Sesenta metros cuadrados. Capítulo 27

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VEINTISIETE

Domingo, 26 de octubre

¡Menuda semana! Con tanto ajetreo, me había olvidado por completo de las grabaciones. Y si no llega a ser por Mahmoud, que se fija en todo y cada vez se corta menos preguntando, creo que aún habría seguido un tiempo más sin acordarme. Ya me avisó Alberto, el psicólogo, me dijo que si todo iba bien, llegaría un momento en que me olvidaría de las grabaciones, y que eso sería buena señal. ¡Pero aun así que no las dejase!

Bastante curioso este Alberto, ahora que lo pienso con la distancia de unos meses, me parece que es un psicólogo un tanto peculiar. En aquel momento, con la nube densa y negra que tenía yo en la cabeza, no se me ocurrió pensar en que la terapia que me estaba proponiendo era muy poco ortodoxa. Si es que a esto se le puede llamar terapia. Aunque también es verdad que yo misma fui muy poco ortodoxa en mis decisiones. Alberto me hizo la recomendación que debía: me propuso ir a que me viese un psiquiatra, entre otras cosas para que me diese la baja laboral, pero no le hice caso. Pensé que si iba a un psiquiatra, me iba a dar medicación, y la baja, y ya me veía en un agujero sin fondo, con la etiqueta de enferma puesta para siempre. Una etiqueta que me pondría yo misma, pero luego a ver cómo conseguía quitármela. Me imaginé todo el proceso: la baja, la medicación, ir a renovar la baja, que si sí, que si no, hablar con la jefa, sentirme un juguete estropeado, saber que, después de la recuperación, volvería a la misma empresa, las miradas que recibiría, o las miradas que yo me imaginaría estar recibiendo. No tenía ninguna gana de pasar por todo aquello, así que se me ocurrió otra idea. Hice unos pocos cálculos, bueno, los hice con la ayuda de Javier Román, que en ese momento yo estaba un poco saturada y lenta como para hacer cálculos por mí misma, y me di cuenta, nos dimos cuenta, de que si encontraba un lugar barato donde vivir, podría permitirme el lujo de dejar el trabajo. Eso sí, alquilando mi casa de Madrid y usando el dinero del alquiler para cubrir los gastos. Dejar el trabajo, sin médicos ni historias, dejarlo y punto. Ser libre.

A Javier Román no le pareció una locura que no quisiese poner en marcha todo el proceso de la baja. Al contrario, me dijo que si él estuviese en mi situación, haría lo mismo y se implicó mucho buscándome agencias para alquilar mi piso, comparando precios y condiciones. También me estuvo ayudando a mirar casas en los Pirineos hasta que llegó un momento en que le dije que ya me sentía con fuerzas de seguir organizándolo todo por mí misma. Fue entonces cuando me di cuenta, por primera vez, de la libertad que tenía por delante, de que podía hacer lo que me apeteciese. Empecé a mirar webs con casas y cabañas en los Pirineos, pero no tardé en cambiar la zona de búsqueda, y en dos o tres días estaba llamando a Niklas para preguntarle por la cabaña que alquilaba en Jokkmokk. No sé por qué, pero no le dije a Javier que había cambiado de destino, tampoco al psicólogo. Los dos deben de pensarse que estoy en los Pirineos desde principios del verano. Bueno, el psicólogo seguramente no debe pensar nada, no creo que le dé muchas vueltas a donde esté o no esté. Pero Javier lo mismo hasta está preocupado, debería llamarle. La última vez que nos vimos fue en uno de los bares de alrededor de la oficina, cuando yo ya había dejado el trabajo. Ese día fue cuando le agradecí la ayuda y le dije que ya me sentía con fuerzas de continuar el contacto con la agencia de alquiler, también de seguir buscando casa en el Pirineo. Me dijo que para cualquier cosa le llamase y, claro, le dije que le llamaría para contarle cómo me iba. Un día de estos me animo y le llamo, ahora que estoy otra vez tranquila en la cabaña después de la locura del viaje.

El viaje, así de repente un viaje, con Mahmoud y el resto de adolescentes refugiados. Dije que sí sin pensármelo mucho y a las pocas horas ya estaba montada en el autobús con toda la tropa. Volvimos a Jokkmokk antes de ayer y lo único que he hecho desde entonces es comer, dormir y hacer fuego en la chimenea. Y leer un poco, eso también, pero quedándome dormida en la mecedora a cada rato. Hoy por fin me he quitado el pijama y me he puesto ropa de persona normal porque iba a venir Gunnar con la compra de la semana. Ha venido Gunnar y con él ha venido también Mahmoud, que traía el ordenador portátil de Gunnar en el que ha metido todas las fotos del viaje. Lleva dos días retocándolas y colocándolas, quería venir para enseñármelas y las hemos estado viendo los tres juntos.

Justo cuando íbamos a ponernos con las fotos en la mesa de la cocina, es cuando Mahmoud ha visto mi grabadora, y se ha reído porque dice que parece electrónica del siglo pasado. Del siglo pasado no, pero casi, aunque al menos no es de las de cinta, sino que guarda las grabaciones en una tarjeta de memoria. Según Mahmoud, para hacer grabaciones de voz podría utilizar el móvil; entonces, le he enseñado mi móvil y eso definitivamente ya sí que le ha parecido del siglo pasado y ha entendido que no lo pueda utilizar para grabar nada. Luego, se ha puesto a trastear con las dos cosas. Su padre tuvo un móvil parecido hace años, ¡muchos años!, y él lo usaba para jugar al juego de la serpiente. Le he dicho, eso sí, que no se piense que siempre he tenido un móvil del siglo pasado, que yo antes tenía un móvil de empresa que sí que era un smartphone. Entonces va y me suelta que no me imagina trabajando en una empresa en España, que para él es como si yo siempre hubiese vivido en esta cabaña. Le iba a contestar, no sé el qué, pero le iba a contestar, cuando ya me estaba pidiendo también la grabadora. Se la he dado, diciéndole que tuviese cuidado en no borrarme nada, y me ha echado una mirada de «¿qué pasa, que te piensas que soy tonto?»; luego, se ha puesto a grabar un mensaje en dari. Bueno, sé que era en dari porque nos lo ha dicho al terminar de grabar, yo pensaba que era árabe y eso le he preguntado; entonces me ha respondido con un gruñido, está harto de que confundan el dari con el árabe. Y es verdad, es verdad que ya me lo había dicho, que su idioma es el dari. Lo que no ha querido es decirme qué es lo que ha grabado.

Pero se le ha pasado rápido el enfado en cuanto ha encendido el portátil de Gunnar y nos hemos puesto a ver las fotos. Las primeras eran todavía en Jokkmokk, en la puerta del instituto. Una la hice yo con el teléfono de Mahmoud, con todo el grupo de chicos y chicas inmigrantes y refugiados en la parte izquierda de la foto, y a la derecha, el grupo de chicos y chicas suecos. Y en el centro, todos los equipajes amontonados. La verdad es que es una foto que dice mucho del ambiente antes del viaje y explica uno de los motivos por el que surgió la misma idea del viaje, para intentar que los alumnos recién llegados a Suecia y los alumnos suecos empezasen a relacionarse. En la siguiente foto, salgo yo con cara de concentración escuchando a Hanna, que sonríe y gesticula con los brazos muy abiertos. Hanna, que es capaz de convencer a quien sea de lo que sea, y que combinada con Rebecka es un peligro. Se supone que venían a casa a tomar un café, nada más, y terminé haciendo la maleta y yéndome con ellas en el coche a toda prisa para no perder el autobús de la excursión. Y eso que la acababa de conocer.

Hanna es también de Jokkmokk, había ido con Rebecka al instituto y ahora vive en Gotemburgo. Aparecieron en la cabaña de repente, sin avisar, como cuenta Niklas que solían hacer las visitas de su abuela, o como aparecían a veces las visitas en la casa de los abuelos en Sobradillo, y me pillaron que me acababa de poner a encender la chimenea. Últimamente, he cogido la rutina de encender el fuego directamente después del primer café de la mañana, y también de tomarme ese primer café fuera de la cabaña, en el porche. Me lo dijo Cecilia el día que fuimos en el coche de acá para allá con la gallina. Al traerme a casa, la invité a tomar un café y nos sentamos en el porche y me dijo que ella hace eso todas las mañanas, tomarse un café al aire libre, que es la mejor manera de empezar el día aunque haga frío; haciendo eso nunca se constipa. Y desde entonces, me tomo el primer café en el porche y luego enciendo la chimenea y empiezo a preparar el desayuno que le he copiado a Gunnar: la papilla de avena, el zumo de naranja, las tostadas, el segundo café… Cuando llegaron Rebecka y Hanna, no me había dado tiempo a tanto, apenas me había tomado el café del porche y acababa de conseguir que prendiese el fuego en la chimenea. Así que las invité a desayunar conmigo.

Hanna llevaba ya en Jokkmokk un par de días visitando a sus padres, había venido con un poco de margen para poder pasar a saludarlos, pero el motivo del viaje era otro. Desde hace un par de años, está muy implicada en una organización, en plan una ONG, que se dedica a apoyar a los sin papeles que viven en Suecia. Normalmente, ya tiene suficiente con el millón de cosas por hacer que tienen en el grupo local de Gotemburgo, pero al ser de Jokkmokk también está enterada de las cosas que pasan por aquí, como por ejemplo los planes de este viaje. La idea le pareció tan buena que quería venir a ver qué tal resultaba en la práctica, con la intención de hacer algo parecido en Gotemburgo. Luego, en cuanto se puso en contacto con una de las profesoras que lo estaban organizando, le dijeron que andaban un poco escasos de adultos en el viaje y Hanna no tardó en dejarse convencer.

El viaje tampoco es que fuese una cosa nunca vista, se trataba de un viaje de estudios de una semana en el que iban a visitar diferentes pueblos y ciudades de la zona, entendiendo por «la zona» un área de una extensión enorme, lo típico aquí al norte de Suecia, que el pueblo de al lado está a doscientos kilómetros. También iban a cruzar a Noruega y Finlandia, y visitar algunos museos, parques naturales, hamburgueserías, centros comerciales… cosas típicas de los viajes de estudios. Se iban a quedar a dormir en las salas de gimnasia de institutos, con esterillas y sacos. Lo que sí que era un experimento, al menos en Jokkmokk, era lo de hacer un viaje conjunto con los alumnos del programa especial de introducción para extranjeros y los alumnos suecos. Y es que los dos grupos de alumnos, los suecos y los recién llegados, iban al mismo instituto y se veían todos los días en los recreos y a la entrada y la salida de las clases, pero apenas hablaban entre ellos. Así que ese era el motivo principal del viaje: pasar unos días juntos y conseguir que empezasen a relacionarse entre ellos. Bueno, y conocer la zona, sobre todo para los recién llegados, que a muchos les habían traído en autobús directo desde Luleå y la mayoría no habían visto mucho más.

Igual que yo, que Niklas me había traído en coche desde Luleå hace ya casi cuatro meses y en todo ese tiempo apenas había visto nada más. Fue hacer ese comentario, casi sin querer, y al momento siguiente ya tenía a Hanna insistiéndome en que me apuntase al viaje, que era una oportunidad estupenda, que así aprovecharía para conocer la zona, y que a ellos no les vendría nada mal la ayuda de un adulto más. Y tenía para pensármelo aproximadamente una hora, para pensármelo y para empaquetar. Ese día, los chicos tenían clase solo por la mañana, y a las doce salía el autobús desde la puerta del instituto. Y la verdad es que no le di muchas vueltas al asunto. Le dije que sí, me puse a empaquetar y a las doce menos diez estábamos en la puerta del instituto haciéndonos la foto que me ha enseñado Mahmoud esta tarde: la de Hanna moviendo los brazos y yo mirándola con cara de concentración. Recuerdo que en ese instante estaba hablando en sueco y yo intentando descifrar algo. Normalmente ni lo intento, en cuanto pasan al sueco desconecto, pero aquel día, pensando en que me iba a pasar una semana escuchando sueco, había decidido empezar a poner un poco más de atención. Tardé poco en volver a desconectar: o aprendo mínimamente las reglas básicas del idioma o me va a ser imposible enterarme de nada; cuando los escucho hablar, no consigo identificar dónde termina una palabra y dónde empieza la siguiente. Eso sí, durante el viaje he aprendido palabras sueltas que me han ido enseñando unos y otros, y esta tarde, cuando han llegado Gunnar y Mahmoud, les he sorprendido preguntándoles en sueco si querían un café: «Vill ni ha en kaffe?».

Entre los tres, nos hemos bebido una cafetera entera y la mitad de la segunda: Mahmoud, Gunnar y yo. Las fotos no se acababan nunca, y yo iba sacando más y más cosas para picar, en plan la abuela cuando venían las visitas. Primero, unas galletas para tomar con el café. Después, según pasaba el tiempo, he sacado el pan con el queso y el pepino; luego, un par de paquetes de palomitas de microondas, y al final, como las fotos no tenían pinta de terminarse, les he propuesto que se quedasen a cenar, y nos hemos tomado unos espaguetis con tomate y albóndigas troceadas, de esas precocinadas que siempre me trae Gunnar. Apunte mental: proponerle a Gunnar ir a la compra con él algún domingo de estos.

Nos hemos alargado tanto porque había lo menos quinientas fotos, y eso que eran solo las del móvil de Mahmoud después de la selección que ha hecho al meterlas al portátil de Gunnar, pero yo no sé qué entiende este chico por selección. Tenía como mínimo cincuenta fotos de cada día. Lo comparo con mi viaje de fin de curso al terminar octavo de EGB, tres días en Barcelona y dos en Valencia, me acababan de regalar una cámara de fotos por mi cumpleaños y me la llevé al viaje con un carrete de treinta y seis, lo más de lo más, y de las treinta y seis saldrían como mucho diez aceptables, esa era mi media, a las otras les faltaría luz, o les sobraría, o se me habría disparado la cámara sin querer con el objetivo apuntando al suelo… Pero aunque la tecnología fuese del siglo pasado, mi viaje de fin de curso en lo fundamental se pareció bastante a este: un montón de adolescentes metidos en un autobús con las hormonas revolucionadas. O, si no, que se lo pregunten a Mahmoud, que desde el tercer día de viaje no se separó de Magda, una de las alumnas del grupo de los suecos.

Yo ya me había fijado en ella, en Magda, y otra de las chicas, Anna-Kajsa, que hablaban entre ellas un idioma diferente al resto. Y me hizo ilusión darme cuenta y notar esa diferencia. No sabré nada de sueco, pero por lo menos ya empiezo a identificar cuando lo que oigo no es sueco. Íbamos en el autobús y le pregunté a Hanna si las chicas que llevábamos sentadas detrás de nosotras estaban hablando fines o qué, y me dijo que lo que estaban hablando era sami. Resultó que había más samis en el grupo, pero según me contó Magda luego, Anna-Kajsa y ella eran las únicas que preferían hablar sami a hablar sueco, y lo hacían siempre que podían. Al menos, al principio del viaje, porque después de la fiesta en Kobbelv, la tercera noche, Mahmoud y Magda apenas se despegaron y lo que hablaban entre ellos era una mezcla de sueco, inglés y besos. Los únicos momentos en los que no estaban juntos era por obligación, como por ejemplo cuando los profesores del viaje pedían a todos que se cambiasen de sitio. Entonces, el conductor paraba el autobús; los profesores reorganizaban quién se sentaba con quién y lanzaban una pregunta para que la discutiesen de dos en dos, cada uno con su nuevo compañero de asiento. Procuraban que se mezclasen los alumnos suecos con los alumnos extranjeros, pero no siempre, porque también ponían juntos a suecos con suecos y a extranjeros con extranjeros. Y así durante todo el viaje, como mínimo lo hacían una vez al día, pero algunos días incluso dos o tres veces; las distancias eran tan largas que había tiempo de sobra para aburrirse en el autobús y para hacer todo tipo de experimentos. Aun así, la mayor parte del tiempo que pasamos en el autobús fue de viaje normal, sin ejercicios preparados por los profesores, cada uno sentado donde le apeteciese y hablando de lo que le diese la gana, entretenidos con los móviles o escuchando al conductor, al que de vez en cuando le daba un arranque y se ponía a contar anécdotas de los sitios por los que pasábamos. Y, al parecer, con mucha gracia, según decían.

Pienso en mi viaje de fin de curso de octavo y no sé yo como habríamos reaccionado si nos hubiesen puesto a hacer ejercicios así, cambiándonos de sitio y poniéndonos a discutir preguntas lanzadas por los profesores con el compañero que nos tocase. Creo que habría habido alboroto general, o rebelión, no estábamos acostumbrados a esas cosas. También es verdad que teníamos trece o catorce años y que estos chicos tienen de dieciséis a dieciocho. Pero aun así. Otra cosa que hicieron durante el viaje, que a mí me habría dado pánico hacer en mi viaje de fin de curso, es ir presentándose uno a uno en voz alta para todo el grupo. Cada día, había tres o cuatro presentaciones, incluidos las nuestras, las de los adultos. Al que le tocaba presentarse se ponía en mitad del pasillo, con el micrófono que nos prestaba el conductor, y decía unas palabras sobre sí mismo. El único apoyo eran unas preguntas que habían preparado los profesores. No era obligatorio usar las preguntas; quien fuese de palabra fácil podía simplemente ponerse a hablar, pero la mayoría las usaron, bueno, las usamos, que a mí también me tocó presentarme, y si no me llegan a dar pie con unas preguntas, no habría sabido por dónde empezar. Las preguntas estaban en sueco, pero Hanna las tradujo al inglés, no solo para mí, sino también porque algunos de los chicos y chicas extranjeros apenas hablaban sueco y preferían presentarse en inglés.

Para dar ejemplo, o para cortar el hielo con el tema del inglés, Hanna hizo su presentación en inglés. Antes de ella, la primera de todos, se presentó una de las profesoras, con un monólogo en sueco bastante largo que yo escuché con atención durante un minuto hasta que me puse a pensar en mis cosas y se me fueron los ojos al paisaje que iba apareciendo al otro lado de la ventana. Después de la profesora, se presentó Hanna y, a partir de ahí, hicieron un sorteo con el resto de nosotros y nos apuntaron en una lista. A mí me tocaría presentarme otro día, en mitad del viaje. No tenía ni idea de qué es lo que les iba a contar, y escuchar la presentación de Hanna tampoco me ayudó mucho porque nuestras vidas eran como la noche y el día. Mientras la escuchaba, le estuve dando vueltas al asunto y no sacaba nada en claro: ¿les hablaría de mi antiguo trabajo en Madrid? Pero ¿cómo les iba a interesar eso a ellos eso si me aburría hasta a mí? Mejor hablarles de lo que estoy haciendo ahora en Jokkmokk, pero ¿qué es lo que estoy haciendo en Jokkmokk?

Tres o cuatro presentaciones al día, alternadas con ratos para desconectar y charlar de cualquier cosa, y luego ejercicios de esos en los que ponían a los alumnos de dos en dos a discutir sobre los temas que les daban. Dicho así, parece como si viviésemos en el autobús. Pues más o menos, porque las distancias eran larguísimas. En mi caso, me he hartado de mirar por la ventanilla. Y he visto cosas que nunca había visto antes, paisajes sacados de películas de magos, troles y elfos. Primero, fuimos hacia el sur, de Jokkmokk a Arjeplog, un municipio aún más despoblado que Jokkmokk y con el centro del pueblo encajado como por arte de magia entre dos lagos. Y de Arjeplog cogimos una carretera más pequeña hacia las montañas, hacia Noruega, una carretera que se iba acercando y alejando a un río muy ancho que de repente podía parecer un lago y que, según decían, ahora llevaba poca agua comparado con la época del deshielo en mayo y en junio. Se me iban llenando los ojos de paisaje: árboles, más árboles, agua, un claro en el bosque, montañas, unos renos atravesando la carretera, un puente, más montañas.

Tengo la cabeza llena de imágenes, de momentos. De repente, me viene a la mente la cara de Hamed, uno de los chicos afganos. Hamed, en mitad del pasillo, presentándose al grupo. Estaba intentando hacerlo en sueco y el silencio de los demás era absoluto, tanto que, cuando hacia pausas para encontrar las palabras, pausas bastante largas, se oía el ruido del agua del río al otro lado de la ventana, por encima del ruido del motor del autobús. En ese instante, yo iba sentada sola con dos asientos para mí, en mi burbuja, con las piernas dobladas como un ovillo y la mejilla derecha apoyada en la ventanilla. Había estado entretenida siguiendo con la mirada unos renos que corrían por un claro del bosque, y de repente nada, otra vez los arboles delante de mi nariz. El ruido del agua seguía oyéndose cerca, más cerca aún, estaba ahí mismo, y yo me estaba mareando tratando de intentar ver algo por los pequeños agujeros que a veces aparecían en mitad del muro de ramaje. Cerré los ojos a ver si se me pasaba el mareo y, al momento, me vino a la mente el Duero, el Duero pasando cerca de Sobradillo, las Arribes del Duero que tanto le gustaban a mi madre, que llegaba al pueblo y a los cinco minutos ya estaba organizando excursiones: con mis tíos, con mi hermana, con los vecinos, con los amigos de mi padre, ¡con quien fuese! Y a los que no queríamos ir de excursión, como yo, o como mi padre, no se cansaba nunca de preguntarnos si nos apetecía ir. Que conste que mi padre no tenía el culo pegado al sofá, a él también le gustaba dar paseos, y hablar con la gente y quedarse dos horas en una esquina charlando con algún abuelete de esos que luego le llevaban a ver la huerta y le daban unos higos o unas uvas. Pasear sí, pasear le gustaba mucho, lo que le daba pereza era convertir los paseos en senderismo, madrugar sin necesidad y salir temprano para hacer nosecuantos kilómetros de marcha de acá para allá por las Arribes, senderismo en grupo y a buen ritmo, sin poder pararse todas las veces que uno quiere, que en el caso de mi padre siempre eran muchas. Yo tenía menos libertad de elección y me tocaba ir de excursión sin que me apeteciese lo más mínimo, por lo menos hasta que tuve doce o trece años. «Necesitas respirar aire limpio, necesitas caminar, necesitas que te dé el sol, que se te está poniendo la cara amarilla». Cosas así me decía mi madre; ella, que se había criado en Chamberí y no puso en pie en el campo hasta que no fue mayor de edad, aunque decía que se pasaba el día en la calle, y seguramente sería verdad. Decía que Madrid en esa época era como un pueblo grande, que había huertas y cuadras con ganado, y que con la bicicleta enseguida estaba una en las afueras, al otro lado de la Dehesa de la Villa, y que eso era como estar en el campo. No sé, tendría yo que ver ese campo madrileño. Pero seguro que no la sacaban de la cama para preparar la mochila con los bocadillos y la cantimplora y la ponían a caminar cinco horas con un grupo de adultos que no paraban de hablar de cosas aburridas y de repetir lo bien que se estaba en el campo.

El sonido del río que bajaba de Noruega a Arjeplog de repente se había convertido para mí en el sonido del Duero —además, el sonido del Duero en un día en concreto—, un día en que el río bajaba con mucha fuerza y en el que nosotras estábamos caminando por una de las sendas más cercanas al río, por el lado de Portugal. Aquel día no se me olvidará nunca porque vimos a un buitre comiéndose una nutria en mitad del camino. Era la primera vez que veía a un buitre en acción, la primera y la última, y este buitre no parecía tenernos ningún miedo porque no se apartaba ni del camino ni de la nutria. Uno de los amigos de mi madre iba con una cámara de vídeo, de esas enormes de principios de los noventa, y se empeñó en que quería grabarlo. Mi madre nos preguntó a mi hermana y a mí si nos importaba esperar o si nos daba miedo el buitre y le dijimos que no, que no nos daba miedo, y creo que para demostrarnos la una a la otra que era verdad lo que habíamos dicho, estuvimos mirando al buitre hasta el final, hasta que no dejó más que los huesos de la nutria. Cuando terminó de comer, nos miró fijamente, se marchó de allí volando y cruzó el río hacia España. Esa imagen, la del buitre rebañando metódicamente los huesos de la nutria, se me quedó grabada y, en los meses siguientes, se me venía de repente a la cabeza. Pero no porque me diese miedo, simplemente pasaba que en el momento menos pensado me ponía a pensar en el buitre comiéndose a la nutria, incluso escribí un cuento en el colegio contando una historia parecida. Una composición, como las llamaba nuestro profesor: «Hoy vais a escribir una composición de mínimo un folio y máximo tres. De tema libre. No os olvidéis de poner el nombre y la fecha arriba a la derecha. Y el título de la composición en el centro y con mayúsculas. No, no la podéis escribir con lápiz; este año ya todo con bolígrafo. Y nada de típex; si os equivocáis, tacháis la palabra con una línea fina. Tenéis una hora para escribir. Si a alguien no se le ocurre sobre qué escribir, que venga a hablar conmigo. ¡Alto ahí! Como mínimo, cinco minutos pensando en un tema por vuestra cuenta antes de venir a que yo os dé una idea».

Yo solía ser de las que se pasaban cinco minutos sudando y pensando a ver si se me ocurría un tema y luego me acercaba discretamente a la mesa del profesor a pedir ayuda. La única vez que se me ocurrió algo original fue gracias al buitre y la nutria, una composición que era una historia de terror en la que unos buitres sin plumas atacaban a unos niños que iban en una colchoneta de plástico por un río, una colchoneta de esas dobles en la que cabían cuatro niños. Los niños, sin embargo, sí que tenían plumas, las plumas que les faltaban a los buitres, y los buitres, que también eran cuatro, intentaban arrancarles las plumas a los niños porque sospechaban que se las habían robado ellos antes. Y quizás era verdad que se las habían robado, creo que eso no lo dejé muy claro en el cuento. Lo que sí recuerdo es que la hora se me pasó volando y que, cuando el profesor dijo que iba a recoger las composiciones, yo ya había escrito cuatro folios y todavía no había terminado. Había dicho máximo tres folios, pero me los recogió igualmente y al día siguiente tuve que quedarme un rato en clase cuando el resto se fue al recreo porque el profesor quería hablar conmigo. Me preguntó si estaba bien, le dije que sí, me dijo que la composición era excelente, dijo eso, excelente, pero que no me iba a pedir que la leyese en alto, porque algunos niños de la clase podrían asustarse; le dije que mejor así, que a mí no me gustaba leer en alto. Luego me miró un buen rato sin decir nada y, de repente, supe en qué estaba pensando, lo que no se atrevía a preguntarme. Recuerdo que me sentí muy inteligente por adivinarlo. Así que, sin que le diese tiempo a preguntarme nada, me adelanté y le conté cómo se me había ocurrido la composición; le conté la historia del buitre y de la nutria en las Arribes.

Pero de mi profesor interrogándome no me acordé el otro día en el autobús, me estoy acordando ahora, que me pongo a hablar y una cosa me lleva a la otra y la verdad es que me empiezo a asustar de la memoria que tengo cuando me pongo a tirar del hilo. En el autobús, simplemente me quedé ensimismada oyendo el ruido del agua y recordando la imagen del buitre comiéndose a la nutria en la orilla. Además del ruido del agua, se oía la voz de Hamed, el chico afgano que se estaba presentando en el pasillo del autobús. Lo estaba haciendo en sueco, muy lentamente; decía una frase y luego se paraba unos segundos para formular la siguiente. El silencio de todos los demás era absoluto, impresionante para ser un grupo de adolescentes de excursión; se notaba que le estaban escuchando con atención. En un momento dado, la voz de Hamed empezó a entrecortarse y me pareció oír un principio de llanto, y es curioso como la atención puede saltar de un lado a otro cuando sucede algo inesperado. El caso es que, al instante, dejé de oír el ruido del río y desaparecieron de mi mente el buitre, la nutria, el Duero y las excursiones forzosas con mi madre. Abrí los ojos, despegué la mejilla de la ventana y me incorporé para poder ver lo que estaba pasando. Hamed se había puesto a llorar en el pasillo, no ya un principio de llanto, ahora a llorar sin miramientos, y Hanna se había levantado de su asiento y se había ido para allá.

Pasaron así unos minutos, con Hamed llorando de pie, Hanna sentada a su lado cogiéndole de la mano y el resto del autobús en silencio. Yo no tenía ni idea de qué es lo que Hamed había estado contando en sueco antes de ponerse a llorar, pero no tuve que esperar mucho para averiguarlo porque el propio Hamed pronto se había calmado un poco y quería seguir hablando. Ahora iba a hablar en inglés, decía que le faltaban fuerzas para seguir peleándose con cada frase en sueco. Dijo que la parte de sus aficiones y de sus equipos favoritos de fútbol no la iba a repetir porque ya había hablado de todo eso en sueco, pero que la historia de cómo había llegado de Afganistán a Suecia la iba a contar otra vez desde el principio porque se había puesto a llorar enseguida. En inglés pensaba que se emocionaría menos, ya está muy acostumbrado a contar esa historia en inglés, es el oírse a sí mismo contando la historia en sueco por primera vez lo que ha hecho que se le saltasen las lágrimas. Y se puso a contar.

Para él, todo empezó de repente, sus padres y sus hermanos mayores seguramente serían muy conscientes del peligro diario, pero él no. Tenía siete años y es verdad que Afganistán estaba en guerra, pero su pueblo era un lugar bastante tranquilo, como si la guerra, las guerras, hubiesen pasado de largo. Al menos, ese es el recuerdo que tiene él de lo que fue su infancia hasta ese momento. Vivía en una burbuja, la burbuja de su casa y de las casas de los vecinos, la suerte de tener una familia que le protegía y le permitía seguir siendo un niño. Pero de un día para otro, todo aquello desapareció.

Su familia tenía mucha amistad con otra familia que vivía en un pueblo cercano y Hamed estaba pasando unos días con ellos cuando los talibanes atacaron su pueblo. Según se ha enterado después, aquello no fue más que una demostración de fuerza. No es que quisiesen nada en especial de aquel pueblo, o que fuese un lugar estratégico, simplemente querían mostrar que no les habían echado del país, que seguían ahí, metiendo miedo antes de las elecciones de aquel año, las primeras elecciones democráticas desde que los americanos habían quitado a los talibanes del poder. Se presentaron en el pueblo el día del mercado y mataron a veintitrés personas: primero, a los dos policías que solían venir los días del mercado, y después, siguieron con la gente que había alrededor de ellos en la plaza, entre ellos los padres de Hamed y sus dos hermanos mayores, sus dos únicos hermanos. La cosecha había ido bien ese año, y los padres de Hamed habían estado esperando ese mercado con muchas ganas. En principio, contaban con que iban a necesitar la ayuda de todos los hijos en el mercado, pero, al final, pensaron que se las podrían apañar bien sin Hamed. Además, como lo habían inscrito para empezar a ir al colegio, querían mandarle a casa de unos amigos que vivían en el pueblo de al lado para que se preparase con ellos. Ni los padres ni los hermanos mayores de Hamed sabían leer ni escribir, pero el hijo y la hija de los amigos, también mayores que Hamed, sí que sabían; ellos sí que habían ido unos años al colegio. Y, además de a leer y a escribir, también habían aprendido matemáticas y un poco de inglés. El plan era que iba a estar dos semanas allí con ellos para no llegar demasiado perdido al colegio. Ese era el plan, pero luego no ocurrió nada de eso. Hamed no llevaba allí ni dos días cuando los talibanes mataron a sus padres y a sus dos hermanos en el ataque al mercado.

Él guarda un recuerdo muy borroso de aquellos días. Los amigos de sus padres intentaron contactar con los dos únicos tíos de Hamed, que habían emigrado a Irán hace años. No lo consiguieron. Se quedaría con ellos, como un hijo más, y se iría con ellos a Pakistán ahora que habían decidido emigrar ellos también. La matanza en el pueblo de al lado, el asesinato de la familia de Hamed, había sido la gota que colmaba el vaso. Es verdad que parecía que las cosas iban a mejor, los talibanes ya no seguían en el poder y dentro de poco se iban a celebrar elecciones, pero todavía ocurría que unos asesinos podían plantarse en mitad de un pueblo y matar a veintitrés personas impunemente. Había gente que ya se había acostumbrado a que esas cosas podían pasar en cualquier momento, ellos mismos se habían acostumbrado, pero, por otro lado, no se querían acostumbrar, querían vivir en un país donde no los matasen, tener un mínimo de tranquilidad. Pakistán no era el país más estable del mundo, ni el más seguro, pero era un comienzo. Y luego ya verían cómo seguían las cosas por Afganistán, si podían volver o si, en cambio, decidían marcharse más lejos, por ejemplo a Estados Unidos, donde tenían unos familiares.

Hamed, de pie en el pasillo del autobús, nos contaba todo esto mientras miraba por la ventanilla; daba la impresión de no querer que se le cruzase la mirada con ninguno de nosotros para no ponerse otra vez a llorar.

El viaje de Afganistán a Pakistán lo hicieron en varias etapas, primero en autobús, luego un tramo caminando y, al final, una última etapa en camioneta hasta llegar a Peshawar. Por el camino, Hamed se entretenía resolviendo problemas de matemáticas, es decir, aprendiendo a sumar. En Peshawar, se quedaron en casa de unos parientes de su familia de acogida que habían emigrado unos años antes, gente muy hospitalaria, que por eso mismo, por hospitalaria, tenían la casa abarrotada. Pero donde caben veinte caben veinticinco.

En esta parte del relato de Hamed, me despisté, me puse a pensar en mi abuelo materno, el de Madrid, en las batallitas que contaba de la Guerra Civil y en lo de vivir ciento y la madre en un piso de tres habitaciones. «¡Pero nunca faltaron lentejas en el plato!».Las lentejas siempre fueron muy importantes para mi abuelo. Pues eso, que perdí el hilo del relato y, cuando quise darme cuenta, Hamed ya no estaba hablando de esa casa con la gente tan hospitalaria ni de la familia de amigos de sus padres que en principio le habían acogido como a un hijo más. Algo debió de pasar porque ahora nos estaba hablando de la temporada que pasó trabajando en una obra en Pakistán. Un grupo de niños afganos trabajaba allí clandestinamente, y él era el más pequeño, tenía nueve años. Los trataban mal, trabajaban los siete días de la semana y su único sueldo es que les diesen de comer y un lugar para dormir. Pero la comida era poca y en el sitio donde vivían olía mal y se veían ratas. Hamed se escapó de allí, se fue a la otra punta de la ciudad y a los pocos días consiguió trabajo en un taller de alfombras. Un hombre le había visto por la calle y le preguntó si quería trabajar con él. Tenía pinta de buena persona, así que le dijo que sí. Caminaron por unos cuantos callejones y llegaron a un taller donde había ya otros cuatro niños trabajando. Tenían buena cara y sonreían, eso era una buena señal.

El acuerdo era el mismo que en el trabajo de la obra: trabajar a cambio de comida y alojamiento, pero aquí eran cinco niños trabajando en lugar de veinte y no vivían en un almacén destartalado, sino en la casa del dueño del taller. En el piso de abajo vivían él y su hermana, una señora que estaba paralítica de las piernas y que se movía por la casa en una silla de ruedas. Los niños afganos vivían en el piso de arriba. No solo es que durmiesen en la casa, sino que también comían allí, con ellos, con el dueño del taller y con la hermana, a la que llamaban la Tía, que se pasaba la mitad del día en la cocina y cocinaba muy bien. La otra mitad del día se la pasaba en el estudio, un cuarto lleno de libros con una ventana hacia el patio por la que Hamed podía ver cómo la señora no se movía del sillón en toda la tarde, un sillón de esos con respaldo alto y con una butaca baja delante para poner los pies, como la que tengo aquí en la cabaña para poner los pies cuando me siento en la mecedora. Que por cierto, como no paro de hablar, me voy a mudar de la silla de la cocina a la mecedora y así estoy más cómoda. A ver, que pierdo el hilo: el reposapiés, la Tía, Hamed, el taller. Sí, el taller estaba al otro lado del patio y por la ventana se podía hablar, a voces, con los que estaban dentro de la casa. Por ejemplo, cuando la Tía les avisaba de que estaba lista la comida, o cuando por la tarde se terminaba el libro que estaba leyendo y llamaba a los niños para que alguno de ellos fuese a bajarle otro libro de la estantería. Ella se podía mover, tenía las piernas atrofiadas por la polio, pero unos brazos más fuertes que los de todos los niños juntos, así que iba al baño sola, entraba y salía de la cama sin problemas y era ella la que se trasladaba de la cocina al estudio y de la silla de ruedas al sillón. Pero ya, una vez instalada en el sillón, decía que le entraba el cansancio, no por la polio, sino por los años que tenía encima, se sentaba en el sillón y ya no quería moverse más en todo el día; por eso los llamaba para que le trajesen este o aquel libro o para que a última hora de la tarde le llevasen al estudio un cuenco con frutas y una tetera con té verde y azúcar, que es lo único que cenaba.

Ellos, sin embargo, los cinco niños y el dueño del taller, sí que cenaban en condiciones, pero la cena solía ser lo que había sobrado de la comida y así la Tía no tenía que preparar nada más. Lo rebañaban todo y, al terminar de cenar, uno de ellos se quedaba recogiendo la cocina y el resto podían hacer lo que quisiesen. Y lo mismo pasaba el día libre que tenían a la semana, que podían hacer lo que quisiesen. Esa era otra diferencia grande con el trabajo en la obra, que aquí por lo menos tenían un día libre, y le sacaban mucho partido. Salían y entraban, conocían a otros niños afganos que vivían por la zona, también algunos pakistaníes, y siempre que podían jugaban al fútbol. El dueño del taller les consiguió unas camisetas del Manchester United, falsas pero de su talla, y salían los cinco de casa con las camisetas puestas como si fuesen un equipo de verdad, cada uno con un número diferente en la espalda. Otra cosa que hacían bastante, sobre todo Hamed y otro de los niños, era quedarse en casa con la Tía, tanto en el rato de después de la cena como en el día libre. La Tía era, en palabras de Hamed, «la persona que más cosas sabía del mundo», y además le gustaba enseñar lo que sabía. El primer día que Hamed entró a trabajar en el taller de alfombras, la Tía le dijo que por culpa de estar trabajando no podía ir a la escuela, pero que si él quería, ella se podía encargar de enseñarle las cosas que le habrían enseñado en la escuela. No todas, eso seguro que no, pero al menos muchas de ellas, e incluso ciertas cosas que seguramente no le habrían enseñado en ninguna escuela.

Del nombre del otro niño no me acuerdo ahora, aunque Hamed lo mencionó varias veces, y tampoco recuerdo el nombre del dueño del taller. Bueno, es igual, el caso es que Hamed y el otro niño iban casi todas las tardes al cuarto de la Tía a que les diese clases, sobre todo de idiomas y de matemáticas. Y también de historia. Pero lo de la historia no eran clases organizadas, sino que ella simplemente les iba contando cosas. El idioma materno de la Tía era el mismo que el suyo, el pastún, aunque eran dialectos diferentes, el uno de Afganistán y el otro de Pakistán, así que las clases las daban en pastún, pero una de las primeras cosas que la Tía les dijo es que tenían que elegir qué idiomas querían aprender. Ella consideraba que teniendo la edad que tenían —Hamed acababa de cumplir ocho años y el otro niño era un año mayor—, podían ser capaces de aprender dos idiomas nuevos a la vez. Más ya sería demasiado. Y les dio a elegir entre inglés, francés, árabe, urdu o hindi. Ella los hablaba todos. Elegir los idiomas no fue cosa fácil, tardaron varios días, y esas fueron las primeras clases de historia y geografía que les dio.

En lo más alto de la estantería de la Tía estaban los atlas y los mapas. Hamed se subió a la escalera y los bajó todos a la mesa grande, que ocupaba medio estudio y que estaba siempre llena de libros y de papeles. Despejaron la mesa poniéndolo todo en un par de montones en el suelo y extendieron los mapas. Para poder elegir idioma, primero tenían que enterarse un poco de qué idiomas se hablaban en los diferentes países, y antes de eso, empezar por aprender cuáles eran los diferentes países y dónde estaban situados.

Hamed apenas había aprendido a leer y escribir su idioma con la familia de amigos de sus padres con la que había emigrado de Afganistán a Pakistán. Y no le había dado tiempo a aprender mucho, vamos, cuatro cosas. Y mapas había visto pocos en su vida, así que, cuando empezaron a mirar los mapas de la Tía, no se enteraba de mucho. Pero por lo menos, tenía curiosidad y con eso se llega bastante lejos. Recuerda que lo primero que miraron es una bola del mundo y que la Tía le señaló con el dedo dónde estaban Pakistán y Afganistán. La primera pregunta que tenía Hamed es dónde estaban los Estados Unidos, y se sorprendió cuando la Tía giró la bola y le señaló un país lejano y metido entre dos mares enormes.

Los Estados Unidos, Irán, India, China, Egipto, Europa —con todos sus países pequeños pero famosos—… La Tía les iba contando un poco por encima cómo era cada país, qué idiomas se hablaba en ellos y por qué podría ser interesante aprender uno u otro. Fueron varios días en los que solo se dedicaron a eso, a hablar de los diferentes países con los mapas extendidos por encima de la mesa. El otro niño que también estaba interesado en estudiar solo había estado aprendiendo matemáticas hasta la llegada de Hamed, así que eran los dos los que tenían que ponerse de acuerdo qué dos idiomas querían aprender. Después de los días de introducción, cuando ya tenían un poco más de idea de cómo era el mundo y en qué lugar estaban ellos, llegó el momento de decidir. Y no fue fácil. Hamed quería aprender árabe y urdu, pero el otro niño quería aprender árabe e inglés, así que el árabe lo tenían claro, pero luego les tocaba decidir entre el urdu y el inglés. El urdu es el idioma oficial en Pakistán y se parece mucho al hindi, así que uno se puede manejar con él también en la India. Además, el urdu se escribe en el alfabeto árabe con unas pequeñas variaciones, igual que el pastún, así que si hubiesen aprendido árabe y urdu, sumado al pastún, que lo hablaban pero no lo sabían escribir, pues les habría bastado con aprenderse nada más que un alfabeto: el árabe. Pero Hamed perdió en la discusión y se dejó convencer para estudiar árabe e inglés, en gran medida porque el Manchester United es de Manchester, Manchester está en Inglaterra y en Inglaterra se habla inglés. Tal cual. Y ahora se alegra, dice que si no supiese inglés, no se las habría arreglado para llegar hasta Suecia y tampoco podría estar contándonos su historia en el autobús. Que, por cierto, su presentación fue como tres o cuatro veces más larga que las del resto, pero le dijeron que sin prisa, que el viaje era largo y que teníamos todo el tiempo del mundo.

La única pausa en el relato fue cuando el autobús llegó al lugar donde los profesores habían planeado que íbamos a parar para comer. Comimos y unos cuantos nos dimos un paseo a la orilla del río para estirar las piernas; yo, en concreto, siguiéndole el paso a Hanna, que caminaba deprisa y me iba contando que al otro lado del río empezaba un parque natural en el que se pueden ver tales y cuales animales y estos y aquellos árboles. Ya me cuesta quedarme con los nombres en español, así que en inglés casi imposible. Me contó también que un camino de senderismo muy famoso cruza el parque natural de norte a sur, el Camino del Rey. Casi cuatrocientos kilómetros de senderismo que habrían hecho dar saltos de alegría a mi madre. En realidad, me suena haber oído hablar a mi madre de planes de un viaje de senderismo por Escandinavia, aunque no sé en qué país en concreto. Luego, tuvo la lesión de rodilla y, cuando se recuperó, ya le daban miedo las excursiones tan largas. Mi madre y el senderismo. Estos paisajes la habrían vuelto loca.

A lo tonto, habíamos caminado bastante, se nos había hecho un poco tarde y teníamos que regresar para montarnos otra vez en el autobús y continuar el viaje: en un rato cruzaríamos a Noruega y esa noche dormiríamos en Lønselva, un pueblo cerca de la frontera con Suecia. Al darnos la vuelta, nos dimos cuenta de que detrás de nosotros venía Hamed caminando solo. Nos dijo que necesitaba tomar un poco el aire antes de seguir contándonos su historia y nos preguntó si habíamos estado antes en este lugar. Hanna le dijo que sí y le contó lo del parque natural al otro lado del río y lo del Camino del Rey, que ella había recorrido de sur a norte hace un par de veranos. Yo le contesté que no, que no había estado nunca en esta zona, que era española y que llevaba muy poco tiempo en Suecia. Y ya le parecía a Hamed que mi acento hablando inglés era distinto al del resto. Nos reímos. A los españoles hablando inglés, a la mayoría, se nos distingue perfectamente, no hay manera de que aprendamos a pronunciar bien ciertas cosas. Hamed hablaba un inglés muy correcto. Eso le dijimos Hanna y yo, y se puso muy contento. Todo gracias a la Tía, que enseñaba muy bien y tenía muy buena pronunciación. Tanto ella como su hermano, el dueño del taller de alfombras, habían ido a un colegio británico, pero mientras que el hermano siempre había sido muy mal estudiante y no tardó mucho en olvidar lo poco que había aprendido, la Tía había seguido estudiando por su cuenta, leyendo montañas de libros y viendo la BBC con la antena parabólica.

Haberse pasado la infancia y la adolescencia en una silla de ruedas provocó que buscase refugio en los libros, en la ciencia y en la cultura, así que no dejó el colegio a medias, como hizo su hermano, ella terminó incluso el bachillerato y llegó a matricularse en la universidad, pero por aquel entonces fue cuando quebró la empresa del padre y se vinieron abajo todos sus planes. Por suerte, el hermano, que había dejado de estudiar unos años antes para ponerse a trabajar en un taller grande de alfombras, ya era medio encargado y tenía un sueldo lo suficientemente holgado para mantenerles a ella y a los padres. Y pronto a su mujer. Porque el hermano, a diferencia de la Tía, sí que se casó, aunque se quedó viudo muy pronto y no llegó a tener hijos. Tampoco se volvió a casar. Cuando se murieron los padres, ellos dos se quedaron en la casa familiar, hermano y hermana, él se decidió a dejar el taller en el que trabajaba y montó un taller propio, más pequeño, en la propia casa, en las habitaciones que había al otro lado del patio y que eran los antiguos establos de la casa familiar, el taller donde Hamed trabajaba con los otros cuatro niños afganos.

Hamed de todo esto se fue enterando poco a poco. Al principio, solo sabía que había entrado a trabajar en un taller a cambio de techo y comida. Bueno, supuestamente, además por el techo y la comida, también estaban trabajando a cambio de un sueldo mensual, pero el dueño del taller les decía que eran muy pequeños para andar manejando dinero y que se lo iba a ir guardando para dárselo el día en que dejasen de trabajar para él. ¿Suficientemente mayores para trabajar pero demasiado pequeños para manejar dinero? Sonaba muy sospechoso y, durante mucho tiempo, Hamed pensó que eso era mentira, que no les estaba guardando ningún sueldo y que el día que se marchase de allí lo haría igual de pobre que llegó. Pero por lo menos tenía un sitio donde vivir, comía caliente todos los días y estaba aprendiendo un oficio. Además de las clases de por las tardes con la Tía, que eran casi como estar yendo al colegio. En fin, que muy probablemente no habría ningún sueldo esperando, pero a él le parecía que, aun así, el trato merecía la pena. Claro que, poco a poco, según pasaban los años, los seis años y medio que estuvo allí, se fue dando cuenta de que el dueño del taller era una persona muy honrada, y que si les había dicho que les estaba guardando un sueldo, seguramente fuese verdad, aunque nunca se atrevía a preguntar por ello.

No lo preguntaba él ni tampoco lo preguntaba ninguno de los otros cuatro chicos que estaban allí cuando él llegó, que según averiguó pronto, solo habían llegado un par de meses antes que él. Antes que todos ellos, el dueño del taller había tenido trabajando a una familia de afganos: un padre, una madre, tres hijos y una hija, una familia que también había salido huyendo de la guerra y que vivieron unos años allí hasta que consiguieron los papeles necesarios para irse a trabajar a Dubái. Se marchó la familia al completo y dejaron al dueño del taller con toda la producción en marcha y a cargo de la Tía, que se encargaba de hacer la comida, pero no de ir al mercado. Así que salió a la calle a encontrar mano de obra y en un primer día dio con cuatro niños. Pensó que con cuatro ayudantes sería suficiente, y lo era quizá para el taller, pero estaba también la casa: limpiar, ir al mercado, lavar la ropa… Todas esas cosas que antes hacían la madre y la hija de la familia de afganos que tenía alojada. En fin, que necesitaba un ayudante más, y el día que salió a buscarlo se encontró con Hamed vagando por la calle. Los cinco niños se turnarían para trabajar en el taller con él y para hacer las tareas de la casa con la Tía.

Cuando Hanna, Hamed y yo llegamos al autobús, estaban ya todos sentados esperando a que llegásemos, nos habíamos retrasado bastante, pero es que era complicado andar deprisa cuando Hamed se había arrancado otra vez con su historia. Y luego, al subir al autobús, volvió a contar las cosas que nos había contado a nosotras en el paseo, o más o menos, porque es casi imposible contar dos veces una misma historia de la misma manera. Y a saber qué es lo que le estoy contando yo ahora a la grabadora, que desde aquel momento hasta hoy han pasado lo menos diez días. Pero ver las fotos hoy con Mahmoud y con Gunnar me lo ha vuelto a traer todo a la cabeza. Una foto que tengo ahora mismo en mente, que la hemos visto esta tarde, es la de Hanna abrazando a Hamed. Después de haber pasado del sueco al inglés, pudo controlar las lágrimas y contarnos todo lo que nos quería contar, pero al terminar y recibir un aplauso del autobús entero se puso a llorar otra vez. Entonces, se acercó Hanna y le abrazó. Descontando la pausa para comer, por lo menos se había pasado dos horas hablando. ¡Y lo que me está haciendo hablar a mí ahora! Se me llena la cabeza con su relato, necesitaba contarlo. Ni idea de dónde surge esta necesidad, pero vuelvo a sorprenderme a mí misma con mi memoria, que últimamente funciona muy bien, o esa es la impresión que me da. Ya no es que recuerde momentos de mi infancia, o los domingos en los que iba a visitar a mis padres con Marcos, recuerdo también cosas ajenas, historias que me cuentan o cosas que escucho y que normalmente tardaría bien poco en olvidar. Es como si algo se me hubiese activado en la cabeza, el botón de la atención, de la curiosidad, del interés por los demás. Llevaba mucho tiempo espesa de pensamientos, caminando por un pasillo largo que iba de casa al trabajo y del trabajo a casa, mirando mis propios pies para no tropezarme, pero sin darme cuenta de que no iba a ningún sitio, con una lista de cosas por hacer apuntadas en la agenda que todos los días se me quedaba a medias y que, irremediablemente, se convertía en la lista del día siguiente: «Mañana, me pondré al día, venga, aguanta, la próxima semana seguro que será mucho más tranquila…». Todos mis pensamientos ocupados en llegar de un día al siguiente, de una semana a la siguiente, y sin espacio para nada más. Es muy fuerte, pero lo pienso un poco y me doy cuenta de que no recuerdo nada de lo que me ha pasado en los últimos años. Nada. Me lo pregunto abiertamente: ¿me ha pasado algo en los últimos dos o tres años? Ningún viaje, ninguna cena con amigos, ninguna película en el cine. Y no sé, quizás algo sí que he hecho, pero lo que pasa es que no soy capaz de recordarlo, como si hubiese vivido con el piloto automático puesto. Recuerdo, eso sí, la oficina, mi cubículo, recuerdo también el gimnasio al que iba casi todas las tardes, recuerdo la M-30 atascada. Pronto, va a hacer cinco años desde el accidente de mis padres; ¿y de que me dejase Marcos cuánto? ¿Dos años? ¿Tres?

Pero la niebla de mi frente se va disipando y, de repente, me encuentro con que estoy viviendo en Laponia, en Sápmi, que no sé hasta cuándo, y que todas las cosas que me suceden, o las cosas que me cuentan, se me quedan grabadas en la memoria. Sin piloto automático, como si las viviese de verdad. Y quizás no es tan extraño, quizás de eso se trata vivir, de estar atenta a las cosas que le suceden a una. Lo que no tiene sentido es lo que hacía antes, lo de ir saltando de un día al siguiente teniendo la sensación de no estar participando en nada de lo que me ocurría. Por ejemplo, Gunnar y Mahmoud se han pasado aquí la tarde y ni por un momento he pensado en que se estaban quedando mucho rato, seguramente porque no tenía ninguna lista de tareas para realizar en el día. Han llegado cuando han llegado y se han ido cuando se han ido, y ya está. Vale que esto es seguramente excepcional, quiero decir, que en algún momento volveré a la vida activa y mis listas de tareas. ¿Volveré? Es decirlo en voz alta y me entra la duda. ¿A dónde volveré? ¿A un trabajo como el que tenía? De momento, sigo sin ganas de pensar en todo eso y lo que me apetece es pasar aquí el invierno: veo la nieve que está cayendo al otro lado de la ventana y lo último que querría es salir de aquí, no quiero ni moverme de la mecedora. Pero me voy a mover, me voy a preparar una leche con Cola Cao, con el Cola Cao de aquí, que no se llama Cola Cao, sino Oboy, y voy a poner el siguiente de los discos de Pink Floyd. A ver que mire por cuál voy: Meddle, de 1971, con una portada rarísima. El anterior, el de la vaca, me gustó mucho. Sigo con Hamed en la cabeza, con su historia, y habría estado bien seguir contándola, pero estoy un poco cansada de oírme. A lo mejor dentro de muchos años, cuando me ponga a escuchar estas grabaciones, si es que me pongo, me enfadaré conmigo misma por no haber sido más disciplinada, por ponerme a contar algo y dejarlo a la mitad, por no haber hablado más del viaje, no solo de la historia de Hamed, sino también de las Lofoten. Las islas Lofoten, ¡qué lugar! Quiero volver ahí, más pronto que tarde, y más días, por lo menos una semana.

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