Sesenta metros cuadrados. Capítulo 30

Link al capítulo 31 / Link al capítulo 29

TREINTA

Domingo, 2 de noviembre

Son las cuatro de la mañana y está lloviendo. La poca nieve que quedaba se está derritiendo, qué pena, a ver cuándo caen de una vez esas nevadas grandes que se supone que van a caer y se cubre todo de nieve hasta abril o mayo. No sé por qué, pero tengo ganas ya de que pase eso; hasta estoy un poco impaciente y todo. También me dicen Gunnar, Niklas, Rebecka, todos, que no tenga tanta prisa, que me voy a hartar de ver nieve, que me va a salir la nieve por las orejas. Solo Mahmoud me entiende, él también está esperando esa nieve que va a durar todo el invierno.

Pero lo que me ha despertado es la lluvia, la lluvia fuerte chocando en la ventana y metiéndose en el sueño que estaba teniendo, convirtiéndose en lluvia castellana, lluvia de Sobradillo.

Era sábado por la tarde en casa de mis abuelos, teníamos las ventanas cerradas porque fuera hacía frío, pero los postigos estaban bien abiertos para que entrase luz en el salón. Pero de un instante a otro, con esa velocidad imposible a la que pasan a veces las cosas en los sueños, ya no entraba luz por la ventana, el cielo se había llenado de nubes y se había puesto a llover. La lluvia caía cada vez más fuerte, y todas las personas que había en la casa, que de repente eran muchas, vinieron al salón. El abuelo dijo que nos metiésemos debajo de la mesa, que tuviésemos cuidado de no quemarnos con el brasero, y entonces, cuando ya estábamos todos allí dentro, la abuela se acordó de los postigos, nos habíamos olvidado de cerrarlos. ¡Demasiado tarde! Un instante después, oímos el ruido de la ventana estallando, y entonces es cuando me he despertado. Todavía me dura el susto.

Sí, el sueño se había acelerado de repente con la lluvia. Hasta ese momento, había sido un sueño lento y largo, muy largo, con una sensación extraña de estar suspendida en un tiempo sin principio ni final, y con san Antonio otra vez por allí. Ya me empiezo a acostumbrar y no me parece extraño verle aparecer con su mantón de monje y su bastón, y con el jabalí correteando alrededor. Pero esta vez no hemos hablado mucho san Antonio y yo, porque estaban también mi padre y don Aurelio, el cura; san Antonio se sentó a charlar con ellos y a mí me han hecho poco caso. Pero ahí estaba yo observándolo todo, yo misma, pero de tamaño reducido, calculo que con diez o doce años, sentada también al lado de la chimenea, no en una mecedora como ellos, sino en un taburete, mi taburete favorito, encargada de mantener el fuego encendido a un ritmo razonable, contenta de que mi padre hubiese dejado en mis manos esa tarea. Lo estaba haciendo bien, siguiendo al dedillo todas las instrucciones que me había dado mi padre. Demasiado bien, con ese puntito obsesivo que he tenido desde mi más tierna infancia cuando se trata de demostrar lo buena que soy haciendo algo.

Todo ha sido un sueño, claro, pero un sueño, en ciertos aspectos, muy parecido a la realidad. Porque ya fuera del sueño, evocando mis recuerdos de infancia, me acuerdo perfectamente del día en que mi padre me dejó encargarme de la chimenea por primera vez. Don Aurelio estaba allí de visita, como en el sueño, y había venido acompañado por un señor que durante una época andaba siempre con él, como un perrito faldero. Estoy casi segura de que se llamaba Pedro, el señor Pedro. Así, grandote, con el pelo completamente blanco, pero con pinta de no ser mucho mayor que mi padre, qué sé yo, ¿por aquel entonces andaría por los cincuenta años? Cierro los ojos y es como si lo estuviese viendo ahora mismo.

El señor Pedro estaba sentado en la mecedora de la izquierda, la que san Antonio ocupó luego en el sueño, don Aurelio en la del medio y mi padre en la de la derecha, la de al lado de la ventana, que era la suya de siempre. Mi taburete no tenía sitio fijo, me gustaba llevarlo conmigo de un lado para otro, pero aquel día estaba junto a la mecedora de mi padre, pegado a la chimenea, y yo allí, sentada con el cesto de la leña a mano.

Mi padre me fue explicando lo que yo le había visto hacer a él mil veces: las bolas de papel con las hojas de los periódicos viejos, la caja de cerillas, los palitos que siempre andábamos recogiendo y poniendo a secar, y la leña, primero los trozos pequeños y, después de un rato, cuando había prendido bien, ya podíamos echar algún trozo grande. La leña la traía un primo de mi padre, el tío Luis, el único que no se había colocado en las eléctricas y que todavía seguía trabajando el campo. Mi padre me iba explicando los pasos, pero fui yo la que lo hice todo. Me lo pidió como un favor, si podía encargarme yo de la chimenea, que esa tarde iban a venir don Aurelio y el señor Pedro de visita a leer unos poemas y se concentraría mejor en la poesía si no se tenía que preocupar del fuego. Tonterías, porque mantener el fuego encendido tampoco requiere de tanta concentración; además, yo llevaba años dando la lata con que quería encender el fuego. El favor me lo estaba haciendo él a mí. El fuego me había fascinado siempre, y creo que en cuanto aprendí a gatear, ya me iba en dirección a la chimenea si la tenía cerca, mis padres tenían que andar con cien ojos. Cuando empecé a caminar, la cosa se puso más complicada y, al final, pasó lo que tenía que pasar, que acabé por quemarme la mano y estuve dos semanas con una venda puesta. Aun así, me seguía fascinando el fuego y la chimenea; le cogí respeto, pero no miedo.

Cuando llegaron don Aurelio y Pedro, ya teníamos el fuego en marcha, lo único que había que hacer era mantenerlo, recolocar algún tronco que se caía y se alejaba de la lumbre y echar más leña de vez en cuando. Llamaron a la puerta. Don Aurelio, como siempre, venía con regalices de palo en el bolsillo del abrigo, decía que para mi hermana y para mí, pero a quien más le gustaban era a mi padre. El señor Pedro traía unos cuantos libros, había estado en un mercadillo del libro antiguo en Salamanca y, entre otras cosas, había encontrado una primera edición de un poemario de José Hierro: Con las piedras, con el viento.

Tardó poco en empezar a recitar, pero lo suficiente para que a mi abuela le hubiese dado tiempo a pasar al salón con los cafés y las perronillas, y con un vaso de leche y un bocadillo de pan con chocolate para mí.

Con las piedras, con el viento,

hablo de mi reino.

Mi reino vivirá mientras

estén verdes mis recuerdos.

Cómo se pueden venir

nuestras murallas al suelo.

Como se puede no hablar

de todo aquello.

El viento no escucha. No

escuchan las piedras, pero

hay que hablar, comunicar,

con las piedras, con el viento.

Ayer por la noche, justo antes de quedarme dormida, la voz del señor Pedro resonaba en mi cabeza con el timbre y el tono exactos, o al menos esa es la sensación que tuve, aunque llevase años sin acordarme lo más mínimo de él. Me había ido a la cama a leer el penúltimo libro de la caja, una antología de poemas de José Hierro, y no sé si es porque llevo ya varios días leyendo un libro de poesía tras otro, o porque a José Hierro le entiendo mejor que a otros poetas, pero el caso es que, más o menos, me estaba enterando de lo que leía. Aun así, me estaban dando sueño todas esas hojas que se estremecen y pinos que cantan a lo lejos. Ya estaba a punto de cerrar el libro cuando empecé a leer el poema de las piedras y el viento y me sorprendió reconocerlo. Al principio, no sabía por qué lo reconocía, pero fue cerrar los ojos para intentar recordar y me vino todo a la cabeza, como en una avalancha, empezando por la voz del señor Pedro recitando el poema. La voz del señor Pedro y después su cara, sus gestos al recitar sentado en la mecedora… y luego don Antonio y mi padre en las otras mecedoras, el fuego en la chimenea, y yo sentada en mi taburete, viéndolo todo con el rabillo del ojo y con la mirada fija en el fuego, escuchando el poema sin prestarle mucha atención. De repente, había pasado de estar leyendo a meterme otra vez dentro de un recuerdo vivido de estos que he empezado a tener hace un par de meses, recuerdos dinámicos en los que la sensación que tengo es como si alguien le diese al botón del play en mi cabeza: se pone en marcha una película que me transporta a un momento concreto en el espacio y en el tiempo: en este caso, a una tarde de otoño en Sobradillo, la tarde en la que mi padre, por primera vez, me pidió que me encargase yo de la chimenea.

No sé cuándo se me va a activar un recuerdo vivido, y sé que la palabra activar es rara, pero es la mejor que se me ocurre para explicar lo que me pasa. Es impredecible, hay ratos en los que estoy aburrida y lo intento, aunque solo sea para distraerme un rato, pero no hay manera, no vienen cuando los llamo. Y luego de repente llegan, se activan y toman el control. Esta noche, está claro que ha sido por el poema de José Hierro. Aún tengo el libro aquí a mi lado en la cama, me he quedado dormida y me he despertado tal cual, con la luz encendida y el libro abierto encima de mí. Y a todo esto, no sé qué hacer, no sé si salir de la cama y tomarme un Cola Cao o si es mejor que intente dormirme otra vez. Son las cuatro de la mañana y está todo muy oscuro, la lluvia se ha llevado ya casi toda la nieve que quedaba y con la nieve se ha ido también la claridad que daba la nieve. La grabadora la tenía en la mesilla, así que no he tenido ni que salir de la cama. Y aquí estoy. Pero creo que sí, que voy a levantarme un rato, y si me da sueño, me acuesto otra vez. Voy a tomarme un Cola Cao y a encender la chimenea, y a lo mejor luego sigo leyendo un poco más. Lo mismo se me dispara otro recuerdo, o vuelvo al mismo de antes, que por cierto se ha desarrollado de una manera bastante curiosa, hacia atrás: empezó con la voz de Pedro recitando el poema de las piedras y el viento, pero desde ahí, en lugar de avanzar al siguiente poema, el recuerdo fue hacia atrás y se fueron sucediendo todas las cosas que he contado antes: mi abuela entrando al salón con los cafés y las perronillas, la llegada de don Aurelio y Pedro a casa, el proceso minucioso de encender la chimenea bajo la mirada atenta de mi padre… como rebobinar una película. Llegado un punto, al momento en que mi padre salió a buscarme al patio para preguntarme si le podía ayudar con el fuego, se paró el rebobinado y todo empezó a suceder en su orden natural, es decir, hacia delante, con lo cual todas las imágenes volvieron a pasar otra vez ante mis ojos, las mismas de antes, pero aun si cabe incluso un poco más nítidas.

Así que primero hacia atrás y luego hacia delante, como un bumerán, y yo dejándome llevar como un corcho que alguien ha soltado en un río con remolinos, consciente de que estaba en mi cama en Jokkmokk, pero cada vez más allí que aquí, y sin resistirme a las ganas de dormir que me iban atrapando.

El recuerdo fue avanzando poco a poco hasta llegar otra vez al principio, a la voz del señor Pedro recitando el poema, pero esta vez no se veía a Pedro por ningún sitio; su mecedora estaba vacía, y la voz se oía fuera de la habitación, y en realidad no era ya la voz de Pedro, era una voz más grave, la voz de mi san Antonio, que venía recitando el mismo poema:

Hay que no sentirse solo.

Compañía presta el eco.

El atormentado grita

su amargura en el desierto.

Hay que desendemoniarse,

liberarse de su peso.

Quien no responde, parece

que nos entiende,

como las piedras o el viento.

Salí corriendo del salón, moviéndome con la rapidez de mis diez o doce años; había olvidado la sensación de mover mis piernas de niña, ¡qué ligereza! Atravesé el vestíbulo en un segundo y me asomé al pasillo por donde venían san Antonio y el jabalí. No sé en qué momento me quedé dormida, pero está claro que para entonces ya lo estaba. Un recuerdo nítido se me había vuelto a convertir en un sueño sin saber muy bien dónde terminaba una cosa y dónde empezaba la siguiente. Y en el sueño, se mezclaban mis pensamientos de entonces, los de niña, con los de ahora. Por un lado, reconocí a san Antonio y me acordé de mis anteriores sueños con él: cuando estuvimos charlando en el cubículo de mi oficina y el jabalí se comía los geranios, cuando me llevó a ver su choza en el desierto de Egipto y nos sentamos a meter los pies en un pequeño arroyo. Pero, al mismo tiempo, para otra parte de mí, todos esos pensamientos me eran ajenos y estaba completamente metida en la historia: yo tenía diez o doce años, y el san Antonio que venía por el pasillo era simplemente otro de los amigos de mi padre, como don Aurelio, un amigo que por lo que fuese le habían hecho santo, que en lugar de tener un perro, tenía un jabalí y que ese día traía una bandeja con pasteles:

—Laura, canija, son huesos de santo, que sé que te gustan mucho.

—¿Huesos de un santo como tú?

—No, de algún santo más dulce, las almendras de mi huerto son amargas.

—¿Tienes un huerto?

—Claro que tengo un huerto. Todos los días paso un rato por allí. Siempre hay que hacer algo en un huerto.

—Mi abuela dice que el suyo le da mucho trabajo y se queja de que no la ayudamos.

—Es verdad que da mucho trabajo; por eso, durante muchos años, yo no quería tener huerto, me bastaba con comer ortigas, orugas y malas hierbas, o el pan que me trae de vez en cuando el pájaro Pablito, pero en un viaje a Roma me hospedé unos días en Montecassino y conocí a Benito de Nursia. Todavía no era san Benito, pero vaya si tenía las ideas claras. Por aquel entonces, yo ya tenía más de doscientos cincuenta años, pero Benito me habló como un maestro habla a su discípulo. Me habló de las virtudes de trabajar con las manos, de honrar al Altísimo no solo orando, sino también arando, y me convenció para que buscase un lugar apropiado para tener mi propio huerto. Lo de ponerme a buscar me daba una pereza enorme, imagínate, las mejores terrazas de cultivo al lado del Nilo llevaban ocupadas ya dos milenios, así que al regresar a Egipto me puse a rezar: treinta y siete días y treinta y siete noches sin comer ni dormir, nada más que rezando, hasta que una mañana, a unos metros de mi choza, surgió un manantial que poco después se convirtió en un arroyo con orillas fértiles, especialmente en un meandro donde se acumula mucha agua, que es donde empecé a trabajar la tierra y donde ahora tengo el huerto que tantos sudores me cuesta mantener.

—¿Te arrepientes?

—No, reconozco que me sienta muy bien, pero si volviese hacia atrás, no sé yo si tomaría la misma decisión; lo mismo habría seguido tan ricamente comiendo malas hierbas, orugas y hormigas de temporada. Pero no te imaginas la capacidad de convicción que tenía san Benito, patrono de los espeleólogos y de los archiveros, entre otras muchas profesiones. No fue solo el asunto del huerto, al principio me llenó la cabeza con otras ideas, que, por suerte, ya me he dado cuenta de que a mí no me van.

—¿Como cuáles?

—De todo. Parece que le estuviese viendo. Allí, en Montecassino, rodeado de sus discípulos, subido a la tapia del camposanto y predicando a viva voz: «En cuanto a las bromas, las palabras ociosas y todo lo que haga reír, lo condenamos a una eterna clausura en todo lugar, y no permitimos que el discípulo abra su boca para tales expresiones».

—No pongas esa voz, que me asustas.

—Pues más te habría asustado san Benito. ¿Sabes lo que decía de los niños y las niñas como tú?

—No, ¿el qué?

—Decía: «Cada uno debe ser tratado según su edad y capacidad. Por eso, los niños y los adolescentes, o aquellos que son incapaces de comprender la gravedad de la pena de la excomunión, siempre que cometan una falta, deberán ser sancionados con rigurosos ayunos o corregidos con ásperos azotes para que sanen».

—¡Hala! ¡Qué bruto! Oye, ¿pero qué es la excomunión?

—¡Diez años que tienes y no sabes lo que es la excomunión! Por preguntar eso te habrías llevado lo menos cincuenta azotes de san Benito. Pero, tranquila, no corras, que yo no soy como san Benito. En lugar de azotes, te voy a dar la bandeja los huesos de santo para que se los lleves a tu abuela a la cocina. Pero no te comas ninguno por el camino, que te conozco, dáselos a ella, luego le pides uno y seguro que te lo da. Yo me voy para el salón, que tu padre y don Aurelio hace rato que me están esperando. Ah, y dile también a tu abuela que no me traiga café, que ya he tomado uno en casa del pastelero, pero que no le diría que no a una copita de anís.

Así que me fui para la cocina con los huesos de santo, y él se fue para el salón, recitando el final del poema:

Se exprime así el alma. Así

se libra de su veneno

Descansa, comunicando

con las piedras, con el viento.

Se notaba que el jabalí no sabía qué hacer, si irse con él o si venirse conmigo. Al final, se vino conmigo, está claro que para un jabalí una cocina es mucho más interesante que un salón. Mi abuela estaba allí limpiando unas verduras y no se extrañó al verme aparecer con un jabalí, buscó en la nevera y le puso en el suelo una cacerola con unos restos que ya iba a tirar. Yo le di a ella el paquete con los huesos de santo y me senté en la silla de la cocina a esperar. Abrió el paquete, me dio uno a mí, se comió ella otro y el resto los puso en un plato de esos bonitos que tenía en el aparador; después, cogió la botella de anís y cuatro copas pequeñas. Sirvió anís en una de las ellas, le dio un sorbo y la puso en la encimera de la cocina, al lado de la montaña de judías verdes que estaba limpiando. Las otras tres copas las puso en la bandeja junto a la botella de anís y el plato con los huesos de santo. Luego, me miró de arriba abajo:

—Hija mía, hay que ver qué mayor estás ya. Puedes con esta bandeja, ¿verdad?

—Claro que sí.

—Pues llévala tú para el salón, que yo tengo mucho lío aquí con la cena. Y ya me conozco yo a san Antonio, que coge la hebra y no calla. Si me quiere saludar, que se pase luego por la cocina.

Me fui para el salón con la bandeja. El jabalí levantó la cabeza un segundo de su cacerola para mirarme, pero siguió a lo suyo. La puerta del salón estaba entornada, casi cerrada, para que no se fuese el calor, pero no cerrada del todo; en la casa de Sobradillo, nunca se cerraban las puertas. Y eso está muy bien porque cuando una va con las manos ocupadas, por ejemplo con una bandeja, le puede dar una pequeña patada a la puerta y la puerta se abre. Aunque cada vez que me veía mi abuela haciendo eso, la bronca que me caía era gorda. Pero no me vio. Entré al salón y ni me miraron. San Antonio estaba de pie, al lado de la chimenea, recitando los poemas del libro de José Hierro. A diferencia de Pedro, él no necesitaba leerlos, se los sabía de memoria. Pedro había desaparecido, y mi padre y don Aurelio seguían sentados en sus dos mecedoras, escuchándole atentamente. Mi padre, con los ojos cerrados, y don Aurelio, mirando el fuego que chisporroteaba.

¡El fuego! Con todo el asunto de los huesos de santo y la historia de san Benito, se me había olvidado completamente que yo era la responsable del fuego. Y es que ahora que lo estoy relatando, parece un sueño medianamente ordenado, pero de eso nada, al fin y al cabo, ha sido un sueño, un sueño muy nítido, eso sí, pero un sueño. Y en los sueños, al menos en los míos, van ocurriendo las cosas de repente, sucediéndose unas a otras sin avisar y acaparando cada una de ellas toda mi atención. Cuando estaba en la cocina, mirando comer al jabalí con tantas ansias y a mi abuela preparar la bandeja con los huesos de santo y el anís, ya no me acordaba de que mi padre y don Aurelio estaban en el salón. De san Antonio no me había olvidado del todo porque el jabalí es un buen recordatorio de su presencia, pero no sabía muy bien por dónde andaba. Entonces, me dice mi abuela que les lleve las cosas al salón y me vuelve la imagen a la cabeza: las mecedoras, mi padre, el libro de José Hierro, don Aurelio y el señor Pedro, ¡pobre señor Pedro! Que se esfumó de un plumazo en el sueño para intercambiarse por san Antonio, que bien podían haber estado los cuatro de tertulia, tan ricamente. Voy de la cocina al salón pasando por el vestíbulo, le doy la patadita a la puerta, lo justo para que se abra y poder pasar con la bandeja, y entonces es cuando veo el fuego y me acuerdo de la petición de mi padre: que me encargase yo del fuego. Menudo desastre que soy, la de tiempo que llevaba esperando ese momento y a las primeras de cambio se me olvida. Pero todo está en orden, hay leña de sobra y el fuego arde con fuerza en el centro de la chimenea. Es, de hecho, el fuego más bonito que he visto nunca, con un resplandor dorado y un chisporroteo que parece sacado de una película de dibujos animados.

Dejé en la mesa la bandeja con los huesos de santo y el anís y me senté en mi taburete al lado del fuego, al lado también de mi padre, que, aunque parecía que no se había enterado de mi regreso porque ni siquiera abrió los ojos de tan concentrado que estaba en la poesía, en realidad sí que se dio cuenta: en cuanto me senté, pasó un momento la mano por mi cabeza, revolviéndome el pelo, y luego volvió a posarla en el reposabrazos de la mecedora.

Me concentré en el fuego, tenía junto a mí todos los utensilios de la chimenea: las tenazas, el atizador, el fuelle, la pala, la escobilla… y la leña, claro. Miraba el fuego y veía formas de todo tipo, intentaba adivinar cuál sería el leño que se quemaría antes, me decidía por uno y azuzaba el fuego con el fuelle por un lado o por otro para intentar que el fuego se comportase como yo había adivinado. Y mientras tanto, los oía, es cierto que sin poner mucha atención, pero ahí estaban de fondo sus voces, la tertulia a tres bandas. Al principio, solo se oía a san Antonio, que recitó de memoria unos cuantos poemas de José Hierro, pero luego se fueron uniendo las voces de don Aurelio y de mi padre comentando los poemas: los ritmos, las estructuras, la intención… mil cosas que yo no entendía y que, en su mayoría, sigo sin comprender hoy. Aunque digo yo que una parte de mí debe de entenderlas, porque, si no, ¿a ver cómo es posible que se monten conversaciones tan enrevesadas en mis sueños?

Don Aurelio estaba convencido de que las imágenes del poema con el que empezaba el libro, el de un atormentado gritando su amargura en el desierto y desendemoniándose, eran referencias obvias a san Antonio, muy directas, pero san Antonio refunfuñaba, estaba harto de que todo el mundo le asociase con el asunto de los demonios y se lo imaginase gritando en el desierto. Es verdad que tuvo sus más y sus menos con los demonios, que gritó como un poseso, que se arrancó a bocados los pelos de la barba y se machacó las uñas de los pies con piedras, que incluso el jabalí le abandonó porque tuvo una temporada en la que estuvo francamente inaguantable. Pero se le pasó. El jabalí regresó, y los demonios no es que se fuesen, pero aprendió a entenderse con ellos, incluso a agradecer sus visitas y a entender que los demonios en realidad no son demonios, sino que son la vida misma, la vida burbujeando.

De esto parece que no se enteró san Atanasio cuando escribió la biografía de san Antonio, la Vida de Antonio, o no quiso enterarse. Él iba a lo suyo; como obispo de Alejandría que era, a él lo que le interesaba era presentar la imagen de un asceta intachable que se oponía a los herejes arrianos y a los demonios con la misma determinación inquebrantable, un modelo a seguir para los monjes dentro y fuera de Egipto. Así que exageró las cosas de tal manera que a san Antonio, cuando lee el libro, le da mucha vergüenza. Pero además, el espabilado de Atanasio escribió la biografía en griego, un idioma que no hablaban ni san Antonio ni la mayoría de las personas que le habían conocido. A san Antonio nunca se le dieron bien los idiomas y durante mucho tiempo no habló más que copto, que era el idioma de sus padres y de sus abuelos. Y mientras tanto, el libro copiándose ejemplar a ejemplar por aquí y por allá y haciéndose famosísimo. La Vida de Antonio es, según le contó a don Aurelio un catedrático de teología de la Universidad de Salamanca, el segundo libro más leído en la cristiandad; por delante, solo tiene la Biblia. Es más leído que santo Tomas, más incluso que las confesiones de san Agustín. Y con influencia en muchísima gente, por ejemplo en el mismísimo san Agustín, que en el momento de su conversión, paseando por el jardín de su amigo Alipio, estaba reflexionando sobre el ejemplo de san Antonio. O quince siglos después en Gustave Flaubert, que se pasó media vida reescribiendo su libro de La tentación de san Antonio. La primera versión la tenía lista con veintiocho años, y la última, la que por fin se decidió a publicar, a los cincuenta y tres.

Esto de Flaubert lo contó mi padre, que había estado bastante callado, pero que, mira por dónde, tenía el libro de Flaubert en la mano y quería leernos una parte en la que la reina de Saba va de visita a la cabaña de san Antonio montada en un elefante, sentada sobre unos cojines de lana azul. El libro lo había cogido de una montaña de libros que le había empezado a crecer en el suelo, entre su mecedora y el taburete donde yo estaba sentada. Una montaña que seguía creciendo mientras él leía. Eran ya tantos los libros que en cualquier momento se iban a caer, así que me dediqué a recolocarlos en montoncitos más pequeños, pero casi fue peor el remedio porque ahora eran cinco o seis montones de libros creciendo todos a la vez. Al mismo tiempo que me volvía loca colocando libros, vi como el fuego de la chimenea se desmoronaba porque el tronco central, un leño ancho y grande en el que había basado mi construcción, se había partido por la mitad. Cogí las tenazas para sacarlo de ahí y poner en su lugar un nuevo leño, pero antes de que pudiese hacerlo fue cuando se armó el gran jaleo en el salón. Había empezado a llover sin que me diese cuenta y, de un momento para otro, llovía muchísimo y teníamos estado de excepción en la casa. Entraron todos en tromba por la puerta del salón: el primero, el jabalí, que corrió a refugiarse en las faldas del mantón de san Antonio; detrás del jabalí venía mi abuela, con el mandil y el mortero; mi hermana y mi madre, que llevaban todo el día fuera de casa porque habían salido de excursión temprano por la mañana y habían vuelto caladas hasta los huesos, y mi tía Carmen con mi primo Rafael en brazos, aunque Rafael ya era mayorcito, tenía por lo menos diez años, los mismos que yo.

No paraba de entrar gente en el salón y de comentar lo mucho que llovía, que parecía el diluvio, que jarreaba de lo lindo, que caían chuzos de punta. Llegó también mi abuelo, a quien la lluvia le había le había pillado en el huerto plantando unas habas y, en menos de un minuto, se había empapado hasta los calzoncillos, o eso decía. Venía con un cubo grande para poner debajo de la gotera, y es que yo no me había fijado hasta que mi abuelo la mencionó, pero la gotera era como un río que caía del techo y estaba formando un charco del que bebía ansiosamente el jabalí. Si no fuese por el jabalí, se nos habría llenado el salón de agua y nos habríamos ahogado. Bueno, por el jabalí y por Torrija, la perra del tío Darío, la que se murió porque le cayó un rayo, que también estaba bebiendo del charco y había hecho muy buenas migas con el jabalí. No la había visto entrar ni a Torrija ni al tío Darío, pero allí estaban los dos. Mi abuelo salió un momento y entró otra vez con la escalera y la caja de herramientas para desmontar la lámpara, no fuera a ser que se cayese el techo por culpa de la gotera. San Antonio, con mucha amabilidad, se ofreció a ayudarle, y con lo alto que es no le hizo falta ni subirse a la escalera. Desmontó la lámpara en un periquete y se la dio a mi abuelo, que a su vez se la dio a mi abuela, y mi abuela a mi madre, y así estaban pasándose la lámpara unos a otros y discutiendo a voces cuando volvió a abrirse la puerta del salón y se hizo un silencio respetuoso y lleno de asombro. Era el tío Ignacio, el tío de mi abuelo que había muerto en la guerra, ¡el último día de la guerra!, el pobre, qué mala suerte la de algunos, con las ganas que tenía de volver al pueblo y de ver a su madre y a su novia. Era el más joven de los hermanos, tan solo ocho años mayor que mi abuelo, que desde niño le había idolatrado y tenía un retrato suyo que me había enseñado ochenta veces cuando me contaba historias de los viejos tiempos, cuando todo el mundo se iba a la cama y nos quedábamos los dos solos en el salón al calor del brasero, dejando claro que nosotros éramos los dos trasnochadores de la familia.

El tío Ignacio abrió la puerta del salón y allí estaba saludándonos con la misma sonrisa y el mismo atuendo que en el retrato que tenía guardado mi abuelo, ese retrato que se hizo en un estudio fotográfico en Ciudad Rodrigo. Unos días antes de irse a la mili, le pidió prestada la moto a su amigo Cipriano y se fue a Ciudad Rodrigo a hacerse la foto. Hizo dos copias: una para su novia y otra para sus padres, luego se fue a la mili, y la mili ya la enlazó con la guerra, cuatro años en total sin poder venir al pueblo. La novia le esperó todo ese tiempo y casi se muere del disgusto cuando le dieron la noticia, dicen que se desmayó y se pasó una semana sin salir de la cama, como la pobre Adela. Pero luego, el muerto al hoyo, le entraron las prisas y en menos de un año ya estaba casada con un primo segundo suyo que vivía en Hinojosa. El día de antes de la boda, hizo llamar a mi abuelo y le dio la foto que tenía del tío Ignacio. No quería llevársela con ella a Hinojosa, no le habría hecho bien ni a ella ni a su futuro marido, y como sabía lo mucho que mi abuelo admiraba a su tío Ignacio, le pidió que cuidase él de la foto.

En la foto, salía el tío Ignacio con la gorra y las gafas de motorista que le había prestado Cipriano y con una sonrisa de oreja a oreja que casi ni le cabía en la foto. Y así se presentó en la puerta del salón en el sueño de esta noche: con la gorra puesta, las gafas de motorista enganchadas en la gorra y feliz como un adolescente al que le acaba de dar un subidón de adrenalina por la velocidad. Viéndole así, de carne y hueso fuera de la foto, me daba cuenta de que no tendría más de dieciocho o diecinueve años. El tío Ignacio rompió el silencio para pedirnos que le hiciésemos sitio, que venía con unos amigos y que entre todos traían a la abuela. ¿A la abuela? Mi abuela llevaba ya un rato en el salón, con su delantal de flores negras y discutiendo con mi madre sobre donde poner la dichosa lámpara que san Antonio había descolgado del techo. Pero no, no se trataba de mi abuela; el tío Ignacio se refería a la abuela Felisa, la abuela de mi abuelo, una señora vestida de negro y sentada en una silla baja de anea que yo había visto mil veces en un cuadro que había en el vestíbulo de la casa de Sobradillo. La abuela Felisa era, por lo tanto, la madre del tío Ignacio y, según cuentan, desde que le mataron al hijo en la guerra, la mujer ya no se quitó el luto. Tampoco vivió muchos años más.

Pero ahí estaba la abuela Felisa sentada en su silla de anea, con su vestido y sus zapatos negros, con el pelo blanco recogido en un moño, igualita que en el cuadro, con la única diferencia de que en lugar de tener las manos entrelazadas, venía entretenida tejiendo. Y la traían por el aire. El tío Luis y cuatro jóvenes vestidos de soldados habían metido unos palos largos por debajo de la silla y se apoyaban los palos en el hombro. Entraron a lo grande en el salón, como si la abuela Felisa fuese un paso en una procesión. Mi abuela me explicaba que los cuatro mozos que estaban ayudando a transportar a la abuela Felisa eran los quintos del tío Luis, los que fueron con él a la mili. Uno de ellos tampoco sobrevivió a la guerra, pero los otros tres, sí; de hecho, seguían vivos, y mi abuela me aseguraba que yo los conocía, eran de esos amigos de mi abuelo a los que él iba a visitar y a veces me llevaba a mí de acompañante, en concreto, el tío Nicasio, el tío Agustín y el tío Cipriano «el de la moto». Yo no sabía quién era quién en el pueblo, tenía un lío enorme, todos los señores mayores eran tíos y tías, tuviesen la edad que tuviesen y fuesen parientes o no lo fuesen. Y las visitas se parecían mucho las unas a las otras. El abuelo, por ejemplo, siempre llevaba consigo una botella de vino del que hacía él en casa con las uvas de su viña. No le recuerdo yendo al bar; si acaso, algún domingo después de misa, donde él se bebía los chatos de vino era en las cocinas de las casas de los amigos, que siempre tenían un poco de queso o chorizo a mano para pasar el trago. Y cuando yo le acompañaba, a mí me sacaban siempre el Kas naranja y las perronillas.

Los costaleros improvisados posaron a la abuela Felisa en el centro del salón, y tanto el jabalí como Torrija, la perra, se acercaron a saludarla con mucha alegría, como si se oliesen que llevaba el bolsillo de la falda lleno de perronillas. Entonces me acerqué yo, le di un beso en la mejilla, y me llevé también dos. La abuela Felisa me puso la mano en la mejilla, me miró fijamente y me dijo que una de las perronillas era para mí y la otra para Inés, que se había escondido debajo de la mesa. Pero no me dio tiempo a ir a dársela porque al momento vimos asomar por la puerta a otra señora a la que estaban transportando en una silla igual. Esta señora también era mayor, aunque no tanto como la abuela Felisa, pero vestía con una ropa muy diferente, telas con colores muy vivos entremezclándose unas con otras y en la cabeza un pañuelo azul con ribetes dorados. Al principio, no caí en quién podía ser, y miré a mi padre, pero me hizo gestos de que él tampoco tenía ni idea. Luego, me fijé mejor en los chavales que la transportaban y me di cuenta de que eran Mahmoud, Hamed y otros dos chicos afganos de los que había conocido en la excursión con el instituto de Jokkmokk. Y, de repente, me di cuenta de que esa señora que iba sentada en la otra silla de anea tenía que ser la Tía, la mujer que dio clases particulares a Hamed durante los años en los que estuvo trabajando en el taller de alfombras en Pakistán.

Es curioso que, aunque en ese momento yo era una niña en Sobradillo, rodeada de la gente del pueblo, también reconociese a Mahmoud y a Hamed y que se me ocurriese que esa señora fuese la Tía. Y todo tenía sentido porque era un sueño. A la Tía la posaron también en el centro del salón, al lado de la abuela Felisa, que rápidamente le dio una perronilla. La Tía, por su parte, se metió la mano entre los faldones y le dio un puñado de pistachos a la abuela Felisa, que los miró con mucha curiosidad, como si fuese la primera vez en su vida que veía un pistacho. San Antonio se acercó a ellas, parecía conocerlas a las dos, al menos las saludó con mucha familiaridad. A la abuela Felisa le preguntaba por unos y por otros, parientes que a mí ya me tocaban lejanísimos y a los que nunca había oído nombrar. Y luego, con la Tía, se puso a hablar en una lengua rarísima. Copto, me dijo mi padre al oído, le parecía que estaban hablando en copto, la lengua materna de san Antonio, que dejó de ser una lengua viva en el siglo XV y que ya solo se usa en las misas de la Iglesia copta.

¿Y cómo es que la Tía sabía copto? Bueno, quizás tampoco sea tan raro porque parece ser que era una mujer muy culta. Además, lo que de verdad me intriga no es eso, lo que no acabo de comprender es cuándo he aprendido yo todas estas cosas. A ver, entiendo que se me aparezcan en mis sueños imágenes de Sobradillo: recuerdos de mis abuelos, de mis padres, de mi hermana, de los amigos de papá que venían de visita… He pasado muchísimas horas en esa casa, ratos muertos de no hacer nada en especial, de estar dibujando o haciendo puzles y escuchando las conversaciones de los mayores, así que seguramente lo tenga todo grabado por ahí en un rincón de la cabeza. Incluso puedo entender la aparición de los familiares muertos, justamente el tío Luis y la abuela Felisa eran dos de los más célebres en la casa, y en el sueño estaban tal cual los había visto muchísimas veces en sus retratos. También entiendo soñar con el asunto de la gotera y el abuelo quitando la lámpara, porque sucedió tal cual en una tormenta en un puente de mayo. ¿Pero todo lo demás?, ¿cómo explicarlo? Empezando por san Antonio. Es verdad que la última vez que estuve en el pueblo con mi padre, encontramos juntos una figura de san Antonio Abad en el trastero, admito que existe esa conexión, ¿pero de dónde sale el resto de la información? Por ejemplo, lo de que san Antonio hablase copto, pero no griego. ¡La misma existencia del idioma copto! ¡A ver de qué voy a saber yo que el copto es un idioma? O las historias de las luchas de san Atanasio contra los arrianos y las reglas san Benito. ¿Quiénes eran los arrianos? ¿Quién fue san Atanasio?, ¿y san Benito? No tengo ni la más remota idea. Lo único que sé es lo que acabo de contar, y lo sé porque lo acabo de soñar, no porque lo supiese antes: que san Benito vivía en Montecassino y que se dedicó a escribir reglas de comportamiento a diestro y siniestro, que san Atanasio vivía en Alejandría y escribió una biografía de san Antonio que se hizo famosísima, que san Agustín paseaba por el jardín de su amigo Alipio pensando en san Antonio, que Flaubert se pasó media vida escribiendo un libro que se llamaba La tentación de san Antonio y que dentro de ese libro aparece la reina de Saba montada en un elefante. Too much!

Hasta esta noche, Flaubert no era más que uno de esos nombres de escritores que me suenan así en nebulosa y de rebote, y sigue siéndolo, porque quitando lo que acabo de mencionar sobre él y su libro de san Antonio no sabría decir nada más. Y a todo esto, ahora que lo pienso, ¿quién me dice a mí que todas estas cosas no sean producto de mi imaginación? Una mezcla aleatoria de datos y nombres sin ningún sentido; al fin y al cabo, estoy hablando de un sueño en el que mi tatarabuela Felisa miraba con curiosidad los pistachos que le acababa de dar una señora pakistaní a la que no conozco. Posiblemente, Flaubert no escribió ningún libro sobre san Antonio, quizás san Atanasio no era de Alejandría, sino de Milán, o puede que ni siquiera haya existido nunca un san Atanasio. Y san Benito… San Benito solo me suena por lo de «colgarse un sanbenito». Admito que de religión no tengo ni idea, en el colegio siempre me apuntaron a clases de ética, así que lo que me vendría bien ahora mismo es tener aquí un ordenador con conexión a internet y comprobar todas estas cosas.

Tendría que haberle dicho que sí a Niklas cuando me lo propuso; de hecho, me lo ha preguntado ya unas cuantas de veces. Pero no quiero tener aquí un ordenador, se está muy bien sin ordenador y sin internet. Me conozco: al principio me conectaría solo un poco, luego un poco más, y en un par de semanas, me pasaría la mitad del día enganchada. Quizás no tenga que ver una cosa con la otra, pero me da la sensación de que si desde el principio hubiese tenido aquí un ordenador con internet, no habría tenido un sueño como el que he tenido esta noche; vamos, estoy casi segura. Para empezar, porque pudiendo entretenerme con internet no me habría puesto a leer un poemario de José Hierro, que es el nudo por donde comencé a deshilar la madeja del sueño. Me estaría perdiendo las locuras de san Antonio y del jabalí y las historietas de san Benito y san Atanasio, lo cual a lo mejor tampoco sería una pérdida muy grave, pero también me estaría perdiendo ver a mis padres y a Inés, a mis abuelos, incluso las conversaciones con san Antonio sobre Javier Román en mi cubículo. Y noto que me sienta bien todo esto, sacar estas cosas de la cabeza, ventilarlas un poco, aunque la mitad de ellas sean cosas absurdas.

Al no recibir información nueva, que es lo que estaría haciendo ahora mismo con un ordenador con conexión a internet, es como si mi mente se volviese sobre sí misma y sacase la información de ahí dentro, de los recovecos más ocultos. No le queda otra estando aquí donde estoy, aislada y sola. Y pienso en lo que me decía una de las entrenadoras del gimnasio, que para quemar grasas primero hay que quemar todos los hidratos de carbono. En este caso, los hidratos de carbono sería la información nueva que me va llegando, ya sea por internet o cuando paso un rato con alguien, y las grasas son toda la información y vivencias acumuladas. No sé, es una teoría garrafón que me acabo de inventar, pero creo que no voy del todo desencaminada. Eso sí, ahora mismo me muero por saber si Flaubert escribió un libro sobre san Antonio o si existió alguna vez un tal san Atanasio de Alejandría. Tendré que esperar a ir a la biblioteca de Jokkmokk para mirarlo. Se me van acumulando las consultas, porque ahora que menciono la biblioteca, me acabo de acordar que también quería mirar el asunto de los rusos y la OTAN, lo de la Guerra Fría del Ártico, que aunque ya lo he guardado en los armarios, tengo la cocina llena de latas de conserva y de los artilugios de supervivencia que me trajo Gunnar.

Llevo un buen rato pensando en salir de la cama a tomarme un Cola Cao, pero ahora que me han venido a la mente las latas de conserva, creo que voy a husmear a ver si encuentro alguna apetecible. Gunnar dice que las latas son para tenerlas de reserva, por si hay una crisis, pero si me como solo una, no se va a notar la diferencia. Aunque ahora mismo cambiaría todas las latas de conserva por unas perronillas de Sobradillo, me he quedado con las ganas en el sueño, con las perronillas deshaciéndose en mi mano y yo sin comérmelas. La tatarabuela Felisa me dio dos perronillas y me dijo que le diese una a Inés, que se había escondido debajo de la mesa, pero cuando iba para allá, aparecieron los niños afganos transportando a la Tía, y luego me despisté con el asunto de los pistachos, con san Antonio hablando en copto con la Tía y con la lluvia cayendo cada vez más fuerte. De la gotera se desprendió de repente un cacho grande de techo y el abuelo dio la voz de alarma: «¡Todos a cubierto debajo de la mesa!». Y yo sin comerme la perronilla porque quería encontrar el vaso de leche que había dejado al lado de la chimenea. Pero con tanta gente era imposible encontrarlo. Además, estaban las prisas por meternos debajo de la mesa. Inexplicablemente, cabíamos todos: mis abuelos, mis padres, Inés, que ya llevaba un rato escondida ahí debajo, don Aurelio, san Antonio y el jabalí, la tía Carmen con el primo Rafael en brazos, el tío Darío, la abuela Felisa en la silla de anea con el tío Luis y sus quintos, la Tía de Pakistán en la otra silla de anea rodeada por Hamed, Mahmoud y los otros dos chicos afganos y, por supuesto Torrija, la perra del tío Darío. Todos debajo de la mesa, apretados de lo lindo y con cuidado de no quemarnos con el brasero. Y las perronillas, claro, la mía y la de Inés, hechas migajas en mi mano. En esas, la lluvia aumentó de volumen hasta convertirse en un estruendo de cristales rotos. Se nos había olvidado echar los postigos. Entonces, me desperté. Y venga va, ya está bien de darle vueltas al sueño. Voy a explorar en la cocina y a comerme una lata de algo. O dos, o tres.

Link al capítulo 31 / Link al capítulo 29