar en el torneo, que se va con sus amigos de la facultad a Lisboa. «Que van todos, papá, que cómo no voy a ir yo». En fin, que el año que viene no me van a mí ver preparando el torneo. Y luego está lo de la oficina, que no sé si habrán solucionado algo el fin de semana, pero el viernes, cuando me vine para casa, el pollo que teníamos montado era bien gordo. A Laura la vi bastante tocada e hice lo que nunca había hecho, quedarme dos horas extras en la oficina, ¡me quedé hasta las ocho! Pero tampoco mi presencia era muy importante y, sobre todo, que la empresa no paga las horas extras. Así que me fui para casa deseándoles suerte, también les dije que no se volviesen locos, que no se acababa el mundo. A ver con qué me encuentro ahora cuando llegue.

—Ya se han terminado los apuntes de después del desayuno. ¿Paso a los siguientes?

—Claro.

—Pues atenta, que vienen los Apuntes de la reunión con Laura, subrayado en verde.

Apuntes de la reunión con Laura

Madre mía, a esta chica le va a dar algo, si no es que no le ha dado algo ya. No me ha dado tiempo, bueno, qué digo, ni siquiera se me ha pasado por la cabeza, mencionar nada de la lista de cosas que llevaba apuntadas y que quería preguntarle; tampoco ponerle al día de cómo va el proceso de selección de becarios. He llamado a la puerta del despacho y, al principio, no me respondía, pero el caso es que veía luz dentro y sé que Laura no es de dejarse la luz encendida, así que he vuelto a llamar y le he dicho que podía volver más tarde. Tampoco ha contestado a eso, pero, aun así, me he esperado un poco más al lado de la puerta y al final me ha abierto, aunque seguía sin decir palabra. Eso sí, me ha señalado el sillón en el que suelo sentarme y lo he tomado como una invitación a que me quedase. Después, ha cerrado la puerta y ha ido a sentarse en su silla detrás del escritorio. Así nos hemos pasado por lo menos diez minutos. Nada más sentarse, me ha mirado un momento como diciendo «sé que estás aquí», y luego se le ha perdido la mirada en un punto fijo de la pared.

No sabía qué hacer, así que no he hecho nada; pensé que lo mejor era esperar a que ella me dijese algo. Yo ya le había dado los buenos días al entrar, y su única respuesta había sido señalarme el sillón. Lo tomé como su manera de darme los buenos días. Se oía el ruido del reloj en la pared, y yo iba alternando entre mirar a mi cuaderno y mirar el reloj, que por eso sé que fueron diez minutos exactos el tiempo que estuvimos en silencio. La sensación, sin embargo, era de haber estado más de una hora así. Qué poca costumbre tenemos en las oficinas —bueno, en las oficinas y en la vida así en general— de pasar tiempo juntos en silencio y sin hacer nada. Sin ni siquiera mirar el teléfono móvil, que no lo miré porque no me pareció apropiado estando Laura como estaba. Estar así en silencio le da a uno tiempo para pensar, incluso más que cuando me siento para escribir apuntes sobre algo, como estoy haciendo ahora. Porque si me siento a escribir apuntes, estoy pensando en cómo contar lo que ha pasado, cómo resumir, aunque a veces se me vaya el hilo, como se me está yendo ahora mismo, y parezca que no voy hacia ningún sitio. Pero lo que quería decir es que me ha parecido muy íntimo el momento de estar a solas con Laura los dos sin hacer ni decir nada, intimidad en el sentido de ser algo que no hemos compartido con nadie más. Ella en el escritorio y yo en el sillón.

El silencio lo ha roto ella preguntándome si quería un café y sacando un termo de unos de sus cajones. Me dijo que lo preparó esta madrugada antes de que llegase todo el mundo a la oficina. Me lo sirvió y se puso a hablar, a hablar sin parar, y yo intentando no perderme con lo que me estaba contando. Sobre todo, me hablaba del proyecto de los sistemas de comunicación, de que le había venido muy grande, de los correos electrónicos con quejas que seguían llegando sin parar, del teléfono, que si ahora no estaba sonando, es porque lo había descolgado un rato. Pero también me hablaba de su padre, un poeta que se pasó la vida trabajando de secretario en Telefónica, en Madrid, y que se mató en un accidente de coche unos meses antes de jubilarse, se mataron él y su madre cuando iban camino del pueblo. El pueblo era un pueblo en Salamanca, Sobradillo. Si alguien llega allí, es porque quiere ir allí o porque se ha perdido. Más allá, solo quedan las Arribes del Águeda y del Duero y, al otro lado, Portugal. Laura se puso a hablarme de su padre para contarme que a él las prisas de sus jefes en Telefónica siempre le habían dado un poco igual. En los últimos años, decía que todo el mundo se estaba volviendo loco con tanto rollo de la productividad y los planes de mejora. Llegaba a casa, se tomaba un café en la terraza, con hielo en verano, y se ponía a escribir como mínimo media hora, ese rato que no se lo quitase nadie, pasase lo que pasase. Y así desconectaba del trabajo. Poemas y más poemas. Publicó varios libros en una editorial minúscula de Salamanca, pero los poemas publicados debían de ser como mucho un diez por ciento del total.

En ese momento, Laura me miró a los ojos y me dijo que se acababa de dar cuenta de que yo le recordaba a su padre, no por la tripa y la calva, que también, sino por la tranquilidad con que andaba siempre por la oficina. La verdad es que podía haberme enfadado que me estuviese llamando calvo y gordo a la cara, pero el caso es que ni se me pasó por la cabeza enfadarme. Me hizo gracia. Y es que es cierto, soy gordo y calvo, las cosas son como son. Además, lo mejor del momento ha sido ver a Laura tan suelta y espontánea, que normalmente se esconde detrás de tantas capas que ni ella misma sabe cuántas son.

Antes de que volviese a coger el hilo del dichoso proyecto, le dije que su padre tenía razón, que nos estábamos volviéndonos locos con tanta productividad, tanta efectividad y tantos planes estratégicos de la monda lironda. Y que no tiene ningún sentido: si año tras año somos más efectivos y tenemos ordenadores más rápidos y programas más adecuados y, en fin, si poco a poco vamos mejorándolo todo, pues a nadie le entra en la cabeza que la gente cada vez tenga que trabajar más y a mayor velocidad. En fin, cosas en las que pienso bastante, pero de las que no suelo hablar con nadie en la pausa del café. También le conté algo que sabe muy poca gente en esta empresa: lo de que tuve que dejar mi anterior trabajo porque me había saturado de responsabilidades. Cuando me quise dar cuenta, estaba a cargo de cuarenta y cinco personas, y con mis jefes y mis subordinados dando por hecho que de media iba a trabajar doce horas al día. Y lo peor de todo era que yo también lo daba por hecho. Hasta aquel día en que me olvidé de ir a recoger a Paula a las clases de tenis. Paula tendría más o menos diez años y salía de tenis a las nueve en un polideportivo que pillaba a medio camino entre mi trabajo y nuestra casa. Tenía clases dos días por semana: Marga la llevaba al polideportivo y yo era el encargado de ir a recogerla. Ya me había pasado bastantes veces lo de que se me liase la cosa en la oficina y tener que llamar a casa in extremis a ver si Marga podía acercarse a por Paula. Y Marga a veces podía y a veces no, sobre todo cuando solo la llamaba con quince minutos de antelación. Y si no podía, pues tiraba de teléfono: mi padre, que todavía conducía, mi hermana, algún amigo cercano… incluso un par de veces, el colmo de los colmos, mandé a uno de mis subordinados a ir a recogerla. Pero aquel día no llame a nadie porque directamente me olvidé de que era martes y de que los martes y los jueves eran los días del tenis de Paula. Dieron las nueve de la noche, las nueve y media, y yo seguía enfrascado en un asunto en su momento al parecer importantísimo del que ahora no recuerdo ni el más mínimo detalle. Por lo menos, el polideportivo no cerraba hasta a las diez, y Paula no tuvo que esperar en la calle. Pero hasta las nueve y media no llamó a casa para decir que nadie había ido a por ella. No era raro que llegásemos con retraso, ya fuese yo a recogerla o alguien a quien yo hubiese liado para ir en el último momento. Llamó a casa y habló con Marga, que estaba preparando la cena. Marga me llamó a mí, y yo, bueno, a mí se me cayó el mundo encima. Dejé lo que estaba haciendo y me fui a por la niña, que cuando llegué, estaba viendo tranquilamente las clases de tenis del grupo de nueve a diez. No estaba enfadada, aunque yo le dije que debería estarlo un poco. ¡Y Marga tampoco! Me dijo que un despiste así lo podía tener cualquiera. Y ese fue el colmo, que se lo tomasen con tanta naturalidad, que estuviesen tan acostumbradas a que mi trabajo me ocupase de aquella manera.

Y si lo de trabajar a destajo hubiese sido por algo importante, si me dedicase a salvar las vidas de otras personas, pues aún tendría un poco más de sentido. Ni siquiera me dedicaba a algo útil como cultivar tomates, arreglar tuberías con escapes o ayudar a gente que no se puede valer por sí misma… Sí, mis desvelos seguramente contribuían en algo al posible incremento de ventas de la empresa. Pero ¿qué más da eso? Lo que no vendiésemos nosotros lo venderían las empresas de la competencia, así que en lo mismo daba. Lo de olvidarme de Paula me hizo darme cuenta de todo esto, cosas que de alguna manera yo ya sabía, pero que no había sido capaz de poner en palabras, así que fui a hablar con mis jefes de entonces para decirles que quería desandar el camino andado, que no quería seguir siendo responsable de equipo y que prefería volver a un puesto como el que tenía antes, por supuesto, con la bajada de sueldo correspondiente. Me contestaron que no. Ni siquiera me dieron la posibilidad de comentarles la otra de mis peticiones: que en el nuevo puesto quería respetar mi horario de trabajo, el que pone en el contrato, en mi contrato y en el de todos, el de cuarenta horas semanales y no cincuenta y cinco o sesenta. No me dio tiempo a plantear esto porque lo de dejar de seguir siendo jefe les pareció algo impensable. Decían que no podían poner a uno de mis subordinados en mi lugar y dejarme a mí como parte del equipo. Tampoco traer a alguien de otro departamento o fichar a alguien de fuera. Bueno, sí que podían hacer eso, pero entonces no habría sitio para mí. El nuevo jefe sentiría demasiada presión teniéndome a mí como subordinado, habría gente que seguiría prefiriendo mi estilo de liderazgo, se podría crear una división innecesaria, en fin, que si hiciesen eso, sería como poner a dos gallos en el mismo gallinero. Esa expresión dijeron, la de los gallos, y lo dijeron con tanta seriedad y tan convencidos que no solo no supe qué contestar, sino que se me escapó la risa. Había que verlos, con sus corbatas, con la expresión sería, con la gomina. Y ahí terminó mi carrera en la otra empresa. Bueno, y también mi carrera como tal. Desde entonces, lo mío no es una carrera profesional, es más bien un paseo.

A Laura, que ya tenía un poco más de color en la cara, le hizo gracia lo de paseo profesionalen lugar de carrera, y me dijo que ella también debería dejar de correr y ponerse a pasear, o al menos no correr una maratón a base de esprintar, que es lo que estaba haciendo. Eso me dijo, bueno, qué digo me dijo, eso me ha dicho hace veinte minutos, cuando he estado en su despacho. Y mientras me decía eso, sus ojos eran mucho más explícitos y me estaban diciendo «quiero salir de aquí», «ayúdame a salir de aquí», «no aguanto aquí ni un minuto más», «sácame de aquí, por favor»… y cosas por el estilo. Ahora, estoy de vuelta en mi escritorio, rodeado de las voces y los ruidos que hacen mis compañeros de trabajo. Y escribo, y pienso, y le doy vueltas a qué es lo que debo hacer respecto a Laura; ¿qué es lo correcto?

Si le digo a Laura directamente que lo que tiene que hacer es ir al médico y pedir la baja por estrés laboral, se va a cerrar en banda, y me cuenten lo que me cuenten sus ojos, se va a empeñar en que lo que tiene que hacer es apretar los dientes y salir de esta como sea. Le tengo aprecio, me parece una chica inteligente y además una buena jefa. No, no quiero jugarle una mala pasada, pero es que creo que lo que voy a hacer no es jugarle una mala pasada. Aunque así, de primeras, está claro que no le va a sentar nada bien. Sí, voy a hacerlo ahora mismo, voy a informar a los psicólogos de la empresa de lo que está pasando. Habrá que sacarle partido alguna vez a esto de ser una empresa posmoderna y multinacional, con psicólogos y «planes estratégicos de bienestar laboral». Supongo que serán confidenciales y que no le dirán a Laura que he sido yo quien les ha avisado. Pero bueno, si se lo quieren decir, que se lo digan, lo asumo, y si se enfada conmigo, sabré explicarle por qué lo he hecho.

San Antonio iba a seguir leyendo en el cuaderno, pero yo le corté:

—¡Así que fue Javier Román el que avisó a los psicólogos! Y yo pensando que había sido mi jefa por quitarme de en medio.

—¿Tu jefa? Esa mujer estaba encantada de tener a su cargo a alguien como tú; te dejabas exprimir como un limón y hasta parecía que te gustaba. Ese fin de semana te había dejado muy tocada, pero mal que bien habrías salido de esa, y ella habría podido seguir aprovechándose de ti un par de años más.

—¿Dos años más? ¿Tú crees que habría podido aguantar tanto tiempo? Si en cuanto entró el psicólogo por la puerta del cubículo, me puse a llorar allí mismo.

—Porque una vez que dejaste de apretar los dientes y te permitiste decir en voz alta lo cansada que estabas, ya no había vuelta atrás. Es como cuando estás de cañas y aguantas sin ir a hacer pis; en cuanto vas una vez al baño, ya no puedes parar de ir.

San Antonio, que había estado sentado todo el rato en el sillón de Javier Román, al decir eso de las cañas, se puso de pie, se acercó a la estantería y sacó dos cervezas de detrás de los archivadores. Las típicas Mahou Cinco Estrellas que solía beber Marcos. Me dio una y estaba bien fría. Luego, se sentó encima del escritorio, señaló una de las paredes del cubículo y, al hacerlo, se abrió una ventana por la que se veía el mar.

—Es la costa sur del Mediterráneo, cerca de la ciudad de Zuwara, en Libia. ¿Lo reconoces del viaje que hiciste con Marcos?

—No por haber estado allí, pero me suena el nombre. Me empollé mucho los mapas antes de ir.

—Ya me imagino. Pues yo cierro los ojos y es como si estuviese allí. Todo el sur del Mediterráneo es mi casa, mi primera casa. Después de pasar muchos años en el desierto de Egipto, fui subiendo hacia la costa, y desde Alejandría, fui moviéndome poco a poco hacia el oeste. En Zuwara, me quedé bastante tiempo porque hice buenos amigos. ¿Ves a toda esa gente en la playa?

—¿Son tus amigos?

—No, mis amigos murieron hace mucho tiempo. Estos serán en todo caso sus descendientes. Y, en realidad, tampoco. Parecen más subsaharianos que libaneses. Seguramente, intentarán cruzar a Italia esta noche. Con un poco de suerte, llegarán sanos y salvos. Como este chaval que vino a tu casa el otro día, ¿cómo se llama?, el que vive ahora con Gunnar.

—Se llama Mahmoud, pero no me suena que cruzase a Italia desde Libia; creo que llegó a Grecia desde Turquía. Cruzó a Italia desde Grecia y creo recordar que me dijo que lo hizo en avión.

Estuvimos un rato mirando por la ventana, no solo veíamos el Mediterráneo y las rocas de la costa, sino que también lo oíamos, lo olíamos, y nos entraba la brisa del mar en el cubículo. Yo cerré los ojos y escuchaba las olas junto a las voces de las personas que se movían por la playa. Uno de ellos estaba cantando una canción que repetía todo el rato la misma melodía y que encajaba perfectamente con el ritmo de las olas. San Antonio, mientras tanto, estaba tratando de recordar los nombres y las profesiones de los amigos que tuvo en Zuwara, contándomelo a mí, pero más que nada hablando consigo mismo; yo creo que ni se dio cuenta de que yo había cerrado los ojos. Por mi parte, me estaba quedando dormida, cosa curiosa teniendo en cuenta que para empezar todo eso era ya un sueño. Me pregunto qué habría pasado si me hubiese quedado dormida en mitad del sueño. Y si no me dormí, fue porque de repente noté algo en la pierna izquierda y al mismo tiempo oí un resoplido: el jabalí, que había venido a ronronear a mi lado. Seguramente, ya había terminado con los geranios y quería probar suerte a ver si le daba algo de comer. Pero me sentía de repente muy cansada, sin fuerzas para abrir los ojos, el único caso que podía hacerle al jabalí era acariciarle la papada, como había visto que le hacía san Antonio. Si le intentas acariciar en la cabeza, te da un bufido, pero si le acaricias la papada, ya no te lo puedes quitar de encima.

En estas me acordé de una cosa que san Antonio había dicho antes, cuando hablábamos de mi trabajo y de la decisión de Javier Román de avisar a los psicólogos de la empresa.

—Oye, perdona si te interrumpo mientras recuerdas tus viejos tiempos en Zuwara, pero dices que mi jefa habría podido estar aprovechándose de mí un par de años más. ¿Y por qué nada más que dos años más? ¿Qué habría pasado dentro de dos años?

—Eso contéstatelo tú.

Y entonces es cuando me he despertado. Así, de repente y completamente desorientada. Me ha llevado un buen rato darme cuenta de dónde estaba y de la hora del día que era, volver al mundo real. Estaba en la cama, en la cabaña, pero no con el pijama, sino con los vaqueros y la sudadera, tumbada encima del edredón, con un charquito de babas debajo de la boca; parecía que me hubiesen soltado en la cama como a un saco de patatas. Poco a poco, he ido acordándome del resto del día, de lo que hice antes de echarme la siesta, de haber ido a buscar leña a casa de Karl y Cecilia y de la gallina que hemos llevado a la veterinaria, pero en realidad lo que no consigo quitarme de la cabeza es el sueño que he tenido. Y es que, al contarlo en voz alta para grabarlo, han ido surgiendo aún más detalles, desplegándose dentro de mi cabeza según he ido enlazando una cosa con la otra. Los apuntes de Javier Román en el cuaderno marrón, las palabras de san Antonio, mis contestaciones, ¿cómo es posible acordarme de tantas cosas de un sueño? ¿Y cómo sé yo las cosas que Javier Román anotaba en su cuaderno? Bueno, qué digo, lo que tenía apuntado en el cuaderno no lo puedo saber; obviamente, me lo he inventado yo mientras soñaba, pero sí que son cosas que me ha contado, que de hecho me contó en esos últimos cuatro días que pasé en la oficina, incluido eso de que en su otra empresa trabajaba demasiado y el episodio de cuando se olvidó de ir a buscar a su hija a las clases de tenis. Y es verdad que vino al cubículo aquella mañana, que se sentó en el sillón de siempre y que me desahogué con él, que apenas le dejé hablar y que le dije que me recordaba a mi padre. Creo que hasta es verdad que le llamé gordo y calvo. Madre mía, qué poca vergüenza tengo.

¿Pero fue de verdad Javier Román quien avisó a los psicólogos de la empresa? Desde el principio pensé que era cosa de mi jefa, y me derrumbé tanto cuando empecé a hablar con Alberto, el psicólogo, que se acercó al cubículo a verme y ni siquiera le pregunté por qué estaba allí, que quién le había enviado. Estaba claro por qué estaba allí. Y lo de ponerme a pensar en quién les había dado el aviso y sospechar que les habría avisado mi jefa no llegó hasta más tarde, cuando ya había presentado mi dimisión y dejado la empresa. Y tampoco era una cosa que me quitase el sueño. Era lógico que les hubiese avisado mi jefa, entraba dentro de sus tareas como jefa preocuparse por estas cosas. Pero igual que yo tengo que reconocer, a mi pesar, que no me preocupaba demasiado por la salud mental de mis subordinados, es muy posible que mi jefa tampoco lo hiciese por la de los suyos. Pensándolo bien, tiene mucho más sentido que fuese Javier Román quien diese la voz de alarma, aunque no estuviese escrito en ningún protocolo que fuese su responsabilidad.

¿Y san Antonio? ¿Qué hago yo soñando con san Antonio Abad y con un jabalí al que le gusta que le acaricien en la papada? Ya me sorprendió el otro día, pero, en fin, el otro día estaba soñando con papá, con la barba de santón que se dejó unos meses antes del accidente, y papá al fin y al cabo había tenido guardada muchos años una estatuilla de san Antonio Abad, la que encontramos en el trastero de la casa de los abuelos en Sobradillo y que luego fuimos a llevársela a doña Juana, la hermana de don Aurelio, el cura amigo de papá que venía de vez en cuando a Madrid y que se pasaba por casa a tomar un picoteo con él en la terraza. Don Aurelio siempre venía con libros bajo el brazo y me quiere sonar que los viajes a Madrid los hacía para eso, para comprar libros, y muchas veces le traía libros a mi padre, libros de nuevos poetas de los que él se enteraba porque estaba siempre al tanto de las novedades.

Voy diciendo cosas y me sorprendo a mí misma mientras las digo. Sí, es cierto que don Aurelio venía siempre con libros y que muchas veces le traía libros a papá, pero yo pasaba completamente del asunto; mientras ellos se tomaban su picoteo, yo seguramente estaría viendo la tele en el salón, y la conversación de mi padre y don Aurelio no sería más que un ruido de fondo que activamente intentaría ignorar. Pero el caso es que me acuerdo, no puedo entender por qué, pero me acuerdo. Y también me vienen a la cabeza versos de los poemas que mi padre le leía a don Aurelio en primicia, antes de publicarlos. Jamás conseguí entender los versos de mi padre, y menos aún aprendérmelos. Bueno, pues va a resultar que me sé unos cuantos: cierro los ojos y escucho a mi padre en la terraza leyéndole versos a don Aurelio, y escucho también el runrún de la tele que yo tenía encendida en ese momento. Vale, podría ser que esos versos se me estén ocurriendo a mí ahora mismo, que la memoria me engañe y ponga pensamientos míos en boca de mi padre. ¿Pero versos míos creados así improvisadamente? Imposible. ¿Y todo esto a qué venía?

Voy a dejar de grabar ya de una vez, que esto empieza a parecer adictivo, mejor salir a tomar un poco el aire, a que me dé en la cara un bofetón de frío y me despeje. Luego, haré un poco de fuego en la chimenea con la leña nueva.

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