Sesenta metros cuadrados. Capítulo 35

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TREINTA Y CINCO

Martes, 8 de diciembre

Este capítulo está dividido en (a) y (b) por su extensión. Es la grabación más larga de Laura y he considerado que dividirla en dos partes facilita la lectura. La división la he hecho donde me ha parecido más oportuno teniendo en cuenta el desarrollo del monólogo (nota del autor)

(a)

Ahora, con los esquíes recorro mucha más distancia que antes con las raquetas de nieve. Una semana ha tardado Rebecka en enseñarme a esquiar, nada más, nunca pensé que fuese a aprender tan rápidamente. Y, por suerte, mi teléfono móvil es de fiar, aunque sea del siglo pasado, como dice Mahmoud, lo he comprobado estos días esquiando con Rebecka: no se queda congelado ni se le gasta la batería por el frío; además, por todos los sitios por los que hemos estado ha tenido cobertura. Importante lo de la cobertura, sobre todo yendo sola, que ya me voy cayendo menos, pero todavía me caigo, y en una de estas puedo hacerme daño y necesitar llamar a alguien para que venga a buscarme. Llamaría a Gunnar, claro, aunque le noté un poco tenso la semana pasada cuando le llamé para decirle que Rebecka estaba aquí y que no hacía falta que me comprase comida para la semana porque ya habíamos ido juntas a comprar. Le debió de sorprender que su hija de todos los sitios donde se podía haber ido eligiese venirse aquí conmigo. Y yo no quiero entrometerme en la discusión entre ellos, pero Rebecka me ha metido de lleno viniéndose a mi casa. Ahora, Gunnar sabe que yo sé que han discutido, y supongo que cuando venga el domingo, me contará su versión. O no, quién sabe, a lo mejor prefiere hacer como que no ha pasado nada.

Lo de esquiar no me apetecía mucho así de primeras, me daba miedo, pero Rebecka había traído unos esquíes y unas botas para mí y me dijo que al menos probásemos un día, que ella había trabajado un tiempo enseñando a esquiar a turistas. ¿De qué no habrá trabajado Rebecka? Y es verdad que sabía cómo explicarme las cosas para que las entendiese, y también cómo hablarme para que me tranquilizase. Los esquíes que trajo son, según ella, lo más parecido a los esquíes tradicionales de los samis, esquíes todoterreno que sirven para recorrer grandes distancias en plano, pero también para tirarse cuesta abajo por la ladera de las montañas si se diese el caso. Y no, no se iba a dar el caso si yo no quería. Aunque luego sí que quise, vaya si quise. Al tercer o cuarto día, cuando vi que ya empezaba a controlar un poco, me dio un subidón de adrenalina que menos mal que Rebecka me paró los pies. Es mejor ir poco a poco para no tener caídas feas y no coger miedo. De todas maneras, al final sí que nos hemos tirado por unas cuantas cuestas, sobre todo ayer, que hicimos una última salida a esquiar antes de que Rebecka cogiese el coche para irse a Luleå. Hoy he sido mucho más prudente yendo yo sola, pero me he dado una buena paliza, tres horas, casi que más tiempo no se puede estar porque el día no tiene muchas más horas de luz. De todas maneras, llevo una linterna, por si me pierdo y se me hace de noche.

De Rebecka también he aprendido a llevar siempre un termo con café y unas galletas en la mochila, o frutos secos y un par de manzanas, algo para recargar las pilas en mitad de la excursión. Y, aun así, llego a casa con un hambre canina. Hoy me he comido un plátano y una pera según he entrado por la puerta y ahora me voy a preparar unos espaguetis con pesto y aguacate, y con un sofrito de ajitos y puerros cortados en rodajas finas. Voy hablando y grabando mientras cocino. Como estos días con Rebecka, charlando y cocinando juntas. Y qué gusto por fin ir yo a la compra y elegir las cosas que voy a comer. Que conste que ya me he acostumbrado a la compra que me hace Gunnar y a no tener que pensar en lo que voy a cocinar, pero un poco de variación nunca viene mal. Hicimos la compra en mitad de la semana, todavía quedaban muchas cosas en la nevera de la compra que me había traído Gunnar el domingo anterior, pero Rebecka quería comer comida española y fuimos al súper a ver qué encontrábamos. Yo nunca he sido muy de cocinar, pero al menos sé hacer tortilla de patatas y paella, y algo más español que eso no se me ocurre. La paella, a falta de paellera, la hicimos en dos sartenes. Y pensé que no tendrían azafrán en el súper, pero sí, sí que tenían. Aquí al parecer lo usan mucho para hacer unos bollos que son típicos justamente en esta época del año, en las semanas previas a Navidad. Tenían bollos de esos en el súper y si no los compramos es porque a Rebecka se le ocurrió que estarían más ricos si los horneábamos nosotras. Y eso hicimos, comprar los ingredientes, hornear y comérnoslos. Tienen un nombre estos bollos, y lo tengo en la punta de la lengua porque Rebecka lo ha repetido veinte veces estos días. Ya me acordaré.

Al salir del súper, fuimos a la tienda del alcohol a comprar un vino dulce que se bebe caliente y que también es típico de Navidad y de las semanas de antes, y cervezas, ya que estábamos en la tienda del alcohol aprovechamos para comprarnos unas cervezas ricas. Lo de la tienda del alcohol es muy curioso. En los supermercados normales solo venden cervezas con muy pocos grados, y nada de vino o de otros alcoholes más fuertes. Las cervezas normales, el vino y todo lo demás, eso hay que comprarlo en unas tiendas estatales, como los estancos en España para comprar tabaco, pero aquí son para el alcohol. Rebecka no se explicaba cómo me he podido pasar tantos meses aquí sin haber ido a la compra y sin haberme enterado de que hay una tienda específica para el alcohol. Pero es que su padre se ha encargado de todo. Y Gunnar aceptó encantado, decía que el encargo le servía para entretenerse. Y ahora tiene entretenimiento a tiempo completo con Mahmoud, al que no solo acoge en su casa, sino que le lleva y le recoge del instituto todos los días. Pero todo esto le viene muy bien, al menos eso dice Rebecka, que se alegra de ver a su padre activo y con tantas energías. Aunque con las energías también haya recuperado las ganas de discutir, y ella haya terminado por venirse a mi casa a pasar la semana que había planeado pasar en Jokkmokk.

Una semana da para mucho y hemos tenido tiempo para hablar del enfado con su padre, de los trabajos que le están ofreciendo ahora que acaba de dejar el suyo y también para que me cuente la ruptura con Eva, su novia, y cómo está convencida de que es algo temporal. Dice que en cuanto vuelva a Luleå, Eva se habrá arrepentido de la decisión y le propondrá volver. Yo también le he contado mis cosas, muchas de mis cosas. Ayer, cuando se fue, me quedé pensando en eso, en lo mucho que me he abierto con Rebecka, lo sincera que he sido. Casi sin darme cuenta, ya le estaba hablando de la muerte de mis padres y de la ruptura con Marcos, incluso de mis últimos años en Madrid en los que andaba mintiendo a todo el mundo, ya casi por vicio, y metida en una huida hacia adelante que ha terminado aquí en Jokkmokk. Le he hablado también de Niklas, de la noche que pasó aquí, y le he dicho que desde entonces he pensado en llamarle un par de veces, o más bien serán diez o doce, pero que al final siempre lo dejo para otro día porque pienso que le voy a molestar. A Rebecka le ha hecho ilusión. Conoce a Niklas desde siempre y le cae muy bien, le parece un buen tío, así que en cuanto se lo conté, me dijo que me dejase de timideces y que le llamase. Aunque al final no ha hecho falta, porque quien ha llamado ha sido él. Que ya es mala suerte porque me llamó justo el día que no estábamos en casa. Llamaba para decirme que estaba en Luleå, a punto de salir para Jokkmokk, que tenía que pasarse por la cabaña a coger material de la asociación, del que tiene guardado en la cabaña-trastero, y que si me apetecía, había pensado traer ingredientes para preparar una cena en la cabaña. Decía también que le apetecía mucho verme. Y yo le dije que a mí me apetecía mucho verle a él, pero que me pillaba en el coche de Rebeca camino de Älvsbyn, que por eso no me había enterado cuando había llamado al teléfono fijo de la cabaña, que íbamos camino de un hotel en Älvsbyn donde Rebecka iba a hacer una entrevista de trabajo y que habíamos reservado habitación en el hotel para quedarnos a dormir allí. A todo esto, Rebecka iba conduciendo a mi lado, y cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, me dijo que dábamos la vuelta, que me dejaba en la cabaña y ella se iba sola para Älvsbyn. Pero llevábamos ya una hora y media en el coche; si hacía eso, iba a llegar tarde a la entrevista, y además a mí me apetecía la excursión. Y Niklas, que escuchó a Rebecka a través del teléfono, dijo que no hiciésemos locuras, que volvería pronto por Jokkmokk, que había estado muy liado con el curro en este último mes, pero que ahora andaba más relajado. Además, repitió que le apetecía mucho verme. Yo no iba a ser menos y también se lo dije otra vez. Y colgamos. No sé muy bien qué significa que le apetezca mucho verme, ni tampoco qué quiere decir que a mí me apetezca mucho verle a él. Pero por suerte llevaba al lado a Rebecka, que me dio una explicación bien sencilla: significa justamente eso, que os apetece mucho veros. Y ya está. Luego siguió hablándome de lo que me estaba hablando justo antes de que sonase el móvil: de la entrevista de trabajo en el hotel de Älvsbyn y de la bronca con su padre.

El hotel no estaba exactamente en Älvsbyn, quiero decir, no en el centro de Älvsbyn, pero sí en el término municipal, igual que mi cabaña está en Jokkmokk, pero no en el centro de Jokkmokk. Y es un hotel de militares. No es que haya que ser militar para reservar una habitación, pero en la práctica casi todos los huéspedes son militares o empleados de las empresas de armamento que vienen para trabajar en el área de maniobras militares de la zona, la zona militar de la que me habló Gunnar y que llega casi hasta mi cabaña. Es un ambiente muy internacional, muchos norteamericanos y británicos, y también gente de otros países de la OTAN, muy internacional y muy militar. Un amigo de Rebecka había estado trabajando de camarero en el bar del hotel y le decía que a veces le parecía estar dentro de una película de guerra americana, no las partes en las que salen en mitad de la noche en un comando vestidos de camuflaje y armados hasta los dientes, pero sí esas otras escenas en las que se ve a los mismos militares tomándose un whisky en el bar del hotel, sentados en sillones cómodos, pero con la espalda recta y estirada como si les hubiesen metido un palo por la camisa. El amigo de Rebecka había estado trabajando a destajo durante un año, por las noches de camarero en el bar del hotel y por el día haciendo de guía para los clientes del hotel que tuviesen algo de tiempo libre y les apeteciese hacer alguna actividad al aire libre, por ejemplo, rutas con las motos de nieve o con trineos tirados por perros, travesías de esquí de fondo o de patinaje sobre hielo. Eso en invierno; luego, en verano, excursiones en helicóptero, rutas con canoas por los ríos, salidas a pescar, senderismo… De todo. Y como la mayoría de los clientes son militares bien entrenados, pues aguantan cualquier ritmo, no como los jubilados alemanes que vienen en viajes organizados y que a cada rato quieren parar a tomarse un café y unas galletas. Pero el caso es que el amigo de Rebecka dejaba el curro, había estado ahorrando para irse de viaje por Sudamérica y ya había juntado el dinero que necesitaba. En el hotel le preguntaron si no conocía a alguien que pudiese sustituirle, alguien que supiese hacer todas las cosas que él sabía hacer. Respuesta inmediata: Rebecka.

A Rebecka le daba curiosidad. Acababa de dejar el trabajo en la empresa de autobuses. Es verdad que era un trabajo estable y tranquilo, pero ya se había aburrido de tanta estabilidad y de tanta carretera recta con árboles a los dos lados. Quería tomarse una pausa, llevaba diez años enlazando un trabajo con otro y sin parar ni un momento, así que no le vendría nada mal tomarse unos meses para pensar y decidir con más cabeza, eso me decía, hacer una pausa para decidir con cabeza, como estoy haciendo yo. Y cuando me dijo eso, me empecé a reír, le dije que lo mío no ha sido una pausa para decidir con cabeza, sino una pausa para no explotar, o la pausa que viene después de la explosión, no lo tengo yo muy claro. Mi cabeza no estaba como para pensar y decidir nada. A lo mejor poco a poco, muy poco a poco, empieza a estarlo, pero hace seis meses seguro que no.

El caso es que Rebecka ha dejado el trabajo en la empresa de autobuses con la intención de no empezar inmediatamente en otro trabajo y una de las cosas que tiene bastante claras es que quiere un trabajo tranquilo en Luleå, y a ser posible cerca de casa para no tener que coger el coche. Pero mira, ahí estábamos camino del hotel en Älvsbyn para hacer una entrevista de trabajo. Le podía la curiosidad. Le tenía que gustar mucho lo que le contasen para decirles que sí, y sospechaba que lo de que hubiese tanto militar rondando no le iba a entusiasmar, pero coincidió que le habían llamado del hotel para proponerle la entrevista justo el día después de que Eva la dejase y les dijo que sí sin pensárselo dos veces. Lo de que el nuevo trabajo estuviese en Luleå era, en gran medida, por estar cerca de Eva, así que, si ahora no estaban juntas, ¿por qué no iba a poder irse a trabajar a Älvsbyn? Y por ir a la entrevista no perdía nada. Les pidió a los del hotel que le reservasen una habitación doble para quedarse a dormir allí después de la entrevista, ya que iba quería conocer mejor el ambiente del hotel antes de aceptar nada. Lo de que la habitación fuese doble es porque pensaba ir con Gunnar, pero, después de discutir con él, me lo propuso a mí.

Rebecka no se había enterado de lo de los submarinos rusos. No sabe cómo, pero se le había pasado por alto. Quizá porque apenas había visto la tele ni escuchado la radio en estas últimas semanas, solamente las emisoras de música mientras conducía el autobús en el trabajo. Eva y ella habían descubierto Netflix. ¿Y para qué iban a poner la televisión si podían verse un capítulo tras otro de una temporada tras otra de una serie tras otra? Otras tardes hacían planes, juntas o por separado, iban al cine, salían al campo, quedaban a cenar con amigos… y con los amigos hablaban de muchas cosas, pero no de los submarinos rusos que habían avistado en las costas cercanas a Estocolmo o de la inminencia de un ataque ruso y de la Tercera Guerra Mundial que además iba a empezar justamente en Jokkmokk. Y es que con eso es con lo que se encontró al llegar a casa de su padre, se encontró que lo tenía todo preparado para sobrevivir como mínimo un año sin salir de la casa, la despensa abarrotada de latas de conserva, el trastero lleno de palitos de madera de los que se usan como combustible para la calefacción, un generador de electricidad de los que funcionan con diésel y montones de bidones de diésel en el garaje. Si Gunnar había llenado mi cabaña de cosas, la suya directamente parecía un búnker. Aun así, Rebecka tardó un rato en darse cuenta de lo que estaba pasando. Su padre hizo lo que siempre hacía al recibirla, darle un beso y poner una cafetera. Mahmoud estaba en el instituto y él estaba mirando unas cosas en internet. La radio estaba puesta en la cocina, y Rebecka se quedó a escucharla y a esperar a que saliese el café. Había decidido sobre la marcha lo de venirse a pasar unos días a Jokkmokk. En menos de una semana, había dejado el trabajo de los autobuses, Eva había roto con ella y la habían llamado del hotel de Älvsbyn. Para la entrevista faltaban unos días y no sabía muy bien qué hacer, así que decidió ir a ver a su padre a Jokkmokk y luego llevárselo de excursión sorpresa a Älvsbyn. A Gunnar le suelen encantar las sorpresas y los viajes cortos de una o dos noches fuera de casa, pero no cuando está obsesionado con que en cualquier momento va a estallar la Tercera Guerra Mundial.

Cuando salió el café, Rebecka avisó a Gunnar, se sentaron a tomárselo y en menos de cinco minutos ya estaban discutiendo. Rebecka se dio cuenta de que su padre estaba raro por la respuesta que le dio al contarle que había dejado el trabajo de los autobuses. Se alteró mucho y le dijo que no tenía cabeza, dejar un trabajo así, tan seguro, en un momento tan delicado. Y Rebecka, aunque que no entendió muy bien la reacción de su padre ni a qué momento «tan delicado» se refería, le dijo que no se preocupase, que ofertas de trabajo no le iban a faltar y le comentó lo de Älvsbyn, que tenía una entrevista en el hotel y que había reservado habitación para los dos, así hacían una excursión juntos. Le habló un poco del hotel, le dijo que los clientes eran casi todos militares y luego no sabe muy bien cuál fue el comentario que hizo, pero fue algo sobre los militares, sobre la OTAN, algo así como que mejor sería que se quedasen en sus casas y dejasen de venir a probar los aviones de combate en los alrededores de Jokkmokk. Entonces, Gunnar saltó y, cuando saltó, ya no había vuelta atrás. Empezó a hablar de los submarinos, Rebecka le dijo que no sabía de qué submarinos estaba hablando, y eso ya le sacó del todo de sus casillas. Que en qué mundo vivía, que cómo era posible que no se hubiese enterado de nada. Empezó a sacar recortes de periódico y textos que había impreso de diferentes páginas webs, mapas llenos de marcas hechas con rotuladores de colores. Le contó atropelladamente todo lo que me había contado a mí el día que se presentó aquí con el kit de supervivencia: las conexiones entre la guerra de Ucrania y los submarinos del Báltico, la Guerra Fría del Ártico, la importancia que tenía que Suecia siguiese colaborando con la OTAN, algo que, según él, era lo único que podía salvarnos del desastre. Luego la llevó a dar una vuelta por la casa para enseñarle todos los preparativos que había hecho.

A mí me asustó cuando se presentó aquí con esa historia, más que nada porque me pilló totalmente desprevenida y además porque, dado mi aislamiento, no sabía hasta qué punto la situación era o no era tan crítica como él la describía. Luego, estuve leyendo la prensa española en la biblioteca y vi que no era para tanto. Y ya antes de la visita a la biblioteca estuvo Niklas por aquí y nos reímos un rato imaginándonos a la mitad de los jubilados de Suecia patrullando las costas del país, buscando submarinos rusos de la mañana a la noche con los prismáticos en la mano y el termo de café en la mochila. Y por supuesto «encontrándolos» y colapsando de llamadas la centralita de la policía y del Ministerio de Defensa. Rebecka también se asustó mucho al ver a su padre así, y ha seguido preocupada por el tema toda la semana que ha estado aquí conmigo. No le preocupa que Vladímir Putin vaya a desembarcar de un portaaviones lleno de aviones de guerra y de tanques en el puerto de Luleå, lo que le preocupa es su padre. El problema no es nuevo, pero llevaba tantos años sin aparecer que Rebecka pensaba que se le había pasado del todo. Su padre tiene una obsesión con los rusos, más exactamente con una invasión de los rusos, que solía ser miedo a una invasión de la Unión Soviética, pero desde que desapareció la URRS y se terminó la Guerra Fría, no había vuelto a sacar el tema. Hasta ahora. La posibilidad de un ataque de la Unión Soviética y la necesidad de que Suecia se dejase de políticas de neutralidad y entrase en la OTAN era el motivo de discusión más habitual entre sus padres, entre Gunnar y Astrid, y dice Rebecka que, pensándolo bien, es el único motivo que recuerda. Pero menudas discusiones, a veces llegaban a pasarse una semana entera sin hablarse, como cuando un policía sueco al que habían pillado espiando para los rusos, y que llevaba en la cárcel varios años, había conseguido escaparse y fugarse con su mujer. Rebecka era pequeña, pero lo recuerda perfectamente, tendría ocho o nueve años. Lo que más indignaba a su padre, y no paraba de repetirlo, era que el espía se había escapado mientras estaba de permiso visitando a su mujer. De permiso vigilado, pero permiso al fin y al cabo, y mal vigilado, porque si estuviese bien vigilado, no se habría escapado. Le indignaba que a un criminal que había estado varios años espiando a su propio país y vendiéndole la información a los soviéticos le diesen permiso tan pronto, ya que no llevaba ni diez años en la cárcel. Si le hubiesen pillado haciendo eso en Estados Unidos, no habría vuelto a poner un pie en la calle en su vida, eso o la silla eléctrica, que se la había ganado con creces. Rebecka tiene grabada a fuego esa discusión en la memoria. Eso de la silla eléctrica se lo dijo Gunnar a Astrid a través de la puerta, porque Astrid llevaba toda la tarde encerrada en la sala de estar, escuchando sus discos de música psicodélica a todo volumen y fumando porros. Parecía imposible que estuviese escuchando lo que le decía Gunnar, pero en cuanto dijo lo de la silla eléctrica, se paró la música y se abrió la puerta de la sala de estar. Rebecka estaba al otro lado del pasillo, asomando la cabeza por la puerta de la cocina. Sune y Lilly no estaban en casa esa tarde, Rebecka no recuerda por qué, pero el caso es que no estaban allí, seguramente habían ido a jugar a casa de unos vecinos. Y mejor así, porque en casa las cosas estaban muy tensas, aunque quizás si hubiesen estado por casa Sune y Lilly, la discusión habría sido más suave. Era fácil olvidarse de que Rebecka estaba en casa porque apenas hacía ruido, pero imposible que les pasase eso con Sune, que fue un terremoto hasta que cumplió los diez años.

Astrid abrió la puerta de la sala de estar y le dijo a Gunnar que o retiraba inmediatamente lo que había dicho de la silla eléctrica o ella se iba de casa y le pedía el divorcio, que hasta ahí podíamos llegar, que una cosa era estar casada con un carca defensor de la OTAN, que ya le costaba tragar con eso, y otra cosa era estar casada con un asesino, porque defender la silla eléctrica no tenía otro nombre: a-se-si-no. Pero Gunnar, en lugar de retirar lo dicho, al ver que por fin había conseguido sacar a Astrid de la habitación, lo que hizo fue seguir provocándola; dijo que Suecia se había convertido en un país blandito, que si seguía así, más pronto que tarde iba a pasar a ser una provincia de la Unión Soviética, y luego, cambiando de tema, pasó al ataque y le dijo a Astrid que debería darle vergüenza seguir fumando porros, seguir drogándose a su edad, y con tres hijos. Y es que es verdad que de la sala de estar, incluso antes de que se abriese la puerta, salía el olor a marihuana. Sin darle tiempo a contestar a lo de los porros ni a nada más, Gunnar dijo que el que se iba era él. Y se fue, salió de casa a toda velocidad sin ponerse el abrigo y sin ver a Rebecka, que seguía asomada a la puerta de la cocina y que, al oír el motor del coche poniéndose en marcha, pensó por un momento que ya no volvería a ver a su padre nunca más. Fue solo un momento, pero fue un momento terrible.

Gunnar no vio a Rebecka al salir de casa dando un portazo, pero Astrid sí que la vio asomando la cabeza por la puerta de la cocina y le hizo un gesto de que se acercase y que pasase a la sala de estar con ella. Es verdad que en la sala de estar había un olor fuerte que Rebecka nunca había olido tan directamente, pero que reconocía perfectamente y que asociaba a su madre, olor a marihuana. Astrid seguía fumando de vez en cuando y, aunque nunca lo hacía delante de sus hijos, a veces quedaban restos de olor en la ropa o en una habitación que no se había ventilado del todo. Rebecka siempre había sabido que ese olor era algo exclusivo de su madre, que no tenía nada que ver con su padre e incluso que a su padre no le gustaba. Lo sabía sin saber por qué, simplemente porque en una familia hay cosas que se saben, aunque nunca había sido testigo de una discusión tan fuerte como la de aquel día. Astrid le dijo a Rebecka que se sentase con ella en el sofá de la sala de estar y habló con ella como nunca había hablado antes; aunque no tendría más de ocho o nueve años, la trató como a una adulta. Tuvieron que pasar muchos años hasta que volvieron a tener una conversación tan íntima. Para empezar, no trató de ocultarle lo de la marihuana, todo lo contrario, volvió a encender el porro que había en el cenicero y le dio un par de caladas largas. Rebecka recuerda que empezó haciéndole dos preguntas a su madre: la primera, que si era drogadicta, y la segunda, que si su padre se había marchado para siempre. Entonces, Astrid dejó el porro en el cenicero, se acercó a la estantería a coger una caja de metal y volvió a sentarse con ella en el sofá. La caja estaba llena de fotos, unas fotos que Rebecka no había visto nunca y en las que aparecía una Astrid joven, no una niña pero sí muy joven, quizás dieciocho o veinte años. En las fotos iba vestida de hippie de los pies a la cabeza, como los hippies que de vez en cuando aparecían por Jokkmokk con sus furgonetas pintadas de colores, sobre todo en los meses de verano, o como los hippies de las películas. Eran fotos de finales de los años sesenta y principios de los setenta, Astrid había terminado el instituto en Jokkmokk y se había ido a vivir a Estocolmo, al principio a un piso compartido en el centro, pero luego a una casa grande en las afueras, una casa en la que vivía muchísima gente, con un huerto y un corral con gallinas. A mí, según me lo estaba contando, me estaba recordando a la historia de Anki, que al terminar el instituto se fue a Londres y estuvo viviendo en varias casas ocupas.

Rebecka sabía quién era Anki, apenas había hablado con ella, pero había leído artículos suyos y había ido a escucharla en un par de charlas que había dado en Luleå. Anki era una enciclopedia andante en todo lo que se refiere a cultura sami; de hecho, a Rebecka le sorprendió muchísimo cuando le conté que hasta los quince años apenas había tenido contacto con la cultura sami y que su madre no le había enseñado el idioma. Astrid sí que enseñó sami a sus hijos, lo que pasa es que no lo practicaban mucho porque cuando Gunnar estaba delante solían hablar sueco. Astrid se había criado metida de lleno en la cultura sami, había crecido en una aldea de las montañas, una aldea que ahora mismo está cubierta por agua por culpa de una de las presas del río Lule. A los vecinos de la aldea los indemnizaron y les construyeron unas casas en la otra orilla del río, entre ellos a los padres de Astrid. Rebecka recuerda ir a ver a sus abuelos a la «casa nueva», que era como la llamaban, recuerda salir a esquiar por el río helado con el abuelo y cómo el abuelo siempre se paraba en el mismo punto del río, daba unos toquecitos al hielo y le decía que ahí debajo estaba la «casa vieja», la casa de verdad, la que Rebecka no había llegado a conocer. Con sus abuelos hablaba en sami y nada más que en sami.

Aquel día en la sala de estar, después del portazo y la espantada de Gunnar, Astrid y Rebecka hablaron en sami; por supuesto, estaban las dos solas y hablar en sami las conectaba de una manera que no habría sido posible conseguir hablando en sueco, no entre ellas dos. Astrid tenía un brazo apoyado por encima del hombro de Rebecka y con la otra mano iba sacando las fotos de la caja de metal y enseñándoselas. A Rebecka se le pusieron los ojos llorosos al contarme esto. Dice que, a partir de aquel día, su madre dejó de ser simplemente su madre y pasó a ser una persona con su propia historia, una persona que luego, además, era su madre. Lo mismo le pasó con su padre. No habló con él en aquel momento, no de esa manera, pero la conversación que tuvo con su madre transformó también la imagen que tenía de su padre. Para siempre. Y yo me pregunto si en algún momento hice una reflexión así respecto a mis padres. No, claro que no; si la hubiese hecho, me acordaría de cuándo la hice y de qué es lo que pensé. Nunca es tarde. Aunque mis padres ya no estén, no es tarde para empezar a verlos como personas en sí mismas, y no solamente como «mis padres». Pero para lo que sí que es tarde es para hacerles preguntas, y me da rabia que, incluso viviendo con ellos como adulta, porque ya tenía mis años cuando me fui a vivir con Marcos, no se me ocurriese pensar en mis padres más allá de lo que ellos eran para mí: papá y mamá. Nunca pensé en ellos como personas independientes, dos individuos que tenían una vida antes de que naciésemos mi hermana y yo, incluso una vida antes de conocerse y de hacer planes en común. Me pregunto qué pensará Inés de todo esto, nunca hemos hablado así de papá y de mamá. Y desde que murieron, apenas nos hemos visto. Tengo que llamarla de una vez, lo voy posponiendo y posponiendo y sé que no tengo ninguna excusa para retrasarlo más. Venga va, voy a comprometerme en voz alta: prometo que la llamo esta tarde, directamente después de comer.

Comer. Qué hambre tengo, el sofrito con los puerros y los ajitos está ya listo, pero los espaguetis siguen en el paquete porque no he puesto a calentar el agua. Voy a trocear el aguacate y a mezclarlo con el pesto y el sofrito. No es una receta muy avanzada, pero está bien rica, y con el hambre que tengo, más aún. Después de comer, me voy a sentar un rato en la mecedora a descansar un poco, que parece que se me olvida que he estado tres horas esquiando. Y después llamo a Inés, claro que sí, y mientras puedo ir pensando a ver qué le cuento. Querrá saber dónde estoy, qué estoy haciendo, cómo estoy, todas esas cosas. Por eso voy retrasando la llamada, por sus preguntas. O mejor no pienso nada de antemano, que es mi hermana, no un desconocido haciéndome una entrevista de trabajo. Además, con Rebecka he tenido un buen entrenamiento respondiendo a preguntas. Hay que ver cómo lanza las preguntas; en cada tema de conversación parece que siempre sepa cuál es ese punto en el que una no quiere profundizar mucho. Pues justo ahí es donde pregunta. Pero lo hace de una manera que no molesta, no sé cómo explicarlo, casi que lo contrario, dan ganas de agradecerle que pregunte por esas cosas y que lo pregunte así, con tanta naturalidad.

El problema no es hablar con Inés, el problema es hablar con Andrés, mi cuñado, su marido. Qué pereza. Y es que aunque llame al móvil de Inés, seguro que lo coge él, porque suele hacerlo. Con lo privado que es el móvil de una persona, al menos eso me parece a mí, pero está claro que ellos no piensan lo mismo. Ya se me había olvidado, pero estando en Madrid, las dos últimas veces que llamé a Inés lo cogió él, y las dos veces no conseguí hablar con ella, sino que él me lio para que fuese a cenar con ellos ese mismo día y así nos poníamos al día. Yo llamaba para hablar con mi hermana, ya no recuerdo de qué, y el resultado es que Andrés me organizaba el día y acababa yendo a cenar a su casa. La última de las veces habían invitado también a comer a un amigo de Andrés, con la intención, más que evidente, de que nos conociésemos, por ver si surgía algo. Al chico le habían pillado por sorpresa igual que a mí y estaba bastante incómodo, o esa es la impresión que me dio. Normal.

No soporto que intenten organizarme la vida tan descaradamente, sobre todo porque me cuesta mucho resistirme, intento ser educada, voy cediendo y cediendo y al rato de lo único que tengo ganas es de escaparme. Andrés es así, es el marido de mi hermana, pero es un metomentodo, y me pregunto cómo Inés le aguanta, en serio, yo me habría tirado por el balcón hace ya tiempo, o le habría tirado a él. La clave está en que Inés pasa, tal cual, le deja organizar y desorganizar, le dice que sí como a los tontos y luego hace lo que le da la gana. Porque mi hermana siempre ha hecho lo que ha querido, usaba la misma estrategia con los planes de mamá. Que mamá, tengo que admitirlo, era un poco como Andrés. No tanto, vale, tenía más pudor, pero en el fondo también quería organizarnos la vida a todos los que estábamos a su alrededor. Yo me rebelaba y discutíamos, y siempre había un nervio de tensión latente entre las dos, pero mi hermana no le ponía pegas, le decía que sí a los planes y luego, si no le cuadraban, pues hacía otra cosa y punto, ancha es Castilla. Un buen ejemplo de la diferencia entre mi hermana y yo es lo del viaje a Sicilia. La lata que dio mi madre con el dichoso viaje. Era mi verano de COU y lo que menos me apetecía era irme quince días con mis padres y sus amigos a Sicilia. Mi madre empezó a organizar el viaje en febrero y tardé dos meses en convencerla de que no quería ir, dos meses de tiras y aflojas. Inés, sin embargo, no le puso ninguna pega al viaje y se ahorró esos dos meses de tener a mi madre encima insistiendo, pero cuando faltaba menos de una semana para la fecha, dijo que ella no iba, que una amiga del instituto la había invitado a su casa de la playa y que prefería irse allí con su amiga y la familia de la amiga. Ya estaba todo planeado: los billetes de avión sacados, las reservas en los hostales, los coches de alquiler…, pero a mi hermana le dio igual, dijo que ya lo había decidido, que le apetecía más irse con su amiga. Y como mis padres no eran de obligar, pues no la obligaron. ¡En lugar de eso lo que sucedió es que mi madre intentó convencerme a mí! Y casi lo consigue: «Mira que es una pena que se pierdan los billetes de avión, que he llamado a la agencia y se puede cambiar el nombre de tu hermana por el tuyo pagando cinco mil pesetas, que tú lo vas a disfrutar más porque eres mayor que tu hermana, que así te relajas después de todo lo que has estudiado…». No consiguió convencerme porque justo en esos días yo acababa de conocer al chileno con el que me enrollaba todas las noches en el parque, pero, si no llega a ser por eso, lo habría conseguido. ¡Ay! Que me da cosa hablar así de mi madre, si la quiero mucho, pero es que tenía lo suyo. De todas maneras, Andrés es mucho peor; además, no es mi madre, es mi cuñado, y pinta mucho menos que mi madre opinando sobre lo que hago o dejo de hacer. Y si llamo al móvil de Inés, es porque quiero hablar con Inés, no con él, es eso lo que tengo que tener bien claro al llamar. Si lo coge Andrés, le digo que me pase con Inés, que estoy llamando desde el extranjero y quiero hablar con mi hermana, y si me empieza a preguntar cosas, le digo que se las pregunte luego a mi hermana, que la llamada es cara y no me quiero enrollar mucho. Me da un poco de pena Andrés, queriendo organizarle la vida a todo el mundo y seguro que no puede organizar ni la suya propia porque Inés le cambia los planes igual que hacía con mi madre, segurísimo, pero que me dé un poco de pena no quiere decir que tenga que darle bola para compensar. Además, ya vale de montarme historias en la cabeza, lo mismo cuando llame lo coge Inés directamente. El caso es que me apetece escuchar la voz de mi hermana.

Le he contado muchas cosas a Rebecka de Inés, y ella a mí de su hermana Lilly. Tampoco habla mucho con ella, consiguen cuadrar un Skype dos o tres veces al año, pero la diferencia horaria con Brasil lo complica —bueno, la diferencia horaria y que Lilly no le pone muchas ganas—. Lilly dice, un poco en broma pero en realidad en serio, que antiguamente la gente que se iba a trabajar a América simplemente se iba. Y pasaban los años y, como mucho, llegaba a la casa familiar en Suecia alguna carta que no se había perdido por el camino. Pero ahora, con internet, parece como si hubiese que estar en todos los sitios a la vez, hacer una nueva vida por ejemplo en Brasil y al mismo tiempo mantenerse presente en la vida anterior en Suecia, o en las vidas anteriores, porque hay gente que va de país en país superponiendo unas vidas con otras y manteniendo la ilusión de que está viviéndolas todas a la vez. Pero es mentira, intentando hacer eso al final lo que pasa es que una no está en ningún sitio. Eso es lo que dice Lilly, que según su hermana es muy inteligente y piensa mucho, piensa demasiado. Y luego otras veces no piensa en absoluto y arma líos innecesarios, como lo de la visita secreta a Jokkmokk. Esto me lo estaba contando Rebecka en la sauna, que a lo tonto hemos sauneado todos los días. Y si me oyese mi padre, me diría que el verbo saunear no existe, pero yo le diría que debería existir. En fin, que Rebecka me lo estaba contando en la sauna, y no es que el detalle sea importante, que lo mismo da que me lo contase en la sauna o en la cocina mientras preparábamos la paella, pero es que me están viniendo a la cabeza las palabras exactas de Rebecka: sus gestos, sus movimientos de las manos, la cara de sorpresa que puso cuando le dije que yo ya sabía que Lilly había estado en Jokkmokk, el chisporroteo de la madera al quemarse en la estufa de la sauna, el olor a eucalipto porque ese día habíamos echado en la estufa una esencia de eucalipto que habíamos cogido en el hotel de Älvsbyn… Cada día que pasa, me sorprendo más a mí misma con mi memoria y no sé dónde va a ir a parar esto. Confieso que empieza a asustarme un poco.

Sí, yo ya sabía que Lilly había estado en Jokkmokk el verano pasado, pero no había pensado en ello desde el día en que me enteré, en casa de Karl y Cecilia. Lilly y Joao apenas pasaron unas horas en el calabozo, pero para no preocupar a Gunnar decidiéron no contarle nada, ni le contaron nada ni tampoco fueron a verle, se les ocurrió que para no complicar las cosas lo más sencillo era irse de Jokkmokk, hacer como si no hubiesen estado allí y pasarse el resto de las vacaciones visitando a amigos en otras partes de Suecia. Total, como iba a ser una visita sorpresa decidieron que lo mismo daba y que ya vendrían en otro momento a dar la sorpresa. En ese punto es en el que Rebecka me dijo que su hermana a veces no piensa, o piensa tanto, le da tantas vueltas a las cosas que se pasa de rosca y el resultado es el mismo que si no hubiese pensado nada: que hace estupideces. Rebecka se dio cuenta de que el plan de Lilly de guardar la visita en secreto hacía aguas por todos los sitios y que su padre y su hermano se iban a enterar más pronto que tarde porque Jokkmokk es un pueblo. Y ella de cómplice.

Obviamente, Gunnar se había enterado el mismo día que yo, cuando vio la foto en la revista en casa de Karl y Cecilia, pero se había hecho el loco y casi se había convencido a sí mismo de que esa chica no era Lilly, aunque había mirado y remirado la foto doscientas veces con la lupa que tiene en casa para leer los prospectos de los medicamentos y las soluciones de los crucigramas. En todo este tiempo, no se había atrevido a enseñarle la foto a Rebecka por miedo a que fuese verdad, a que le dijese que sí, que Lilly había estado en Jokkmokk sin avisar, pero con eso lo único que había conseguido es no quitarse la pregunta de la cabeza. Hasta que el otro día explotó. Estaba muy alterado con el tema de los submarinos, escandalizado porque Rebecka no se enterase de nada de lo que pasaba en el mundo, dando vueltas por la casa enseñándole todos los preparativos que había hecho por si estallaba la guerra, sin parar de hablar ni de moverse, así que cuando por fin se quedó en silencio y se sentó un momento en la silla de la cocina a beberse el café, Rebecka aprovechó para decirle que se tranquilizase un poco. Error, eso le alteró más aún, y al verle así, Rebecka no podía quitarse de la cabeza la imagen de sus padres discutiendo cada uno a un lado de una puerta cerrada, de Gunnar llamando drogadicta a Astrid y marchándose de casa de un portazo.

Gunnar volvió a dejar el café en la mesa, abrió el cajón de los medicamentos y sacó la lupa y la revista con la foto de Lilly. Le dio la revista a Rebecka y le preguntó si sabía algo de eso, pero antes de que pudiese contestar, ya había cogido otra vez carrerilla con el tema de la Tercera Guerra Mundial. El mundo al borde de la catástrofe y su pequeña Lilly al otro lado del océano, si por lo menos hubiese podido verla y hablar con ella cuando estuvo en Jokkmokk. Rebecka pudo por fin hablar y le dijo a Gunnar que sí, que la chica de la revista era Lilly, y le contó todo lo que sabía: el viaje sorpresa de Lilly y Joao, la manifestación contra la mina en Gállok y el altercado con la policía, y también que el plan inicial de Lilly era ir directos a ver a Gunnar después de la manifestación, quería presentarle a Joao, con quien lleva saliendo varios años, aunque jamás lo ha mencionado por Skype. Así es Lilly. Pero que el problema con la policía lo había complicado todo, se habían agobiado mucho, sobre todo por la situación de Joao, que era extranjero y con visado de turista. Después de unas horas, la cosa quedó en nada, les dejaron en libertad y sin cargos, pero ya habían decidido irse a Estocolmo sin decirle nada a Gunnar para no preocuparle.

¡Para no preocuparle! Gunnar se enfadó y dijo que a ver qué tontería era esa de preocuparle o no preocuparle. Y el enfado se extendía también a Rebecka por no haberle contado nada en aquel momento. Estocolmo queda mucho más cerca que Brasil y podría haber intentado ir a verles aunque ya no estuviesen en Jokkmokk. Pero Lilly le había pedido a Rebecka que le prometiese que no le contaría nada ni a Gunnar ni a Sune. En fin, que la habían metido en mitad de un lío del que no tenía culpa ninguna, pero al final era ella la que se estaba comiendo todo el enfado de su padre, un enfado descontrolado que era una mezcla de rabia por lo de Lilly y un estado general de nerviosismo que tenía más que ver con los submarinos rusos y con las páginas webs tremendistas que había estado leyendo en las últimas semanas que con Lilly. Gunnar perdió los papeles, retrocedió veinticinco años en el tiempo y empezó a acusar a Rebecka de cosas parecidas a las que acusaba a Astrid: de ser una irresponsable y una confiada, una blanda, una ingenua, una hermana mayor que no ejercía de hermana mayor, incluso una drogadicta. Sí, una drogadicta, porque él no era tonto y sabía perfectamente que fumaba marihuana igual que su madre, y no quería pensar mal, pero a veces se le pasaba por la cabeza la idea de que había sido la propia Astrid la que le había dado a probar la marihuana a su hija. Entonces, fue Rebecka la que se enfadó, quizá porque la última acusación era verdad: la primera vez que había fumado marihuana había sido con su madre, pero no tenía la menor importancia. No se lo dijo a Gunnar, lo que faltaba, pero sí que le dijo que claro que fumaba, y que no pasaba nada, que como mucho fumaba una vez al mes, y que era mucho peor para el cuerpo comerse dos kilos de albóndigas precocinadas a la semana como hacía él, para el cuerpo y para el planeta. También le dijo que mejor se iba, que había pensado pasar una semana tranquila en Jokkmokk, con él y con Mahmoud, y llevárselo de acompañante a la entrevista de trabajo en Älvsbyn, pero que estaba claro que no era el momento.

De todas maneras, si entonces Gunnar le hubiese pedido disculpas, aunque fuese un poco, pues se habría quedado, le dolía dejar a su padre así y estaba preocupada por él, pero es que Gunnar en lugar de disculparse lo que hizo fue insistir más en sus acusaciones mientras Rebecka se tomaba el café que ya se le había quedado frío y cogía la maleta que todavía estaba en el vestíbulo de la casa. No quería volver a Luleå, le había dicho a Eva que iba a estar una semana fuera y no quería cambiar el plan. Conoce a mucha gente en Jokkmokk, pero de repente se acordó de mí y de la cabaña y se dio cuenta de que lo que más le apetecía era venirse a pasar la semana aquí conmigo. Si a mí me apetecía, claro. Y como sospechaba, y sospechaba bien, que sí que me iba a apetecer, antes de irse cogió dos pares de esquíes de la casa de su padre, los suyos y los de Lilly, y se presentó aquí.

Al principio, no me contó todos los detalles de la discusión con su padre, me dijo que habían discutido, eso sí, y también que ya se había hecho a la idea de pasar unos días fuera de Luleå, así que me preguntó si se podía quedar conmigo en la cabaña. Quería contagiarse un poco del relax de mi vida. Qué cosas; jamás pensé que alguien me diría eso, «el relax de mi vida», y que además tendría razón al decirlo. Rebecka llegó a mediodía, con luz, así que después de tomarnos un café y unas rodajas de pan con queso, salimos a esquiar un rato, o a intentarlo, porque era mi primer día y yo lo único que hacía era caerme todo el rato. Después, entramos a la cabaña, pusimos a calentar la sauna y ya me fue contando un poco más: detalles de la discusión con su padre, lo de que había dejado el trabajo y que tenía una entrevista en un hotel en Älvsbyn, la ruptura con Eva, que esperaba que se arreglase pronto… Unas cosas enlazándose con otras y mezclándose también con lo que le iba contando yo, y si nos dejábamos algo a medias, lo continuábamos al día siguiente, otra vez en la sauna, o cocinando, o por la noche enfrente de la chimenea, o esquiando. Creo que lo que ha pasado es que nos hemos hecho amigas. Y me da la risa al decirlo, risa de contenta por darme cuenta de lo evidente. Me he hecho una amiga nueva, tal cual, algo que a cierta edad ya no ocurre todos los días. Lo más increíble de todo es la de cosas que le he contado, o mirándolo al revés, si me pongo a pensar en qué cosas no le he contado, pues el caso es que no caigo en ninguna. Le he hablado de todo lo que me pasa por la cabeza, incluso de cosas que no sabía que me pasaban por la cabeza, y sin dejarme nada en la reserva. De mi antigua empresa, y ojo, que ya empiezo a llamarla mi antigua empresa, y no mi empresa a secas; bueno, pues de mi antigua empresa le he llenado la cabeza con historias para no dormir, porque aunque es cierto que cada vez pienso menos en el tema y que ya no me despierto sudando por culpa de pesadillas con reuniones y fechas de entrega de informes, lo que no había hecho hasta ahora es hablar de ello con alguien, quiero decir en profundidad, porque así por encima sí que había hablado de ello bastante: con Gunnar, con Niklas, con la propia Rebecka antes de esta visita, incluso con gente a la que solo he visto una vez, como cuando estuvo aquí Anki hace unas semanas, o con Cecilia la de las gallinas. Surge bastante rápido el tema, me preguntan que por qué he venido a Jokkmokk y les cuento que necesitaba descanso y tranquilidad porque me había quemado en el trabajo. Y no hace falta contarles mucho más, lo entienden perfectamente, y el primer comentario suele ser que si buscaba tranquilidad, he acertado de lleno eligiendo Jokkmokk. Lo siguiente que suelen hacer es hablarme de alguien que conocen que también se ha quemado en el trabajo: un hermano, una pareja, una hija… Parece que todo el mundo tiene a alguien cercano que se ha quemado en el trabajo, es una epidemia, la nueva peste negra. Y por lo que me cuentan, me da la impresión de que es más habitual en Suecia que en España, pero también puede ser que aquí se lo tomen más en serio y busquen ayuda profesional con más frecuencia. No como yo, que salí huyendo para que no me diesen la baja y no verme a mí misma con la etiqueta de enferma mental puesta en la frente. ¿Pero a quién quería engañar?

Rebecka lo captó rápidamente. Cuando le conté cómo fueron mis últimos meses en la oficina, mis charlas con el psicólogo de la empresa y mi decisión de dejarlo todo e irme, me dijo: «Laura, tú lo que has hecho es salir huyendo como una cría de reno perseguida por un lobo». Pues sí, algo así hice, y me da la sensación de que he conseguido despistar al lobo, lo mismo se ha hundido en el hielo por ser más pesado y yo he podido cruzar el río helado con mis piernecitas de reno blanco. Porque si voy a ser una cría de reno, me pido ser una cría de reno blanco, de esas que parecen bolas de nieve con patas. He perdido de vista al lobo, pero me he alejado tanto de mi manada que ahora no sé si sabré volver. Rebecka se ha reído bastante según le iba contado lo absurdo de la mitad de las cosas que hacía en un día de trabajo cualquiera, y digo la mitad por no decir el noventa por ciento: los planes estratégicos de mejora, los controles de seguimiento, los indicadores de calidad, de calidad estimada y de calidad absoluta, las evaluaciones continuas o periódicas, puntuales o envolventes, los objetivos específicos y generales, fijos y variables, verdes, azules y rojos. En serio, teníamos objetivos verdes, objetivos azules y objetivos rojos. Sí, como las pistas de una estación de esquí, eso nos dijo el coach que había venido con nosotros a una casa rural en la sierra de Madrid. Nosotros éramos los seis jefes que a su vez dependíamos de la misma jefa y estábamos haciendo un fin de semana de training para cohesionarnos como grupo. Entre nosotros había uno —siempre hay uno— que le hizo al coach la pregunta que estaba esperando: ¿y negros, no hay objetivos negros como las pistas negras? Por supuesto que había objetivos negros, faltaría más, esos eran los más importantes y por eso les había reservado una diapositiva para ellos solos en el Power Point.

Le hablé a Rebecka de todo; una vez que empecé, no podía parar, se nota que no había hablado de esto en profundidad con nadie. Por ejemplo, de los correos electrónicos que nos enviábamos de un lado para otro cada vez más rápido para quitárnoslos de encima, de las llamadas al departamento de informática porque el ordenador quería actualizarse y había que tener ochenta claves, del ruido, el ruido constante incluso cuando me habían asignado un cubículo individual porque dio la casualidad de que justo debajo del cubículo estaba la máquina de café. Por supuesto, también le hablé, y mucho, de mis últimas semanas allí y del proyecto que terminó por fundirme los plomos, el de hacer converger la comunicación de las dos empresas fusionadas, la crisis de los últimos días cuando anunciamos que ya estaba listo el nuevo sistema de comunicación y resulta que no funcionaba nada. Recuerdo esas semanas como en una neblina, muy borrosas, y qué digo semanas, más bien meses, incluso un par de años metida de lleno en la neblina. Y mientras tanto, para descentrarme un poco más, atenta siempre al WhatsApp por si me había escrito Jonathan, el irlandés, Sergio o David, alguna de esas vidas paralelas que tenía en marcha. Entre todas esas vidas, estaba la mía de siempre, mi vida, quedándose cada vez más arrinconada: con mi hermana, con mis amigos de toda la vida que se quejaban de que no había manera de verme el pelo, con miles de recuerdos de mis padres rondándome pero sin tocarlos mucho; bueno, en general, no hacía mucho caso a ninguno de mis recuerdos, debe de ser por eso que ahora andan desatados, recuperando el tiempo perdido.

Decir que hablar de todo esto con Rebecka ha sido como quitarme un peso de encima es quedarme corta, es mucho más que eso. Sobre todo, la parte de las vidas paralelas y de las mentiras, las mentiras a mis amigos al decirles que me marchaba pronto porque tenía que madrugar al día siguiente y luego lo que hacía era irme a casa de Jonathan, ¡con lo contentos que se hubiesen puestos si les hubiese contado que existía un Jonathan!, las mentiras a Marcos cuando todavía estábamos juntos y se me metió en la cabeza ocultarle que había empezado a ir al gimnasio. Y cuando se empezó a notar, porque esas cosas se notan y más aún en un cuerpo desnudo, le dije que no sabía qué es lo que estaba pasando, que debía de ser que me estaba sentando bien la treintena. Mentiras casi siempre pequeñas, pero innecesarias y constantes, y también mentiras grandes, como la primera de todas, que seguramente no fue la primera, pero a mí se me ha quedado grabada así, como un punto de inflexión en el que algo se estropeó dentro de mí: cuando me lie con Carlos en el sofá de nuestra casa, con Marcos durmiendo en la habitación de al lado. Liarme con Carlos no fue ninguna mentira, fue algo muy verdadero, el problema fue no decírselo a Marcos y quedarme con la duda de si se habría enterado o no. Siempre tuve esa duda, una parte de mí estaba segura de que en el fondo lo sabía, pero que nunca quiso decirnos nada ni a mí ni a Carlos. La duda es como un cáncer que crece, y la duda mezclada con culpa es una combinación explosiva. Nunca tuve que mentir a Marcos por el asunto de Carlos, no hizo falta, jamás me preguntó si me había liado con Carlos, así que no me vi obligada a mirarle a los ojos y mentirle. Y debe de ser que para compensar esa mentira que nunca le dije, me inventé todas esas otras mentiras innecesarias, como las del gimnasio, porque ahí sí que tenía que mentir activamente; le llamaba por teléfono y le decía: «Marcos, no me esperes para cenar porque me tengo que quedar hasta las once en la oficina», y mientras se lo decía, estaba apagando el ordenador para irme a correr a la cinta del gimnasio.

Qué cansina me siento dándole vueltas a estas cosas después de tanto tiempo, pero tampoco es raro, durante años no me he parado a pensarlo con calma y lo único que he conseguido es ir haciendo una bola de nieve cada vez más grande. Pero ahora no es solamente que haya empezado a pensar en ello, que ya empecé hace unas semanas, mano a mano conmigo misma y la grabadora, lo increíble es que incluso he conseguido hablarlo con otra persona: le he confesado a alguien que soy una mentirosa compulsiva, o que lo he sido durante varios años. Y Rebecka se lo ha tomado bien, no se ha marchado corriendo de mi casa, escandalizada por la clase de persona que soy. Todo lo contrario, se ha alegrado mucho de que haya confiado en ella hasta el punto de hablarle de algo que llevaba tanto tiempo dentro de mí sin poder salir, y quizás por eso ella también se ha abierto tanto conmigo. O a lo mejor es al revés, a lo mejor fue después de que me contase lo de Eva que yo cogí confianza y me animé a hablarle de mis historias. No lo sé, ha sido como un peloteo jugando al tenis, primero despacio y con bolas cortas, y luego animándonos con bolas más largas, más fuertes y más complicadas. Y no sabría decir si empecé yo o empezó ella. Lo mismo da; el caso es que después de nuestra conversación-peloteo de una semana, conozco mucho mejor a Rebecka, y también a Gunnar. Y a Lilly y a Astrid. Y a Eva. Tengo muchas ganas de conocer a Eva. Espero que lo arreglen y la conozca en Navidades. Porque ese es el plan de Rebecka, arreglarlo y que Eva se venga unos días con ella a Jokkmokk en Navidades. Para entonces, espera que Gunnar esté más calmado. No sé yo, tampoco queda tanto tiempo para Navidades. Y a ver cómo va todo con Eva. Entiendo a la chica, en cierto modo tiene que resultar difícil estar saliendo con una persona tan segura de sí misma como Rebecka, a mí es posible que me hubiese pasado algo parecido. Pero cuando me lo contó Rebecka, me costó un rato enterarme de dónde estaba el problema; de primeras pensé que Eva era tonta de remate, luego lo he ido entendiendo mejor.

Eva se quiere ir a vivir con Rebecka, aunque en la práctica es ya casi como si viviesen juntas, porque están la una en la casa de la otra la mayoría de los días de la semana. Pero no es lo mismo, está claro que emocionalmente no es lo mismo. Por otro lado, y aquí viene lo mejor, ¡Rebecka también se quiere ir a vivir con Eva! Si no quisiese, tendrían un problema que solucionar, pero es que sí que quiere, dice que es lo que más le apetece en el mundo, lo que pasa es que no quiere irse ahora, quiere esperar tres meses. Tal cual. Pero Eva no quiere esperar ni tres meses ni una semana, dice que no quiere seguir ni un día más en la relación si no es viviendo juntas. Para dejarlo claro, ha roto con ella, y como la discusión la tuvieron en casa de Rebecka, para remarcar que iba en serio, se llevó todas las cosas suyas que fue encontrando por la casa, desde el cepillo de dientes hasta la equipación entera de escalada. Eran tantas cosas que Rebecka al final acabó llevándola en coche a su casa, aunque no vivía muy lejos.

En un primer momento, pensé que Eva era o tonta o muy inmadura por no ser capaz de esperar tres meses. Luego le pregunté a Rebecka por qué quería esperar tres meses y, según me iba contando, entendí que la cosa era más compleja; de hecho, casi sin darme cuenta, empecé a ponerme del lado de Eva. ¿Que por qué quiere esperar Rebecka tres meses? Porque se lo había prometido a sí misma, tan sencillo como eso, ¿y en qué clase de persona se convertiría si no es capaz de cumplir siquiera las promesas que se hace a sí misma? Dijo eso con tanto convencimiento que no pude evitar que se me escapase una carcajada. Le dije que bienvenida al club, que el noventa y nueve por ciento de las personas que ve a su alrededor hacemos eso, incumplir las promesas que nos hacemos a nosotros mismos, no todo el rato, pero sí de vez en cuando. No hay más que ir a un gimnasio las tres primeras semanas de enero y ver cómo va desapareciendo la gente, o pensar en las guitarras que hay cogiendo polvo en la mitad de las casas. A ver, que levante la mano quien no tenga un familiar con una guitarra desafinada y con cinco cuerdas olvidada en un rincón. Rebecka me confesó que ella misma estaba dentro del grupo de dueñas de guitarras desafinadas y con cinco cuerdas olvidadas en un rincón, pero se refería a promesas más importantes, decisiones de esas que se toman con firmeza porque la situación lo requiere, porque a veces una tiene que sentirse capaz de dirigir su vida, aunque sea un poco, y no solo dejarse llevar continuamente de un lado para otro hacia donde sople el viento. La promesa que se había hecho a sí misma no era la de esperar tres meses, sino la de esperar un año. Acababa de romper con Anna, su anterior novia, habían estado saliendo seis años y viviendo juntas prácticamente los seis años enteros. Era su compañera, su compañera de vida, y luego de repente, de un día para otro, ya no lo era. Bueno, nada sucede de un día para otro, pero en la práctica sí que da esa sensación. Y casi aplaudo cuando dijo eso porque había puesto en palabras mis sentimientos cuando Marcos y yo rompimos, cuando Marcos se fue de casa y de la noche a la mañana mi vida era otra. Y no lo era, pero lo era. Cambiaban el presente y el futuro, por supuesto, eso era obvio, pero lo que más vértigo me daba era darme cuenta de que se modificaba incluso el pasado, los recuerdos cambiaban de significado y se ponían en relación con lo que acaba de suceder. Era horrible, tan horrible que decidí no mirar atrás y tirar para adelante. Pero ya, hasta aquí he llegado, ya va siendo hora de mirar a los ojos a esos recuerdos y reconciliarme con ellos.

Rebecka, sin embargo, tuvo una actitud mucho más sensata que la mía y decidió hacerlo directamente. Necesitaba tiempo, tiempo y espacio para estar sola, para llorar, para pensar, para ir mirando a los ojos a los recuerdos y para recolocarlos, con cariño, en el nuevo lugar que les correspondía. Anna y ella habían planeado unas vacaciones en Grecia, en un hostal pegado a una playa en una isla a la que ya habían ido otras veces. Estuvieron a punto de irse de vacaciones juntas pese a que ya habían decidido dejarlo, pero al final Rebecka pensó que cuanto antes cambiase el chip, mejor. Anna convenció a su hermano para irse con ella a la isla griega, y Rebecka usó sus vacaciones para irse a un sitio parecido al que estoy yo ahora, a una cabaña perdida en mitad de la nada, aún más perdida que la mía. Para llegar hasta la cabaña donde se fue Rebecka hay que ir en coche hasta Kvikkjokk, que es donde se termina la carretera, y luego de Kvikkjokk transportarse como uno pueda los treinta y cinco kilómetros que faltan hasta llegar a la cabaña. Ella lo hizo a la manera tradicional, con los esquíes y arrastrando un trineo en el que llevaba comida para las dos semanas que iba a estar allí. Leña había de sobra en la cabaña, eso le había dicho la prima de su madre que se la había prestado, y si se terminaba la leña, había un buen hacha a mano.

Este sitio donde está mi cabaña es muy tranquilo; de hecho, más tranquilo que esto, yo no soy capaz de imaginarme nada, pero según Rebecka, el lugar donde está esa cabaña que le prestaron está a otro nivel de tranquilidad, y además es precioso, en la falda de una montaña y a la orilla de un lago bastante grande que no tiene más cabañas alrededor. Dice que si me apetece, cuando empiecen a alargarse los días en primavera, podríamos hacer una excursión allí, con los días más largos, pero antes de que se derrita la nieve. Yo, encantada; además, tengo ganas de ir a Kvikkjokk, y para ir allí tendríamos que pasar por Kvikkjokk.

En esas dos semanas que pasó en la cabaña, no vio ni oyó a ningún otro ser humano, ni tampoco ningún ruido producido por seres humanos, ni siquiera ruido de helicópteros. Es verdad que los helicópteros se meten por cualquier sitio, ella misma los ha pilotado, pero el caso es que ninguno sobrevoló la zona en esas dos semanas. Aquí se oyen helicópteros de vez en cuando, y últimamente también aviones. La zona de entrenamiento de la OTAN no está tan cerca como para que me pueda despistar y meterme dentro en una de mis excursiones con los esquíes, pero sí lo suficientemente próxima como para oír a los aviones que hacen maniobras y de vez en cuando ver alguno a lo lejos. Pero vamos, lo normal es que no se note nada. En verano se oía el ruido del agua del río, ahora ni eso. Y el silencio, se mire por donde se mire, ayuda a pensar. Rebecka, en esas dos semanas, entre otras cosas, se hizo a sí misma esa promesa que ahora le está dando problemas, la de estar un año entero viviendo sola, pasase lo que pasase y conociese a quien conociese. No quería empezar ninguna relación, pero le podía ocurrir porque esas cosas son difíciles de controlar. Lo que sí que podía hacer, en el caso de que empezase una relación, era controlar un poco que no fuese demasiado rápido, por ejemplo, viviendo por separado una temporada. Con lo que no contaba es con conocer a alguien como Eva, y tan rápido.

Estuvo dos semanas en la cabaña de las montañas, pero tenía tres semanas de vacaciones, que es lo que habría durado el viaje que había planeado con Anna a Grecia. En la tercera semana, no había decidido muy bien qué es lo que quería hacer, ¿quizás pasarla con su padre en Jokkmokk? Recorrió otra vez los treinta y cinco kilómetros con los esquíes desde la cabaña hasta Kvikkjokk y luego una hora y media en coche desde Kvikkjokk hasta la casa de Gunnar. No había avisado de que llegaba, y su padre no estaba en casa, pero siempre deja la puerta abierta por si viene alguna visita. Se encontró con el periódico local en la mesa de la cocina y se puso a leerlo y a tomarse un café. En el equipaje que había llevado a la cabaña, equipaje y comida para dos semanas, se le había olvidado el café. Cuando se dio cuenta, le dieron ganas de esquiar los treinta y cinco kilómetros de vuelta a Kvikkjokk, pero al final se lo pensó mejor y decidió aguantar dos semanas sin café, así que el café que se estaba tomando en casa de su padre le estaba sabiendo a gloria, el café y el periódico después de dos semanas incomunicada. Casi nunca leía el periódico local, pero cada vez que lo hacía solía encontrar noticias curiosas. Ese día, leyó un artículo sobre una competición que iba a empezar al día siguiente en un pueblo que se llama Vilhelmina, una competición que consiste en sentarse sobre un pilar de hielo. Le sonaba que alguien le había hablado de eso y pensaba que era una broma. Pero no, iba en serio, se trata de sentarse sobre un pilar de hielo y aguantar el máximo tiempo posible, y no sabe cómo, pero se le ocurrió que quería participar, una especie de ceremonia de purificación, un nuevo comienzo, primero las dos semanas en una cabaña en las montañas y luego un día entero, o más, subida a un pilar de hielo. Ponía en el artículo que la gente aguantaba incluso dos días encima del bloque de hielo, pero que este año iba a ser más duro porque habían prohibido subirse libros, teléfonos móviles o cualquier otro tipo de entretenimiento, así que no solo había que combatir el frío, sino también el aburrimiento. Lo que sí que podía llevar consigo era toda la ropa de abrigo que una quisiese. Rebecka tenía bastantes prendas de abrigo en el equipaje que había subido a la cabaña, pero de todas maneras rebuscó alguna cosa más en el armario con ropa suya que había en casa de su padre y le dejó una nota en la mesa de la cocina contándole que había estado por allí, pero que se iba a Vilhelmina a la competición de pilares de hielo, y que estuviese atento al periódico local en los próximos días porque lo mismo salía su foto como ganadora. Pero no ganó, se quedó la segunda, la ganadora fue Eva. Y así es como se conocieron, subida cada una a un pilar de hielo.

Eva es de Vilhelmina. Se mudó a Luleå al terminar el instituto y, después de estar trabajando dos años como cuidadora de personas mayores, empezó a estudiar Psicología. Cuando se conocieron, Eva acababa de terminar la carrera y estaba buscando trabajo. Le estaba costando un poco encontrarlo porque buscaba algo muy concreto, quería trabajar como psicóloga en una residencia de ancianos, tratando en general todos los problemas psicológicos de las personas mayores que viven allí y en concreto el tema del alzhéimer; el alzhéimer le fascinaba, en realidad, todo lo que tiene que ver con la memoria. Esto se lo contó a Rebecka subida en el pilar de hielo. Las habían colocado en pilares consecutivos, pero tardaron un rato en empezar a hablar porque Eva tenía muchas visitas: sus padres, su hermana, sus primos, amigos de toda la vida…, se notaba que la competición era en su pueblo. Rebecka, sin embargo, estaba más sola que la una y no hablaba con nadie, pero no le importaba, había venido a eso, a continuar con sus vacaciones solitarias subida en un pilar de hielo, y ya se veía ganando el concurso sin haber cruzado una palabra con nadie, una campeona silenciosa y misteriosa. Pero no, a quién iba a engañar, lo de ser silenciosa y misteriosa nunca ha sido su punto fuerte; además, le daba mucha curiosidad la chica subida en el bloque de hielo de al lado, la que no paraba de recibir visitas y parecía tan simpática, y tan guapa. No es que se le viese mucho la cara, ni la cara ni nada, de tantas capas de ropa que llevaba, pero lo poco que veía le gustaba. Por ejemplo, sus ojos oscuros y su sonrisa, desde el pilar donde estaba sentada Rebecka se podía ver muy bien la sonrisa de Eva. También se oía su risa, no paraba de reírse con sus visitas, que iban y venían y se relevaban hasta que Eva poco más o menos que les echó porque quería dormir un rato. Rebecka no se había planteado dormir subida en el pilar de hielo, daba por hecho que si se dormía, se caería, pero al oír a Eva decir eso, se animó a preguntarle cómo pensaba hacerlo. Más que nada de lo que tenía ganas era de hablar con ella y cualquier excusa era buena para empezar una conversación.

Conectaron enseguida; pese a estar a varios metros de distancia y cada una subida en su pilar de hielo, se pusieron a hablar y parecía que se hubiesen conocido desde siempre. Eva le explicó a Rebecka su técnica secreta para dormir encima del hielo sin caerse, pero casi se cae en la demostración, y les dio un ataque de risa a las dos. A Eva se le pasó de repente el sueño y estuvieron de charla hasta bien tarde, hasta que otro de los participantes, que de verdad quería dormir, les preguntó si no podían dejar la conversación para la mañana siguiente. Y eso hicieron. Se pasaron el día siguiente hablando, y se les pasó volando, y mientras el resto de participantes iban retirándose de la competición, por frío o aburrimiento, ellas ni se daban cuenta de que iba pasando el tiempo. Eva le contó a Rebecka lo de que acababa de terminar de estudiar Psicología y que quería trabajar con personas mayores, ser la psicóloga de cabecera en una residencia de ancianos. Más adelante, también quería hacer investigación, quizás un doctorado sobre el alzhéimer o temas relacionados con la memoria, pero no quería pasar de la carrera al doctorado sin pisar el mundo real. Rebecka le dijo que a ella le pasaba lo contrario, que todavía no se había animado a dejar el mundo real, no había parado ni un momento desde que terminó el instituto y la lista de trabajos diferentes que había tenido era tan larga que necesitaba concentrarse mucho si quería recordarlos todos. Pero un día de estos, haría una pausa durante tres o cuatro años y estudiaría en la universidad. No sabía todavía qué es lo que quería estudiar, y ese era el motivo principal de que aún no se hubiese puesto manos a la obra en todo este tiempo, pero sabía que quería que fuese algo que la obligase a exprimirse las neuronas, y también que algún día le gustaría tener un trabajo un poco más estable que todos los que había tenido hasta el momento. En esas cosas había estado pensando en sus quince días en la cabaña de las montañas, en esas y en muchas más, y aunque acababa de conocer a Eva, se sorprendió a sí misma contándoselo todo, hablándole también de la ruptura con Anna y de lo extraño que le iba a resultar volver a Luleå y sacar sus cosas del apartamento en el que había vivido con ella. Por suerte, había conseguido un nuevo apartamento rápidamente, y mira por dónde, estaba muy cerca del de Eva; iban a ser vecinas. Eva vivía sola, había vivido en una residencia de estudiantes durante toda la carrera y ahora acababa de mudarse a un apartamento minúsculo, pero con unas vistas preciosas al río, aunque en realidad apenas había estado allí; no hacía ni tres meses que se había mudado y, además, se pasaba el día en casa de una pareja con quien tenía una relación, un chico y una chica de la edad de Rebecka. A los que, por cierto, Rebecka conocía, pero no sabía de la existencia de Eva ni de que tuviesen una relación abierta. El caso es que igual que Rebecka se abrió completamente con Eva y le contó su ruptura con Anna, también Eva tuvo la confianza de contarle a Rebecka sus problemas con Peter y Martina, que así se llamaba la pareja. El problema era justamente algo que Rebecka había mencionado, que nadie en el entorno de Peter y Martina sabía de la existencia de Eva ni de que tuviesen una relación abierta. Dentro de casa todo funcionaba muy bien, pero de puertas afuera no es que no funcionase la relación de tres, es que no existía, y Eva le decía a Rebecka que no sabía qué hacer con Peter y Martina, no sabía si esperar a que se normalizasen las cosas o si dejarlo por imposible, porque la situación tal y como estaba no le gustaba un pelo.

En estas estaban cuando uno de los jueces de la competición vino a verlas para decirles que se habían quedado solas, que parecía que estaban muy entretenidas y a lo mejor no se habían dado cuenta, pero eran las dos únicas participantes que seguían en competición, y les recordó la regla de las cuarenta y ocho horas: la competición se terminaba o bien cuando solo quedase un participante o, si no, a las cuarenta y ocho horas de haber empezado, y si para entonces ninguna de las dos se habían bajado de su pilar de hielo, entonces tendrían que repartirse el premio de dos mil euros. Iban ya por la hora treinta y cinco y les quedaba pasar una noche por delante; entonces, fue cuando decidieron hacer trampas. Eva esperó a que el juez se hubiese alejado lo suficiente y, comprobando que no había nadie más por allí que les pudiese escuchar, le propuso a Rebecka repartirse el premio sin necesidad de esperar trece horas más: una de las dos se baja, la otra gana, le dan los dos mil euros a la ganadora y luego se los reparten, y así se ahorran pasar una noche más subidas al pilar de hielo. Podían echar a suertes a ver cuál de las dos se quedaba como ganadora. A Rebecka la idea le pareció estupenda, pero le dijo a Eva que no hacía falta que lo echasen a suertes, que se bajaba ella. Eva tenía más fans en el pueblo que se pondrían contentos con su victoria; además, sin la técnica que le había enseñado para dormir encima del pilar de hielo, ella no habría aguantado ahí arriba ni siquiera las primeras veinticuatro horas. Así que no pasaron una segunda noche subidas al pilar; en lugar de eso, Eva invitó a Rebecka a quedarse a dormir en casa de sus padres. Cenaron un guiso de alce que había cazado la madre de Eva y, de postre, una tarta con bayas naranjas que hizo el padre, que se pasa el verano recolectando bayas y las mete en el congelador para que le duren todo el año. Fueron también a cenar el hermano de Eva, la abuela y dos primas, y me imagino perfectamente a Rebecka de charla con unos y con otros. Me imagino también el rato de después, cuando las visitas se fueron yendo a sus casas, los padres de Eva se fueron a la cama y Eva y Rebecka se quedaron de charla al lado de la chimenea del salón, esperando para hacer un poco la digestión y meterse en la sauna, que se la habían ganado con creces después de treinta y cinco horas sentadas en el hielo. Rebecka me contaba el otro día que nunca había tenido algo tan claro tan rápidamente, que le gustaba mucho Eva, que se daba cuenta de que era recíproco, y que muy probablemente era el principio de una relación importante. Esa noche ya durmieron juntas en la cama de noventa de la habitación de Eva, que seguía igual que cuando Eva era una adolescente y todavía vivía allí, con los pósteres en las paredes, los cómics en las estanterías y las medallas y trofeos de patinaje artístico por todas partes. De aquellos días en Vilhelmina, han pasado casi nueve meses y Rebecka lo tiene aún más claro: quiere compartir su vida con Eva.

Sí, muy bonito todo, pero ahora lo han dejado por la tontería de irse a vivir juntas ahora o dentro de tres meses. No lo digo yo, es la propia Rebecka la que dice que es una tontería, dice que es una tontería que Eva no sea capaz de esperar tres meses, pero lo que yo le digo es que son una tontería las dos cosas, lo de Eva, sí, vale, pero también lo suyo, que sea tan cabezota y que no sea capaz de romper esa promesa que se hizo de pasar un año viviendo sola. Normalmente, me cuesta dar mi opinión, en situaciones así me da como apuro y decido callarme, pero en este caso ni lo pensé; de repente, estaba escuchándome a mí misma metiendo baza y diciéndole a Rebecka que se dejasen de tonterías, las dos, y que en todo caso, como ella es ocho años mayor que Eva, le toca ser la más madura y sensata de las dos, y ceder. Le ayudé a que se pusiese en el lugar de Eva, que nunca había tenido una relación estable y a lo mejor sentía que estaba pagando los platos rotos de la relación anterior de Rebecka. Da la impresión de que lo de los tres meses es más que nada simbólico y que lo que Eva quiere es ver que Rebecka puede hacer un gesto así por ella. Al final, cuando se fue de aquí ayer a mediodía, iba más o menos con esa idea en la cabeza, la de ceder. Y no sé qué habrá pasado, pero habían quedado para hablar esa misma tarde. Imagino que habrá ido bien, ¡espero que haya ido bien!, y en ese caso supongo que después de reconciliarse habrán hablado de lo de Gunnar, porque Rebecka también quería hablar con Eva de Gunnar y del estado en el que se encuentra, aunque no sabe cómo etiquetarlo, ¿obsesivo quizá?, ¿paranoico? Sea lo que sea, el caso es que bien no está, y Rebecka está preocupada. Seguro que Eva sabe evaluar mejor la gravedad de la situación, si hay que llevar a Gunnar al médico, y en ese caso, cómo convencerlo. Quizás en su trabajo se ha encontrado con algún caso parecido, porque al final consiguió el trabajo que andaba buscando, el de psicóloga en una residencia de ancianos. Es verdad que la mayoría de los que viven allí son mayores que Gunnar, pero no les anda lejos, está a punto de cumplir los setenta y seis.

Aunque lo de Gunnar seguramente no tenga que ver con la edad porque no es algo nuevo, y es verdad que parece que esta vez le ha dado un brote muy fuerte, pero en realidad Rebecka tampoco tiene muy claro cómo de intensas eran las paranoias que le daban a su padre cuando ella era pequeña y la Guerra Fría todavía no había terminado. Por ejemplo, en esa ocasión, cuando tenía ocho o nueve años y Gunnar se marchó de casa de un portazo llamando drogadicta a Astrid, aquello también fue bastante fuerte, no solo por el enfado inicial de Gunnar al escuchar en la radio la noticia del espía que se había dado a la fuga aprovechando un permiso, sino sobre todo por los días siguientes en los que le dio por sospechar que unos vecinos de toda la vida también eran espías rusos, suecos que trabajaban de espías para los rusos, igual que el hombre que se acababa de escapar de la cárcel. Entre las muchas hipótesis que comentaban en las noticias sobre el paradero del espía, una de ellas era la de que podía andar escondido en la casa de alguno de los integrantes de los grupos prosoviéticos que había por todo el país, y pedían que si alguien tenía información relevante, se pusiese en contacto con la policía. Gunnar empezó a darle vueltas a la cabeza, a pensar en la gente que conocía en Jokkmokk, en sus afinidades políticas y en sus diferentes profesiones y maneras de ganarse la vida, y llegó a la conclusión de que una pareja que vivía a menos de un kilómetro de casa, con niños de la edad de Sune y de Lilly, eran casi con total seguridad espías rusos. De repente, lo vio todo claro y quería alertar a la policía, pero Astrid le paró los pies. Rebecka andaba aquellos días muy atenta a todo lo que pasaba y escuchó la discusión escondida debajo de la cama de sus padres. Astrid le pedía que por favor le explicase qué demonios iban a estar haciendo unos espías rusos en Jokkmokk, pero Gunnar lo tenía claro, estarían mandando informes de la actividad en la zona militar al sur de Jokkmokk, que ya estaba en uso en esa época. Después de un buen rato, Astrid consiguió calmarle y convencerle de que lo que estaba diciendo no tenía ningún sentido. Tras una parrafada de Astrid, hubo un silencio muy largo y lo siguiente que se escuchó es a Gunnar, en voz muy baja, diciendo que lo sentía. Rebecka no recuerda cuáles fueron los argumentos de su madre, más que nada porque no los entendió en su momento, eran cosas de política que le sobrepasaban a esa edad, por mucho que se concentrase, pero lo que sí entendió es que los argumentos funcionaron y que consiguieron calmar a su padre. Eso sí que lo recuerda bien, la tranquilidad que le dio escuchar a su padre siendo otra vez el de siempre, volviendo a la normalidad, aunque fuese para decir que estaba muy cansado y que necesitaba dormir. Le pidió perdón a Astrid por su comportamiento en los últimos días, y Astrid le dijo que ya hablarían de eso, que para empezar durmiese y descansase bien, que llevaba noches sin pegar ojo. Astrid salió de la habitación, y Rebecka se quedó un rato más debajo de la cama esperando a que su padre se durmiese y empezase a roncar; entonces, salió con cuidado y fue a la sala de estar, sabía que su madre estaría allí, descansando y escuchando música de la suya.

Sune y Lilly no estaban en casa. Sucedió lo mismo que en la discusión de unos días antes, que coincidió que Rebecka estaba sola en casa con sus padres. Rebecka, al parecer, era tan silenciosa y tranquila que era fácil que se olvidasen de que estaba allí, especialmente tranquila sobre todo comparada con Sune y con Lilly, que eran unos bichos. Ahora, al parecer, es al revés, me dice que es ella, con diferencia, la más extrovertida de los tres hermanos, que la adolescencia les cambió los roles. Pero con nueve años, era todavía una niña casi invisible y aquel día le dio un susto enorme a su madre cuando de repente apareció en la sala de estar para preguntarle si ya estaba todo bien. Astrid le dijo que sí y le hizo un gesto para que se sentase a su lado en el sofá. Hacía unos días habían tenido una conversación muy intensa en ese mismo sofá, muy intensa y muy importante, una conversación que cambió para siempre la manera en que Rebecka vio a sus padres. Pero esta vez no hablaron. Rebecka se tumbó en el sofá, apoyó la cabeza en las piernas de su madre y cerró los ojos mientras Astrid le desordenaba el pelo con las manos. Se alegraba de que ya hubiese pasado todo; se alegraba, pero se daba cuenta de que podría volver a ocurrir algo parecido en cualquier momento, no podía quitarse de la cabeza lo que su madre le había contado. Y cuando lo piensa ahora, más de veinte años después, ahora que ha hecho el esfuerzo de recordar aquellos días para hablarme a mí de ello, no se explica cómo su madre tomó la decisión de ser tan sincera con ella, de tratarla como a una adulta cuando todavía no lo era, y de hacerle cómplice de un secreto que a ella en principio no le tocaba saber, porque era un secreto de su padre y debería de haber sido el propio Gunnar el que se lo contase, el que les explicase, a ella y a sus hermanos, que en realidad es ruso, que nació y vivió en Moscú hasta que tuvo cinco años y que sus padres, es decir, los abuelos de Rebecka, no eran sus padres biológicos, sino sus padres adoptivos.

Los padres biológicos de Gunnar murieron, o desaparecieron para siempre, en 1943, cuando un coche negro aparcó en el portal del edificio en el que vivían y se oyeron pasos rápidos en la escalera y golpes fuertes en la puerta. Entraron tres policías, tiraron al suelo todos los libros que había en la casa, vaciaron todos los cajones y se los llevaron a los dos, al padre y a la madre. A Gunnar y a su abuela no, a ellos no se los llevaron, y Gunnar recuerda como uno de los policías le pidió disculpas a la abuela cuando los otros dos no estaban oyendo, disculpas por la salvajada que estaban haciendo. Y decir que Gunnar recuerda es una manera de hablar, más apropiado sería decir que Gunnar recordaba, o recordó en la única ocasión en la que habló de esto con Astrid, que fue el mismo día que le pidió matrimonio. Llevaban saliendo y viviendo juntos un par de años, Astrid había vuelto a Jokkmokk después de su temporada de comuna en comuna en Estocolmo y ya estaba trabajando en lo luego trabajó toda su vida, de bibliotecaria. Conoció a Gunnar en un mitin del Primero de Mayo y para octubre de ese mismo año ya estaban viviendo juntos. Les dio fuerte, pero a ella no se le pasaba por la cabeza la idea de casarse, ni con Gunnar ni con nadie, eso era algo de antiguos, de burgueses, o al menos lo era hasta que Gunnar la convenció. Habían ido a pasar unos días a las islas Lofoten y allí fue donde se lo propuso. Estaban paseando por un camino al lado del mar, que subía y bajaba como un gusano, Gunnar le pidió matrimonio y, al mismo tiempo, le dijo que tenía que contarle algo que no le había contado nunca, ni a ella ni a nadie, y que si se iban a casar, o aunque no se casasen porque ella prefiriese no hacerlo, era algo que quería que supiese.

Le costó arrancar. Después de haberle dicho que le tenía que contar algo que no le había contado nunca a nadie, estuvieron lo menos quince minutos caminando en silencio, más solos que la una, hasta que Gunnar al fin consiguió quitar el tapón y soltarlo todo, eso sí, atropelladamente y casi sin respirar. Le dijo que era ruso, que a sus padres biológicos los hicieron desaparecer en 1943 y que muy probablemente hubiesen muerto en Siberia, pero que a ciencia cierta no lo sabía, que se quedó con su abuela, pero que la abuela enfermó de algo de los pulmones y antes de morirse usó todos los ahorros que tenía para sacar a su nieto del país con un contrabandista. El contrabandista era un oficial del Ejército que tenía a su servicio a varios soldados que eran los que hacían el trabajo. Gunnar no sabe cómo eran los otros soldados, pero el que le sacó a él del país, a él y a otros dos niños, era un violento y un pervertido. Les pegaba y abusaba sexualmente de ellos. Pero cumplió con el trato y los dejó en Suecia, en Haparanda, recién cruzada la frontera desde Finlandia. Los dejó allí, en una plaza en mitad de la noche, y se marchó. En esa época, Suecia recibía refugiados de todos los sitios: judíos alemanes que llegaban en barcos, noruegos que cruzaban las montañas en pleno invierno, finlandeses que huían de los rusos, rusos que huían de otros rusos… Había policías, como el padre de Anki en las montañas, que trabajaban ayudando a los refugiados, pero también voluntarios, asociaciones y muchas familias se implicaron en las tareas de acogida, entre ellos los padres adoptivos de Gunnar, un matrimonio sin hijos que se apuntó en la lista para acoger a niños huérfanos. El proceso de adopción fue rápido y, exactamente un mes después de que hubiese llegado Gunnar a Suecia, hicieron el viaje en coche de Jokkmokk a Haparanda para recogerle. Les dijeron que era un niño ruso de seis años y que se llamaba Sergey pero que no sabían mucho más de él. Y es que Sergey, desde que puso un pie en Suecia, se negó a hablar en ruso y lo único que consiguieron los intérpretes en Haparanda es que respondiese sí y no a las preguntas moviendo la cabeza. El nombre de Sergey tampoco quiso conservarlo, y las primeras palabras que les dijo en sueco a sus padres adoptivos fueron gracias, y que quería tener un nombre sueco. Le llamaron Gunnar, y no volvió a hablar ruso nunca más. Los padres adoptivos lo intentaron, quedaron con otras familias que habían adoptado niños rusos, pero Sergey ya no era Sergey, era Gunnar, y no quería ni hablar su idioma ni saber nada de su antiguo país. Lo que quería era ser sueco. Era sueco.

Astrid se quedó de piedra cuando Gunnar le dijo que la mayor parte de lo que le acababa de contar no lo sabían ni siquiera sus padres adoptivos: el relato de cómo se llevaron a sus padres en mitad de la noche, la enfermedad de su abuela, su viaje con el contrabandista violador… Nada, no sabían nada. No solo se había negado a hablar ruso, sino que jamás mencionó un solo detalle de su vida anterior y cuando le preguntaban se quedaba callado o decía que no sabía, que no recordaba. Había decidido que su vida empezase el día en que llegó a Jokkmokk con sus nuevos padres, todo lo anterior lo borraría de la cabeza. Consiguió borrar el idioma, le dijo a Astrid que cuando escuchaba a alguien hablar en ruso, ya no entendía nada, y pensaba que al desaparecer el idioma, se irían todos los recuerdos, pero no era tan fácil, seguía teniendo las imágenes en su cabeza: el piso de Moscú, los policías, sus padres, su abuela, el contrabandista… Imágenes y sensaciones: su padre besándole la cabeza al despedirse de él, su abuela arropándole cuando se habían quedado solos en el piso, el contrabandista quitándole la ropa en la parte de atrás de una furgoneta destartalada en la que entraban la lluvia y el frío por todos los sitios. En menos de cinco minutos, a toda velocidad, Gunnar le contó a Astrid ese secreto que había guardado tantos años y que ha seguido guardando desde entonces. Se casaron, pasaron los años y Gunnar no volvió a mencionar el tema, pero Astrid empezó a darse cuenta de que para entender ciertos comportamientos de Gunnar, era importante saber cómo había sido su infancia. Notaba que cada vez que hablaban de la Unión Soviética en la televisión o en la radio, él se ponía nervioso, casi siempre muy ligeramente, pero ella se daba cuenta. La cosa empeoró cuando nacieron los niños, como si el tener que protegerlos a ellos le hiciese estar aún más tenso, y cuando ocurría algún conflicto que disparaba la tensión en la Guerra Fría, ya no era capaz de disimular los nervios y montaba escenas como las que Rebecka había presenciado.

Gunnar le contó su secreto a Astrid paseando por las islas Lofoten, Astrid se lo contó a Rebecka cuando Rebecka tenía, como mucho, nueve años, y Rebecka me lo contó a mí la semana pasada. Y yo me pregunto qué pinto yo sabiendo esto. Porque no lo sabe nadie más, ni siquiera lo saben Sune y Lilly. Rebecka le preguntó eso a Astrid en una de las últimas noches que pasó con ella en la habitación del hospital, le preguntó si le había contado «lo de papá» a Sunne y a Lilly. Astrid le dijo que no, que era un secreto de Gunnar, le dijo también que en su día se arrepintió de habérselo contado a ella, a Rebecka, que fue un momento de debilidad, pero en el fondo se alegraba de haberlo hecho. Y ahora que muy pronto ella ya no iba a estar, alguien tenía que saberlo. Esperaba, eso sí, que algún día Gunnar tomase la decisión de contárselo a sus hijos. Ya eran todos mayores, no tenía excusas para no hacerlo. La propia Astrid le iba a sacar el tema en estas últimas semanas, o días, que le quedaban de vida. Pero Astrid murió, el tiempo ha seguido pasando y Gunnar sigue sin soltar prenda. También es cierto que si lo que está es esperando para poder contárselo a sus tres hijos a la vez, tampoco ha tenido muchas oportunidades de hacerlo. Lilly estuvo apenas tres o cuatro días en Jokkmokk para el entierro de Astrid y la siguiente visita que hizo fue la visita frustrada, la que terminó con Rebecka guardándole el secreto a su hermana y con Gunnar enfadándose ahora al enterarse. Rebecka dice que está harta de ser la guardiana de los secretos de la familia, que ya está bien, que como se lo siga guardando todo, un día de estos va a explotar. Así que ahora no solo es que haya hablado conmigo, sino que se lo va a contar también a Eva. Bueno, primero quiere reconciliarse con ella y luego contárselo. A lo mejor a Eva se le ocurre cómo abordar el tema con Gunnar, cómo quitarle de la cabeza la paranoia que tiene con la Tercera Guerra Mundial y el ataque de los rusos. En realidad, lo que debería hacer Gunnar es ir a terapia y que un profesional le ayude a superar los traumas que arrastra desde la infancia. Pero a estas alturas, con setenta y siete años que tiene, los traumas deben de estar grabados en piedra de mármol ahí dentro. O no, nunca se sabe, esa es una de las cosas que Rebecka quería hablar con Eva. Yo también debería haber ido a terapia y aquí estoy, hablando sola.

Por otro lado, está el tema de Mahmoud, lo de que Mahmoud esté viviendo en su casa teniendo Gunnar la cabeza como la tiene ahora mismo. Rebecka le sacó el tema a su padre en mitad de la discusión, le dijo que esperaba que no estuviese asustando a Mahmoud con todos los preparativos que estaba haciendo para convertir la casa en un refugio de guerra, que ya había sufrido bastante el chaval con lo suyo como para ahora ponerle nervioso con una guerra imaginaria. Gunnar se enfadó, por supuesto que no le había sacado el tema, estaba teniendo mucho cuidado y estaba seguro de que Mahmoud no se estaba enterando de nada. Pero Rebecka no estaba tan segura, ella misma había sido testigo de cómo Gunnar perdía los papeles pensando en los rusos sin tener en cuenta que había niños pequeños alrededor. Además, sospechaba que tener a Mahmoud en casa y sentirse responsable de su seguridad podía haber sido un agravante del problema, igual que lo fueron en su momento ella y sus hermanos. Cuando Gunnar se ofreció para acoger a Mahmoud, a Rebecka le sorprendió un poco, pero sabiendo lo que sabía de la vida de su padre, entendía que quisiese ayudar a un chaval en la situación de Mahmoud, y pensó que le vendría bien, por un lado, tener compañía y, por otro lado, enfrentarse a ese pasado del que lleva huyendo toda la vida. Pero a lo mejor no le ha venido tan bien como pensaba. Parece claro que la causa de este brote de…, de lo que sea, ha sido el submarino ruso, bueno, la tele, la radio y los periódicos dándole ochenta vueltas al tema de los submarinos, pero es posible que teniendo a Mahmoud a su cargo Gunnar se haya dejado llevar por sus miedos más de la cuenta.

Estábamos hablando de esto y se me ocurrió una idea que le comenté a Rebecka y que ahora me arrepiento un poco de haberlo hecho. El caso es que creo que la idea en sí es buena, pero me da pena Gunnar.

Me acordé de la visita de Gunnar con Anki, Mahmoud y Magda, que me contaron que Magda se había quedado a dormir con Mahmoud en casa de Gunnar. Y pensé que a lo mejor podían hacer lo contrario, y por más tiempo, es decir, que Mahmoud se fuese a vivir una temporada con Magda y su familia. No solucionaba el problema de fondo, el de la salud mentad de Gunnar, pero sí que podía ser una manera de proteger a Mahmoud por si acaso la cosa iba a peor. Se lo dije a Rebecka tal cual me vino la idea a la cabeza, sin pensarlo mucho, y Rebecka la cogió al vuelo, tanto que le pidió el teléfono de Anki a un amigo común que tienen y en cinco minutos ya la había llamado para quedar y hablar del tema. Y, de hecho, ya habrán hablado, porque ayer, cuando salió de casa, tenía primero la cita con Anki y luego, ya en Luleå, con Eva, y antes de nada debía pasarse un momento por casa de su padre por ver cómo seguían las cosas, a ver si la invitaba a un café o si directamente la mordía al entrar.

(b)

Yo me quedé con una sensación un poco rara al irse Rebecka, desorientada. Después de haberme pasado varios meses prácticamente sola casi todo el rato, de repente, llevaba una semana con compañía continua. Pero se me pasó pronto la rareza. Recogí un poco la casa, preparé el fuego en la chimenea y me senté en la mecedora a leer los dos libros que me había dejado Niklas en la mesa de la cocina… ¡Para una excursión que hago y tiene que venir justo ese día! Pero me dijo que volvería pronto por Jokkmokk y que la próxima vez que viniese me avisaría con más antelación. También me preguntó si podía pasar un momento dentro de la cabaña a dejarme una cosa que me había traído. Son dos libros sobre san Antonio: uno es la biografía escrita por san Atanasio poco después de la muerte de Antonio y el otro es La tentación de san Antonio, el de Flaubert. Cuando volvimos de Älvsbyn y vimos los libros, Rebecka me dijo que ya no le quedaba ninguna duda de que Niklas es un amor y un detallista. Yo ya le había hablado a Rebecka de estos sueños tan nítidos que tengo, sueños y recuerdos, y de como una cosa alimenta a la otra. En los sueños, aparece información que ni yo misma sabía que conocía, pero tirando del hilo de las imágenes de los sueños, poco a poco estoy siendo capaz de recuperar esa información y de evocar más recuerdos vividos. La sensación al recuperar los recuerdos es extraña; una vez que salen a la luz, es como si siempre hubiesen estado ahí. Además, estoy empezando a atar cabos, he encontrado un buen hilo del que puedo tirar.

Unos días antes de que llegase Rebecka, tuve un par de recuerdos que hicieron que las cosas empezasen a encajar en mi cabeza; por un lado, me acordé de mi padre trabajando en su libro interminable, leyéndome en voz alta párrafos de obras de Erasmo de Rotterdam que, según él, se leían en reuniones secretas en la España de la segunda mitad del siglo XVI, y por otro lado, me acordé del tío Darío, sentado en un serijo en la puerta de la casa de Sobradillo contándole a mi padre que había encontrado un posible escondite para su monje hereje, un escondrijo cerca de El Buraco y del bosque de chumberas. Conecté los dos recuerdos entre sí y me di cuenta de que el libro interminable de mi padre tenía que tratar del monje hereje de Sobradillo, del Moreno de la Seca. Y fue pensar eso, conectar las dos ideas, y llegarme otro montón de recuerdos a la cabeza, como en una avalancha, recuerdos que lo confirmaban. Fue como subir las persianas y dejar que entrase la luz en una de las habitaciones de mi memoria.

La avalancha de recuerdos me pilló dentro de la sauna, tumbada en el suelo y mirando la aurora boreal. Uno de los recuerdos que llegaron en ese rato fue una conversación entre mi padre y Marcos en uno de los últimos domingos que fuimos a comer con ellos antes del accidente, el domingo en que mi padre nos abrió la puerta y yo me pegué un susto enorme al ver la barba tan larga que se había dejado. Sí, el mismo domingo del recuerdo que tuve hace unos meses, cuando me quedé dormida y soñé con san Antonio por primera vez, que me lo encontré subido a un taburete y cogiendo un mantel para poner la mesa. En ese punto ya me había quedado dormida y había empezado a soñar, pero, en el mundo real, la que se subió al taburete a coger el mantel y puso la mesa fui yo. Nos comimos la paella y nos fuimos de sobremesa al salón a tomarnos un café y a enseñarles a mis padres las fotos de Libia. Después de ver las fotos, yo les dije que tenía que terminar un informe para una reunión que tenía a la mañana siguiente y me senté con el portátil en una esquina del sofá; mamá se fue a echar la siesta a la cama, y papá y Marcos se quedaron mirando el atlas grande que había en el salón y hablando más en detalle de las zonas de Libia por las que habíamos estado, sobre todo de los días que habíamos pasado en el desierto, cerca de la frontera con Egipto. Resulta que papá, sin haber estado nunca allí, conocía muy bien esa zona por todas las investigaciones que había hecho para su libro; no solo conocía la zona en la actualidad, sino también los cambios que habían ido sucediendo a lo largo de la historia. Yo ya había desconectado por completo de la conversación y estaba a lo mío con el portátil, en principio sin hacerles caso ni poner la más mínima atención, pero de alguna manera una parte de mí debía de estar escuchando lo que decían; si no, no es posible que lo haya recordado ahora, tantos años después. Sobre todo estaban hablando de dos épocas, del siglo III y IV, la época de san Antonio, que nació al sur de la ciudad de El Fayún y murió en su retiro del monte Al-Qalzam, cerca del mar Rojo, en compañía de dos monjes, y también del siglo XVI, la época del Moreno de La Seca, que había nacido en un pueblo cerca del lago Moeris, un lago que en la actualidad se llama Qarun y que ahora es más salado y se ha reducido mucho en extensión. San Antonio, que se supone que vivió ciento cinco años, viajó por diferentes lugares antes de retirarse definitivamente en el monte Al-Qalzam. Entre otros sitios, estuvo en la antigua ciudad de Cocodrilópolis, cerca del lago Moeris y del pueblo del Moreno de la Seca. Mi padre le contaba a Marcos que san Antonio debía de ser una persona con mucho carisma y que allá por donde pasaba iba creando discípulos. En el monte Al-Quazam, se fundó un monasterio justo después de su muerte, un monasterio que sigue en activo hoy en día y que pertenece a la Iglesia copta. Se fundaron más monasterios en otros de los lugares por donde pasó san Antonio, aunque no hayan sobrevivido hasta la actualidad, y alguno de ellos muy posiblemente estuvo en la zona del lago Moeris, cerca de Cocodrilópolis. En uno de los documentos que habían aparecido en el antiguo hospicio de Sobradillo, el Moreno de La Seca contaba que uno de esos monasterios coptos, con iglesia, huerto y biblioteca, estaba en su pueblo, en el pueblo donde había nacido y crecido hasta que se fue a buscarse la vida a Alejandría, y que fue allí donde entró en contacto con la autobiografía de san Antonio, escrita en copto, el manuscrito que copió cuidadosamente y se llevó consigo en sus viajes hasta llegar a Sobradillo, y que, por fin, en los años que pasó escondido cerca de El Buraco, tradujo al latín.

Marcos escuchaba con atención y le hacía preguntas sobre unas cosas y otras que mi padre contestaba en detalle, la conversación se alargaba y el informe que yo estaba escribiendo no se terminaba nunca. Había abierto el correo del trabajo para consultar unas cifras que necesitaba para el informe y me había entretenido contestando a unos correos electrónicos de uno de mis compañeros que también estaba trabajando desde casa pese a ser domingo por la tarde. Mi madre se despertó de la siesta y salió de su cuarto, duchada y arreglada, diciéndole a mi padre que se espabilase porque habían quedado para ir al cine. Nosotros nos fuimos a nuestra casa en el coche; conducía Marcos, así que yo abrí otra vez el portátil para intentar terminar el informe por el camino.

Ese fue tan solo uno de los recuerdos de la avalancha que tuve otro día, uno entre muchos. Al hacer la conexión de la historia de san Antonio y el Moreno de La Seca con el libro interminable que estaba escribiendo mi padre, empezaron a llegarme imágenes de situaciones parecidas, momentos en los que mi padre había hablado del argumento de su libro y en los que yo estaba había estado presente, pero sin estarlo, sin prestar atención. Casi siempre eran conversaciones de mi padre con don Aurelio, en la terraza de nuestra casa en Madrid, o en el salón de la casa de Sobradillo; ellos de charla y yo en una esquina estudiando o trabajando. En los recuerdos de Sobradillo, también aparecía a menudo el tío Darío. Hablaban del libro de mi padre, de los avances y los últimos descubrimientos, de las dudas y de los datos imposibles de contrastar. Pero me venían tantos recuerdos a la vez que no sabía qué hacer con ellos, estaba dentro de la sauna, sin grabadora ni papel para poder ir apuntando las cosas, y no quería moverme para no perder la concentración, o la inspiración, o lo que sea que favorezca la capacidad de evocar recuerdos. Al final, pudo conmigo el calor de la sauna y tuve que salir a darme una ducha de agua fría. Me dolía la cabeza y estaba mareada. Había pasado demasiado rato dentro. Me puse el pijama, me preparé un Cola Cao y empecé a apuntar en un cuaderno los recuerdos que acababa de tener en la sauna. No sé por qué, pero en ese momento me apetecía más escribirlos que ponerme a contárselos a la grabadora. Apuntándolos en un cuaderno los puedo consultar más fácilmente. También podría escuchar las cosas que grabo, pero me da cosa, de momento prefiero no hacerlo, no sea que termine escuchando las grabaciones antiguas, de cuando llegué aquí, y no sé si estoy preparada para eso.

Lo de apuntar en un cuaderno fue una buena idea porque no solo fui capaz de poner por escrito todas las situaciones que había recordado en la sauna, sino que además, mientras iba escribiendo, me iban viniendo a la cabeza más detalles, otras situaciones en las que había escuchado a mi padre hablando de su libro. En total, apunté catorce recuerdos y los catorce me ocupan dos cuadernos y medio. Por cierto, que si tenía cuadernos en la cabaña es gracias a Gunnar y al kit de emergencias que me trajo: cinco cuadernos y una caja de bolígrafos. No sé ni el tiempo que hace que no escribía a mano, creo que desde que terminé la carrera. Al principio, se me hizo un poco raro, pero al poco rato cogí el ritmo y ya ni lo pensé, es como si la mano se moviese sola. Cuando me quise dar cuenta, había rellenado ya los dos cuadernos y medio. No sé ni el tiempo que estuve escribiendo.

Unos días más tarde, con Rebecka en casa, me puse a releer los apuntes para poder contarle bien toda la historia. Rebecka estaba fascinada con mi capacidad para recordar cosas que han sucedido hace tantos años, y yo también, la verdad. No entiendo muy bien cómo lo hago. Y tampoco entiendo por qué soy capaz de hacerlo ahora y no antes. Porque la cosa es que hace un par de meses, cuando soñé con san Antonio por primera vez, ni entendía por qué había soñado con él, ni fui capaz de acordarme de que el libro en el que mi padre estuvo trabajando tantos años trataba justamente de eso, de san Antonio Abad y del Moreno de La Seca.

Rebecka quiere que hable con Eva de esto, dice que cuando venga a Jokkmokk en Navidades, tengo que conocerla y que le tengo que hablar de mis recuerdos vividos y de mis sueños. Porque da por hecho que se van a reconciliar y que van a venir juntas a Jokkmokk en Navidades. Eva está trabajando en la residencia de ancianos, pero al mismo tiempo está bastante implicada en un proyecto interdisciplinar sobre la memoria en el que participan varias universidades suecas, entre ellas la de Umeå, que es donde ella quiere hacer el doctorado dentro de unos años, también sobre el tema de la memoria. ¿A lo mejor Eva conoce casos como el mío o parecidos? Será interesante hablar con ella de esto. Y el caso es que contarle a Rebecka la historia entera, desde el primer sueño con san Antonio hasta está última avalancha de recuerdos, me ha servido para ordenar un poco más las ideas.

Todo empezó con el descubrimiento de una caja. En la casa que está construida en el lugar donde estaba el antiguo hospicio de peregrinos de Sobradillo, hicieron unas obras y en los sótanos se encontraron con una habitación tapiada de la que nadie sabía de su existencia. En la habitación había trastos antiguos y un baúl. Yo tendría diez o doce años, así que eso debió de ocurrir a finales de los ochenta o principios de los noventa. El baúl estaba lleno de documentos relacionados con la administración cotidiana del hospicio, documentos originales del siglo XVI y XVII, muy interesantes para los historiadores, aunque solo sea por su antigüedad. Pero, sin duda, lo más interesante que había en el baúl, al menos para mi padre y don Aurelio, era la caja que encontraron en el fondo con los papeles del Moreno de La Seca. Ese es el único nombre que conocían para referirse a la persona que había escrito todo lo que había dentro de la caja, y lo conocían gracias a que en la parte de fuera lo ponía claramente: El Moreno de La Seca. Aunque la mayoría de las veces mi padre y don Aurelio le acortaban el mote y le llamaban simplemente el Moreno. Los papeles del Moreno consistían en cartas a Catalina Gajate, poemas en varios idiomas, y la traducción al latín de la supuesta autobiografía de san Antonio Abad. El texto original de san Antonio en copto no estaba. Se supone que el Moreno lo había traído consigo a Sobradillo, pero el caso es que en la caja no estaba. Lo cual, según don Aurelio lamentaba una y otra vez, era una pena, porque les habría sacado de muchas dudas. Mi padre, sin embargo, opinaba que las dudas hacían la investigación mucho más interesante. La pregunta principal era si el libro era lo que decía ser: un texto original escrito en el siglo IV por san Antonio y traducido al latín en el siglo XVI por el Moreno. Porque perfectamente podía no serlo, podía tratarse de otra cosa, de un engaño. Había varias alternativas, pero principalmente dos que a mi padre le parecían bastante razonables. La primera, sencillamente, que el original en copto no existiese, que el libro lo hubiese escrito el Moreno directamente en el siglo XVI y que estuviese usando a san Antonio Abad como instrumento para dar más importancia y peso a sus ideas, y es que la Vida de Antonio escrita por san Atanasio era uno de los libros claves del cristianismo después de la Biblia, así que si de repente aparecía una vida de Antonio escrita por el propio Antonio, el revuelo podía ser enorme. Y el Moreno quería causar revuelo, se lo decía claramente a Catalina Gajate en las cartas. En muchas de ellas, aparecían menciones al libro y en una de ellas se entendía que el Moreno, desde su escondite cerca de El Buraco, le había mandado el manuscrito en latín a Catalina para que hiciese unas copias y se las enviase a una serie de personas, entre ellas a Juan de Yepes, es decir, san Juan de la Cruz. El resto de los integrantes de la lista no terminaron como santos de la Iglesia católica, sino todo lo contrario, mi padre estuvo investigando los nombres uno por uno y más de la mitad habían sido condenados por herejía y fueron ejecutados en diferentes autos de fe, algunos en tiempos de Felipe II y otros en tiempos de Felipe III. La otra posibilidad para la autoría del libro, otra posibilidad que a mi padre también le parecía razonable, es que el original no estuviese escrito ni por san Antonio ni por el Moreno, sino por algún seguidor de san Antonio que quisiese mostrar una versión de Antonio distinta a la que presentó Atanasio en su libro, y que hubiese usado el truco de hacerlo pasar por una autobiografía para así tener más impacto. En este caso, el Moreno creería que estaba traduciendo a san Antonio cuando en realidad estaría traduciendo las palabras de otra persona. Pero fuese quien fuese el autor del libro, lo que parece claro es que no tuvo mucho impacto, al menos no un impacto que se pueda rastrear en la historia, porque, según parece, el único ejemplar del que se tiene noticia es ese que apareció en Sobradillo. Por la lectura de las cartas, es imposible saber si Catalina Gajate llegó a hacer copias del libro y las mandó a todas esas personas, aunque lo más probable es que no lo hiciese. En el caso de que las hubiese enviado, algo más se habría sabido de la existencia del libro.

¿Y qué cuenta la autobiografía de san Antonio? ¿Por qué estaba convencido el Moreno de que causaría tanto revuelo?

La Vida de Antonio, el famoso libro de san Atanasio, relata una lucha constante de Antonio con los demonios, unos demonios que le asaltan una y otra vez allá donde esté, aunque se esconda en lo más profundo del desierto. El libro describe en pocos párrafos la infancia del santo y cuenta cómo se quedó huérfano a los dieciocho años, huérfano al cuidado de su hermana y también responsable de la herencia de sus padres, una herencia que no tardó mucho en entregar a los pobres y necesitados para irse a dar tumbos por ahí, todo el día rezando y ayunando. A la hermana, la dejó al cuidado de unas vírgenes para que la instruyeran en la virginidad. «Ten hermanos para esto», debió de pensar la chica, el dinero de la familia a los pobres y ella a instruirse con las vírgenes. Los demonios que describe Atanasio son los típicos: las ganas de comer, el dinero, el sexo, el poder, la fama… ¡incluso las ansias de saber! Y se le aparecían a Antonio constantemente. Según el libro de Atanasio, la respuesta de Antonio fue siempre inflexible, no ceder ni un solo día. Un solo instante de duda podía echarlo todo a perder, los demonios estaban al acecho y atentos a cualquier debilidad. Y así se pasó Antonio toda su vida, al menos desde los dieciocho hasta los ciento cinco años, que fue cuando murió.

Eso según la biografía escrita por Atanasio. Sin embargo, en la autobiografía encontrada en Sobradillo, la cosa cambia mucho, y la clave está en el entendimiento y reconciliación con los demonios. El narrador es el propio Antonio al final de su vida, en su retiro del monte Al-Quazam, y nada más empezar, lo primero que cuenta entra ya en conflicto directo con el relato de Atanasio. Antonio comienza su relato describiendo las preciosas vistas desde el monte Al-Quazam, pero dice que no está allí voluntariamente, al principio sí que lo estaba, pero ya no, denuncia que ahora está preso por orden de Atanasio, y que no lo tiene nada fácil para escaparse porque está ya muy mayor, y sus guardianes le alcanzarían enseguida. Los guardianes son dos monjes al servicio de Atanasio que supuestamente están con Antonio en el monte para ayudarle en todo lo que le haga falta, pero que en realidad tienen la misión de no permitir que se mueva de allí. Y lo están consiguiendo. Sin embargo, lo que no consiguen es impedir que Antonio reciba visitas de un joven y una joven que conocen muy bien la zona y que vienen a verle por las noches. No muy a menudo porque no quieren arriesgarse a ser descubiertos, pero sí las veces suficientes como para traer rollos de papiro a Antonio para que escriba sus memorias e irse llevando los rollos según los va terminando.

Todo esto lo cuenta Antonio en su autobiografía. Habla de sus guardianes, del conflicto con Atanasio, y también de la única motivación que le queda para seguir viviendo: la pareja que viene a traerle rollos de papiro para que pueda contar su verdadera historia. Porque tiene la sospecha, sospecha certera, de que Atanasio también va a escribir su historia, ¡la historia del monje ejemplar!, pero sabe que se va a dejar sin contar la parte más importante, el momento en el que Antonio entendió que las luchas contra los demonios no tenían ningún sentido, que eran como andar persiguiendo la propia sombra, que cuanto más corre uno, más corre también la sombra. Ese momento de lucidez le llegó tarde, demasiado tarde, a los noventa y cinco años, pero, aun así, le invadió una alegría muy profunda al comprender que los demonios no son el enemigo, sino una parte de uno mismo que hay que aprender a conocer, e incluso a amar. Al darse cuenta de esto, lo primero que hizo fue escribir a su querido y respetado Atanasio, el poderoso obispo de Alejandría, que a su vez se declaraba admirador y humilde discípulo de Antonio. Le escribió para compartir con él la buena noticia y le dijo que, cuando pasasen los meses de calor, bajaría del monte Al-Quazam y dedicaría sus últimos años de vida, sus últimas fuerzas, a recorrer Egipto y a explicar a todo el mundo esta reconciliación con los demonios. También tenía ganas de comer y de beber todas esas cosas que se había estado negando tantos años, con moderación, eso sí, que ya tenía una edad. La respuesta de Atanasio fue inmediata, pero no llegó en forma de carta, se presentó él mismo en el monte Al-Quazam acompañado de los dos monjes guardianes. Desde entonces, el monte Al-Quazam dejó de ser el retiro voluntario de Antonio y pasó a ser su cárcel.

Atanasio no entendió nada, o no quiso entender. Se enfadó muchísimo con Antonio y le dijo que se estaba haciendo viejo y que no le funcionaban las entendederas. Sin duda, el diablo estaba aprovechado su edad avanzada para encontrar una rendija en su fortaleza y meterse en su cabeza y en su espíritu. Lo de reconciliarse con los demonios era una herejía peor aún que la de los arrianos, un disparate que además iba en contra de las enseñanzas de toda una vida. ¿Qué pensarían todos los monjes que admiraban a Antonio por su firmeza y devoción? ¿Qué pensarían si bajaba de la montaña y empezaba a contarles las cosas que le estaba contando a él, si les decía que los demonios son una parte importante de uno mismo que hay que conocer y amar? Las consecuencias podían ser desastrosas. Se sentirían confundidos y engañados, algunos perderían la fe en Cristo, otros se enfadarían y quién sabe lo que podrían hacer encolerizados; la admiración hacia Antonio podría convertirse en odio de un momento a otro, y podrían lincharle, o torturarle para intentar sacarle los demonios de dentro. Sí, porque eso es lo que pensarían, creerían que no es Antonio el que les habla, sino un demonio metido en el cuerpo de Antonio, y no serían tan comprensivos con sus blasfemias como él lo estaba siendo.

Atanasio, como obispo de Alejandría que era, decía que se sentía responsable de lo que pudiese pasar y que lo que iba a hacer era una medida necesaria por el bien de Antonio; por el bien de Antonio y también por el bien de todos los cristianos. Y lo que iba a hacer era, ni más ni menos, impedir que Antonio se moviese de donde estaba. Con él habían venido dos monjes de su confianza que se encargarían de eso, de pararle los pies si se le ocurría desobedecer, y también de asistirle en lo que le hiciese falta en sus últimos años de vida. Además, tenían el encargo de no permitir que recibiese visitas. A todo el que venía a visitar a Antonio, le paraban en el camino antes de llegar y le decían que el venerable Antonio estaba muy enfermo y que necesitaba reposo y soledad. Por suerte, de lo que no se percataron es de las visitas nocturnas que Antonio recibía con regularidad, de la pareja que le traía papiros para que fuese escribiendo sus memorias. Venían en secreto, por las noches, y llegaban a la zona donde estaba Antonio trepando por un acantilado por el que parecía completamente imposible trepar. Y es que Antonio estaba recluido en una especie de terraza con vistas al mar a la que se accedía por un pequeño túnel natural en el que él se resguardaba para protegerse del viento y de la lluvia las pocas veces que llovía. El resto del tiempo lo pasaba fuera, en la terraza, acompañado de su jabalí y refrescándose de tanto en cuando en un arroyo que surgía allí mismo y que formaba un chorro de agua que caía por el acantilado haciendo una pequeña cascada.

Los monjes guardianes estaban al otro lado del túnel y se relevaban vigilando para asegurarse de que no entrase ni saliese nadie de allí, excepto el jabalí, que tenía vía libre. Las primeras semanas de cautiverio, pasaban a la terraza con él y charlaban. Antonio les trataba con mucha amabilidad e intentaba convencerles por activa y por pasiva de que Atanasio se estaba equivocando y de que, por favor, le dejasen bajar de la montaña. Pero no cedían, y cuanto más insistía él, más le decían que eran los demonios los que hablaban por su boca, era desesperante, los dos monjes eran tan tozudos e inflexibles como él mismo lo había sido durante la mayor parte de su vida. Al final, cuando vio que nada les iba a hacer cambiar de opinión, lo dejó por imposible y les dijo que le dejasen solo, que no quería verlos, que si no se podía mover de allí, por lo menos quería estar tranquilo. Y para que le dejasen en paz, empezó a gritarles, a fingir que le poseían los demonios, a rebuznar, a gemir, a maullar, a morderles los tobillos… No volvieron a entrar a la terraza y, desde entonces, la única relación que tuvieron con él fue que de vez en cuando le dejaban pan duro en la entrada del túnel.

Antonio estaba atrapado; el mundo se le había reducido al túnel y a la terraza, pero al menos allí tenía libertad de movimientos. Y de pensamientos, ¡y de sentimientos! Una libertad que no había disfrutado en todos esos largos años que se había pasado mortificándose a sí mismo y luchando con sus demonios. Ahora, ponía la mano encima del arroyo y notaba el gusto que le daba el agua fría recorriendo el brazo. Antes, se habría avergonzado por sentir esa sensación placentera, más aún, se habría castigado a sí mismo si por un instante se le cruzaba el pensamiento de siquiera desear sentir algo así. Antes, lo controlaba todo, empezando por el dolor, había esclavizado a su cuerpo y lo proclamaba a los cuatro vientos para que otros siguiesen su ejemplo y esclavizasen también los suyos. No se retiraba del sol aunque le calentase demasiado y bebía lo justo para no deshidratarse, ni una gota más. Ahora, cuando tenía sed, bebía hasta hartarse, y cuando tenía calor buscaba la sombra para protegerse y se refrescaba sin pudor. Y por suerte, su pequeño mundo, que consistía en un túnel y una terraza, se abría al horizonte inmenso del desierto y del mar, al sol y a las nubes del cielo, a la luna y las estrellas por la noche. A sus noventa y cinco años, Antonio lo veía todo con nuevos ojos.

Si soplaba el viento frío por las noches, se acordaba de cómo su madre le arropaba cuando era pequeño y ese recuerdo le hacía entrar en calor. Su madre, ¡su madre!, por fin podía pensar en ella. Y es que una de las primeras cosas que había hecho cuando comenzó con su vida de asceta fue luchar con firmeza para dejar de pensar en su familia y así poder concentrarse plenamente en Dios. Y lo consiguió. Incluso se convenció de que había sido capaz de borrar de su mente todo lo relacionado con su familia. Pero no, ni mucho menos, ahí estaban los recuerdos de su madre arropándole con una piel de cabra, con dos si hacía falta, y cantándole canciones tradicionales del lago Moeris hasta que se quedaba dormido. Se acordaba también de su padre y de su hermana, de sus abuelos y abuelas, de sus primos y primas, de su querido amigo Valentín. Se podía pasar horas y horas recordando, y al venirle todas esas imágenes a la cabeza, sentía algo en el pecho que hacía que se le saltasen las lágrimas de la emoción, lágrimas que le bajaban hasta la boca, lágrimas saladas que saboreaba como si fuesen vino de las vides de la antigua Pompeya. Cuando no era una cosa era otra, los días se le pasaban volando observando lo que sucedía a su alrededor y dejándose llevar por los miles de recuerdos que se le amontonaban en la cabeza; por ejemplo, las piernas y los pechos de una sacerdotisa con la que se cruzó en uno de sus viajes a Alejandría, o el dulce de membrillo que preparaba su abuela en una cacerola enorme que él y su hermana se encargaban de rebañar hasta que ya no podían más y les dolía la tripa. Las formas de las nubes que cruzaban el cielo también le ayudaban a traer a la mente las imágenes más inesperadas. Antes, al mirarlas, veía el rostro de Cristo o el de los santos apóstoles, y también muchos demonios; a decir verdad, la mayoría de los días en las nubes lo único que veía eran demonios. Ahora, sin embargo, en las nubes veía camellos y elefantes, barcos que le llevaban corriente arriba hasta el misterioso nacimiento del Nilo, árboles llenos de manzanas, postres de miel y pistachos, labios carnosos, lenguas saliendo de los labios, cuerpos de hombres y mujeres desnudos como los de las esculturas griegas que tanto había criticado por pecaminosas, o como los de la pareja que venía a escondidas a traerle los rollos de papiro. Benditos sean, bendita pareja enamorada. Eran seguidores de Carpócrates y de su hijo Epifanio y vivían muy cerca de allí, en la misma zona montañosa, en un valle medio escondido que Antonio se encontró de casualidad un día en un paseo sin rumbo acompañado del jabalí. El valle que lo había cambiado todo.

El Antonio que descubrió el valle era el Antonio de antes, el que cada vez que salía a pasear no podía evitar sentir que lo que estaba haciendo no estaba del todo bien. Salir a pasear era un capricho innecesario, y detrás de los caprichos innecesarios, acechaba el diablo. Caminar para transportarse de un lugar a otro y así poder predicar la palabra de Cristo, eso estaba bien, siempre que no se hiciese para alimentar el orgullo, pero caminar por caminar, por el placer de caminar, eso era imperdonable. Cuantas más vueltas le daba al asunto, más angustia le entraba y notaba como las nubes se iban llenando de demonios. En todo eso iba pensando el día en que se encontró con el valle, en que ya no iba a dar más paseos sin motivo y en que debería ir volviendo. Pero le pudo la curiosidad. Fue el jabalí, en realidad, el que descubrió el valle. Debió de oler algo interesante, salió disparado y se metió por una zona pantanosa. La agitación del jabalí hizo que Antonio se interesase más de la cuenta y le siguió, se arremangó la túnica de piel de cabra y avanzó con cuidado apoyándose en su bastón. La zona pantanosa terminaba en unas colinas rocosas que el jabalí empezó a subir. Y Antonio detrás.

Esta narración del descubrimiento del valle es la parte central de la autobiografía de Antonio traducida al latín por el Moreno. Recuerdo a don Aurelio diciendo esas palabras y leyendo en voz alta esa parte del relato en el comedor de la casa de Sobradillo. Don Aurelio era tan bueno con el latín que era capaz de traducir directamente al castellano según lo iba leyendo. Yo estaba en primero de BUP y tenía un examen de Biología, estaba aprendiéndome de memoria listas larguísimas con nombres de diferentes especies de plantas, o algo así. No lo recuerdo muy bien. Y tiene gracia que no lo recuerde porque toda mi atención la tenía puesta en ello, en el libro de Biología, hasta el punto de que en su momento no fui consciente de estar escuchando a don Aurelio leyendo el relato de cómo san Antonio descubrió el valle. Pero, mira por dónde, ahora que han pasado veinte años de aquello, resulta que lo de don Aurelio lo recuerdo con pelos y señales mientras que del libro de Biología lo único que recuerdo es que tenía las tapas verdes. Y todos los libros de Biología que tuve tenían las tapas verdes.

A don Aurelio, el descubrimiento de los papeles del Moreno le había puesto patas arriba las ideas, y ya no sabía muy bien qué pensar sobre un montón de asuntos. San Antonio había sido su santo favorito incluso desde antes de entrar en el seminario, y el libro de san Atanasio, Vida de Antonio, lo había leído muchísimas veces, tantas que se sabía de memoria bastantes pasajes. También había leído las cartas de san Antonio, la que escribió a los monjes de la región de Arsinoé, la carta a Teodoro y las otras pocas que se conservan. Tenía varias figuritas del santo, una de ellas la que le prestó a mi padre cuando se conocieron en el autobús viniendo de Salamanca, y en su dormitorio tenía enmarcada una lámina del cuadro de El Bosco que representa Las Tentaciones de san Antonio. El original está en el Museo del Prado y en muchos de sus viajes a Madrid venía a verlo. A veces, llegaba a pensar si no sería excesiva la devoción que sentía por san Antonio. Si era sincero consigo mismo, se daba cuenta de que pensaba en san Antonio más a menudo que en Jesús, y que en el fondo le admiraba más. Es verdad que Jesús había muerto en la cruz y que eso debió de ser un sufrimiento horrible, indescriptible, pero murió joven, y excepto esa última noche de dudas en el Monte de los Olivos, no parece que sufriese mucho tormento interno, todo lo contrario, Jesús era como esos alumnos brillantes a los que don Aurelio daba clases en el colegio de la congregación, esos a los que todo parece salirles bien sin esfuerzo. San Antonio, sin embargo, se había pasado la vida luchando, sufriendo y resistiendo los ataques de los demonios, una vida larguísima de ciento cinco años. Esta preferencia por san Antonio antes que por Jesús le turbaba mucho, pero don Aurelio no lo podía evitar, se sentía más identificado con él y eso hacía que le amase más. Porque él, en cuestiones de fe, no era uno de esos alumnos brillantes, él también tenía que luchar contra los demonios todos los días. Por supuesto, no hablaba nunca de eso, no quería contaminar a nadie con pensamientos inadecuados, excepto a mi padre, que, como desde el principio le había confesado que era ateo sin remedio, pues no había peligro de contaminación. Papá era ateo, pero apreciaba la poética de la religión, esa es la expresión que él usaba, la poética de la religión, o de ciertas manifestaciones religiosas, pero, vamos, nunca le pregunté qué quería decir exactamente con eso, no hablábamos de esas cosas papá y yo, eso es algo que le oía decir cuando hablaba con sus amigos. Y el caso es que sí que debía de gustarle la poética de la religión porque hizo la tesina sobre san Juan de la Cruz, y muchos de los poemas que él mismo escribía eran considerados poemas místicos.

Es curioso, pero para don Aurelio, mi padre era una especie de confesor, un confesor ateo, pero confesor al fin y al cabo, el único con el que sentía que podía llegar hasta el fondo de sus preocupaciones y al que hablaba casi con la misma libertad con la que hablaba consigo mismo. Me sorprende que algunas de esas conversaciones tan íntimas las tuviesen conmigo delante, pero supongo que estaban tan acostumbrados a mi presencia y a que yo estuviese a lo mío que casi no se darían ni cuenta. Tan a lo mío estaba que a menudo sucedía que me decían algo y no me enteraba; mi padre muchas veces se acercaba y ponía la mano entre mis ojos y los apuntes que estuviese estudiando a ver si así reaccionaba. Y no es que tuviese los cascos puestos con música, que no los tenía, era simplemente mi capacidad de concentración.

Parecía que no me enteraba de nada de lo que sucedía a mi alrededor, pero resulta que sí que me estaba enterando. ¡De todo! Por ejemplo, de las dudas de don Aurelio. Él era de la opinión de que el libro que habían encontrado no estaba escrito por el propio san Antonio, le resultaba demasiado inverosímil, tenía que tratarse de una creación del Moreno en el siglo XVI. Pero, aun así, le parecía un libro fascinante, con unas ideas muy tentadoras, y desde que había llegado a sus manos, no podía dejar de leer una y otra vez algunos fragmentos, como la narración en la que Antonio descubre el valle y a sus hombres y mujeres. La había leído tantas veces que ya empezaba a soñar con ellos, con los hombres y mujeres del valle, cosa que le perturbaba mucho. Eso le contó a mi padre, y mi padre le pidió que lo leyese en voz alta, traduciendo directamente del latín, empezando por el paseo sin rumbo de Antonio y las culpas que le generaba ese paseo, con el jabalí correteando de un lado para otro olisqueando, metiéndose por la zona pantanosa y trotando por las colinas rocosas.

La pendiente era cada vez más pronunciada, y Antonio sudaba la gota gorda detrás del jabalí. Y de repente el valle, un valle muy pequeñito con un riachuelo en la parte más baja, un valle que Antonio no conocía y que no era nada del otro mundo, aunque un riachuelo siempre sea algo importante en esa región tan desértica, por muy pequeño que sea. Pero lo increíble del valle eran sus habitantes. No eran muchos, quizás treinta o cuarenta, y vivían en unas chozas en la parte baja del valle, al lado del río, unas chozas hacia las que se dirigía el jabalí a toda velocidad, y detrás, Antonio, aunque a un paso mucho más lento. Los hombres y mujeres del valle eran seguidores de Carpócrates y de su hijo Epifanio, y sí, también de Jesús, pero no hacían diferencias entre unos y otros, los admiraban por igual. Antonio no entendía nada. Y no llevaba mucho rato por allí cuando se montó un gran revuelo, pero no el revuelo de siempre al que él ya estaba acostumbrado, el que se montaba cuando él, el venerable Antonio, llegaba a otros pueblos de la zona. No, este revuelo fue porque acababa de regresar una joven de la aldea que había ido de viaje a Enoanda, un pueblo en el sur de la actual Turquía, cerca de la costa del Mediterráneo. La joven, una de las mujeres del valle, había viajado allí a ver el muro que había mandado construir el famoso Diógenes de Enoanda, un muro lleno de palabras, palabras hedonistas, un muro en el que habían inscrito buena parte de la obra del legendario Epicuro. Había ido a ver el muro y a conocer las prácticas de la comunidad de discípulos de Diógenes, que habían empezado a mudarse al pueblo de Zorban, a unos kilómetros de Enoanda. En Enoanda, las cosas estaban cambiando mucho, malos tiempos para los hedonistas, hasta el punto de que las autoridades habían empezado a usar las piedras del muro para construir una fortificación. Los discípulos de Diógenes querían salvar algunas de las piedras de ese destino tan triste y empezaron a llevárselas para construir una fuente en Zorban.

¡El legendario Epicuro! A san Antonio se le erizaron los pelos de la barba al oír el nombre de ese demonio y entendió por fin dónde estaba: en un avispero de hedonistas, hedonistas que, para mayor escándalo, decían ser cristianos porque consideraban a Cristo como uno de los suyos. Antonio escuchaba escandalizado las palabras de la viajera y las preguntas que le hacían los que se habían reunido a su alrededor, pero más se escandalizó cuando, al terminar de hablar, la viajera cerró los ojos, abrió los brazos y unos cuantos se acercaron a ella para quitarle las ropas y llevarla en volandas al río. Eran seis, cuatro hombres y dos mujeres. Primero, la bañaron muy cuidadosamente y, después, la posaron en la orilla y empezaron a tocarla y a besarla por todas las partes del cuerpo. Ella, mientras tanto, seguía con los ojos cerrados y los brazos abiertos, sonriente, radiante. Antonio no sabía qué hacer, debería irse de allí, pero no era capaz de dejar de mirar, y tampoco tenía ganas de subirse a una piedra y ponerse a predicar sobre el temor a Dios, las virtudes de la castidad y la fortaleza de espíritu. No quería que parasen. No es la primera vez que veía actos sexuales tan de cerca, ni mucho menos, ni tampoco la primera vez que veía cómo eran practicados por más de dos personas. No era raro que viniesen a verle personas desesperadas, angustiadas porque algún familiar estaba poseído por el demonio de la lujuria; entonces, él se acercaba a donde estuviesen y muchas veces se encontraba en presencia de auténticas orgías. Pero entonces actuaba con determinación, se subía a una piedra y con su altura, su voz grave y sus palabras seguras conseguía que el demonio de la lujuria saliese huyendo y liberase las pobres almas poseídas.

En el valle no fue capaz de hacer eso. Estaba escandalizado por lo que veía, sí, escandalizado, pero al mismo tiempo cautivado, fascinado y sin asomo de culpa. Eso era lo más extraño de todo, que no se sentía culpable por estar presenciando aquella escena de lujuria desenfrenada. Él, que se había pasado la vida perfeccionado el arte de la culpa, que se sentía culpable hasta por respirar más de la cuenta y que consideraba la culpa como una de las virtudes principales del buen cristiano, él, el venerable Antonio, de repente no encontraba la culpa por ningún sitio, ni la suya propia ni la de las pobres almas que gemían delante de él. Lo de pobres almas era un decir, una inercia de su habitual forma de pensar, porque lo que veían sus ojos no eran pobres almas, sino cuerpos llenos de vida. Estaba tan abstraído en la contemplación de la escena que tardó un buen rato en darse cuenta de que un anciano se había acercado a él y le estaba mirando con curiosidad. El anciano se le parecía mucho. También era alto y delgado y también tenía larga la barba y una túnica de piel de cabra como única vestimenta. Y los pies descalzos, como los de Antonio. De edad era un poco más joven, tenía noventa años, cinco menos que él, pero era, con diferencia, el más viejo de los habitantes del valle.

Cuando consiguió que Antonio se percatase de su presencia, se presentó muy amablemente y le explicó qué es lo que estaban viendo: era la ceremonia de bienvenida al valle después del largo viaje que había hecho la mujer. Le dijo que daba gusto ver a los jóvenes, la energía y vitalidad que derrochaban en cada movimiento. También le dijo entre risas, que a estas alturas de la vida, para él, jóvenes lo eran todos, tuviesen veinte, cuarenta o setenta años. La última vez que él participó en una ceremonia de bienvenida fue cuando tenía ochenta años, y de aquella casi se muere, le dio un dolor muy fuerte en el pecho y tardó una semana en recuperarse. Está muy bien darle una alegría al cuerpo de vez en cuando, ¡pero no si el precio es morirse! Desde entonces, solo participa a distancia, mirando. Antonio también se presentó amablemente, pero luego no fue capaz de decir mucho más, la cabeza le daba vueltas a toda velocidad. El anciano del valle se dio cuenta de que estaba turbado y bromeo diciéndole que a cierta edad las ceremonias de bienvenida son intensas, incluso viéndolas a distancia, le cogió de la mano y le propuso ir a dar un paseo. Antonio se dejó llevar.

Pasearon por la orilla del río, siguiendo la corriente, se alejaron de las chozas y llegaron a una zona donde había unos árboles que Antonio nunca había visto. El anciano del valle no sabía el nombre de los árboles, pero le explicó que hace cuarenta años los había plantado allí un hombre del valle con unos frutos que había traído al regresar de un viaje a Emérita Augusta, en Hispania. Y allí estaba el jabalí de Antonio comiéndose los frutos de los árboles junto a otros jabalíes. ¡El jabalí! Antonio se había olvidado por completo del jabalí, de que había llegado al valle siguiéndole y, por supuesto, se había olvidado también de sus preocupaciones absurdas sobre la conveniencia o inconveniencia de salir a pasear por el solo gusto de pasear. El jabalí se alegró al ver a Antonio y se puso a corretear alrededor de los dos ancianos y a seguirlos en su paseo por la orilla del río. Antonio, que hasta ese día no sabía de la existencia del valle, se sorprendió de que llevasen ya cuarenta años viviendo allí y de que hubiese dado tiempo a que creciesen los árboles traídos de Hispania. Entonces, fue cuando el anciano del valle le explicó que llevaban mucho más de cuarenta años viviendo allí, él mismo había nacido en el valle, y también su madre y su padre. Fueron sus abuelos y bisabuelos los que salieron huyendo de Alejandría y encontraron en el valle un buen lugar para establecerse. Salieron huyendo porque les hacían la vida imposible y, si seguían allí, tarde o temprano acabarían matándolos a todos. Eran seguidores de Carpócrates y de su hijo Epifanio, y aunque ellos no querían hacer daño a nadie, todo lo contrario, las tortas les llegaban desde todos los sitios, principalmente de los cristianos oficiales, que les acusaban de pervertidos y endemoniados y de no haber entendido nada de las enseñanzas de Cristo. Pero también tenían miedo a las autoridades romanas, que les acusaban de ser un grupúsculo de cristianos radicales de ideas especialmente peligrosas. Ellos no se consideraban ni cristianos ni no cristianos, pero sí que es cierto que tenían simpatía por Jesús, y que el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo fue una de las fuentes de inspiración que utilizó el joven Epifanio para escribir su tratado De la justicia. Sus otras fuentes de inspiración fueron la obra de Epicuro y, por supuesto, las enseñanzas de su padre, Carpócrates. El tratado de Epifanio armó un revuelo enorme. A los cristianos oficiales les escandalizaba que se hablase con tanta libertad de la sexualidad de hombres y mujeres y que se plantease que todos deberían ser libres de hacer lo que quisiesen con quien quisiesen siempre que fuese de mutuo acuerdo. Epifanio negaba la importancia del matrimonio y afirmaba que las mujeres no podían ser posesión de nadie. Ni las mujeres ni los hombres, y es que también arremetía contra la esclavitud, las desigualdades económicas y la propiedad privada. Por supuesto, eso hizo que saltasen todas las alarmas de las autoridades imperiales. Epifanio murió muy joven, a los diecisiete años, y la causa de su muerte es incierta, pero se sospecha que fue envenenado por una mujer que se hizo pasar por su amante, pero que en realidad trabajaba para el imperio. Había que eliminarlo. Una persona con la inteligencia y el carisma de Epifanio era extremadamente peligrosa.

El anciano del valle le contó a Antonio que su bisabuela, a quien tuvo la suerte de conocer porque vivió muchos años, fue amiga y amante de Epifanio. Ella le explicó que el libro De la justicia era solo el primero de la serie de libros que tenía planeado escribir Epifanio, pero que por desgracia no pudo escribir ninguno más. A sus amigos y seguidores lo que les empezó a preocupar desde ese momento es que las autoridades, romanas o cristianas, que por cierto se parecían cada vez más la una a la otra, consiguiesen su propósito de quemar todos los ejemplares existentes del libro. Y esa es una de las principales razones por las que abandonaron su querida Alejandría y huyeron hacia el sur. Pero no estaban mal aquí en el valle, solo querían que les dejasen tranquilos. Estaban en contacto con otras comunidades hedonistas, con seguidores de Basíledes, de Valentín de Frebon, de Cerinto…, pero casi todos los encuentros los tenían fuera del valle. Se cuidaban mucho de revelar su paradero, solo lo compartían con personas de extrema confianza, y cuando viajeros despistados pasaban por el valle, ellos disimulaban y se hacían pasar por un pueblo con costumbres tradicionales.

Con Antonio habían hecho una excepción. El anciano del valle se detuvo al decirle esto, le cogió de los hombros, le miró a los ojos y le dio un largo beso en los labios. Le dijo que sabía quién era, que ya antes de que empezasen a hablar entendió que tenía ante sí al famoso Antonio: el campeón de la virtud, el asceta entre los ascetas, el amigo del poderoso obispo Atanasio. Pero, al verle, se había dado cuenta de que algo raro le pasaba, entre otras cosas porque el Antonio del que él había oído hablar no se habría quedado como un pasmarote al ver una escena como la ceremonia de bienvenida que habían presenciado a la orilla del río. Tenía razón el anciano del valle, algo le pasaba, Antonio lo admitió y le dijo que ni siquiera era capaz de explicárselo a sí mismo, pero que sentía como si estuviese viendo el mundo por primera vez, y también que por primera vez le gustaba lo que veía, al menos por primera vez siendo un adulto. ¡Más que un adulto! Se puso a reír y le dijo que por edad era ya casi una momia andante, pero que el estremecimiento que sentía por dentro le aseguraba que todavía estaba muy vivo. Vivo y sin rastro de culpas, por eso podía sentir y estremecerse de esta manera, al no sufrir la mordedura de la culpa podía seguir sintiendo y sintiendo hasta llegar a rincones desconocidos del alma. No, la culpa no aparecía, no estaba, parecía haber desaparecido por completo.

Recorrieron el valle entero siguiendo el curso del río, se despidieron con un abrazo, y Antonio prometió al anciano que no hablaría a nadie de ese lugar ni de las costumbres que tenían los que allí vivían. Salió del valle con el jabalí trotando a su lado y, después de un rato dando tumbos, consiguió orientarse y empezó a caminar hacia su refugio en la montaña. ¿Qué es lo que había visto que le había producido una conmoción tan grande? No era nada en concreto y era todo a la vez, o lo que es lo mismo, no tenía ni idea. No fue la preciosa ceremonia de bienvenida que presenció, al menos no fue solo eso, era más bien la manera de estar en el mundo que tenían los hombres y mujeres del valle. Pero ¿qué tontería es esa de la manera de estar en el mundo?, ¿cómo se puede medir eso? Entonces, le vino a la mente Pablo el ermitaño, al que fue a visitar poco antes de que muriese. Tenía una presencia, una manera de estar en el mundo, que contagiaba paz y alegría a todo el que se acercase a él, y eso que la manera de vivir de Pablo era completamente diferente a la de los hombres y mujeres del valle. ¿Lo era? Aparentemente sí, pero quién sabe, a lo mejor por dentro no lo era tanto. En eso es en lo que iba pensando Antonio mientras regresaba a casa, en la relación que hay entre las cosas que uno hace y cómo las va viviendo por dentro. Él, por ejemplo, que había copiado muchas cosas de la manera de vivir de Pablo, que se podía decir que era su sucesor como asceta entre los ascetas, sentía que todos sus logros eran frágiles y falsos, o peor aún, absurdos y contraproducentes. Quizás aparentase paz y armonía, pero en su interior se albergaban batallas interminables y no tenía un momento de calma. Pasaban los años y los demonios seguían igual de amenazantes, le parecía estar siguiendo un camino que no llevaba a ningún sitio. De repente, se dio cuenta de que era muy posible que se hubiese pasado la vida equivocado. Entonces, se paró y se puso a llorar, lloró como no había llorado desde la muerte de sus padres, como cuando abrazó con fuerza a su hermana pequeña y lloraron juntos delante de los cuerpos sin vida, una hermana a la que, poco tiempo después, dejó abandonada a su suerte en una comunidad de mujeres vírgenes para que fuese entrenada en la castidad. Su hermana. ¿Qué pensaría su hermana de él? ¿Viviría todavía?

Y mi hermana, ¿qué pensará mi hermana de mí? Yo no la obligué a meterse a monja al morirse papá y mamá, ¡cualquiera le obliga a nada a mi hermana!, pero mi manera de desaparecer del mapa no la firmaría ni el mejor san Antonio. Digo que voy a llamarla cuando termine de comer, pero no termino de comer porque ni siquiera empiezo a comer, y no empiezo a comer porque no callo, porque no puedo parar de hablar de todo esto. Estoy mareada del hambre que tengo, he estado esquiando tres horas y luego he llegado y no me he despegado de la grabadora. ¿Cuánto tiempo llevo hablando? La comida se me ha quedado fría y la voy a tener que calentar en el microondas. Los espaguetis con pesto y aguacate, qué ricos, ¡y qué hambre! Debería de ser capaz de comer y hablar a la vez, como la semana pasada con Rebecka de visita en casa, que la mitad del tiempo nos lo pasamos comiendo y hablando. Pero siendo dos es más fácil hacerlo porque cuando la una habla, la otra puede comer. Sin embargo, estando sola no veo el momento de parar de hablar, entro como en una especie de trance. Sí, de trance, y hoy más trance que nunca porque supongo que tener el estómago vacío lo potencia. Entiendo perfectamente que san Antonio tuviese visiones de todos los colores si lo único que comía era pan duro de vez en cuando. ¿Pero por qué no puedo parar de hablar? No lo sé. En parte, por pura curiosidad, porque cuando hablo, voy descubriendo cosas nuevas. Incluso ahora, cuando lo único que estoy haciendo es releer los cuadernos que escribí yo misma el otro día, cuando me tomé mi tiempo para apuntar la avalancha de recuerdos que tuve en la sauna mientras miraba la aurora boreal. Releo los cuadernos y, mientras releo, noto que me acuerdo de más cosas, o que un recuerdo concreto me vuelve con aún más nitidez, con más detalle. Entonces, cierro los ojos, dejo de releer y simplemente voy contando la escena que se desarrolla en mi cabeza:

De nuevo, papá y don Aurelio, esta vez en Madrid, pero no en la terraza, sino dentro del salón porque fuera llovía bastante. Un día de otoño puro y duro. A don Aurelio le había pillado la lluvia paseando por la Feria del Libro Antiguo en Recoletos y a mí me había pillado saliendo de clase. Era mi primer año en el instituto y no hacía mucho que había empezado el curso, todavía no estaba muy claro quién se juntaba con quién, así que, al terminar las clases, la mitad de los de primero de BUP nos íbamos al parque de al lado del insti a socializar. Irse a casa demasiado pronto podía suponer perderse algo importante, aunque luego nunca pasase nada importante, pero el caso es que las tardes en el parque se alargaban mucho. Demasiado si lo que una quería era estudiar y hacer todos los deberes que nos mandaban. Pero aquel día llovía mucho, así que nadie iba a ir al parque, y eso quería decir que yo podría llegar pronto a casa a ponerme a estudiar sin quedar como una rancia. Como llovía tanto, en lugar de ir andando, cogí el autobús y ahí me encontré a don Aurelio, que me contó que venía de Recoletos. Don Aurelio llevaba un paraguas grande y fuimos caminando juntos desde la parada hasta casa. Al llegar, me preparé la merienda y me fui a estudiar, primero a mi cuarto y luego al salón, a mi esquina del sofá.

Recuerdo que estaba estudiando Música, una asignatura teórica que teníamos ese año, y como el tema con el que estaba era la música renacentista, mi padre se empeñó en poner un disco que acababa de comprar de Jordi Savall para ambientar lo que estaba estudiando. Bueno, y para ambientar también la conversación que tenía con don Aurelio, porque estaban hablando del Moreno. Del Moreno y de san Antonio, que una cosa siempre los llevaba a la otra. Mi padre quería contrastar con don Aurelio una traducción que acababa de hacer al castellano de uno de los pasajes de la autobiografía de Antonio. Le iba leyendo en voz alta la traducción al castellano mientras don Aurelio estaba sentado enfrente de él con el manuscrito en latín en las manos. El pasaje en cuestión trataba de la pareja del valle, de la sorpresa que se llevó Antonio cuando, meses después de haber tenido el conflicto con Atanasio, en pleno arresto domiciliario, una noche de luna llena los vio llegar. Vio como del acantilado de su terraza aparecían primero unas manos, luego unos brazos y luego los cuerpos enteros de la joven pareja del valle. Los reconoció al instante, eran dos de los que habían participado en la ceremonia de bienvenida que presenció. Los reconoció, se acercó a abrazarlos y les dijo en un susurro que tenían que tener cuidado para que no los oyesen los monjes guardianes. Ellos le respondieron que ya lo sabían, que habían intentado venir a verle por el día y les habían parado los pies. Les habían contado que el venerable Antonio estaba muy enfermo y necesitaba reposo. Pero sospecharon que no les estaban diciendo la verdad.

En efecto, Antonio les dijo que de enfermedad nada, que se sentía mejor que nunca. Les habló de la discusión con Atanasio y de cómo el obispo no le dejaba moverse de allí ni recibir visitas, pero también les habló de cómo sentía que las alas de su imaginación no se las podía cortar nadie. Imaginaba tantas cosas… Mirando las nubes, sintiendo el frío del agua y del viento, acariciando el lomo del jabalí, tanto se dejaba llevar por su imaginación que había empezado a sospechar que el descubrimiento del valle también había sido una imaginación suya. Lo cual sería una pena, pero, en el fondo, el efecto era parecido, ya fuese un valle real o imaginario: le había servido para reconciliarse con sus demonios y con el mundo. Entonces, la pareja del valle le cogió de la mano, él de la mano izquierda y ella de la derecha, le llevaron al borde del barranco y señalando una montaña iluminada por la luna le dijeron que el valle existía, que estaba allí, detrás de esa montaña. Antonio se emocionó y se llevó las manos de ambos a su corazón, un corazón que se notaba palpitar perfectamente a través de unas costillas marcadas por su extrema delgadez. Les agradeció que hubiesen venido y les invitó a sentarse y descansar de la caminata y la escalada. Y les ofreció lo único que tenía a mano, pan duro y agua del arroyo, pero ellos le tenían reservada una sorpresa. Cada uno de ellos traía un hatillo colgado a la espalda, de los que sacaron queso de cabra, pan jugoso, dulces de miel y almendras y vino tinto. La noche era cálida y sin viento y se sentaron a comer y a beber. Un auténtico banquete para Antonio; bueno, para cualquiera.

Comieron y bebieron. Y hablaron. Antonio tenía muchas preguntas que hacerles, y ellos también a él. Hablaban en voz muy baja, pero, aun así, les preocupaba que los dos monjes guardianes les descubriesen, así que a Antonio se le ocurrió montar un teatro de demonios, como él lo llamaba. Llevaba meses haciéndolo, más que nada para que le dejasen en paz y a solas en su terraza y en su túnel. Y también para entretenerse un poco. El teatro de demonios consistía en que de vez en cuando simulaba que hablaba con demonios que venían a visitarle: les gritaba que se fuesen, o que se quedasen, ponía voces diferentes simulando ser los demonios que le contestaban, inventaba lenguas incomprensibles, imitaba los sonidos de los animales, aullaba y gemía, se acercaba a la puerta exterior del túnel y susurraba oraciones absurdas e interminables. Esa noche, animado porque tenía visita, tuvo una actuación memorable, y mientras caminaba a cuatro patas y rugía como un león, escuchaba la conversación que los monjes guardianes tenían al otro lado del túnel. Se apiadaban del pobre viejo que había perdido la cabeza, y Antonio volvió a darse cuenta de algo que ya venía observando: sus carceleros, en el fondo, le apreciaban mucho. Igual que Atanasio también le apreciaba. Pero el problema es que no le apreciaban y le admiraban a él, sino al otro, al asceta entre los ascetas, al Antonio que ya no existía. Cambió el rugido del león por el maullido de un gato; los monjes comentaron entre ellos que iban a intentar dormirse pese a los ruidos, y los jóvenes del valle se unieron al teatro haciéndose pasar por dos demonios hedonistas que querían tentar a Antonio con un masaje a cuatro manos. Después de un rato de teatro a tres bandas, con la tranquilidad de que los monjes guardianes ya habían desconectado de lo que pasaba al otro lado del túnel, volvieron a sentarse y a darle a la comida, a la bebida y a la conversación. Antonio les dijo que le preocupaba lo que Atanasio pudiese estar contando de él, ¡contando y escribiendo! Si le mantenía recluido era, sin duda, para que nadie escuchase sus nuevas ideas, y mientras tanto, sospechaba que Atanasio estaba escribiendo un libro poniendo por las nubes al Antonio de antes. Era una sospecha bien fundada porque, de hecho, en su momento, lo habían hablado. Fue en la última visita de Antonio a Alejandría, cuando el Antonio de antes fue para allá para dejar bien claro que no estaba del lado de los arrianos, sino de Atanasio y de la doctrina aprobada por el concilio de Nicea. En aquella ocasión, tuvo oportunidad de hablar largo y tendido con Atanasio, que le agradeció mucho su apoyo y también que se hubiese molestado en hacer el viaje hasta Alejandría para que a nadie le quedasen dudas de cuál era la posición del venerable Antonio.

Hablaron del futuro, de las nuevas generaciones de monjes y de lo prometedora que resultaba esta nueva actitud tolerante del Imperio romano con los cristianos, después de tantos años de persecuciones y martirios. Y todo gracias al emperador Constantino, que aunque todavía no había dado el paso de bautizarse y convertirse al cristianismo, Atanasio estaba seguro de que en algún momento lo haría. Constantino era ya cristiano en la intimidad, él mismo se lo había confesado a Atanasio, pero también le había dicho que los equilibrios de poder en Roma le aconsejaban prudencia y no dar demasiado rápido el paso de convertirse públicamente al cristianismo. Al fin y al cabo, él era el emperador, había muchos ojos puestos encima de él, ¡y muchos tipos de veneno circulando por Roma!

Antonio, el viejo Antonio, el Antonio de antes de conocer a los hombres y mujeres del valle, coincidía con Atanasio en celebrar los nuevos tiempos, pero le decía a su amigo que sentía un poco de nostalgia de la época de las persecuciones y de los martirios, porque los martirios eran una oportunidad estupenda para demostrar la fortaleza de la fe que tiene uno en Cristo. Pero, a falta de martirios por parte de los romanos, Antonio se había pasado la vida perfeccionando las técnicas del martirio interior, un tipo de martirio que siempre está al alcance de la mano de cualquier cristiano. Atanasio, como era habitual, estaba fascinado con la capacidad de su amigo para llevar aún más lejos las fronteras del ascetismo y de la fe —lo del martirio interior era una idea verdaderamente brillante, una idea que había que poner por escrito para que las nuevas generaciones de cristianos pudiesen hacer uso de ella, igual que tantas otras de las ideas y prácticas de Antonio—. Al propio emperador Constantino le iba a encantar el concepto de martirio interior. El emperador admiraba mucho la capacidad de sufrimiento de los cristianos, decía que una religión así no solo tenía que ser, por fuerza, verdadera, sino que además era muy útil para la estabilidad y los intereses del imperio. Si la mayoría de la población del imperio era pobre —y estaba en el orden natural de las cosas que siguiese siéndolo—, ¿qué mejor religión que la que convierte la pobreza en virtud y el sufrimiento en una prueba de devoción? El martirio interior, los ayunos hasta perder el conocimiento, la obediencia absoluta al obispado… La vida de Antonio era un cúmulo de virtudes que había que difundir no solo por todo Egipto, donde ya tenía una fama bien ganada, sino por todo el imperio. Entonces, fue cuando a Atanasio se le ocurrió lo de escribir una biografía suya.

En esa última visita de Antonio a Alejandría, Atanasio le comentó la idea, y aunque al principio Antonio puso pegas porque decía que quién era él para protagonizar un libro, no tardó mucho en aceptar, pues al mismo tiempo, ¿quién era él para llevar la contraria a un obispo? Así que Atanasio aprovechó la estancia de Antonio en Alejandría para entrevistarle unas cuantas veces y rellenar varios rollos de papiro con apuntes. Y ahí se quedó la cosa y no hablaron más del tema. La siguiente vez que se vieron fue cuando Atanasio vino de visita de urgencia al monte Al-Qazam para reprender a Antonio por sus nuevas ideas heréticas y demoníacas y dejarle encerrado en su retiro de las montañas. Ni Atanasio mencionó el libro ni Antonio preguntó por él. Antonio, en un primer momento, pensó, ingenuamente, que Atanasio dejaría aparcado el proyecto ahora que él ya no era un ejemplo para nadie, pero un día, pasados varios meses, mientras tomaba el sol y se acariciaba los muslos, vio pasar una nube cuya forma le recordó al palacio de Atanasio en Alejandría y de repente le entró una duda terrible que ya no se podía quitar de la cabeza: ¿y si Atanasio seguía para adelante con el plan como si nada hubiese pasado?, ¿y si era por eso que no le dejaba ver a nadie ni que nadie le viera a él? Se imaginó un libro atroz, un libro escrito con sus propias palabras tal cual él se las había contado a Atanasio en los jardines de su palacio en Alejandría: una oda al sufrimiento y a la esclavitud del cuerpo, al martirio interior y al temor a Dios. Un libro, además, que sería tremendamente popular porque Atanasio intentaría que llegase a todos los rincones del mundo conocido, y con la colaboración entusiasta del emperador Constantino no había duda de que lo conseguiría. Se imaginó su nombre, Antonio de la Tebaida, asociado a ese libro y a esas ideas, e imitado no solo por gentes de todo el mundo, sino también por las futuras generaciones, por los siglos de los siglos. Terrorífico.

La joven pareja del valle escuchaba atentamente a Antonio y compartía con él la preocupación por lo que pudiese estar haciendo Atanasio. Era imposible detener a Atanasio en lo que escribiese o dejase de escribir, tenía mucho poder y ellos ninguno, pero lo que sí que podían hacer era ayudar a Antonio a que escribiese él mismo su propia historia, e intentar conservarla en un lugar seguro. La propuesta entusiasmó a Antonio. Es verdad que se entretenía mucho mirando las nubes y metiendo las manos en el agua del arroyo, pero la idea de escribir una autobiografía y de poder expresar detenidamente todo lo que le pasaba por la cabeza le daba un vuelco al sentido de sus días. Le prometieron que vendrían a traerle papiro, un cálamo y tinta para escribir. Luego, vendrían una vez al mes, con cada luna llena, le traerían nuevas provisiones de papiros y de tinta y se llevarían los papiros ya escritos. Cumplieron con lo prometido. Todos los meses, Antonio esperaba con ilusión la luna llena porque sabía que en mitad de la noche aparecerían los jóvenes del valle por el borde del acantilado con todo lo necesario para que él pudiese seguir escribiendo, y también con comida y bebida para cenar juntos esa noche, igual que hicieron en la primera visita. Otra tradición de cada visita es lo que hacían antes de irse, una petición especial de Antonio. Le costó mucho animarse a pedírselo, no sabía si se molestarían, pero al final, ayudado por el vino y por la confianza que le trasmitía la pareja, se lanzó y se lo propuso: quería que hiciesen el amor delante de él. Si les apetecía, claro está. A él le encantaría verlo, todavía guardaba en sus ojos, y en su cabeza, las imágenes de la ceremonia de bienvenida que presenció en el valle, una ceremonia en la que participó la joven pareja.

Aceptaron, les pareció muy tierno que Antonio les hubiese preguntado y le dijeron que podía acercarse y tocar si quería. Pero no, eso quizá sería demasiado, le daba miedo que se le saliese el corazón del pecho, era feliz viéndoles amarse, escuchando sus gemidos, dando gemidos él también, aullando, divirtiéndose al imaginarse a los monjes guardianes, que estarían pensando que todo lo que oían al otro lado del túnel eran los demonios de Antonio. Desde entonces, celebró todas las lunas llenas con ellos: celebraban la comida, la bebida, las pasiones de la carne y la risa, y celebraban también el poder verse y la libertad de que Antonio pudiese escribir su propia historia. En una de sus visitas, tres o cuatro lunas después de la primera, Antonio se guardó un poco del vino de la cena para beberlo mientras les veía amarse. Estaba especialmente sentimental ese día, lloraba, le arrebataba la belleza de lo que veían sus ojos y sentía nostalgia por una vida que no había vivido. También le daba miedo el futuro, un futuro que él no iba a vivir, pero que podía ponerse muy feo si Atanasio y Constantino se salían con la suya. Se imaginó a decenas de jóvenes leyendo el libro que estaba escribiendo Atanasio e intentando imitar su vida, la vida de Antonio, ¡la falsa vida de Antonio!, el intachable asceta entre los ascetas. Decenas de jóvenes que pronto se convertirían en centenares y en millares. Hombres y mujeres. Veía cientos de mujeres con el rostro de su hermana mirándole con el ceño fruncido y señalándole acusadoramente con el dedo, adolescentes educándose en la castidad y la obediencia de por vida, repartiéndose por todos los rincones de la tierra, incluidos los lugares remotos que todavía no habían sido descubiertos por los navegantes. Las imágenes de ese futuro oscuro llenaban la cabeza de Antonio como en su día la llenaron los demonios, pero por suerte ahora era más fácil para él salir de la espiral de pensamientos sombríos, solo tenía que abrir bien los ojos y fijarse en lo que tenía delante de sus narices, ya fuese el horizonte con el paisaje de las montañas y el mar, el movimiento del agua brotando del manantial y formando un arroyo, o incluso las carreras que se pegaba el jabalí por la terraza. Y, por supuesto, los dos amantes amándose.

Qué mareo. De verdad que lo único que me apetece ahora mismo es seguir hablando, pero paro y como algo o me voy a caer redonda. Literal. Ya seguiré otro día releyendo los cuadernos con recuerdos. Lo urgente ahora es meter los espaguetis al microondas y comer, ¡comer! Y después, hablar con Inés.


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