Sesenta metros cuadrados. Capítulo 32

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TREINTA Y DOS

Jueves, 6 de noviembre

O me pongo las pilas o se me va a pasar otro día casi sin darme cuenta, como si no existiese, como los tres últimos. No me esperaba bloquearme así, tan de repente, quedarme sin energías como cuando acababa de llegar a Jokkmokk y dormía catorce horas al día, o incluso más, no lo sé muy bien, porque en esa época del año era de día todo el rato. Solo salía de la cama para comer y creo que tardé dos semanas en animarme a ir a dar un paseo. Que no me extraña, venía agotada y escapándome de todo, había gastado las últimas fuerzas en planear el viaje y en dejar las cosas cerradas en Madrid. Y como no quise molestar a nadie —bueno, más bien lo que no quería es que nadie me molestase a mí con preguntas—, me cogí un taxi al aeropuerto. Que ahora, al recordarlo, me da un escalofrío al verme a mí misma aquel día, tan sola. Aunque la verdad es que en ese momento no pensé en eso, no me sentía sola porque, en realidad, sentir, lo que se dice sentir, sentía más bien poco. Iba con el piloto automático puesto, despertándome cada mañana y sobreviviendo al día, incluso partiendo el día mentalmente en trozos porque pensar de golpe en un día entero era como ponerme una losa en la cabeza, se me hacía demasiado largo y pesado.

Apenas han pasado cinco meses y me cuesta reconocerme a mí misma en esa persona que cogió el taxi al aeropuerto, pero sé que todavía anda por aquí dentro, la noto gusanear, sobre todo en estos últimos días, desde que Niklas se quedó a dormir, cuando luego, por la mañana, tuve que dejar de grabar porque se me puso un nudo en la boca del estómago, un nudo de angustia. Pero ahora es como si fuésemos dos personas distintas conviviendo en un mismo cuerpo: mi yo de hace cinco meses y mi yo de ahora mismo, y aunque la personita de hace cinco meses siga presente, aunque se retuerza por aquí dentro y me haga retorcerme a mí, la sensación que tengo es que ella es ella y yo soy yo. Y eso es un avance. Bueno, no sé, a lo mejor no es un avance, quizás no sea muy recomendable empezar a verse a una misma como un desdoblamiento de personas; a lo mejor así es como se empieza y luego acaba una por volverse loca. Pero casi que prefiero estar un poco loca a estar como estaba, anestesiada por esa especie de niebla en la cabeza que no me dejaba ver ni la propia niebla y actuando como un autómata. No sé cuándo ha sucedido exactamente, no puedo decir que hasta tal día era la antigua Laura la que estaba al mando y que, a partir de entonces, apareció la nueva en primer plano, supongo que no hubo un día concreto, lo único que sé es que hoy noto ya una diferencia significativa, aunque en el fondo no sean más que sensaciones y todas las Lauras sean la misma, pero es curioso darse cuenta de los cambios, salir de la niebla y verla desde fuera, aunque todavía la tenga muy cerca.

En todo esto me he puesto a pensar a raíz de que Niklas viniese de visita, que viniese y que no se fuese, que la noche se fuese alargando y no viésemos el momento de parar de poner discos de la caja de música psicodélica, la caja en la que además de los discos de Pink Floyd había otro montón de discos con carátulas a cual más loca. A Niklas le sonaban algunos de los discos, a mí ninguno, y me contó que estos debían de ser los famosos discos de Astrid, la mujer de Gunnar, que, como bien sabe medio pueblo, de vez en cuando se encerraba a leer, escuchar música a todo volumen y fumar marihuana. Lo de leer lo hacía a diario, pero lo de la música a todo volumen y la marihuana solamente cuando se enfadaba con Gunnar, y se enteraba todo Jokkmokk. Y es que, durante varios años, recién casados, antes de mudarse a la casa en la que vive ahora Gunnar, que es la casa de familiar de Astrid, vivieron en unos apartamentos en el centro de Jokkmokk. Esto fue a mediados de los setenta, así que Niklas me habla de lo que ha oído comentar a sus padres y, sobre todo, a su abuela, que sin moverse de su cocina, se enteraba de lo que pasaba en todas las esquinas de Jokkmokk, desde Vuollerim hasta Kvikkjokk y más allá. Pero mucho más tarde, hace unos años, fue el propio Gunnar el que se lo contó a Niklas.

Niklas estaba pasando un fin de semana en Jokkmokk con Hilda, su ex, salieron a dar una vuelta y a tomar una cerveza y en el bar se encontraron con Gunnar, que estaba solo y con muchas ganas de hablar con alguien. Niklas, en realidad, por aquel entonces, no le conocía mucho, nada más que por ser el padre de una amiga suya, Rebecka, pero a Gunnar sí le debió de parecer que se habían visto las suficientes veces como para contarles, a él y a Hilda, que había discutido con su mujer, con Astrid, y que no le había quedado más remedio que salir a dar una vuelta porque lo de la música era insoportable, la música y el olor a marihuana. Después de aquel encuentro, Niklas y Gunnar empezaron a tratarse con más familiaridad.

Hilda se tuvo que ir corriendo al baño del bar porque no se podía contener la risa, no por la historia en sí, sino por la manera que tenía Gunnar de contarla, que decía que dónde se ha visto que una señora de setenta años siga fumando porros y escuchando a todo volumen esos discos de Pink Floyd que él no había soportado ni siquiera cuando era joven. Y todo por fastidiarle, porque discutían y una cosa llevaba a la otra y al final ella acababa dando un portazo, encerrándose en una habitación a fumar y a escuchar música y a lamentarse de cómo había podido casarse con un hombre tan carca. Llevaban así desde antes de casarse, y lo cierto es que tampoco discutían mucho, pero cuando discutían, se comportaban siempre de la misma manera, como si hubiesen aprendido un cierto modo de discutir que les funcionaba bien y del que luego sabían cómo manejarse para reconciliarse. Astrid daba el portazo y se metía en su burbuja de música y cannabis, y Gunnar se iba a dar una vuelta, casi siempre al bosque, el bosque le relajaba mucho, pero a veces necesitaba desahogarse de otra manera, ver a gente, y entonces se iba de visita a casa de algún amigo, o al bar, como el día que se encontró con Niklas y Hilda.

El bueno de Gunnar. Una de las cosas que no paraba de repetir aquel día, en el bar, es de dónde sacaría Astrid la marihuana, porque una persona joven en la Suecia de principios de los setenta lo tenía bien fácil, incluso en Jokkmokk. ¿Pero ahora? Bueno, no exactamente ahora, que aquella conversación en el bar fue hace cinco o seis años, poco antes de que se muriese Astrid, pero es igual, ya hace mucho que pasaron los años setenta y la visión tolerante que se tenía sobre la marihuana en aquella época había pasado a la historia. Suecia se ha convertido en un país muy restrictivo con su uso y la mayoría de la gente, incluso los que la fumaban en su juventud, lo ven con malos ojos. Pero Niklas, no, y Rebecka tampoco. Así que Niklas está casi seguro de que era Rebecka quien le pasaba la marihuana a su madre, a escondidas de Gunnar, por supuesto. Rebecka no es que fume mucho, y cada vez menos, pero siempre ha sabido dónde conseguir buena hierba; de hecho, Niklas, que fuma menos aún, muy de tarde en tarde, siempre que tiene ganas de fumar marihuana es a Rebecka a quien le pide que le compre.

Mi primer ataque de risa de la noche fue cuando Niklas, justo después de haberme contado que pillaba marihuana muy de tarde en tarde, me dijo que, casualmente, acababa de comprarle marihuana a Rebecka y que la tenía en el coche. Y no sé por qué me dio el ataque de risa —bueno, sí, por lo del casualmente—, y le dije que sí, que me apetecía fumar, que podía contar con los dedos de la mano las veces que lo había hecho en mi vida, pero que por qué no, que si a él le apetecía y no le daba pereza salir al coche a buscarla, me animaba. Y vaya si me animé. Aunque, en realidad, ya estaba animada antes de empezar a fumar, el ataque de risa del casualmente es la prueba. Luego tuve más ataques de risa que posiblemente fueron a causa de la marihuana, pero al primero no le puedo buscar explicación en otra cosa que no sea que estaba muy a gusto y que me dio por reír. De hecho, ni siquiera habíamos empezado con la botella de vino que abrimos luego, una de las cuatro que llevaban aquí en la cabaña cogiendo polvo desde el primer mes. Los cuatro primeros domingos, Gunnar me trajo una botella de vino en la compra semanal, y no me la bebía, pero me daba apuro decirle nada, hasta que cogí un poco de confianza y ya se lo comenté. Entonces, dejó de traerla. Como habíamos quedado en que me trajese exactamente lo mismo que se compraba él para su semana, eso incluía una botella de vino. Me preguntó entonces si prefería cervezas. No, tampoco quería cervezas. Y ahí quedó la cosa, en que si alguna vez quería algo de beber se lo dijese.

Niklas salió al coche a buscar la marihuana y yo me quedé donde estaba, en la mecedora y con la risa en el cuerpo. Y aunque apenas tardó nada en volver, los dos minutos en que me quedé sola me cundieron mucho, me dio tiempo a ser consciente de que me sentía bien, que se dice pronto. De hecho, recuerdo que lo pensé con esas palabras: «Me siento bien». Y que cerré los ojos un momento para asimilarlo. No es solo que estuviese a gusto con la compañía de Niklas, eso también, sino que ya desde antes, desde que había salido de la sauna, llevaba todo el día con una sensación especial en el cuerpo, de calma y de tranquilidad. Notaba los músculos relajados, que debe de ser el efecto normal después de la sauna, pero además es como si tuviese la cabeza limpia, limpia de la niebla que me traje de Madrid, eso para empezar, pero limpia también de otra cosa, limpia de ese runrún de fondo que me acompaña siempre, un runrún de preocupación por nada en concreto y por todo a la vez, una sensación que ha estado ahí desde que tengo memoria. Siempre. En el colegio, incluso en los primeros cursos, ese mismo runrún me hacía pensar varias veces al día en las diferentes maneras en que algo podría salir mal en cualquiera de las asignaturas, el runrún me advertía de que la posibilidad de error estaba a la vuelta de la esquina y que el día menos pensado un Progresa Adecuadamente se colaría en mis notas y dejaría de tener Destacas en todo. No sucedió nunca.

El runrún no era solo relativo a las notas y al colegio, también me acompañaba y me llenaba la cabeza estando en casa: el miedo a equivocarme en cualquier momento y con cualquier cosa, la sospecha de estar haciendo algo mal, pero sin saber exactamente el qué… Me ha acompañado siempre y, de hecho, me sigue acompañando, es ese mismo runrún el que ahora mismo se asusta y hace saltar todas mis alarmas porque llevo bloqueada desde el lunes por la mañana, bloqueada por no ser capaz de hablar abiertamente conmigo misma sobre lo que pasó el domingo con Niklas, y tampoco de la huida hacia adelante que fueron mis dos últimos años en Madrid. El runrún me llena la cabeza y es como si pintase de gris sus paredes de dentro; además, es tan acaparador que es capaz de conseguir que me preocupe por una cosa y su contraria. Por ejemplo, se preocupa porque llevo unos días bloqueada y, al mismo tiempo, se preocupa también por lo que podría pasar si se me va el bloqueo y me pongo a hablar, que es en realidad lo que estoy haciendo ahora mismo, aunque me cuesta ir al grano y doy más vueltas que una peonza. Lo increíble es lo mucho que he tardado en descubrirlo, quiero decir, en descubrir el runrún, habiendo estado siempre tan presente en mi vida como ha estado. Es hoy, ahora mismo, la primera vez que le pongo nombre, aunque de momento no se me haya ocurrido nada mejor que runrún, pero la clave para descubrirlo no ha ocurrido hoy, sino el domingo, cuando Niklas salió un momento al coche y yo me quedé en la mecedora, cuando de repente pensé que me sentía bien y cerré los ojos para asimilarlo. Notaba que echaba en falta algo y no sabía el qué, me faltaba una sensación molesta que siempre me acompañaba, y ahora me doy cuenta de que lo que me faltaba era el runrún. Así que, en realidad, ha sido su ausencia la que me ha ayudado a descubrirlo.

Cuando entró Niklas y empezó a liar el porro, yo me puse a preparar algo de picoteo; si iba a ser la primera vez después de diez años, mejor sería que no me pillase con el estómago vacío. Saqué pan, mantequilla, queso y pepino, y también una bolsa de patatas fritas, que nunca encuentro el momento de comérmelas estando yo sola. Luego abrí una de las botellas de vino y me lo llevé todo a la mesita del salón. Niklas ya tenía el porro listo y estaba curioseando en los discos de la caja psicodélica de Astrid. Puso un disco con una portada de colorines, de Donovan, creo, y se sentó en el sofá. Y yo en la mecedora, al otro lado de la mesita, aunque no tardé mucho en estar sentada a su lado en el sofá. Me cambié de sitio casi sin darme cuenta, para mirar juntos internet en la pantalla de su móvil.

No sé cómo salió el tema, pero el caso es que me había puesto a hablarle de mi sueño de la noche anterior, el de esa tarde de sábado en Sobradillo en el puente de Todos los Santos, con mi padre, don Aurelio y los poemas de José Hierro, con san Antonio y el jabalí, con la tatarabuela Felisa y la Tía intercambiando pistachos por perronillas. Niklas, que normalmente no calla, me miraba con los ojos como platos y me escuchaba muy atentamente. ¡Ah, sí! Ya me acuerdo de por qué me puse a hablarle del sueño; fue por lo del puente de Todos los Santos, porque Niklas había venido a Jokkmokk justamente por el Día de Todos los Santos. Lo hacía todos los años, para celebrarlo con sus padres e ir a poner velas y flores en las tumbas de sus abuelos y abuelas, los cuatro enterrados en Jokkmokk. Ya de paso, como estaba en Jokkmokk, me llamó para avisarme de que pensaba pasarse por la cabaña a recoger material de su asociación, del material que tiene guardado en la cabaña-trastero. Y me confirmó lo que yo ya sospechaba: que la otra cabaña, esa medio abandonada que me encontré el otro día cerca del camino circular y que Gunnar nunca había visto, también era suya, la había heredado al mismo tiempo que esta, eran todas de la familia de su abuela materna, la sami, de la que me ha hablado bien poco en comparación con todo lo que me ha contado sobre su otra abuela, la rusa. Y siempre dice que las ha heredado, pero en realidad no las ha heredado, es su madre quien las heredó y de su madre siguen siendo, pero es él quien se ha ocupado de ellas desde que murieron sus abuelos.

Me contó también que su hermana, que es dos años más pequeña que él, no quiere saber nada del campo, dice que le aburre, le aburre Jokkmokk y le aburre Suecia; vive en Bristol desde que tiene veinte años y viene a Jokkmokk con suerte una vez al año. Dos años más pequeña que él, igual que mi hermana y yo. Pero voy a dejar de irme por las ramas, lo que estaba contando es cómo pasé de estar meciéndome en la mecedora a estar acurrucada al lado de Niklas en el sofá. Empecé a contarle mi sueño y, al llegar a la parte de san Antonio, le dije que no me podía explicar cómo tenía tantos datos históricos y religiosos en la cabeza: san Atanasio de Alejandría, san Benito y sus reglas de comportamiento, el detalle aparentemente venido de ninguna parte de que san Benito fuese patrono de los espeleólogos y de los archiveros y de que san Atanasio se hubiese pasado la vida luchando contra los herejes arrianos, o lo de que san Agustín tuviese un amigo que se llamaba Alipio que tenía una casa con jardín; incluso que Flaubert, del que estando despierta solo me suena el nombre y de refilón, hubiese escrito un libro que se llamaba La tentación de san Antonio, ¡y que dentro de ese libro aparezca la reina de Saba montada en un elefante! A Niklas lo que le parecía increíble es que me pudiese acordar de un sueño con tanto detalle. Le dije que me lo había contado a mí misma en voz alta al despertarme para que no se me olvidase, y ya con la inercia a punto estuve de hablarle de mucho más: del resto de mis grabaciones, del psicólogo de la empresa, de los últimos meses antes de venir para acá…, pero me paré a tiempo, me di cuenta de que no me apetecía hablar de eso; si acaso, otro día. De lo que me apetecía hablar, o mejor dicho, lo que me apetecía averiguar, es si las historias de mi sueño tenían sentido: ¿escribió Flaubert un libro sobre san Antonio?, ¿tenía san Agustín un amigo que se llamaba Alipio?, ¿es el copto un idioma que se hablaba en Egipto? Y cosas así. Luego, estaba toda esa otra parte del sueño, digamos, más familiar, con mis padres, mis abuelos, Inés, las perronillas, don Aurelio, el tío Darío, la abuela Felisa… Escenas que sí que tiene más sentido que se monten en mi cabeza aleatoriamente, incluso puedo entender la aparición de la Tía venida desde Pakistán montada en una silla de anea y portada por Mahmoud, Hamed y otros dos chicos afganos —no hace mucho que estuve de excursión con ellos y Hamed contó la historia de su vida, es normal que lo tenga presente—. ¿Pero los santos? Más allá de la figurita de san Antonio que encontré con mi padre en el trastero de Sobradillo, yo no tengo ninguna cultura religiosa. ¿De dónde salen todos esos santos? ¿Me los estoy inventando?

Le dije a Niklas que había pensado ir a la biblioteca de Jokkmokk a consultarlo en internet, y él volvió a insistir en que me quería poner internet en la cabaña, que se encargaba de todo, también de los gastos, tenía un ordenador que no usaba y me lo podía traer aquí, y si no estaba ya todo instalado el día que yo llegué en junio, es porque no había caído en ello. Y yo, que no y que no, que si me ponía internet, me iba a pasar las horas muertas delante de la pantalla del ordenador, que me conozco, empezando por Facebook, y que no me vendría nada bien. Pero mirar un poquito, consultar alguna duda, eso es otra cosa, y lo podía hacer perfectamente de vez en cuando en la biblioteca. Entonces, fue cuando me dijo que si quería, podía mirarlo en su móvil, que a él también le había picado la curiosidad por saber quiénes eran todos esos santos, así que me senté a su lado en el sofá y nos pusimos a leer en la Wikipedia.

No nos lo podíamos creer, todo estaba ahí, todos los santos mencionados en el sueño, con sus diferentes lugares, y también el jabalí de san Antonio, las reglas de san Benito, el amigo de san Agustín que tenía un jardín por el que paseaban juntos… todo. Más otro montón de cosas que estuvimos leyendo, porque la Wikipedia no se termina nunca. Y dicen que los móviles alejan a las personas de la realidad y nos hacen perder contacto físico; bueno, pues la excepción debe de ser cuando dos personas miran la pantalla de un mismo móvil y tienen que acercarse el uno al otro para conseguir ver algo. Mientras leíamos la Wikipedia, nos íbamos comiendo las patatas y el queso, iba cayendo la botella de vino y nos fumamos dos porros, de media uno por cabeza. Aunque es verdad que yo fumé menos porque Niklas daba caladas más largas que las mías, pero, aun así, me afectó bastante. Seguía sintiéndome muy bien, muy a gusto, y no paraba de reírme, pero estoy segura de que no era solo por la marihuana. Nos pasamos así bastante rato, echando más leña en la chimenea y dándole la vuelta a los discos, poniendo otros nuevos dejándonos llevar por los diseños de las portadas y luego regresando al móvil para seguir averiguando cosas. Una vez que habíamos contrastado los datos de mi sueño, estuvimos intentando enterarnos mejor de ciertas cosas, por ejemplo, lo de los arrianos, que al parecer tanta manía les tenía san Atanasio. Pero no había manera de que nos aclarásemos, demasiados líos de padre, hijo y espíritu santo que a mí me sonaban a chino, y a Niklas también. Íbamos leyendo juntos en inglés, luego yo cambiaba a la Wikipedia en español a ver si me enteraba mejor, y él a la sueca, pero ni con esas. Eso sí, de tanto trastear con el móvil, tocar aquí y allá, sus dedos, los míos…, al final, empezó a pasar que unos dedos llegaban y los otros no se terminaban de marchar; que mientras él leía en sueco y movía el dedo en la pantalla, mi mano se quedaba cerca de la suya, rozándola, bajando tímidamente hasta su muñeca y subiendo otra vez hasta la palma. Luego, cuando era mi turno de manejar la pantalla, sus manos también se quedaban cerca y, en una de estas, mirando los detalles de un cuadro de Jan Brueghel, Las tentaciones de san Antonio Abad, ampliando la imagen en la pantalla del móvil y tratando de distinguir qué eran los diferentes seres que rodeaban al santo, pasó que se nos acercaron las caras: primero los ojos y luego los labios, o primero los labios un poco y luego los ojos y luego los labios ya del todo.

Ese primer beso duró bastante rato, no sabría decir cuánto, lo suficiente para que se terminase el disco que estábamos escuchando. Dejamos el móvil en la mesita y nos quedamos en el sofá: besándonos, mirándonos, tocándonos. No sé qué hora sería, había anochecido antes de las tres de la tarde, antes de que llegase Niklas, así que igual podían ser las siete de la tarde que podían ser las once de la noche. Dentro de la cabaña, al terminarse el disco que habíamos puesto, lo único que se oía era el ruido del fuego en la chimenea, ese ruido que desde siempre me ha hipnotizado, que me hacía pasarme tardes enteras cerca de la chimenea en Sobradillo. De la chimenea nos llegaba también el calor de la lumbre, que ahora que estábamos abrazados se iba notando cada vez más. Afuera seguía nevando y estaba claro que hacía bastante viento porque los copos de nieve no caían, sino que se estrellaban contra los cristales de las ventanas. Estuve un rato mirando los copos estrellarse, tumbada en el sofá, en la parte de dentro, con toda mi espalda apoyada en el respaldo y con Niklas abrazado a mí. Y yo abrazada a él, claro, que además resulta que no era tan grande como yo me creía. Cuando me recogió en el aeropuerto de Luleå, con un cartelito que ponía Bienvenido, Laura, me pareció un hombre grandote, un nórdico tal y como me los pintaba en mi cabeza, con el pelo rubio, la barba rubia y la piel muy pálida. Venía con una camisa de leñador de cuadros azules y una barriga que no se podía disimular debajo de la camisa, y era alto, aunque tampoco una cosa exagerada —por ejemplo, Gunnar es más alto, y eso que ya anda un poco encorvado—.

Es curioso cómo se queda grabada la primera imagen de una persona, y cómo cuesta desprenderse de ella, pero la sensación que tuve el domingo al tenerlo entre mis brazos fue bien diferente. Ya no me parecía alto, ni grande. Llevaba puesta la misma camisa de leñador y se le seguía notando la barriga, pero una cosa es notarla a distancia, en el vestíbulo del aeropuerto o sentada a su lado en el coche mientras me traía a la cabaña, y otra cosa es notarla pegada a mí, a mi barriga. Y notar su respiración, no solo ahí, en ese contacto de nuestras tripas, sino también en mi cuello, en el nacimiento del pelo, que es donde estaba su boca. Había apoyado su cabeza contra la mía, la había encajado entre mi cuello y mi hombro y se había acurrucado contra mí. Poco a poco, había dejado de moverse y de responder a mis movimientos y se había quedado casi quieto, abrazándome y moviendo nada más que la mano izquierda, que la tenía dentro de mi pelo.

Mientras él me daba un amago de masaje en la cabeza, yo le acariciaba la espalda y miraba por la ventana, veía los copos de nieve estrellarse en el cristal y convertirse en agua, y al lado de la ventana veía la chimenea con leña suficiente como para mantener la lumbre encendida al menos dos horas más. La nieve y la lumbre, más de cien grados de diferencia de temperatura a tan solo dos metros de distancia. Pensé en eso un momento, pensé también en el oso que había visto por la mañana desde la sauna, en que quizás anduviese todavía merodeando, pero no tardé en quedarme atrapada por doscientos pensamientos que querían saber qué estaba pasando con Niklas. No lo sabía, pero lo que sí que sabía es que me sentía bien. Y sigo sin saber qué es lo que pasó, qué es lo que está pasando, pero sigo sintiéndome bien, y eso pese al bloqueo mental que he tenido desde entonces, que no tiene que ver con Niklas, sino conmigo misma, con mi pasado.

Historias de antes, mis historias, esas de las que no soy capaz de hablar, o sí, porque ahora mismo sí que estoy siéndolo. Que anda que, también yo, no sé por qué le doy tantas vueltas al asunto. Otra persona hablaría de esto en una cafetería con sus amigas, o incluso tomando unas cañas con algún compañero de trabajo de confianza. Sucede que Niklas, sin culpa de nada, me ha traído a la cabeza los chicos con los que me he liado desde que me dejó Marcos: los que me he llevado a casa, los que me han llevado a sus casas, con los que he follado en el coche como dos adolescentes, los guiris, los pijos madrileños, los perroflautas, los modernos. Solo me ha faltado un poligonero. A ver, tampoco han sido tantísimos, no más de… ¿veinte en un año y medio? Que tampoco son pocos. Y esta historia que me cuento a mí misma de que antes de venir a Jokkmokk me pasaba el día trabajando y que me ha dado una crisis de estrés por culpa de la empresa, pues sí, en cierto modo es verdad, pero también es verdad que estaba todo el día pendiente de las conversaciones de WhatsApp con unos y con otros, porque algunos líos eran cosa de una noche y punto, pero otras historias se alargaban y se complicaban. En parte, era yo quien daba pie a que se alargasen, pero luego me arrepentía y la liaba. Y me he portado mal, muy mal. Aunque es verdad que también se han portado mal conmigo. Todo a la vez, paralelamente, superponiéndose unas relaciones con otras, prácticamente sin un solo momento de tranquilidad hasta llegar a Jokkmokk. Y además en secreto, a escondidas, que no entiendo yo por qué tanto misterio. Bien entrado ya el siglo veintiuno y no me animo a contarle a nadie que estoy quedando con chicos, como si estuviese mal, o con hombres, algunos son más tirando hacia chicos y otros más hacia hombres.

No tiene sentido tanto secreto, lo cuento en voz alta ahora mismo y me parece absurdo. Pero es que era así, tal cual, no se lo contaba a nadie, y eso fue lo que acabó por ir distanciándome de mi gente. Me invitaban a un cumpleaños y no podía ir porque había quedado por ejemplo con Jonathan, el irlandés, pero como no le había contado nada a nadie y no me animaba a hacerlo, pues me inventaba una excusa: tenía que trabajar. ¿Un sábado por la tarde? Sí, un sábado por la tarde. Y conociéndome, se lo creían. Porque es verdad que también he trabajado bastantes sábados por la tarde.

Otras veces, no tenía planes con ningún Jonathan ni con ningún Sergio o ningún David, ni tampoco tenía que trabajar, entonces decía que sí a la invitación al cumpleaños, a la fiesta de inauguración de la casa, a la merienda para conocer al bebé o a lo que fuese que hubiese organizado la amiga o el amigo que me seguía avisando para ir pese a las veces en que le había dicho que no. Me presentaba allí, veía a gente que hacía mucho tiempo que no veía y esquivaba las preguntas como quien esquiva las balas. Mi respuesta para casi todo era que tenía mucho trabajo, que últimamente no hacía otra cosa que trabajar y, como había mucho de verdad en la respuesta, supongo que sonaba a creíble. Vamos, que incluso me lo creía hasta yo. Por eso, cuando salía del evento en cuestión y volvía a leer el WhatsApp que me había llegado, por ejemplo de Jonathan, diciéndome que acababa de regresar de su viaje de trabajo a Bruselas y preguntándome si quería pasarme por su casa a tomar algo, era como si fuese otra persona la que le respondía, la que arrancaba el coche y no conducía hacia mi casa, sino que se iba directamente a la suya. Me había ido pronto de la fiesta porque estaba matada después de una semana de trabajo de seis días, y sí, es cierto que estaba matada, pero en lugar de irme a casa a descansar como les había dicho a todos al despedirme, lo que hacía era irme a casa de Jonathan. No es que les mintiese; bueno, sí, pero en cierto modo no les mentía porque cuando estaba allí, despidiéndome de los amigos en la fiesta, yo misma me creía que me iba a ir directa a casa a meterme en la cama, lo que pasa es que luego al llegar al coche ya había cambiado de opinión. Ese es un ejemplo, pero cosas así pasaban constantemente, que decía una cosa y hacía otra, con la excusa, mala excusa, de que yo misma me creía en todo momento lo que estaba diciendo, pese a las contradicciones. Y digo que es una mala excusa porque, a fuerza de repetir ese comportamiento, ya me iba dando cuenta de lo que hacía, y cuando me oía a mí misma contar algo, una parte de mí ya no se creía el cuento, y eso hacía que me distanciase; es como si viese las conversaciones desde fuera, por una ventanita, observando como una mujer que se parecía mucho a mí contaba unas cosas y luego hacía otras.

Lo que más rabia me da es que mis amigos sí que tomaban la iniciativa y me preguntaban, con buena intención, si había conocido a alguien después de la ruptura con Marcos. Esperaron unos meses antes de empezar a preguntarme y, para cuando lo hicieron, yo ya había conocido a unos cuantos chicos, pero conocer a unos cuantos no es lo mismo que conocer a alguien; vamos, así lo interpretaba yo, y me daba apuro contarles que sí, que ya había estado con unos cuantos. Me sentía mucho más cómoda diciéndoles que nada de nada, que de lo único que tenía ganas después de trabajar era de irme a casa y ver series; tampoco les decía que después del trabajo iba todas las noches un rato al gimnasio, ni siquiera a los que me decían que a lo mejor me venía bien hacer un poco de ejercicio para liberar endorfinas y todo eso. Al gimnasio había empezado a ir estando con Marcos, pero a él tampoco le dije nunca nada, y como desde el principio había sido algo secreto pues no venía el momento de que dejase de serlo. Lo que pasa, y de esto me estoy dando cuenta ahora, es que de tanto ocultar las cosas es como si no me permitiese vivirlas de verdad. Por ejemplo, nunca me apunté a los viajes que organizaba la gente del gimnasio para ir a entrenar en grupo al Pirineo, a los Picos de Europa, a Canarias… Y con los chicos con los que quedaba, que de hecho a algunos los había conocido en el gimnasio, siempre mantenía una buena distancia, que más que distancia era un muro. Nunca me quedé a dormir en casa de ninguno y, cuando venían a mi casa, les invitaba a irse antes de que amaneciese. El trabajo, otra vez, era la excusa perfecta. Tenía que trabajar mucho al día siguiente, aunque fuese domingo, y necesitaba dormir sola para descansar bien. Aunque llevase más de seis meses quedando con ellos, como con Jonathan o con Sergio, la relación no podía avanzar, y no podía avanzar porque yo había decidido que la relación no existía. Eran relaciones invisibles, invisibles entre sí e invisibles con el resto de mi mundo, y al final, inevitablemente y dada mi cerrazón, invisibles en sí mismas, sin sustancia, sin planes, sin el más mínimo asomo de profundidad o sinceridad.

¿Y por qué hablo de todo esto? Bueno, la pregunta sería más bien por qué no lo he hablado antes. Y otra pregunta interesante es cómo es posible que me haya venido a Laponia sin decirle nada a nadie, ni siquiera a mi hermana. Tan solo le dejé un mensaje en el contestador contándole que iba a estar una temporada fuera de Madrid y ni le mencioné que había dejado el trabajo, así que se pensará que es la empresa la que me ha destinado fuera de Madrid. Algunos amigos me han llamado al móvil, pero no lo he cogido, y a los que luego me han mandado un mensaje, les he respondido contándoles lo mismo que le conté a ella, que estoy una temporada fuera de Madrid y que ya les avisaré a la vuelta; supongo que también se pensarán que estoy fuera por algún asunto de trabajo.

Creo que la razón de haberme puesto a hablar de todo esto es sencillamente que ya no puedo seguir como si nada, que no me sale seguir mirando hacia otro lado. He estado bloqueada desde el lunes por la mañana, cuando Niklas se acababa de ir, y yo quería hablar de ello aunque fuese conmigo misma, contárselo a la grabadora, pero me puse a hablar de otras cosas y, cuando iba a empezar con el tema, no tuve fuerzas y lo único que fui capaz de hacer fue meterme en la cama, que es donde me he pasado la mayor parte de estos tres últimos días, en la cama llorando, llorando mucho, pero también durmiendo un montón. Y no sé muy bien por qué lloraba, o por qué lloro, son tantas cosas a la vez que lo mezclo todo: el accidente de mis padres, Marcos, la relación que tengo con Inés, que prácticamente no existe, mis amigos, que si lo siguen siendo, llevan meses sin saber nada de mí. Y Sergio, los ojos tristes de Sergio, su cara el día que le dije que lo mejor sería que dejásemos de vernos, el mismo día que me había preguntado si me apetecía irme con él a pasar el fin de semana a la casa de unos amigos suyos en la sierra. Al principio, simplemente le dije que no a lo de la sierra, que tenía mucho que trabajar y era imposible. Y él me dijo que iría de todas maneras a ver a sus amigos, y que si me surgía un hueco, aunque fuese un rato el domingo a última hora, era bienvenida. Habíamos comprado unas pizzas y nos las íbamos a comer en su casa viendo unos capítulos de Juego de tronos, pero no me entraba la comida, se me había puesto un nudo en el estómago pensando en la invitación a la sierra y en lo de conocer a sus amigos. Así que se lo dije de repente; me preguntó si no tenía hambre y, casi sin pensarlo, le solté todo: que no estaba preparada para una relación tan estable y que creía que lo mejor sería que dejásemos de vernos. No le dije que me estaba viendo con regularidad con otro chico, y también viendo a otros cuantos espontáneos, tampoco le conté que ninguno de mis amigos sabía de su existencia.

Lloro por muchas cosas a la vez y a ratos lloro incluso sin saber por qué, como un bebé que no puede parar de llorar y no se sabe la causa, aunque seguramente el bebé sí que la sepa y seamos los adultos los que la desconocemos. Pero, en este caso, soy yo misma la que no lo sabe, llega un momento en que pierdo la pista y simplemente sigo llorando por inercia, enredada en una nube densa de la que no soy capaz de salir. Hasta que de repente salgo. Como ahora, que además de hacerme, por fin, un desayuno en condiciones, voy a salir dar un paseo. A lo mejor es que ya he llorado todo lo que tenía que llorar, al menos de momento. No sé, también pensé eso ayer por la tarde y luego me dio otra vez un ataque de tristeza que me llevó de vuelta a la cama. Esta vez la culpa fue de José Hierro. Encendí el fuego en la chimenea, puse un disco y me senté en la mecedora a seguir leyendo el libro que no había tocado desde el sábado, la antología de poemas que tenía el marcapáginas por el mismo poema que me trajo a la mente el recuerdo del señor Pedro recitándolo, el recuerdo que puso en marcha el sueño con san Antonio y su jabalí en Sobradillo.

Pero ayer parecía que José Hierro me estuviese hablando directamente a mí y, al llegar a los últimos versos, me entró una llorera que no pude controlar.

Se exprime así el alma. Así

se libra de su veneno.

Descansa, comunicando

con las piedras, con el viento.

Respira, Laura, respira.

Al recitarlos ahora, otra vez casi me vuelve la llorera de ayer. Respira, Laura, respira. ¿Tantos venenos tengo dentro?

A lo mejor tiene razón José Hierro y lo que necesito es ir a comunicárselos a las piedras y al viento, salir de la cabaña a dar un buen paseo. Aunque parece que hoy no hace nada de viento y piedras no se ve ninguna porque la nieve lo cubre todo. Pero para exprimir el alma de venenos, seguro que funciona igual de bien que me comunique con el sol y con la nieve. ¡Y con el frío! Porque aquí dentro, con el solecito entrando por la ventana, que no se ve ni una nube en el cielo, he tenido que quitarme el jersey y casi que me está sobrando hasta la camiseta, pero el termómetro dice que fuera hace menos nueve grados.

Tendré que abrigarme bien antes de salir, y tendría que ir empezando a mover el culo, pero voy a seguir cinco minutos más aquí, tumbada al sol como una lagartija en un invernadero, en el sofá, con los ojos cerrados y sintiendo el calor en los parpados, en la cara, en los brazos, en el pecho, en la tripa… De la tripa para abajo no me da el sol y se nota la diferencia, no es que sienta frío, pero no es lo mismo. Y me estiro todo lo que puedo, abro los dedos de las manos y de los pies a ver si así me desperezo, pero al estirarme toco un cojín con la mano derecha. Quiero decir que lo estoy tocando, lo acabo de tocar, y ahora más bien lo que estoy haciendo es agarrarlo y traérmelo hacia el pecho. Es el cojín naranja, el grande, y casi sin darme cuenta, dejo de estirarme y me hago un ovillo alrededor del cojín, como si el cojín y yo fuésemos una sola cosa. Un cojín naranja que huele a Niklas, un olor que no sabría explicar cómo es, pero que me gusta.

Nos pasamos varias horas aquí, en el sofá, y cuando por fin nos fuimos para la cama, Niklas se llevó el cojín bajo el brazo y lo usó como almohada el resto de la noche, aunque tampoco fue mucho rato porque el despertador de su móvil sonó a las cinco. Pero ya habíamos dormitado bastante en el sofá. Después de los primeros besos, de apretarnos el uno contra el otro, de acariciarnos, de movernos y tocarnos cada vez con menos timidez, Niklas, poco a poco, se fue quedando quieto con la cabeza apoyada en mi cuello, moviendo una de sus manos dentro de mi pelo mientras yo le acariciaba la espalda y miraba por la ventana. Tenía la cabeza a mil por hora asimilando lo que estaba pasando, pero no tardé mucho en quedarme dormida, y Niklas igual. Noté cómo dejaba de mover la mano dentro de mi pelo y cómo, poco después, le cambiaba el ritmo de la respiración. Me daba miedo que se cayese del sofá, así que le abracé con más fuerza y lo atraje hacia mí; luego, cerré los ojos. Lo único que se oía era el fuego en la chimenea y, a lo lejos, el sonido del viento y de los copos de nieve estrellándose contra la ventana. Me quedé dormida. Al despertarme, no sabía dónde estaba y tardé un segundo en recordar de quién eran los ojos que me estaban mirando a diez centímetros de distancia. «Niklas», le dije, y le besé, contenta de estar donde estaba y de que los ojos que me había encontrado al despertarme fuesen los suyos, y pensando en lo irreal de estar en una cabaña en mitad de Sápmi despertándome en un sofá junto a un sueco con camisa de leñador. Hace poco más de seis meses, todavía estaba en mi cubículo intentando sacar adelante el proyecto de convergencia de los sistemas de comunicación de las dos empresas, llegando a casa tarde, pendiente del WhatsApp, quedando y desquedando con chicos, metiéndome en la cama con el móvil en la mano, no dejándome ni un solo segundo libre para pensar.

Debajo de la camisa de leñador, llevaba una camiseta blanca de tirantes que también le quité mientras él me quitaba a mí la sudadera gris que había llevado puesta toda la tarde y la camiseta verde con el logotipo del gimnasio de Madrid. No se me ocurre peor ropa para una cita. Pero, claro, no era una cita, es la ropa que me había puesto esa mañana al salir de la sauna, la que llevaba cuando vino Gunnar a media mañana con la compra, y luego, cuando llamó Niklas para decir que había pensado pasarse a recoger unas cosas del trastero; lo último en lo que pensé fue en cambiarme de ropa. Los pantalones eran los de siempre, los del chándal que compré cuando me apunté a yoga, los que llevo ahora puestos, que no sé por qué se me metió en la cabeza que necesitaba un chándal nuevo para el yoga, pero el caso es que me lo compré. Después, es verdad que no fui a más de dos clases, tanta tranquilidad y me hacía ponerme a pensar en todo eso en lo que no pensaba en ningún otro momento del día, ¡terror!, yo necesitaba actividades más intensas, que no me dejasen pensar, como el spinning, o el crossfit, que es a lo que andaba enganchada antes de venirme para acá. Pero el pantalón del chándal de yoga, menudo acierto de compra, el uso que le estoy dando. Se convirtió en mi pantalón favorito para estar por casa y, en realidad, desde que me lo compré, el único posible. Es como si estuviese hecho para mí, como si fuese una segunda piel. Lo toco ahora mismo, llevo mi mano desde los tobillos hasta la cintura, despacito, con la palma bien abierta, y vuelvo a sorprenderme de lo suave que es, como si fuese la primera vez que lo toco, como si no me lo hubiese puesto ya doscientas veces ni hubiese pasado otras tantas veces por la lavadora.

Y lo que descubrí el domingo, con Niklas, es lo mucho que me gusta ser tocada con los pantalones de yoga puestos, porque en todo este tiempo quedando con unos chicos y con otros no se había dado el caso de que yo llevase puestos esos pantalones. A veces nos veíamos en mi casa, pero, aun así, yo me arreglaba para la cita y me ponía los vaqueros, o alguna falda, cualquier cosa menos los pantalones de andar por casa. Así que estaba acostumbrada a que me tocasen a través de los vaqueros, o de las medias, o la piel directamente, pero nunca a través de los pantalones de yoga, nunca había sentido unas manos moviéndose y haciendo presión sobre ese tejido que tanto me gusta. Niklas llevaba unos vaqueros bastante ajustados, y cuando ya hacía un rato que le había quitado la camisa y la camiseta interior y él me había quitado a mí la sudadera y la camiseta del gimnasio, le quité el cinturón y empecé a desabrocharle los botones de la bragueta. Entonces, fue cuando puso su mano en mi mano y me dijo que parase un momento, que le estaba gustando mucho lo que estábamos haciendo, pero que se le hacía un poco raro estar aquí, en esta cabaña, besándose con una persona que no era Hilda. Pero igual que me dijo eso, que prefería que nos lo tomásemos con un poco de tranquilidad y nos quedásemos con los pantalones puestos, también me insistió mucho en que se lo estaba pasando muy bien y que seguramente otro día no tendría tantos reparos.

Aquella pausa repentina me sorprendió, no me la esperaba, pero hizo que me relajase aún más. Él se levantó a poner otro disco, y yo fui a por un par de vasos de agua a la cocina para ir alternando con el vino; luego, recoloqué los troncos en la chimenea y nos volvimos a sentar en el sofá. Le pedí otra vez el móvil y, al abrir el navegador, apareció el cuadro que estábamos mirando cuando empezamos a besarnos, el de Jan Brueghel con san Antonio en el centro rodeado de seres extraños, entre ellos el jabalí escondido debajo de una mesa a los pies del santo. La mesa era una especie de escritorio, y san Antonio estaba leyendo un libro a la luz de una vela que sujetaba un animal verde que podría ser una rana o un sapo. El jabalí era más grande que el jabalí que suele aparecer en mis sueños, pero la verdad es que san Antonio se parecía bastante. Niklas empezó a hacerme las preguntas que yo misma tenía en la cabeza: ¿había visto antes ese cuadro?, ¿se me ocurría algún motivo que explicase lo que estaba pasando?, ¿cómo era posible que mi cabeza estuviese abarrotada de una información que yo en principio desconocía? El libro de Flaubert, los nombres de los diferentes santos, los diferentes lugares donde vivían… En fin, todo lo que habíamos mirado antes en Wikipedia y que resultaba ser cierto. La respuesta era que no, no se me ocurría ningún motivo para saber todas esas cosas, no había visto nunca ese cuadro, ¡no entendía nada!

Y sigo sin entender nada. En estos últimos días, además de dormir, de llorar y de lamentarme por mi vida de ocultamientos y mentiras, también he tenido ratos en los que he conseguido dejar de lado mi monotema y he estado pensando justamente en esto otro, en mis sueños con exceso de información. Porque a ver, ¿de dónde salen todos esos datos? Debería tirar de algún hilo para averiguarlo, ¿pero por dónde empiezo? He vuelto a repasar una y otra vez el recuerdo de aquel día en el desván de la casa de Sobradillo, cuando papá y yo encontramos la figurita de san Antonio que luego fuimos a devolverle a la señora Juana, pero por más vueltas que le doy al recuerdo de ese día no llego a ninguna parte; lo único que consigo es que me entren unas ganas terribles de comer perronillas como las que nos sacó la señora Juana esa tarde para merendar en su casa. Pero es posible que haya hecho un pequeño avance. Sí, ayer me di cuenta de que tengo otro recuerdo por explorar en detalle.

Ayer, cuando me entró la llorera en la mecedora releyendo el poema de José Hierro, lo único que fui capaz de hacer fue irme a la cama. Luego, se me pasó la llantina y me quedé un rato en la cama, completamente despejada y relajada. Tenía hambre y quería salir a por un Cola Cao, como siempre, pero no me moví de la cama porque fue entonces cuando me vino la pregunta a la cabeza: ¿hablaron de san Antonio esa tarde? Quiero decir, la tarde de sábado en Sobradillo con mi padre, don Aurelio y con el señor Pedro. No sé por qué, pero algo me dice que sí. Y ese algo que me dice que sí debo de ser yo misma, quiero decir, que yo misma estaba allí con ellos ese día, ocupada en mantener el fuego encendido en la chimenea. Sin hacerles mucho caso, es cierto, pero tampoco estaba prestándoles atención cuando Pedro recitaba y, aun así, el sábado por la noche, el recuerdo vivido me asaltó a causa de uno de los poemas. Lástima que me quedase dormida y empezase a soñar, me quedé sin saber qué es lo que pasó después de que Pedro leyese el poema de las piedras y el viento. Y lo malo de los recuerdos vividos es que no soy capaz de hacerlos surgir a mi antojo; de hecho, me da la impresión de que cuanto más esfuerzo le pongo, menos posibilidades hay de que salgan a flote. Ayer lo intenté desde la cama, cerrando los ojos y poniendo toda mi atención en ese recuerdo, en la chimenea de Sobradillo, en el perfil de mi padre con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo de la mecedora escuchando la lectura del señor Pedro, pero no conseguí nada. Al final, me pudo el hambre y salí de la cama a por el Cola Cao. ¿Quizás lo intente otra vez ahora cuando salga a dar un paseo? No, mejor si no lo pienso mucho, voy a hacer como que no se me ha ocurrido la idea y voy a salir a pasear sin más, a ver la nieve y que me dé un poco el aire.

Un, dos, tres y consigo incorporarme en el sofá, pasar de tumbada a sentada. Ahora, el siguiente paso es levantarme y ponerme la ropa de abrigo. Eso si primero consigo soltar el cojín naranja de Niklas. No hemos hablado desde que se fue de aquí el lunes por la mañana, el único contacto que hemos tenido ha sido un mensaje que me mandó al llegar a Luleå para decirme que había ido bien el viaje, que no se había dormido ni se había chocado con ningún alce. Yo le contesté al momento y por ahora eso ha sido todo. No sé cuándo nos veremos; me dijo que me avisaría la próxima vez que viniese por Jokkmokk. ¿Y si quisiese ir yo a Luleå a verle? No estoy diciendo que quiera, pero ¿y si quisiese? Tendría que avisar a Gunnar para que venga a buscarme y me lleve al centro de Jokkmokk y allí coger el autobús a Luleå. Y Gunnar me preguntaría que para qué quiero ir a Luleå, si es por comprar algo o simplemente por ver Luleå. Él mismo me ha dicho varias veces que tengo que ir a ver Luleå, que es muy bonito, con la desembocadura del río, con el mar y el archipiélago enfrente. Pero estoy segura de que si le pido que me acerque a la parada de autobús, él me propondría llevarme hasta Luleå en su coche, y no me extrañaría que acabase viniéndose también con nosotros Mahmoud y Magda, la novia de Mahmoud, como si lo viese. Medio pueblo. Así que si quiero que Gunnar me lleve a la parada de autobús para ir a Luleå, entonces no me queda otra que contarle que voy a ver a Niklas. Y entonces tendría que contarle lo que ha pasado entre nosotros. ¿Pero qué es lo que ha pasado entre nosotros? No lo sé ni yo, así que cómo se lo voy a contar a Gunnar.

Me doy cuenta de que se me ha pasado por la cabeza la idea de mentirle, de mentir a Gunnar, que podría contarle, qué sé yo, que tengo ganas de ir en autobús por empezar a tomar iniciativas y hacer de nuevo cosas por mí misma, como un paso más en mi recuperación. O decirle que he quedado con Niklas, pero sin dar más detalles. Sería muy fácil mentirle, o al menos ocultarle lo que está pasando. Y me asusta que sea tan fácil la mentira, porque supondría volver otra vez al punto de partida, a las mentiras, a los ocultamientos, ahora que acabo de darme cuenta de hasta qué punto vivía rodeada de todo eso y que empiezo a sentir que lo estoy dejando atrás. Voy a tener que estar atenta a lo de las mentiras, porque está claro que no por haberme dado cuenta de que he abusado de ellas eso signifique que a partir de ahora no me vayan a dar tentaciones de inventarme mentiras nuevas, o de seguir ocultando cosas a la mínima. En este caso, creo que es porque noto algo de tensión; últimamente, veo a Gunnar muy nervioso con el asunto de los submarinos rusos y con su obsesión de estar preparado por si hubiese que sobrevivir una temporada larga sin salir de casa. Es como si no pensase en otra cosa, al menos a mí no me habla de otra cosa. A ver si reaparece el Gunnar relajado de siempre y entonces le cuento lo de Niklas. Tampoco es para tanto, ¿no? Decirle simplemente que dormimos juntos la última vez que vino y que a lo mejor me apetece ir a verle a Luleå. Y ya está.

Y a ver si consulto en internet este tema de los submarinos rusos, la guerra en Ucrania y la supuesta Guerra Fría del Ártico. Un día de estos, le pido a Gunnar que me acerque a la biblioteca de Jokkmokk y me paso ahí unas horas informándome, de ese tema y del resto de cosas que hayan pasado en el mundo en los últimos meses, que no tengo ni idea. Me acordé el domingo, con Niklas en casa, después de haber estado leyendo sobre todos los personajes de mi sueño, después de los besos en el sofá, mientras estábamos ahí charlando como si la noche no se terminase nunca. Me rondaba en la cabeza la idea de que yo quería consultar algo más en internet, aparte de las cosas de mi sueño, y al final me acordé de que lo que quería era leer sobre los submarinos rusos. Pero me dio una pereza enorme, era ya tarde, estábamos rematando la botella de vino antes de irnos para la cama, besándonos y riéndonos, en fin, que lo último que me apetecía hacer era ponerme a leer sobre submarinos de guerra. De todas maneras, se lo comenté a Niklas, le pregunté si él había oído algo sobre los submarinos rusos, y le dije también que Gunnar andaba un poco preocupado –por no decir obsesionado—con el tema y que me había traído comida y combustible suficiente para sobrevivir varios meses. Entonces, empezó a reírse y me dijo unas palabras en ruso, en ruso de verdad, del que aprendió de su abuela. Luego me lo tradujo al inglés, me dijo algo así como: «No te preocupes, querida; si nos atacan los rusos, aquí no vendrán, esta es mi cabaña y yo soy uno de ellos». Después, me explicó que lo que estaba pasando es que en la tele, en los periódicos y en la radio se habían vuelto todos locos con el tema. Sí, parece que por las señales de radio habían detectado un submarino ruso cerca de la costa sueca, no muy lejos de Estocolmo, pero eso es todo. Lo que pasa es que, a partir de esa noticia, se ha ido montando un espectáculo que parece una película de espías de la Guerra Fría. O una parodia de una película de espías. Durante unos cuantos días, no se ha hablado de otra cosa, así que dice Niklas que no le extraña que un ejército de jubilados suecos con mucho tiempo libre se estén pasado los días paseando al lado del mar, intentando ver submarinos y otras cosas sospechosas. Y de tanto intentarlo, pues acaban viendo de todo, lógico. Y Gunnar, como no vive cerca del mar y no puede salir a buscar submarinos, se debe de estar pasando los días leyendo todo lo que encuentra por internet.

Y ese fue el resumen que me hizo Niklas, lo cual me relaja bastante, parece que no me va a pillar aquí una guerra. De todas maneras, ya tengo curiosidad y me apetece leer a mí del tema. Dentro de un rato, llamo a Gunnar y le pregunto a ver si me puede acercar a la biblioteca, pero primero voy a salir a pasear, que ya está bien de sofá y de cojín naranja.

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