Sesenta metros cuadrados. Capítulo 37

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TREINTA Y SIETE

Jueves, 1 de enero de 2015

Año nuevo. Y lo empiezo acompañada de san Antonio. De san Antonio y del jabalí. Durmiendo mil horas y soñando con ellos. Y con más gente, entre otros con mis padres y mi hermana, con Saúl el sefardí y con santa Brígida y sus ocho hijos subidos en un trineo. De lo de santa Brígida tiene la culpa Niklas, que, desde que le hablé de lo de san Antonio, se ha emocionado con el tema de los santos y las santas y no para de traerme libros, primero los de san Atanasio y Flaubert sobre san Antonio, y ahora este sobre santa Brígida. Pero me ha asegurado que este último ha sido sin querer, que se lo ha encontrado de casualidad en una tienda de segunda mano cerca de Pajala a la que ha ido con sus familiares de Estados Unidos. Estaba echando una ojeada y de repente vio un libro sobre santa Brígida: Vida y escritos selectos. ¡Y en inglés! Le hizo gracia y lo compró para traérmelo. Le sonaba que santa Brígida era una santa sueca. Y sí, sí que lo es, lo pone en la parte de atrás del libro, al parecer la más importante de todas las santas suecas. Me lo trajo envuelto cuidadosamente en papel de periódico y, al dármelo, intentaba explicarme que a él los santos y las santas, en realidad, le interesan bien poco. Y yo diciéndole que tres cuartos de lo mismo, que a mí tampoco me han interesado nunca, pero que con san Antonio tenía que hacer una excepción, aunque solo fuese por los años de estudio que le había dedicado mi padre. No nos interesaban los santos, pero bien que nos pusimos a leer el libro de santa Brígida. Así, de lectura matutina, desnudos en la cama debajo del edredón leyendo las revelaciones de santa Brígida, que, mira por dónde, también hablaba de las tentaciones de los demonios, en concreto, del diablo. Leímos sobre las tentaciones del diablo a la novia, aunque no nos quedó muy claro si la novia era ella misma o a quién se estaba refiriendo. Brígida era de familia noble y vivió en el siglo XIV, mil años después de san Antonio, y aunque tuvo ocho hijos, le dio tiempo a viajar mucho: Santiago de Compostela, Roma, Jerusalén… La hicieron santa poco después de morir y, al cabo de los años, también hicieron santa a una de sus hijas, Catalina. Rezaban mucho juntas, Catalina y Brígida, y una de las cosas que consiguieron averiguar con sus rezos fue el número de golpes que recibió Cristo desde que le detuvieron las autoridades romanas hasta que murió en la cruz. Lo preguntaban y lo volvían a preguntar mientras rezaban hasta que un día el propio Cristo se les apareció y les dio la respuesta exacta: cinco mil cuatrocientos setenta y cinco golpes. Ni uno más ni uno menos.

A ver, no nos hemos pasado los tres días que Niklas ha estado aquí leyendo a santa Brígida, solo fue ese rato. Tres días, que rápido se han pasado, y al mismo tiempo me parece que hubiese estado una semana aquí conmigo, o más, una sensación como de vivir juntos y de que fuese la cosa más normal del mundo. Ayer por la mañana, no me apetecía que se fuese, y a él tampoco le apetecía irse, pero quería pasar el fin de año con sus familiares antes de que se volviesen a Estados Unidos. Ahora mismo, estará llevándolos al aeropuerto. Pero tengo que reconocer que también es verdad que luego, cuando se fue, me senté un rato a leer en la mecedora y me di cuenta de que llevaba días con ganas de tener un rato así, sola, a mi bola y tranquila, y en silencio. Y es que Niklas había aparecido justo cuando acababan de marcharse Rebecka y Eva, que vinieron a traerme a casa y al final se quedaron aquí a dormir una noche. Y antes de eso, los días navideños, con ellas y con Gunnar, la excursión improvisada de Nochebuena a la casa del tío Erik. Total, que llevaba más de una semana sin un momento para estar sola y lo pillé con ganas.

No duré mucho rato en la mecedora, me entró un rabo de lagartija en el cuerpo y me puse a limpiar, limpieza general de la cabaña, limpieza de fin de año. La cabeza me iba a toda velocidad, dándole vueltas a las cosas que me han pasado en estos últimos días, que son muchas, y con la sensación de que todo se está poniendo otra vez en marcha. Me refiero a que yo me estoy poniendo otra vez en marcha, lo quiera o no lo quiera, y el caso es que quizá sí que quiero. Después de limpiar, hice un par de llamadas a España, a mi hermana, que no me lo cogió, y a Javier Román, que tenía pendiente llamarle desde hace meses y ya he aprovechado para felicitarle el año y las Navidades. Qué bronca me ha echado por desaparecer así, estaba preocupado, pero también qué contento se ha puesto. Después de hablar con Javier, me puse a preparar la cena; mi primera cena de fin de año sin uvas y sin tele, y aunque intenté aguantar hasta las doce para felicitarme a mí misma el nuevo año, creo que no eran ni las diez y media cuando me quedé dormida en la mecedora. No tenía cava para brindar, pero sí whisky del que trajeron Rebecka y Eva, y snuss, el tabaco ese que fuma Niklas. Bueno, creo que no se puede llamar fumar a meterse una bolsita de tabaco entre los dientes y la encía, pero menudo mareo que da, al menos a mí, que no estoy acostumbrada a la nicotina. La combinación de whisky, snuss y mecedora me dejó fuera de combate bastante rápido; cuando me desperté, eran las tres de la mañana y en la chimenea solo quedaban las brasas. Conseguí salir de la mecedora, fui como una zombi a beber agua y a lavarme los dientes y me metí en la cama. Y hasta ahora, que son, a ver dónde he puesto el reloj. Pues las dos de la tarde. ¡Las dos de la tarde!

Las pocas horas de claridad ya han pasado y ha vuelto a hacerse de noche. Pero qué gusto dormir así, tanto y tan a gusto, y con sábanas limpias. Solo he salido un momento de la cama para abrir las cortinas y para coger la grabadora, que la tenía en la mesita del salón, y ahora vuelvo a esconderme aquí, debajo del edredón. Está nevando y está todo oscuro, pero se ven los copos de nieve chocar contra la ventana, y estaba nevando también en mi sueño justo antes de despertarme.

San Antonio en la nieve. Ha sido un sueño muy raro, y muy largo. Solo recuerdo la última parte, pero la sensación que tengo es la de que, antes de llegar a esa última parte, ya hubiesen pasado otro montón de cosas. Veníamos de viaje en una caravana de trineos tirados por renos, en una caravana sami, e íbamos vestidos con pieles de los pies a la cabeza, vestidos de samis, como las personas de las fotos que había por todas partes en la cabaña del tío Erik. Menudo personaje el tío Erik; al final, no me quedó claro de quién es tío: ¿tío de Rebecka?, ¿tío de Astrid?, ¿de ninguna de las dos? El caso es que es de la familia y es imposible hacerse una idea de cuántos años tiene. Es bajito, moreno y con el pelo más negro que el mío, y tiene la piel de la cara cortada y arrugada como una pasa, los efectos de tantos años de sol, nieve y viento. Hace dos años, le convencieron para que se jubilase y dejase los renos a cargo de un sobrino-nieto suyo, pero, aun así, al parecer, cuesta que se mantenga al margen, tiene opiniones para todo y no suelen ser buenas cuando se trata de nuevos hábitos en el trabajo con los renos. Esto me lo iba contando Rebecka en el coche mientras íbamos hacia su casa en la mañana del día veinticuatro. En la parte de atrás del coche, iban Eva y Gunnar hablando de los submarinos rusos y de la Guerra Fría del Ártico, Eva estaba tanteando el terreno e intentando hacerse una idea de hasta dónde llegaba la obsesión de Gunnar.

La idea de ir a visitar al tío Erik había sido muy improvisada. Rebecka se había encontrado en el supermercado al sobrino-nieto del tío Erik, el que se encarga de los renos, y al preguntarle por el tío Erik, le contestó que andaba enfurruñado, más de lo habitual, y que no iba a ir a celebrar la Nochebuena con ellos como solía hacer, ni con ellos ni con nadie, la iba a pasar solo en su cabaña. Le había llamado varias veces, había ido a su casa a tratar de convencerle, y no solo él, también su padre, su tía, sus primos…, pero nada, ninguno había conseguido que cambiase de opinión. Rebecka nunca ha celebrado la Nochebuena con esa parte de la familia, son familia lejana, y no tiene muy claro quién es quién en el árbol genealógico. Astrid sí que tenía más control, pero a ella se le mezclan todos los parentescos y los nombres. Pero al tío Erik le tiene mucho cariño. Un cariño recíproco. Dice Rebecka que más de una vez, y más de dos y más de tres, se ha refugiado en la cabaña del tío Erik cuando sale a hacer rutas largas con los esquíes. El tío Erik no solo le tiene cariño a Rebecka, también admira mucho a Gunnar, dice que parece mentira lo bien que esquía pese a no ser sami, y que si los jóvenes samis esquiasen tan bien como ellos, como Gunnar y Rebecka, no volverían tan locos a los renos con el ruido de las motos de nieve todo el día zumbando alrededor.

Y hablando de esquíes, es precisamente en esquíes como llegamos el otro día hasta su cabaña. Aparcamos el coche en la carretera, en Ritsem, y cruzamos esquiando al otro lado del lago. Yo había ido mirando un mapa que había en el coche. Estábamos más al norte y más al oeste de Kvikkjokk. Esta carretera que pasa cerca de aquí termina en Kvikkjokk, pero para ir a la casa del tío Erik habíamos ido a la montaña por otras carreteras, primero en dirección a Kiruna y luego, poco después de pasar Porjus, desviándonos hacia Noruega. En un punto de la carretera, mucho antes de llegar a Ritsem, Rebecka paró el coche un momento para señalarnos el río y decirnos que justo ahí, debajo del agua, estaba la casa vieja de sus abuelos, los padres de Astrid, la casa que quedó cubierta por el agua cuando construyeron la presa. En la otra orilla del río Lule, está la casa nueva, la única que ella conoció de sus abuelos y en la que ahora vive esa tía suya a la que dice que debería de ir a visitar más a menudo. La carretera iba muy cerca del río, y según avanzaba la mañana, cada vez se iba viendo el paisaje con más claridad. Rebecka había calculado el trayecto del viaje para llegar a Ritsem en el momento de máxima luz, sobre la una del mediodía. Ni siquiera entonces está el sol por encima del horizonte, pero por lo menos habría claridad. El tío Erik no vive en Ritsem, pero Ritsem es el lugar más cercano a su casa al que se puede llegar en coche. Cuando llegamos allí, aparcamos, nos pusimos los esquíes y cruzamos el lago. Menos mal que Rebecka me enseñó a esquiar el mes pasado, me sentí muy orgullosa de poder cruzar el lago esquiando como una más. Bueno, como una más es decir mucho.

Gunnar estaba feliz; el cardiólogo le tiene prohibido esquiar, así que estaba disfrutando de lo lindo haciendo una excepción, y aprovechaba para ir a mi lado corrigiendo mi técnica, unas cuantas cosas que, según él, Rebecka me ha enseñado mal. Rebecka y Eva tardaron un poco más en ponerse en marcha con los esquíes porque estuvieron empaquetando las cosas en el trineo. Habíamos traído un trineo en el maletero del coche y en el trineo iba la cena de Nochebuena. Rebecka y Eva se fueron turnando para ir tirando del trineo hasta llegar la cabaña del tío Erik, al que, por cierto, no habíamos avisado de que llegábamos y no sabíamos si en el último momento alguien le habría convencido para irse a celebrar la Nochebuena a otra parte. De todas maneras, estuviese o no estuviese, Rebecka decía que la puerta estaría abierta y que podríamos cenar allí dentro. Pero estaba, claro que estaba, estaba el tío Erik y estaba su perro, que salió a recibirnos a toda velocidad. El tío Erik también salió a ver quién venía, nos saludó desde lejos con la mano y volvió a meterse en la cabaña a poner la cafetera. Le hizo ilusión la visita, no lo dijo con esas palabras, pero se le notaba. Bueno, no sé qué palabras usó para decir unas cosas u otras porque no habla ni una palabra de inglés, solamente sueco y sami. Sueco con Gunnar y con Eva, y sami con Rebecka. Y conmigo lenguaje de señas, pero nos entendimos perfectamente, le hablé de muchas cosas: del tío Darío y de las ovejas, de los refugios de los cabreros en los caminos de las Arribes, de las centrales eléctricas en el Duero, y otras muchas cosas que solo eran señas y que no tienen traducción a ningún otro idioma.

En el sueño de esta noche, han aparecido los dos juntos: el tío Erik y el tío Darío, iban los primeros en la caravana de renos y trineos, esquiando los dos, charlando y gesticulando mucho. Detrás de ellos, iban dos renos tirando de un trineo en el que iba subida santa Brígida con sus ocho hijos. Lo curioso es que los ocho hijos tenían todos el mismo tamaño, eran ocho bebés, y supongo que santa Brígida no tuvo octillizos, pero con los sueños ya se sabe, que puede pasar cualquier cosa. Detrás de santa Brígida y los bebés, íbamos san Antonio y yo, también esquiando, seguidos por otro trineo en el que iba tumbada Inés embarazadísima y tapada por una piel de oso. Lo único que le asomaba era la cabeza. El oso, me iba contando san Antonio, era un animal sagrado para los samis, hasta el punto de que una vez que lo cazaban y se lo comían, ponían todos los huesos en orden y lo enterraban todo con cuidado, como si fuese una persona. Así, bien enterrado y con los huesos en la posición correcta, el oso podría regresar al lugar de donde había venido y contarle a los dioses que los samis lo habían tratado con respeto. Los dioses, a cambio, cumplirían con su parte del pacto y enviarían nuevos osos para que los samis pudiesen alimentarse y vestirse con buenas pieles. Todo esto que me iba contando san Antonio, me lo había contado el tío Erik en la cena de Nochebuena mientras comíamos carne de oso. ¡Carne de oso! Tenía carne congelada de un oso que había cazado en septiembre, y esa iba a ser su cena, pero nosotros traíamos un montón de comida en el trineo y lo pusimos todo en común. Cuando me estaba terminando mi plato, el tío Erik me hacía gestos señalándome los huesos del oso, quería que los pusiese en una bandeja especial cuando los hubiese rebañado bien, una bandeja que solo usaba para esos huesos. Entonces, me habló, primero con gestos y luego en sami, de la ceremonia tradicional de enterrar los huesos de los osos. Rebecka hizo la traducción al inglés para que yo me enterase de algo, y en el sueño, san Antonio me lo estaba contando en español, que digo yo que será la traducción automática que hace mi cerebro de lo que escuché en Nochebuena. O vete tú a saber.

San Antonio también me estaba hablando de otras de las cosas de las que habíamos charlado en la cabaña del tío Erik, en concreto, de Laestadius, el sacerdote cristiano que había conseguido que la mayoría de los samis se convirtiesen al cristianismo en el siglo XIX, después de muchos siglos de intentonas sin mucho éxito. Laestadius nació en Arjeplog y creció en Kvikkjokk, y aunque el idioma de sus padres era el sueco, de niño también aprendió a hablar el idioma sami a fuerza de jugar con los niños samis que vivían por allí. Por otro lado, su tío, que era sacerdote, le enseñó latín y griego y le preparó para que más adelante pudiese estudiar el bachiller. Eso hizo, estudiar el bachiller y luego teología en la Universidad de Uppsala. Y se hizo sacerdote. El tío Erik nos contaba que su bisabuelo había conocido a Laestadius en Pajala, cuando ya era un sacerdote muy popular y con muchos seguidores. Aunque también con muchos enemigos. Y es que, entre otras cosas, Laestadius predicaba por el abandono completo del alcohol, cosa que no sentaba nada bien a los taberneros de Pajala, ni tampoco a los dueños de las minas de hierro, a quienes el orujo les era de gran ayuda para convencer a los samis para que trabajasen para ellos. El bisabuelo del tío Erik era seguidor de Laestadius y en las reuniones familiares siempre encontraba una excusa para contar la historieta de aquel día en que Laestadius le había aceptado un regalo, un cuchillo sami hecho por él mismo. En el mango, de cornamenta de reno, había tallado la imagen de una sagrada familia montada en un trineo tirado por renos.

Cuando el tío Erik era pequeño, todos en su familia eran seguidores de Laestadius, y algunos lo siguen siendo. Él lo dejó pronto, demasiadas prohibiciones. Ya era suficientemente dura la vida en Sápmi como para además hacérsela más dura uno mismo: prohibido beber alcohol, prohibido usar preservativos, prohibido ver la televisión, prohibido escuchar música y bailar, prohibida casi cualquier cosa que pueda ser divertida. A mí, según nos iba hablando de la lista de prohibiciones, me estaba recordando a mi san Antonio antes de encontrarse con los hombres y mujeres del valle: todo prohibido; y ante la duda, prohibido también. Quizá por eso en el sueño de esta noche era san Antonio el que me hablaba de Laestadius. Qué gracia, ya le llamo mi san Antonio. Pero no me extraña, ya son unos cuantos meses soñando con él, e incluso tiene acento de Sobradillo cuando habla. En el sueño de hoy, hemos hablado mucho, es la primera vez que sueño con él después de esa avalancha de recuerdos que tuve el día de la aurora boreal; en realidad, es la primera vez que sueño con él desde que empiezo a entender por qué sueño con él, desde que soy consciente de que el libro interminable de mi padre trataba de él y del Moreno de la Seca.

—Te ha costado, Laurita, pero al final lo has conseguido, ya has averiguado por qué sueñas conmigo.

—Más o menos, Antonio, más o menos. Oye, ¿y ahora me llamas Laurita?

—Tu padre te llamaba Laurita, ¿verdad?

—Sí, excepto cuando se enfadaba conmigo, entonces me llamaba Laura, pero eso pasaba de Pascuas a Ramos.

El jabalí también ha aparecido en este sueño, por supuesto, echando carreras en la nieve como un loco, olisqueando el culo de los renos y subiéndose al trineo con santa Brígida y los ocho bebés, metiendo el morro a ver si conseguía que le diese de mamar. Y el paisaje era una mezcla de Jokkmokk y de las Arribes, lleno de nieve como la que hay aquí, pero con caminos como los de las Arribes, con pequeños muros de piedra a los lados del camino y delimitando unas fincas con otras. También las chozas de los cabreros, las cuestas empinadas de repente, las vistas sobre el río Águeda, o sobre el Duero, que cuando íbamos de excursión, nunca me enteraba de cuándo estábamos viendo un río o el otro. Nunca había visto las Arribes cubiertas de nieve, y no era solo la nieve lo que hacía que el paisaje se pareciese también al de aquí en Sápmi: de repente, en el lado izquierdo del camino, desaparecían los campos de cultivo y los muros de piedra cubiertos de nieve y aparecía un lago helado, un lago como el que cruzamos en Nochebuena para ir a ver al tío Erik. En el sueño, nos pusimos a cruzar el lago con la caravana de los renos y trineos.

—¿Es este el lago donde vive el tío Erik?

—¿Qué voy a saber yo? Eres tú la que lleva seis meses viviendo aquí. Y da gracias a que haya aprendido a esquiar tan rápido, que a mi edad tiene mucho mérito.

—Oye, Antonio.

—Dime.

—¿Cómo se lleva eso de darse cuenta a los noventa y cinco años de que se ha pasado uno la vida equivocado?

—¿Equivocado?

—Bueno, sí, lo que te pasó a ti, que te diste cuenta de que lo que tenías que hacer era reconciliarte con tus demonios en lugar de luchar contra ellos, y que solo entonces, a tus noventa y cinco años, empezaste a disfrutar de la comida, del vino, de la ternura, de los pensamientos agradables, de los recuerdos… ¡incluso del agua fresca!

—¡Ah, te refieres a eso! Pues, mira, nunca lo había pensado así, lo de que estuviese equivocado y de repente dejase de estarlo. Aunque te reconozco que tiene toda la lógica del mundo, sobre todo viéndolo desde fuera, que es como tú lo ves.

—¿Y tú cómo lo ves?

—No sé, más bien como una consecuencia de toda mi vida anterior, como que llegó un punto en el que estábamos tan agotados, tanto los demonios como yo, que no nos quedó otra que reconciliarnos. Y al reconciliarnos se me pasó el agotamiento, fue como volver a nacer. Quiero decir, volver a nacer por dentro, porque por fuera seguía siendo un anciano de noventa y cinco años. No soy capaz de separar una cosa de la otra, los años de lucha con la reconciliación.

—Pero podrías haberte dado cuenta a los treinta y cinco años en lugar de a los noventa y cinco.

—¿Treinta y cinco como los que tienes tú?

—Me has pillado.

—Por supuesto, no habría estado nada mal darme cuenta a los treinta y cinco años, habría comido mucho menos pan duro y lo habría pasado mejor en muchos momentos, ¡por no decir en todos! Pero, mira, las cosas se dieron así y la alegría que sentí en mis últimos años de vida fue tan grande que no se me ocurría pararme a darle vueltas a cómo me habrían ido las cosas si tal o si cual. Fíjate, ahora que lo pienso, ese era justamente uno de los demonios con los que más luchas tenía, un demonio que se dedicaba a susurrarme al oído comentarios sobre todas las cosas que yo había hecho durante el día, o en cualquier momento de mi pasado, un demonio que a cada cosa que hacía le buscaba tres pies al gato y acababa convenciéndome de que me había equivocado. En fin, que vivía lleno de culpas por lo que había hecho en el pasado y obsesionado pensando que debería haber actuado de forma diferente. Y eso que la mayoría de las cosas eran detalles insignificantes. Recuerdo cuando me pasé semanas enteras mortificándome pensando en una cesta de frutas. En uno de mis viajes a Alejandría, unos caminantes me ofrecieron fruta de una cesta que llevaban. Elegí un melocotón, solo uno, aunque me insistieron varias veces para que cogiese más. Cuando se marcharon, me felicité por haber resistido la tentación de coger dos, pero rápidamente me di cuenta de una cosa: no había escogido el melocotón más podrido de la cesta. Y debería haberlo hecho. Había visto perfectamente el melocotón medio podrido, pero había cogido otro. ¿Con qué derecho cogía yo un melocotón maduro y dejaba el melocotón podrido para ellos, que tan amables habían sido conmigo? No podía soportar la vergüenza que sentía, así que me metí los dedos en la garganta hasta que conseguí vomitar el melocotón. Y no vomité nada más porque no tenía nada en el estómago, solo la bilis. Sí, el sabor agrio de la bilis es lo que me merecía, y lo único que consiguió calmar mi mala conciencia en aquel momento. Aunque luego volvía, la mala conciencia siempre volvía, me pasé semanas pensando en el dichoso melocotón. Incluso años después, en algún momento tranquilo en el que milagrosamente no tenía ninguna otra preocupación en la cabeza, me venía a visitar ese demonio, el demonio de la culpa, y me susurraba al oído: «Sí, sí, ahora te crees que estás en paz contigo mismo, pero acuérdate de que elegiste el melocotón maduro antes que el podrido». Y ese es solo un ejemplo entre muchos. No te puedes hacer una idea de la tranquilidad que supone no tener esa voz en la oreja todo el tiempo. Vamos, es que ni se me ocurre pararme a pensar en que se podría haber marchado antes; con tal de que no esté ya es un alivio…, un alivio…

—Un alivio total.

—Eso, un alivio total. Total, absoluto. Mira, una expresión que me viene mucho a la cabeza para entender mi estado de ánimo desde que conocí a los hombres y mujeres del valle es la de perdón absoluto, y perdón absoluto implica no solo perdonarme a mí mismo por todos los melocotones maduros que me haya comido, sino perdonarme también por no haberme comido más, perdonarme por haber tenido que esperar a los noventa y cinco años para entrar en razón. No sé si me sigues.

—Creo que sí. Pero…

Iba a preguntarle algo más, pero, en ese momento, se dio la vuelta santa Brígida, que iba delante de nosotros subida en el trineo con sus hijos y se puso a meter baza. Decía que el perdón absoluto teníamos que agradecérselo a Cristo y a los cinco mil cuatrocientos setenta y cinco golpes que recibió en su calvario. San Antonio no estaba de acuerdo, había pensado mucho —demasiado— en ese martirio de Cristo, y durante años había deseado para sí un martirio parecido, hasta el punto de desarrollar con ahínco la práctica de martirio interior que tanto había entusiasmado a san Atanasio. Pero no. Los cinco mil cuatrocientos setenta y cinco golpes de Cristo eran algo que no había que desearle a nadie, no tenía ningún sentido elevar el sufrimiento a un pedestal, y mucho menos a un altar. Es verdad que él no se lamentaba por haber estado sufriendo hasta los noventa y cinco años, simplemente se habían dado así las cosas, pero tampoco le parecía algo necesario, y mucho menos deseable. Si alguien se reconciliaba con sus demonios a los cincuenta, a los veinte o a los treinta y cinco, ¡pues mucho mejor que a los noventa y cinco! Santa Brígida no daba crédito a lo que oía.

—Querido Antonio, no te reconozco en tus palabras, con la devoción que te he tenido yo, que me he leído tu biografía desde la primera página hasta la última, y de la última a la primera, setenta veces siete, si me sé de memoria el discurso que diste a los monjes de Crocodilópolis: «Pues un temor grandísimo y el miedo de los tormentos ahuyentan la dulzura del placer y hace firme el alma vacilante». ¡Mira! Mira cómo abre los ojos y sonríe la pequeña Catalina al oír tus palabras; de todos mis hijos, ella va a ser sin duda la más devota y penitente.

—Querida Brígida, tienes razón al decir que esas palabras son mías, pero no se corresponden con mis pensamientos en los últimos años de mi vida. Atanasio no quiso aceptar mi reconciliación con los demonios, me acusó de haberme dejado poseer por ellos y no me dejó salir a predicar nunca más. Pero ahora tenemos tiempo de sobra y voy a contártelo todo.

Antonio empezó a relatarle a Brígida su encuentro con los hombres y mujeres del valle, y ella no paraba de hacer aspavientos; yo les dejé charlando y me fui hacia atrás en la caravana de trineos. Quería hablar un poco con Inés, pero cuando me acerqué a ella, vi que estaba profundamente dormida debajo de la piel de oso. Al acercarme, me di cuenta de que había algo más en el trineo, o alguien. Era Andrés, mi cuñado, acurrucado a sus pies y también dormido, roncando. Habría estado bien hablar con Inés, pero por nada del mundo querría que se despertase Andrés, así que me quedé parada y dejé que el trineo me adelantase.

La caravana continuaba y se escuchaban voces que venían desde atrás y que enseguida me alcanzaron, eran Eva y Rebecka esquiando, y detrás de ellas, cinco renos tirando de un trineo muy grande en el que había montada una tienda de campaña tradicional de los samis, como la que tenía el tío Erik al lado de su cabaña, la que usa para ahumar la carne de reno, con un agujero en el centro para que salga el humo. Me puse al lado de ellas, de Eva y de Rebecka, pero estaban tan metidas en su conversación que tardaron un rato en darse cuenta de mi presencia. Fue Eva la primera que me vio:

—¡Anda! Pero si tú también estás aquí. Llevamos un rato intentando averiguar dónde estamos. Esto es muy raro. Mira, este lago que acabamos de cruzar se parece mucho al que hay al lado de la cabaña del tío Erik, pero no es exactamente igual, y ahora que estamos llegando al otro lado del lago, no reconocemos nada de lo que vemos. ¿Y esos pájaros tan grandes? ¡Parecen buitres! Pero si en Sápmi no hay buitres, no creo que los haya ni siquiera en el sur de Suecia.

—Son buitres de las Arribes del Duero, y el Duero es un río que nace en España y desemboca en Portugal, en concreto en Oporto. No me hagáis mucho caso, pero yo diría que este paisaje que vemos es una mezcla entre Jokkmokk y las Arribes del Duero, los campos cercanos a Sobradillo, el pueblo de mi padre.

—¿En serio? Ay, Laura, que creo que es donde estamos, esto tiene que ser uno de tus sueños, esos sueños tan nítidos que has empezado a tener aquí en Jokkmokk, de los que me estuviste hablando el otro día. No me extrañaría que anduviese también por aquí tu san Antonio.

—Sí, y tanto que está, acabo de estar charlando con él, va delante de ese trineo, le he dejado hablando con santa Brígida.

Y claro, en ese instante, al escuchar las palabras de Eva, me di cuenta de que estaba dentro de un sueño y a punto estuve de despertarme. Hice el comentario de lo de san Antonio y santa Brígida y luego noté como el blanco de la nieve iba creciendo por todos los rincones y, comiéndose el resto de la escena, seguía viendo a Rebecka y a Eva, veía como movían los labios y los brazos, pero estaban cada vez más borrosas y había dejado de oír sus voces. Me había hecho consciente de que estaba en un sueño y, si no hacía nada para remediarlo, me iba a despertar. ¡Pero no me quería despertar! En un arrebato, giré la cabeza, aparté la mirada de Rebecka y de Eva y me fijé en los cinco renos que venían detrás de ellas, cinco renos tirando de un trineo mucho más grande que los anteriores y con una tienda de campaña sami montada encima. Gracias a eso, a poner mi atención en otro sitio, conseguí continuar dormida: volvió la nitidez a las imágenes y me olvidé de que estaba dentro de un sueño. Y eso que me habría encantado poder mantenerme dentro del sueño siendo consciente de que era un sueño y haber continuado la conversación con Eva, saber qué opinaba ella y que conclusiones sacaba de lo que veía en el sueño.

A ver, espera, qué tonterías estoy diciendo; si la que está soñando soy yo, entonces todo lo que diga Eva dentro del sueño serán cosas que me estoy inventando, o cosas que ya ha dicho Eva en otra ocasión en mi presencia. Vamos, que para averiguar qué opina Eva del sueño, tendré que esperar a verla y relatárselo. Y a lo mejor puedo hacerlo pronto, con suerte mañana mismo. Han bajado a Vilhelmina a pasar la Nochevieja con la familia de Eva y el plan que tienen es volver a Luleå pasando por Jokkmokk, más que nada para ver qué tal sigue Gunnar ahora que ha empezado a tomarse las hierbas que le ha dado Anki, a ver si le funciona la medicina tradicional sami mientras espera a que llegue el día de la cita en la consulta del psiquiatra, que no se la han dado hasta finales de enero. Van a pasar a ver a Gunnar, pero el plan, según me dijeron, es pasar también por aquí a saludarme, justamente para que Eva y yo podamos seguir hablando de lo mío, de mis recuerdos y de mis sueños, de mi «memoria superlativa», como ella la llama. Habíamos tenido esa conversación pendiente desde antes de la Nochebuena, pero, por unas cosas o por otras, los días iban pasando y no nos poníamos a hablar del tema. Al final, cuando vinieron a traerme a casa después de la excursión a casa del tío Erik y de los días en casa de Gunnar, nos preparamos una cafetera, y Eva me pidió que le contase todo desde el principio, desde el primer recuerdo vivido que tuve en agosto, cuando me puse a reconstruir mentalmente la habitación en la casa de los abuelos en Sobradillo y de repente el recuerdo se puso en movimiento. Rebecka también quería escuchar la historia, y las dos tenían muchísimas preguntas. Nos dieron las mil y decidieron que se quedaban a dormir. Pasamos del salón a la sauna y luego de vuelta al salón, de los cafés al vino tinto y del vino tinto al whisky. Eva estaba fascinada, decía que nunca le habían contado algo así en primera persona. Había leído artículos y libros, casos clínicos de gente con una memoria fuera de lo normal, pero nunca había tenido delante un ejemplo andante. Lo que yo le iba contando le recordaba a un caso que había leído, no sabía dónde, si en una revista o en un libro, el caso de una persona que en un momento dado de su vida, ya adulta, empezó a tener recuerdos muy vividos del pueblo donde pasó su infancia y se puso a pintar lo que se le aparecía en sus recuerdos. Pero su memoria, la de Eva, no era tan buena, y no conseguía acordarse de dónde lo había leído ni de más detalles. Quedamos en que buscaría información, no solo de ese caso, sino de otros, posibles explicaciones a lo que me estaba pasando a mí. Quizá, si vienen mañana, se haya acordado ya de algo más. Aunque supongo que no, todavía no han pasado por Luleå y dice que tiene que rebuscar entre el caos de libros, apuntes y revistas que tiene allí en las cajas de mudanza. Porque, al final, Rebecka cedió y solucionaron el conflicto. Eva se ha mudado a su casa y, según parece, están las dos muy contentas.

Noto como me ruge la tripa del hambre que tengo. Otra vez lo mismo de siempre. Debería parar de grabar, salir de la cama y ponerme a preparar el desayuno. Pero quiero terminar de contar el sueño porque, si no, se me van a ir olvidando los detalles; mejor sigo aquí un poco más. Y cuando salga de la cama, paso de desayuno y me hago directamente la comida: un arroz a la cubana, no sé ni el tiempo que hace que no como arroz a la cubana. ¿Diez años? No me extrañaría. Qué rico. Pero pensar en el arroz a la cubana no ayuda a que me deje de rugir la tripa.

Vuelvo al sueño, a la nieve, al lago que acabamos de cruzar y a los buitres que hay en la orilla a la que hemos llegado: dos buitres comiéndose un reno blanco. Me paro un momento a mirarlos y me descuelgo definitivamente de Eva y de Rebecka, que siguen esquiando y se han puesto a hablar de muebles para su terraza. La escena me recuerda a la del buitre comiéndose una nutria que vi en a las Arribes con mi madre y mi hermana. Mi madre, ¡la voz de mi madre!, estaba mirando los buitres y recordando esa excursión cuando de repente escuché la voz de mi madre.

—¡Laura, ven aquí! Que si sigues ahí como un pasmarote, te vas a quedar atrás. Como siempre.

—¿Mamá?, ¿eres tú?, ¿dónde estás? Te oigo, pero no te veo. ¿Dónde quieres que vaya?

—Pues dónde va a ser. Estamos aquí, dentro de la tienda de campaña.

¡Claro! La tienda de campaña sami que iba montada encima del trineo grande tirado por cinco renos. Ya me había olvidado de ella. Cuando escuché la voz de mi madre y me di la vuelta, los renos me estaban mirando fijamente, parecía como si entendiesen nuestras palabras y estuviesen esperando a que me quitase los esquíes y me subiese al trineo. Y eso es lo que hice: quitarme los esquíes, subir al trineo y meterme dentro de la tienda de campaña. Me latía el corazón muy rápido, estaba ansiosa por ver a mi madre y hablar con ella. Y la sorpresa fue aún mayor cuando, al entrar en la tienda, vi que no solo estaba mi madre, sino también mi padre. Estaban los dos, mi madre y mi padre, los dos con aspecto joven, más o menos con la edad que tendrían cuando nací yo. Y había también una tercera persona en la tienda, un señor muy moreno con hábito de monje y un turbante en la cabeza. Mi padre es el primero que habló:

—Laurita, te presento a Alejandro, el Moreno de La Seca

Y dicho eso, nos quedamos un momento en silencio y luego nos pusimos a hablar todos a la vez. Sí, un poco locura lo de hablar todos a la vez, pero funcionaba; pese al caos de palabras cruzadas, me estaba enterando de todo. Mi madre me preguntaba por la vida en Laponia, por las excursiones con los esquíes, por los parques naturales, también por el trabajo, por Marcos… Y yo la informaba de todas las novedades, que la verdad que ya no son tan novedad, la ruptura con Marcos fue hace ya más de dos años y el trabajo lo dejé a mediados de abril y ya estamos en diciembre, perdón, ¡en enero! Al mismo tiempo, paralelamente, mi padre y el Moreno de La Seca me iban contando las aventuras del Moreno desde que salió de su pueblo en el interior de Egipto hasta que llegó a Sobradillo, primero al convento de Santa Marina La Seca y luego los años que pasó escondido en las Arribes, cerca de El Buraco. No soy buena manteniendo dos conversaciones a la vez, creo que nadie lo es, al menos en la vida real, pero en el sueño funcionaba perfectamente. De hecho, mientras mantenía las dos conversaciones, aún era capaz de tener abierta una tercera línea de pensamientos en la que justamente pensaba sobre eso, sobre lo fácil que estaba siendo hablar por un lado con mi madre y por el otro con mi padre. Mi madre preguntándome, sin pelos en la lengua, que ya que con Marcos nada, entonces qué tal me iban los suecos, si ya me había liado con alguno. Y yo «¡pero, mamá!», aunque al final hablándole de Niklas, contándole que acababa de estar de visita y que todavía huele a él la almohada. Se ducha, sí, pero no tanto como Marcos. Y mientras tanto, mi padre y el Moreno sacando libros y mapas de un baúl que de repente había aparecido dentro de la tienda de campaña. Un mapa de Europa y del norte de África del siglo XVI en el que el Moreno me iba mostrando todos los lugares por los que había pasado: Alejandría, Jerusalén, Trípoli, Constantinopla, Budapest, Viena, Venecia, Assisi. En Asissi conoció a unos monjes, franciscanos como él, que se dirigían hacia España y que le convencieron para que peregrinase con ellos a Santiago de Compostela. No les costó mucho convencerle. El Moreno había viajado a Asissi para visitar los lugares de los que tanto había oído hablar en las lecturas de la vida de san Francisco: quería pasear por las mismas calles, rezar en las mismas ermitas, dormir en las mismas cuevas… Necesitaba motivación porque notaba que le faltaba algo, que la vida de monje no acababa de convencerle del todo, ¿quizá no era la adecuada para él? En fin, sentía dudas y esperaba que el contacto con los lugares en los que había vivido Francisco se las quitasen. Tampoco le ayudaba mucho el libro que llevaba siempre consigo en su bolsa, viajase donde viajase, la autobiografía de Antonio. Le quemaba en el alma, no sabía qué hacer con ella. A veces pensaba que debería entregarla en la biblioteca de alguno de los muchos monasterios por los que pasaba. Pero ¿qué harían con ella?, ¿y qué harían con él? Como mínimo, le someterían a un buen interrogatorio para que explicase de dónde lo había sacado y por qué no lo había entregado antes. Y no tenía una buena respuesta para eso. Recién salido de su pueblo, cuando llegó a Alejandría y se puso en contacto con otros cristianos, no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que el contenido del libro de Antonio era una herejía como la copa de un pino. En su pueblo, también había cristianos: él mismo, su familia, la sacerdotisa que le había animado a llevarse una copia del libro de Antonio, los vecinos…, pero eran otro tipo de cristianos, no tenían nada que ver con los cristianos que se había encontrado en Alejandría y en el resto de ciudades de su peregrinaje. Al principio, pensó que era un problema del idioma, que no se estaba enterando bien de la doctrina que predicaban, que todo era un malentendido. Pero según iba aprendiendo idiomas, según iba viajando y conociendo a cristianos de otros lugares, se daba cuenta de que no era un malentendido, que la doctrina que predicaban en todos los sitios menos en su pueblo chocaba con muchas de las ideas de Antonio, del Antonio de su libro. Lo curioso es que, fuese a donde fuese, se encontraba con que todo el mundo conocía a Antonio, y se les saltaban las lágrimas de la emoción cuando les decía que él había nacido en uno de los pueblos en los que había predicado Antonio. Tenían a Antonio en un pedestal, pero era otra versión de Antonio, una versión mucho más siniestra.

La visita a Assisi no había surtido el efecto esperado. El Moreno seguía siendo un mar de dudas y, después de Assisi, ya no sabía a dónde ir, por eso no se lo pensó dos veces cuando le propusieron peregrinar a Santiago de Compostela, a España. Quién sabe, ¿quizás allí se encontrase con cristianos diferentes?, ¿cristianos como los de su pueblo? Se daba cuenta de lo absurdo de su intento; si quería encontrar a cristianos como los de su pueblo, lo tenía fácil: volver a su pueblo. Pero le apasionaba viajar, conocer nuevos lugares, nuevas gentes. Además, le movía la curiosidad. No podía descartar de antemano que en otro lugar del mundo no hubiese un pueblo parecido al suyo, o una región, incluso un país entero, de cristianos hedonistas, porque, al fin y al cabo, eso es lo que eran en su pueblo, aunque tuvo que salir de allí y leer mucho para aprender esa palabra: hedonistas, o epicúreos. En el pueblo, simplemente lo eran, no necesitaban ninguna palabra para hablar de ello. Había sacerdotes y sacerdotisas, y algunos de ellos tenían hijos, otros no, algunos de ellos se casaban para tener hijos, otros no. Además, los sacerdotes y sacerdotisas lo eran por un tiempo limitado; luego, venían otros y tomaban el relevo, y ellos volvían a dedicarse a trabajar el campo o a pastorear las ovejas. El Moreno vivía bien en su pueblo, pero soñaba con viajar a Alejandría; ¿quizá porque a su madre se le había ocurrido la idea de ponerle el de nombre Alejandro? El único Alejandro del pueblo. Y de Alejandría al mundo. Lo malo es que no conseguía adaptarse, ni al mundo en general ni más en particular a la Iglesia católica, de la que había pasado a formar parte cuando se hizo fraile franciscano en Alejandría. Eran tan bondadosos los frailes con los que se había encontrado en el mercado de Alejandría, tan sinceros en sus intenciones, que no es extraño que le cautivasen. No paraban de hablar del amor de Dios, el amor de Cristo, el amor de los unos a los otros, y tanto amor por aquí y amor por allá le recordaba a las ceremonias religiosas que celebraban en su pueblo, solo que en el pueblo, además del amor espiritual, practicaban el amor carnal. Las ceremonias eran días en los que nadie trabajaba. La gente iba llegando a la iglesia cargada con comida para poner en común, principalmente panes y peces por su valor simbólico, pero nadie ponía el grito en el cielo si alguien se saltaba la tradición y traía un cordero lechal. Y vino, claro, también traían vino, por el valor simbólico y porque el vino es el vino.

Todo comenzaba con la representación de dos milagros de Cristo, el de los panes y los peces y el de la transformación del agua en vino; luego, se comía y se bebía, y también se hablaba mucho, eso era quizá lo más importante, la clave de la celebración, aprovechar para hablar de las cosas que habían pasado en los últimos meses, desde la ceremonia anterior: problemas que habían surgido, roces entre los vecinos, decisiones sobre asuntos que les afectaban a todos… Los sacerdotes y las sacerdotisas, que siempre eran cuatro o cinco, eran los que se encargaban de mediar en los conflictos y de organizar un poco el orden del día, por ejemplo, estando atentos de cuándo era el momento adecuado de pasar de los grupos pequeños, en los que tres o cuatro vecinos trataban un asunto particular, al grupo grande en el que todo el pueblo participaba y donde se discutían cuestiones más generales. Porque ese era el orden: primero, se solucionaban los conflictos privados, y luego, empezaba la reunión de todo el pueblo junto. Dependiendo de los temas a tratar, podían pasarse más o menos tiempo de reuniones. A veces, si coincidía que tenían necesidad de muchas reuniones pequeñas y luego había una reunión general larga, podía ocurrir que no les daba tiempo a terminar en un día. Entonces, paraban y continuaban al día siguiente. Pero lo habitual era que las reuniones terminasen a media tarde, antes de que se pusiese el sol. El caso es que fuese cuando fuese, a media tarde, por la noche o a la mañana del día siguiente, cuando terminaban las reuniones, bailaban la danza de la concordia y comenzaba la fiesta. ¡Y qué fiestas! No tenían nada que envidiar al carnaval de Venecia, al que el Moreno había conseguido ir a escondidas sin que se enterase ningún otro fraile. Es verdad que en Venecia había mucho más lujo, y, en cierto modo, más desenfreno que en su pueblo, pero solo en cierto modo. El amor carnal se celebraba en cualquier rincón de Venecia, es cierto, personas enmascaradas aprovechando el anonimato de los disfraces para poder hacer todas esas cosas que en el fondo querrían hacer más a menudo, pero que normalmente tenían que reprimir, por eso el desenfreno era aparentemente mayor, porque andaban ansiosos y desatados. Pero pensándolo bien, el desenfreno en las celebraciones de su pueblo estaba a otro nivel, era de otra categoría: vecinos y vecinas que no estaban haciendo nada prohibido, sino actos sexuales que podían realizar en cualquier otro momento, pero que en las fiestas religiosas del pueblo adquirían un significado y una profundidad diferentes, eran la celebración del amor y la concordia que acababan de afianzar después de varias horas de discusiones y acuerdos.

El Moreno, encima de un gran cojín forrado con pieles de reno en mitad de la tienda de campaña, sentado con las piernas cruzadas como un sultán y hablando de la peculiar manera de entender el cristianismo que tenían en su pueblo. Enfrente de él, papá y yo sentados cada uno en su serijo, y mamá a mi izquierda diciéndome cosas al oído y sentada en una piedra, una piedra del camino, de cualquier camino, que es donde más le gustaba sentarse, donde más le gustaba estar a mi madre. Y pensar que esa es tan solo una de las escenas del sueño de esta noche, la que me está pasando ahora mismo por la cabeza mientras sigo tumbada en la cama, arrebujada debajo del edredón y con los ojos cerrados, tirando del hilo de la caravana de los renos. ¡La caravana de renos! Me sucede ahora lo mismo que me sucedió anoche en el sueño: que llevaba tanto tiempo metida en la tienda de campaña con mis padres y el Moreno que ya se me estaba olvidando que íbamos montados en un trineo tirado por cinco renos; por eso, cuando, en un momento dado de la conversación, de las conversaciones, noté el traqueteo del trineo, les dije a todos que se callasen un momento, que teníamos que decidir si seguíamos en la tienda o si queríamos salir a ver cómo iba todo por ahí fuera. Y salimos, vaya si salimos, sobre todo mi padre y el Moreno, que parecía que les hubiesen puesto un petardo en el culo cuando les dije que avanzando un poco en la caravana de renos podían encontrarse con el mismísimo san Antonio discutiendo cuestiones teológicas con santa Brígida de Suecia. Tan rápido se fueron para allá, montados en unos esquíes que habían aparecido como por arte de magia, que a mi padre no le dio tiempo a escuchar lo siguiente que les dije: que Inés también estaba en la caravana, embarazada de siete meses, tumbada en otro de los trineos y tapada por una piel de oso. Y durmiendo; al menos cuando pasé yo por allí, estaba durmiendo. Mi madre, como no había salido corriendo en busca de san Antonio, sí que escuchó lo del embarazo de Inés. Le hizo tanta ilusión que casi se me desmaya allí mismo. Se sentó un momento en el borde trasero del trineo, con los pies colgando, y yo me senté a su lado sujetándola por el hombro porque la verdad es que no la veía muy estable en esa posición. Los renos tiraban del trineo con fuerza y nos movíamos a buen ritmo. Y no era de noche, pero tampoco era de día; en el cielo había una claridad como de amanecer permanente, que es la luz máxima que se puede disfrutar aquí en Jokkmokk en estos días del año. Nos movíamos por un camino serpenteante entre árboles. Todo blanco, por supuesto, una blancura a estrenar, de nieve recién caída que llamaba especialmente la atención al quedarse colgada en las ramas de los árboles, cristalina y centelleante pese a no recibir los rayos directos del sol. Mi madre movía las manos, no le salían las palabras, pero yo sabía que me estaba diciendo que lo que teníamos delante, el camino que veíamos alejarse, era precioso. Al final consiguió hablar:

—Laura, hija mía, esto es precioso. Entiendo que te hayas venido a vivir aquí.

—No me he venido a vivir aquí. Solo estoy pasando una temporada. Creo.

—Al final, es ese el tiempo que estamos en cualquier sitio, una temporada; la vida se pasa volando. Demasiado rápido.

—No te pongas melodramática. ¿Estás triste porque la tuya se terminó así de repente?

—Cómo quieres que esté. Pues sí, un poco triste. ¿Y tú? ¿También estás triste porque desapareciésemos así tu padre y yo?

—¡Claro, mamá! ¿Cómo quieres que esté?

Y se encogió de hombros e hizo un gesto con las manos que no supe muy bien cómo interpretar. El caso es que ahora, despierta, más que a ese gesto a lo que le estoy dando vueltas es a la pregunta anterior: que mi madre, o sea, yo misma poniendo palabras en boca de mi madre, me preguntase si estoy triste porque se muriesen. Mi respuesta en el sueño fue casi de indignarme por la pregunta, pero ¿qué me respondo a mí misma ahora estando despierta? Claro que estoy triste, cada vez que pienso en el accidente se me pone un nudo enorme en el estómago, pero ¿cuántas veces me he detenido a pensar en ello? Ahora sí, aquí en Jokkmokk, sí, aquí me está dando tiempo a pensar en eso y en todo lo demás, en todo lo pensable que se me pueda ocurrir. Pero antes, bien poco. O nada. Sí que se me pasaba el pensamiento por la cabeza en muchos momentos, pero lo esquivaba casi al vuelo, poniéndome a pensar en otra cosa, abriendo el correo electrónico del trabajo o mirando el Facebook en el móvil. Cualquier cosa, lo que fuese con tal de no enfrentarme al hecho de que no voy a ver a mis padres nunca más. No lo pensaba así, en esos términos, pero es lo que hacía, escaparme. Igual que me escapaba del hueco del sofá en el que ya no se sentaba Marcos. Y venirme aquí también fue escaparme, no me voy a engañar con eso, escaparme de una visita al psiquiatra en la que me iban a dar la baja laboral. Pero esta escapada ha sido tan larga y tan real, con más de cuatro mil kilómetros de distancia de por medio, que en un momento dado ha dejado de ser una escapada. Ahora no sé muy bien lo que es, pero no es una escapada. Me viene otra vez a la cabeza la imagen de un reno blanco que sale corriendo, que no para de correr, y que a partir de un cierto momento, una vez que ha dado ya media vuelta al globo terráqueo, la carrera en lugar de alejarle de casa lo que hace es acercarle. Y hay que ver lo que me gusta imaginarme a mí misma como un reno blanco. Pero si yo soy el reno blanco, ¿dónde está mi casa? Debajo del edredón, ahora mismo mi casa está debajo del edredón. Así me gusta, tener las cosas claras.

Nos habíamos quedado atascadas en la conversación, mi madre y yo, después de su pregunta directa y mi respuesta medio indignada. Recuerdo que nos pasaba eso a menudo, que nos quedábamos atascadas; hablásemos de lo que hablásemos, teníamos la habilidad de bloquearnos la una a la otra con nuestros comentarios. En esas estábamos, en silencio y mirando el paisaje que se alejaba, cuando vimos aparecer dos figuras que se acercaban esquiando: Magda y Mahmoud. Mi madre no los conocía, así que hice las presentaciones. Magda traía una mochila de la que sacó un termo y dos vasos de plástico duro:

—Tomad, para vosotros, es chocolate caliente.

Mamá, que siempre iba preparada para las excursiones, empezó a rebuscar en los bolsillos de su cazadora y sacó unas perronillas:

—Y esto para vosotros, son unos dulces del pueblo de mi marido, del padre de Laura.

Magda y Mahmoud continuaron con su camino, que no era el mismo que el nuestro, sino uno perpendicular. Llegaron por nuestra izquierda y se fueron por nuestra derecha. Iban buscando a un par de renos que se habían extraviado, de los renos de la familia de Magda. Y mamá y yo empezamos a hablar otra vez, aunque ahora hablábamos de Inés y de su embarazo. En cuanto nos bebiésemos el chocolate, mamá se iba a poner los esquíes para ir a buscar el trineo donde iban montados Inés y Andrés. Yo iría luego, primero quería retroceder un poco más en la caravana para averiguar quién era ese esquiador solitario que venía tan retrasado y que parecía ser el último de la caravana. La conversación sobre el embarazo de Inés desembocó en el mío, es decir, en la ausencia de embarazo y de planes de ello. No es algo en lo que piense muy a menudo, aunque sí que es verdad que desde que hablé con Inés por teléfono y me contó lo del suyo, sí que me ha venido ese pensamiento unas cuantas veces a la cabeza. Porque no deja de ser mi hermana pequeña, y si mi hermana pequeña va a tener un hijo, ¿qué hago yo que no tengo uno ya? O dos. Sé que es una lógica de lo más garrafón, pero al mismo tiempo aplastante. Y la verdad es que no sé muy bien qué pensar, la pregunta me abruma bastante, pero no me voy a poner a hablar sobre ello ahora mismo porque tengo demasiada hambre. Aunque tampoco voy a seguir mi estrategia de antes, que sería, directamente, ignorarlo. Voy a apuntarlo para dedicar una de las grabaciones exclusivamente a ese tema.

Es increíble lo que me cunde un sueño, la de asuntos que voy sacando de dentro. Me parece hasta un poco exagerado. Se lo pregunté a Eva el otro día, si le parece posible que sueñe tanto y que recuerde los sueños con este nivel detalle. Y dice que sí, que le parece un poco raro, pero que no lo descarta, sobre todo si me tiene delante y le estoy diciendo que mi vivencia es así, vamos, si no le estoy tomando el pelo descaradamente. Claro que, también hay otra opción, la posibilidad de que mi imaginación me esté tomando el pelo a mí y, al tumbarme y cerrar los ojos para evocar un sueño, por ejemplo ahora, mi mente se dedique a meter detalles nuevos que no estaban en el sueño, sino que van surgiendo en el propio proceso de evocación. Y como el sueño ya sucedió y terminó, lo único que puedo repasar y contrastar es a la propia evocación del sueño, así que si en la evocación aparecen o no aparecen detalles nuevos que no estaban en el sueño original, eso no puedo saberlo. De todas maneras, según Eva, la cosa no tiene mucha importancia porque, al fin y al cabo, ya de entrada, el sueño es también un producto de mi imaginación. La única diferencia es que, en un caso, mi imaginación estaría creando imágenes estando yo despierta, y en el otro caso, dormida. ¿Y qué importancia tiene esa diferencia? Eva dice que poca, o ninguna. Otra cosa bien distinta son las evocaciones de recuerdos, cuando me vienen a la cabeza imágenes o escenas de vivencias de hace diez, quince o veinticinco años. Ahí sí que tengo que tener más cuidado con la imaginación para que no me engañe, para que no cambie las cosas, borre elementos incómodos o introduzca detalles que no estaban en la realidad, que de todas maneras, por muy atenta que esté, seguro que lo hace. Eva me aconseja, de antemano, que asuma que los recuerdos que tengo no son del todo verdaderos, que ningunos lo son porque que la imaginación está siempre ahí, funcionando en la sombra, aunque no seamos conscientes de ella. Eso no quita que, a grandes rasgos, los recuerdos sean ciertos, cosa que he podido comprobar cuando me he puesto a contrastar en internet ciertos datos que han aparecido en mi cabeza formando parte de mis recuerdos, como por ejemplo que san Atanasio fuese arzobispo de Alejandría y que viviese en la misma época que el emperador Constantino.

Eva no tiene ninguna duda, dice que lo que más le fascina no son mis sueños, sino las evocaciones conscientes y detalladas de recuerdos, lo que yo he llamado recuerdos vividos a falta de un nombre mejor. Le parece increíble que guarde en la memoria largas conversaciones en las que yo además no fui partícipe, sino espectadora involuntaria, como las de mi padre con don Aurelio. Y no solo que las guarde y sea capaz de evocarlas, sino que se hayan mantenido ocultas en algún rincón de mi cabeza durante tantos años, esperando a que tuviese el tiempo y la calma necesarias para que pudiesen salir a flote. Conversaciones y recuerdos que Eva me anima a que siga apuntando, como hice hace unas semanas cuando tuve la avalancha de recuerdos en la sauna. Aquel día tomé apuntes de catorce recuerdos diferentes, dos cuadernos y medio, la mayoría de ellos relacionados con el Moreno y con san Antonio, con mi padre y don Aurelio como protagonistas. Y eso que el primer recuerdo vivido que tuve, aquel que comenzó en la habitación de la casa de Sobradillo, no tenía nada que ver con todo el asunto de san Antonio. Y los diez o doce siguientes, en todo ese tiempo que tuve la grabadora sin batería, tampoco. Era yo la que se decidía por un momento concreto de mi pasado, por ejemplo, el día que conocí a Marcos en las cañas de después del trabajo, y me ponía a la tarea de evocarlo hasta que, en un momento dado, con un poco de suerte, el recuerdo se activaba y pasaba a ser como una película dentro de mi cabeza. El cambio grande llegó el día de la paella, lo tengo clarísimo, el día que me asaltó el recuerdo de la paella. Y asaltar es sin duda la palabra adecuada. Estaba leyendo el libro ese de Antonio Machado y, de repente, se me activó el recuerdo vivido de la paella. En mitad de ese recuerdo, me quedé dormida y en el sueño apareció san Antonio. Y hasta hoy. Ese fue también el primer sueño que pude recordar en todo detalle por la mañana, con tanto detalle como el de hoy.

Recordar y soñar. Desde aquel día, las dos cosas han ido de la mano, y con san Antonio pululando por ahí todo el tiempo. Los sueños son el cebo que me ayuda a pescar recuerdos que, aparentemente, estaban completamente olvidados, recuerdos que ni yo misma sabía que tenía, como las conversaciones de papá con don Aurelio. Y, por otro lado, algunos recuerdos son a su vez el trampolín para poder tener ciertos sueños. Por ejemplo, el sueño de esta noche con toda esa escena en la que el Moreno nos ha hablado de su viaje desde Egipto hasta Sobradillo; supongo que si he sido capaz de soñar eso, es porque hace unas semanas evoqué el recuerdo en el que papá le estaba contando ese mismo viaje a don Aurelio.

Era una mañana de verano, las vacaciones de verano, de las que siempre nos pasábamos como mínimo quince días en Sobradillo. No hacía mucho desde que habían aparecido los documentos del Moreno escondidos en el antiguo hospicio de peregrinos, y mientras papá se estaba dedicando a leer la supuesta autobiografía de san Antonio, don Aurelio se había puesto a analizar a fondo las cartas del Moreno a Catalina Gajate. Había muchísimas, todas enviadas desde «el escondrijo del jabalí» y firmadas como «Alejandro, tu moreno». En una de las cartas, la más larga de todas, el Moreno le contaba a Catalina su viaje. Le daba a entender que ya le había hablado de muchas de las partes del viaje, pero que nunca se lo había contado todo ordenadamente desde el principio hasta el final. Ahora, en el escondrijo, otra cosa no, pero tiempo tenía todo el del mundo, así que le apetecía contarle tranquilamente su viaje, la sucesión de casualidades que hicieron que llegase a Sobradillo y la conociese a ella.

Esa mañana, mi hermana y yo estábamos enfrascadas en los misterios de las pulseras de hilos de colores. Inés acababa de volver de un campamento en el que había estado una semana, al que yo me negué en rotundo a ir, y el caso es que allí parece que no se habían dedicado a otra cosa más que a hacer pulseras con hilos de colores. De no saber nada del tema había pasado a ser casi una experta. El problema es que la que no sabía nada era yo, cosa que rompía bastante con nuestra dinámica habitual de hermana mayor y hermana pequeña, y es que con dos años extras de experiencia en el mundo, yo hacía mejor que ella prácticamente cualquier cosa. Bueno, quizás a esas alturas, cuando yo más o menos tendría once o doce años, e Inés nueve o diez, ya me llevaba la delantera en otro asunto: leer. Yo leía los libros que me mandaban en el colegio. Y punto. Ella se leía los que le mandaban a ella, los que me mandaban a mí y los que le iban regalando o se iba comprando con la paga. Todavía no había dado el paso de curiosear en las estanterías de papá, pero ya le quedaba poco para empezar a hacerlo. Aunque lo de que Inés leyese más que yo no me importaba mucho, no le veía yo un resultado directo a tanta lectura. Las pulseras, sin embargo, eso era más grave. Llegó del campamento con pulseras para todos: para mamá y papá, para mí, incluso para los abuelos y para el tío Darío. Me preguntó si quería aprender y le dije que sí, ilusa de mí, pensaba que aquello sería más fácil. Y quizá no era tan difícil, incluso puede que se me diese hasta bien, pero iba con tanto retraso respecto a Inés que la diferencia entre sus pulseras y las mías era siempre enorme y eso me picaba mucho. Las mías eran de un color, o de rayas aburridas de dos o tres colores, las suyas hacían dibujos de rombos, peces, estrellas. Para cuando hice mi primer rombo, que ni siquiera fui capaz de que me quedasen los cuatro lados igual de largos, Inés ya estaba haciendo unas pulseras avanzadísimas en las que era capaz de dejar huecos redondos en mitad de la pulsera.

Creo que es lo único a lo que me dediqué ese verano en Sobradillo, a hacer pulseras en la mesa del patio, así que no es raro que estuviese presente en todas las conversaciones de papá y don Aurelio, que en verano siempre se sentaban en el patio. Sacaban las mecedoras del salón y las ponían debajo del almendro. Ese era su despacho. Y la abuela entrando y saliendo con las perronillas y los cafés con leche, y según avanzaba la mañana, con cervezas, patatillas y aceitunas. Mi hermana no le echaba tantas horas a las pulseras, nunca ha sido tan obsesiva como yo. Sí que hacía pulseras, pero también entraba en casa y se ponía a leer o salía a jugar con los niños del pueblo. De hecho, esa mañana, cuando don Aurelio le leyó a mi padre la carta en la que el Moreno le narraba su viaje a Catalina, Inés se metió enseguida en casa y se tumbó en la cama a leer La historia interminable. Cuando don Aurelio llegó a la parte del relato en la que el Moreno está desanimado y no sabe a dónde dirigirse después de Asissi, Inés ya hace rato que se había metido dentro de la casa, solo quedábamos los tres en el patio: don Aurelio, mi padre y yo. Justo después de esa parte es cuando el Moreno cuenta en la carta lo del amor carnal en las celebraciones religiosas que hacían en su pueblo. Hasta ese momento, don Aurelio estaba leyendo con su vozarrón de siempre, de cura acostumbrado a muchas horas de púlpito, pero al llegar a ese punto bajó la voz descaradamente, supongo que le avergonzaba un poco leer que estuviese yo presente, no solo por lo del amor carnal en las celebraciones religiosas en su pueblo, sino especialmente por los párrafos que venían a continuación, donde el Moreno enumeraba todas las cosas que echaba de menos hacer con Catalina, «desnudos los dos en el granero del hospicio, como un solo cuerpo ante los ojos de Dios y de la luna».

Esta noche, en la parte del sueño en la que el Moreno nos ha contado su viaje, no nos ha contado todas esas cosas que echaba de menos hacer con Catalina, pero sí que nos ha hablado de Catalina, la mujer con la que quería casarse sin dejar de ser monje. Igual que Lutero se había casado con Catalina de Bora sin dejar de ser sacerdote y guía espiritual de tantísima gente. El Moreno relatando su viaje. El Moreno relatándonos su viaje a mi padre y a mí. El Moreno sentado como un sultán sobre un cojín enorme, y mi padre y yo enfrente sentados en dos serijos. Mi madre a mi lado. Mi madre sentada sobre una piedra y diciéndome cosas al oído. Yo escuchándolos a los dos a la vez, al Moreno y a mamá, perfectamente capaz, y todos, los cuatro, metidos dentro de una tienda de campaña sami subida encima de un trineo tirado por cinco renos. Cuatro renos marrones y uno blanco. El Moreno sigue hablando. El Moreno lleva puesta una pulsera de hilos de colores con rombos y peces. ¿El Moreno lleva puesta una pulsera de hilos de colores con rombos y peces? Espera un momento, ¿estaba eso en el sueño de esta noche o acabo de colocarle la pulsera ahora mismo al retomar la evocación del sueño? Va a tener razón Eva, que no me puedo fiar de mi imaginación. Bueno, lo mismo da; si El Moreno quiere llevar una pulsera con rombos y peces, que la lleve, no voy a dejar que eso me desconcentre. Pues eso, el Moreno sentado como un sultán en un cojín enorme, con su hábito de monje, su turbante en la cabeza y su pulsera con rombos y peces seguía contándonos la historia de su viaje.

Los monjes españoles que conoció en Assisi le convencieron de peregrinar a Santiago de Compostela. Estar en marcha era el mejor remedio para calmar los ánimos del Moreno, pero una vez llegaron a Santiago y vieron volar sobre sus cabezas el botafumeiro de la catedral, le entró otra vez la angustia en el cuerpo, la misma pregunta de siempre: ¿y ahora qué? Los monjes franciscanos con los que había viajado, después de las dos peregrinaciones consecutivas, Assisi y Santiago, se volvían a su convento en Sevilla, que es donde vivían. Le propusieron que se fuese con ellos, pero él prefirió quedarse unos días en Santiago, en Galicia, y caminar hasta Finisterre: el fin del mundo. ¿Quizás llegar al fin del mundo es lo que necesitaba su alma para encontrar la paz? Pero el fin del mundo ya no es lo que era, ya no era el fin del mundo. Esa era la conversación más frecuente entre los pocos peregrinos que se animaban a continuar la marcha hasta Finisterre después de haber llegado a Santiago. Desde que las naves del almirante Colón habían llegado a las Indias cruzando el océano, se había roto el hechizo del fin del mundo en Finisterre. Y después, vino el viaje de Magallanes y Elcano, la vuelta al mundo completa. ¿Qué paz se podía encontrar en un mundo que no tenía final? En un mundo así, un espíritu inquieto como el suyo siempre estará tentado a viajar un poco más allá, y luego otro poco más, aunque luego, tarde o temprano, se acabase llegando al punto de partida. ¿Y entonces qué?

Se pasó una temporada en Finisterre pensando qué hacer. Encontró una gruta cerca del mar en la que podía refugiarse a dormir, aprendió a pescar como pescaban los pescadores de la zona, y volvió a leer, con detenimiento, la autobiografía de san Antonio que había traído consigo. Llevaba mucho tiempo sin leerla, no quería despertar sospechas sacando el libro a la vista de otras personas. Aunque era una preocupación innecesaria; el libro está escrito en copto y desde que estaba en Europa no se había cruzado con nadie que hablase copto. Las lenguas, qué cosa tan poderosa. Cuando abrió el libro y empezó a leer, se puso a llorar, aunque tardó un rato en darse cuenta de que estaba llorando. Lloraba de emoción. Por un lado, las palabras llenas de amor de Antonio, el Antonio que él conocía, el amigo de los hombres y mujeres del valle, el que se había reconciliado con sus demonios. Y, por otro lado, el hecho de que esas palabras estuviesen escritas en copto, su idioma. Al leerlas y cerrar los ojos, le venían las voces de sus hermanos, de sus padres, de las celebraciones religiosas en las que se leían partes del libro de Antonio, de la Biblia, de las obras de Carpócrates y de su hijo Epifanio, o los versos y aforismos escritos por los propios vecinos del pueblo.

No sabe el tiempo exacto que estuvo en Finisterre, perdió la cuenta de las semanas y de los meses que pasó allí. ¿Es posible que llegase a estar un año? No lo descarta. El caso es que en Finisterre, poco a poco y casi sin darse cuenta, acabó por encontrar esa calma que tanto estaba buscando, o un principio de calma. Incluso cuando empezó a pensar en nuevos viajes, no lo hizo de la manera compulsiva que solía hacerlo. No tenía prisa por irse de Finisterre; de hecho, podría no irse nunca de allí y no pasaría nada, no sería ninguna tragedia. Para demostrarse a sí mismo que esos pensamientos iban en serio, decidió hacer un juego, jugar con su destino: escribió tres opciones en tres hojas de laurel. La primera opción era cruzar el océano, ir a Sevilla e intentar embarcarse en la Flota de Indias. Y luego, quién sabe, quizás continuar el viaje como Magallanes y atravesar el otro océano, el mar del Sur. La segunda opción era volver a su pueblo, pero no desandando el camino andado, sino regresando por España, atravesar España de norte a sur, cruzar el estrecho de Gibraltar y recorrer la costa sur del Mediterráneo hasta llegar a Alejandría, y de Alejandría a su pueblo. Y la tercera opción era, simple y llanamente, quedarse en Finisterre.

Salió de su gruta, fue al camino por donde pasaban los peregrinos que venían de Santiago, puso las tres hojas de laurel encima de una piedra y se sentó a esperar. Las hojas las había puesto con el texto hacia abajo y las había mezclado varias veces hasta que ni él mismo sabía qué destino escondía cada una, así que podría haber sido él mismo la mano inocente que eligiese una de las tres hojas. Pero no, prefería que lo hiciese otra persona, el primer peregrino que pasase, que resultó ser un joven que venía de Toulouse y que tenía angustias parecidas a las del Moreno. El joven se sorprendió por la petición, pero le ayudó encantado, no era un favor muy complicado de hacer, eligió una de las tres hojas de laurel y se la dio al Moreno: salió la hoja que le enviaba de vuelta al pueblo. Y así es como se puso en marcha hacia el sur de España, aunque luego no está muy claro si algún día llegó a cruzar el Estrecho. Por cierto, que al francés que le ayudó con la hoja de laurel le pareció tan fantástica la idea, y estaba también tan perdido y angustiado con su vida, que decidió coger una de las dos hojas que quedaban. Y se quedó a vivir en Finisterre.

Llegados a este punto del relato, el Moreno se levantó de su cojín y se puso a rebuscar algo en un baúl que había dentro de la tienda de campaña y que hasta entonces yo no había visto. Sacó una hoja de laurel y unos libros de san Juan de la Cruz, fray Luis de León y santa Teresa de Jesús. Eran libros muy antiguos, parecía que con tocarlos se iban a desmontar y estaban llenos de polvo. La hoja de laurel, sin embargo, estaba verde y fresca, como si la acabasen de arrancar del árbol. Abrió uno de los libros y se puso a leer:

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa…

Mi padre adivinó que era de santa Teresa y recitó el resto del poema de memoria. El Moreno dijo que la poesía de esos tres poetas le había cambiado la vida, y también nos dijo que había tenido la suerte de conocerlos a los tres, sobre todo a Juan, con quien mantuvo una estrecha amistad en los años que ambos pasaron estudiando en Salamanca. Y es que su plan de volver a su pueblo atravesando la península y cruzando el estrecho de Gibraltar avanzaba con mucha lentitud. Una vez que había tomado la decisión y sabía a dónde se dirigía, no tenía ninguna prisa por llegar, y disfrutaba, por fin, de los lugares por los que iba pasando. Atravesó Galicia siguiendo el cauce del río Sil, encontró hospedaje en monasterios o en casas de familias a las que ayudaba en las tareas del campo, y casi sin darse cuenta, observando y ayudando, aprendió a hacer el vino y el queso más ricos que había probado nunca. Tanto tiempo pasó allí que ayudó en las vendimias de tres años diferentes, y fue justo después de la tercera vendimia cuando se despidió de todas esas gentes que ya casi eran su familia y siguió su camino hacia el sur. El siguiente lugar donde se detuvo una temporada larga, fue en Salamanca. No tenía intención de pasar mucho tiempo allí, pero tuvo la suerte de caerle en gracia al abad de un monasterio, que, maravillado por la cantidad de idiomas que hablaba y de lugares en los que había estado, le insistió en que se quedase a vivir una temporada con ellos porque sería una buena influencia para los novicios. Además, si quería, le ofrecía apoyo económico para cursar estudios de bachiller y luego de Teología en la Universidad. Y eso hizo, se convirtió en bachiller, el bachiller Alejandro de Moeris, que es como le llamaban en Salamanca. No fue hasta unos años más tarde, cuando llegó a Sobradillo, que pasó a ser conocido como el Moreno de La Seca.

En esos años de estudios, conoció a san Juan de la Cruz. Leían juntos a los clásicos latinos —Cicerón, Virgilio, Horacio— y se recitaban, el uno al otro, los versos que acababan de escribir la noche anterior. Eso fue muchos años antes de que Juan escribiese el Cántico espiritual, pero ya entonces, en aquellos años en Salamanca, la poesía de Juan era, según el Moreno, néctar de otro mundo. Papá, al que por cierto también le apareció una pulserita de hilos de colores en la muñeca, estaba de acuerdo con él. Hasta entonces, no había participado mucho en la conversación, que era más bien un monólogo del Moreno, pero hablar de san Juan de la Cruz era casi obligarle a decir algo. Y lo que nos decía mi padre es que no solo había que fijarse en la poesía de Juan, o la de fray Luis o la de Teresa. No, la explosión de creatividad que se vivía en España en aquellos años iba mucho más allá de unos cuantos nombres, era muy profunda, era una epidemia nacional. El Moreno le dio la razón, no fue solo la obra de esos tres poetas la que le cambió la vida, sino la poesía en general, y especialmente la que él mismo empezó a escribir en Salamanca inspirado por Juan y por otros amigos y profesores. En Finisterre, había encontrado algo parecido a la paz de espíritu, y en Salamanca, entre verso y verso, estaba descubriendo rincones del espíritu que jamás habría imaginado que existiesen.

Pero no fue la poesía lo único que descubrió en Salamanca, la ciudad universitaria le abrió los ojos a otra de las pasiones de su vida: la Reforma. A él, que se había criado en una comunidad cristiana independiente en una región mayoritariamente musulmana, la Reforma le parecía la cosa más normal del mundo. Y necesaria. Pero desde que se había unido a los franciscanos en Alejandría, llevaba ya unos cuantos años dentro de la jerarquía católica y se había habituado a escuchar constantes condenas a la Reforma. De todas maneras, hubo un momento, viajando por el norte de Italia, antes incluso de haber estado en Assisi, en el que tuvo la tentación de cruzar los Alpes e irse a Ginebra, un lugar a donde se escapaban muchos religiosos católicos para unirse a la Reforma. Y estuvo a punto de hacerlo, más que nada por curiosidad, por ver cómo era la vida en una ciudad reformada; ¿quizás se parecía en algo a la vida que había dejado atrás en su pueblo? Pero en el último momento tuvo una conversación con un comerciante que venía precisamente de Ginebra y que le quitó la idea de la cabeza. El comerciante le contó, con pelos y señales, como habían quemado en la hoguera de una plaza de Ginebra a Miguel Servet, un teólogo y científico español. Los que habían ordenado quemarle eran los responsables de las iglesias reformadas de los diferentes cantones suizos y el principal instigador había sido el famoso Calvino, que dirigía la iglesia en Ginebra sin temblarle el pulso, la iglesia y la ciudad entera. Lo que hacía aún más triste el caso es que ese hombre, Miguel Servet, había salido huyendo de la ciudad francesa de Vienne, donde la Iglesia católica también le quería quemar por hereje. Y de hecho lo hicieron, pero como se les había escapado a Suiza en el último momento, quemaron en su lugar a un muñeco que le representaba. Vamos, que era hereje por partida doble, y quedaba claro que la Reforma también era capaz de quemar a gente en la hoguera. Eso el Moreno no se lo esperaba, ya había oído rumores de que la tolerancia y la libertad que se esperaba de la Iglesia reformada en la práctica dejaba mucho que desear; en algunos de los lugares donde había conseguido hacerse con el poder, se estaba convirtiendo en una institución opresora, una prisión para el espíritu. Pero de ahí a que también hubiesen empezado a quemar gente había un trecho, así que se le quitó de la cabeza la idea de ir a Ginebra y siguió su camino hacia Assisi.

Sin embargo, la Reforma que se había encontrado en Salamanca era bien distinta: era un grupo clandestino, un conventículo que tenía su epicentro en Sobradillo, un pequeño pueblo en la frontera con Portugal, a dieciocho leguas de Salamanca. El Moreno entró en contacto con el conventículo a través de un estudiante que asistía con él a las clases de fray Luis. Este estudiante era también un monje franciscano como él, un franciscano capuchino que vivía en Sobradillo, en el convento de Santa Marina La Seca, y que estaba pasando una temporada en Salamanca para perfeccionar sus conocimientos de latín, griego y teología. Ambos admiraban a fray Luis y habían conseguido una copia manuscrita de la traducción del Cantar de los Cantares que fray Luis había realizado directamente del hebreo y que circulaba discretamente en la Salamanca de la época: una traducción al castellano con comentarios que se completaba con una versión más libre escrita en octava real también por el propio fray Luis. Pasaron muchas horas juntos estudiando detenidamente esa traducción y comparándola con la versión en latín del Cantar que había en la Vulgata de san Jerónimo, la Biblia oficial de la época. Empezaron como compañeros de estudios, hablando de teología y de traducciones, lamentándose de que ninguno de los dos entendiese el hebreo para poder contrastar las traducciones con el texto original, reflexionando sobre el poder que tienen las palabras escritas y criticando la cabezonería de la Iglesia católica, que no quería que la Biblia se tradujese a las lenguas romances como el castellano, el gallego o el francés. ¡No querían que la gente la entendiese!

Poco a poco, fueron cogiendo confianza el uno con el otro y comprendiendo que tenían enfrente a una persona sensata y tolerante, alguien con quien poder abrirse de verdad, sin reservas ni miedos ante posibles denuncias. El Moreno sentía que podía, por fin, abrir su bolsa y mostrarle a alguien el libro de san Antonio. Su amigo no lo podía leer porque estaba escrito en copto, pero, aun así, el solo hecho de compartir con alguien su secreto fue un gran alivio para él. Y no tardó en leérselo en voz alta, traduciendo improvisadamente del copto al castellano, pensando, mientras iba leyendo, que algún día tendría que sentarse detenidamente a traducir el libro en condiciones, al castellano o al latín. También, mientras leía, al oír su propia voz narrando ciertos pasajes del libro, se daba cuenta de hasta qué punto era un libro herético. No un poco herético, como se decía de alguna de las obras de Erasmo de Rotterdam, sino muy herético, muchísimo. Y como san Antonio llevaba trece siglos muerto y jamás le iban a condenar como hereje, a quien le caerían los golpes sería a él. De nada le serviría decir que no, que no, que él no había escrito el libro, le quemarían en la hoguera como a Miguel Servet. En otras palabras: estaba poniendo su vida en manos de su amigo de Sobradillo. Pero acertó haciéndolo. El monje de Sobradillo, que tonto no era, entendió perfectamente hasta qué punto el Moreno estaba confiando en él y le correspondió de la misma manera, abriéndose de par en par y confesándole algo que también podría llevarle de cabeza a las hogueras de la Inquisición, y no solo a él, sino al resto de personas de su conventículo en Sobradillo. Lo que le contó es precisamente eso, que formaba parte de un pequeño grupo de cristianos y cristianas que habían decidido hacer las cosas de otra manera. Eran reformistas, sí, reformistas porque soñaban con reformar la Iglesia católica de arriba abajo, pero no necesariamente eran reformistas a la manera de Lutero. Y definitivamente no a la manera de Calvino. En el grupo había dos monjes del convento de Santa Marina La Seca, él y un hermano de mayor edad, el boticario. Los dos se alternaban en traducir textos de la Biblia del latín al castellano y los llevaban a las reuniones del conventículo para leerlos y discutirlos juntos. Los otros miembros del grupo eran un hidalgo de Vitigudino, un bachiller de Ciudad Rodrigo que también ayudaba con las traducciones y las cinco mujeres que regentaban el hospicio de peregrinos de Sobradillo. Las cinco eran seglares de la tercera orden franciscana, tres que originariamente eran vecinas de Sobradillo y dos que habían llegado hacía muchos años como peregrinas por un ramal del Camino de Santiago de la Vía de la Plata que pasaba por el pueblo y que también conectaba con otra ruta de muy transitada por peregrinos franciscanos, el camino que hizo el propio san Francisco al viajar de Santiago a Portugal pasando por Ciudad Rodrigo.

Si se necesitaban cinco personas para regentar un hospicio que de tamaño no era muy grande es porque no podían dedicarle todo el tiempo que querrían: eran seglares y tenían también sus familias a las que atender. Cuatro de ellas estaban casadas y tenían hijos. La quinta, Catalina Gajate, era soltera. Pero no por ser soltera tenía menos labores que atender, era la única hermana de un total de siete, hermana mayor, y en la práctica eso la convertía en la segunda madre de la casa. Catalina era la última de las cinco que se había incorporado a trabajar en el hospicio, pero también era la que lo había cambiado todo, la que había convertido, a ella y a las otras cuatro seglares franciscanas del hospicio, en el núcleo duro del conventículo reformista más interesante del que el Moreno había oído hablar.

Esa determinación y fuerza que trasmitía Catalina las traía consigo desde casa, de batallar a diario con sus seis hermanos, pero la inspiración para transformar su espiritualidad y su vida de arriba abajo la había recibido de una peregrina flamenca, Juliana de Amberes, una mujer que decidió lanzarse a los caminos cuando desapareció la comunidad en la que vivía, una comunidad de mujeres beguinas que venían resistiendo en la clandestinidad desde principios del siglo XIV. Las beguinas, de las que el Moreno jamás había oído hablar, tuvieron su momento de esplendor en los siglos XII y XIII en la zona de Flandes: eran mujeres cristianas que se organizaban por su cuenta para vivir juntas, trabajar y ayudar a los necesitados de los pueblos o ciudades donde vivían. Eran, en muchos sentidos, parecidas a las monjas, pero con la gran diferencia de que iban por libre. Cada beguinaje, así se llamaban los grupos de beguinas, elegía democráticamente a la supervisora del grupo y las reglas de comportamiento que querían seguir. Aceptaban las reglas mientras vivían allí, o las iban cambiando juntas, pero también eran libres de marcharse y dejar el grupo en cualquier momento. Los beguinajes más grandes y duraderos en el tiempo construían viviendas sencillas pegadas las unas a las otras y muchas veces vallaban la zona para que los hombres no pudiesen entrar por las noches. Como hacían un gran número de labores útiles para las comunidades donde vivían, durante mucho tiempo se respetó bastante su modo de vida. Hasta que la Iglesia de Roma las consideró peligrosas y empezó a perseguirlas. A Margarita Porete la quemaron en la hoguera a principios del siglo XIV y, desde entonces, los papas, uno detrás de otro, condenaban su modo de vida. Se las presionaba para que se metiesen a monjas o para que disolviesen las comunidades. Y eso hicieron la mayoría, pero no todas. Algunas comunidades consiguieron aguantar: escondiéndose, camuflándose bajo la protección de nobles que las respetaban, o estableciéndose en lugares aislados donde apenas llamaban la atención.

Con la llegada de la Reforma, parecía que venían nuevos tiempos, mejores tiempos para las beguinas. De los grupos que quedaban, muchos decidieron unirse a las Iglesias Reformadas, sin darse cuenta de que, aunque en ellas no mandase el papá, sí que mandaban otros hombres que también pretendían decidir sobre sus vidas. Y la Reforma, a la postre, lo que había traído es más conflictos y persecuciones. Si las tropas del emperador Carlos o las del rey Felipe salían a recorrer Flandes buscando luteranos, no tardaban mucho tiempo en encontrarse también con beguinajes clandestinos. Y no hace falta dar muchos detalles sobre qué es lo que se les ocurría hacer a unos soldados en tierras extranjeras que se encontraban con un grupo de mujeres solas y desarmadas. Así es como se disolvió el beguinaje de Juliana, una comunidad que llevaba más de doscientos años funcionando ininterrumpidamente en un pequeño pueblo entre Amberes y Gante. Ni siquiera hizo falta que llegasen los soldados; bastó con que llegasen noticias de que estaban de camino y de qué es lo que habían hecho en un beguinaje cercano. La mayoría de las compañeras de Juliana se refugiaron en casas de gente del pueblo, pero ella decidió hacer otra cosa: dedicaría el resto de su vida a caminar. Juliana era una mujer culta, hija única de unos mercaderes adinerados que habían tenido la posibilidad de pagar tutores privados para ella desde que era una niña. Tocaba el arpa y la flauta, una flauta que llevaba consigo en sus viajes, había leído las obras de los autores más importantes de su época y de la antigüedad, y hablaba perfectamente el latín, el francés y el flamenco. Y a esos había que añadir los idiomas que aprendió en sus viajes, por ejemplo el castellano, que ya lo hablaba muy bien cuando pasó por Sobradillo. Llevaba un tiempo pensando en ello, en dejar la comunidad donde vivía y empezar a caminar, pero es muy posible que si no se hubiese disuelto el beguinaje, no se hubiese animado nunca.

Quería caminar, ver con sus propios ojos los países de los que había leído en los libros, conocer distintos lugares y gentes, y después de lo que había pasado, de lo que llevaba más de trescientos años pasando con los beguinajes, además de caminar, consideraba que tenía una misión que cumplir: convertir a mujeres en beguinas allá por donde pasase y cuando viese que fuese posible. O en semillas de beguinas. Su misión era estar atenta y descubrir, en las mujeres con las que se iba cruzando, quiénes podían tener el corazón abierto y la cabeza lo suficientemente amueblada como para ser sus discípulas en unos tiempos tan difíciles como los que les había tocado vivir. Con Catalina Gajate no lo dudó ni un segundo.

Catalina y Juliana pasaron un año juntas, el tiempo que Juliana estuvo alojada en el hospicio de Sobradillo, que es el tiempo que consideró necesario para formar a Catalina. Y no solo a ella, también dio clases a las otras mujeres que regentaban el hospicio y a algunos niños y niñas del pueblo. Pero eso era secundario, su prioridad era Catalina. Y no se había equivocado en su primera impresión: Catalina era un diamante en bruto, una muchacha de dieciocho años que llevaba desde los dieciséis implicada en el hospicio y que se había unido a la tercera orden franciscana para ayudar a los necesitados además de todo el trabajo que tenía en casa. Y no solo tenía buen corazón, además era curiosa e inteligente. En un solo año, aprendió a leer y escribir en castellano y en latín, y leyeron juntas los pocos libros que Juliana traía en su equipaje: la Biblia, Ovidio y Erasmo. De las beguinas no traía libros, pero le habló en detalle de su historia y sus costumbres, de su espiritualidad libre y de sus modos de vida más libres aún. Cuando Juliana se marchó, camino del sur, de Cádiz y después seguramente de África, había cambiado para siempre la vida de Catalina. Y a través de Catalina, también las vidas de las otras cuatro regentas del hospicio. No querían llamar la atención, eso era lo más importante, guardaban las apariencias y parecía que nada había cambiado, seguían siendo cinco seglares de la tercera orden franciscana que se confesaban con regularidad con sus confesores de siempre, que participaban en las ceremonias religiosas del pueblo y que colaboraban codo con codo con los monjes del convento de Santa Marina La Seca que venían a echar una mano en el hospicio. Pero eso era de puertas para afuera. En la intimidad, todo había cambiado. Pese a sus obligaciones familiares y al trabajo del hospicio, las cinco conseguían sacar tiempo todas las semanas para reunirse y leer en voz alta, para discutir, para ir creando la forma y el contenido de una celebración religiosa que sería la suya propia, una celebración que incluiría cantes y bailes. También, poco a poco, consiguieron ponerse en contacto con personas afines, inquietas y humanistas. Los primeros que captaron para el grupo fueron el monje boticario del convento y un hidalgo de Vitigudino, dos hombres de edad avanzada que llevaban unos cuantos conventículos a sus espaldas, pero que se habían librado del ojo que todo lo ve de la Inquisición. En los últimos años, después de las masacres que supusieron los autos de fe de Valladolid y Sevilla, habían decidido, cada uno por su cuenta, dejarse de conventículos y de intentos de Reforma en España. La cosa estaba cada vez peor y lo más sensato era meter la cabeza en un agujero, pero, por suerte, se habían llevado una buena colección de libros a sus respectivos agujeros. El hidalgo tenía una biblioteca en su casa en la que el único que entraba era él, y el monje boticario, pese a que no es fácil esconder libros prohibidos en un monasterio, conseguía apañárselas gracias a su posición privilegiada, ya que como boticario disponía de una biblioteca propia en su celda. Era el único, además del abad, al que se le permitía una dispensa así. Es cierto que habían decidido retirarse de la actividad reformadora, pero ninguno de los dos tardó mucho en dejarse convencer por Catalina para unirse al conventículo, que, gracias a estas dos incorporaciones, contaba con una serie de libros que les habría sido muy difícil conseguir de otra manera, libros y experiencias, ya que los consejos de dos veteranos que habían conseguido ser invisibles para la Inquisición durante tantos años, ayudaron a que el conventículo del hospicio pasase completamente desapercibido. Podían seguir haciendo incorporaciones al grupo, claro que sí, pero tampoco demasiadas y siempre con cuidado de no invitar a la persona equivocada. De esta manera, se unieron al grupo el otro monje, el monje joven que se fue a estudiar un año a Salamanca, y a través de él el Moreno, que puso en pausa el plan de regresar a su pueblo y se fue a vivir al convento de Santa Marina La Seca para estar cerca del conventículo.

Los consejos para pasar desapercibidos no solo estaban relacionados con la incorporación de nuevos miembros, también podían tratar, por ejemplo, de cómo relacionarse con otros conventículos, de hacerlo con prudencia. Ese es el consejo que el Moreno recibió del hidalgo de Vitigudino cuando, después de llevar ya dos años en Sobradillo, decidió hacer un viaje a Llerena y Zafra para conocer de primera mano los conventículos de la zona, de los que llegaban rumores hasta Salamanca. No quedaba muy claro si eran reformadores o alumbrados, o las dos cosas a la vez, el caso es que al Moreno, como siempre, le podía la curiosidad y decidió hacerles una visita. Pero gracias a las recomendaciones del hidalgo de Vitigudino, fue muy prudente y no comprometió en nada al conventículo. Viajó por Llerena, Zafra, Fuente del Maestre, Barcarrota… e hizo muchos contactos: conoció al clérigo Gaspar Sánchez, al bachiller Hernando Álvarez y a otros cuantos que terminaron, unos meses después de su visita, en las cárceles de la Inquisición y en espera de juicio. La prudencia le había llevado a presentarse ante ellos como un simple monje con inquietudes humanistas y reformistas, pero ni una sola mención al conventículo. De hecho, les dijo que se sentía muy solo, espiritualmente solo, y que en su monasterio, no había encontrado a nadie con inquietudes similares. Les dijo el nombre de su monasterio, Santa Marina La Seca, porque sentía que al menos quería compartir con ellos algo de verdad, y ese arranque de sinceridad le costó muy caro. Al ser apresados y torturados, los encarcelados no tardaron en delatarle, y el Santo Oficio se presentó en el convento a buscarle, aunque, por suerte, la noticia de las detenciones en Llerena se había extendido muy rápido y pudo huir a tiempo y esconderse en las cuevas y barrancos de las Arribes, en lo que él empezó a llamar «el escondrijo», que es desde donde escribió las cartas a Catalina. Le buscaban a él, pero, por suerte, no buscaban nada más, el conventículo se había salvado. Y por lo que se deja entender de las cartas, fue gracias al apoyo del conventículo, en especial de Catalina, que pudo sobrevivir escondido. Aunque también es verdad que sin los lazos que le unían al conventículo, no se habría quedado escondido en España con el riesgo de que le pudiesen encontrar en cualquier momento, habría huido a Portugal, y desde Portugal habría intentado cruzar a África. Los lazos que le unían al conventículo eran, principalmente, el lazo que le unía a Catalina Gajate, el lazo de amor, pasión y comprensión mutuas más completas que había experimentado en su vida. Eso es, al menos, lo que le escribía en las cartas. También quedaba claro, por las cartas, que seguían encontrando el modo de verse pese a que el Moreno estaba en su escondrijo, aunque no con la misma facilidad que antes, cuando entraba y salía del hospicio con total normalidad con la excusa de que venía a echar una mano, cosa que también era cierta. En una de las cartas, el Moreno hace una referencia a una conversación que tuvieron en la que fantasearon con huir los dos juntos e irse al pueblo del Moreno, el pueblo del que tanto le había hablado. Pero acababa de morir la madre de Catalina y esa alternativa era implanteable mientras ella siguiese teniendo hermanos pequeños a su cargo. Se quedaron donde estaban, ella en Sobradillo y él en el escondrijo. ¿Hasta cuándo? Eso no lo sabemos.

Eso es precisamente lo que mi padre quería averiguar en el sueño de esta noche: ¿hasta cuándo había estado escondido el Moreno? ¿Qué había pasado después de la última carta que habían encontrado en el baúl? Pero la única respuesta del Moreno era encogerse de hombros. Aun así, mi padre insistía: ¿le había encontrado la Inquisición? ¿Habían detenido a Catalina y al resto del conventículo? Pero si fuese así, de esas detenciones quedaría constancia en algún archivo, y mi padre había buscado por todos los sitios y no había encontrado nada. Quién sabe, ¿puede que al final hubiesen decidido marcharse al pueblo del Moreno?, ¿quizás el padre de Catalina había vuelto a casarse y sus hermanos pequeños tenían una nueva madre? Todas las cartas estaban fechadas y podían ordenarse cronológicamente y llamaba la atención que la última carta fuese esa en la que el Moreno le pedía a Catalina que hiciese copias manuscritas de la traducción del libro de san Antonio y se las enviase a una serie de personas de confianza. ¿Llegó a realizar y a enviar esas copias? ¿Fueron delatados por alguno de los receptores de las copias? Era un movimiento arriesgado, pero quedaba claro, por la carta, que los dos querían hacerlo. Y también el resto de miembros del conventículo. El Moreno, en esa última carta, escribía también un par de párrafos sobre la conveniencia o no de enviarle la copia del manuscrito a Juan de Yepes. Eran buenos amigos y habían mantenido correspondencia hasta que el Moreno huyó del convento de La Seca, pero al Moreno no se le escapaba que la espiritualidad de su amigo iba por caminos muy diferentes a los que proponía Antonio en su autobiografía, iba más bien por el camino del otro Antonio, el de san Atanasio, el asceta entre los ascetas. El Moreno contaba que una de las últimas cartas que había recibido de Juan venía acompañada de un dibujo muy bonito del monte Carmelo, y en la parte de atrás del dibujo, unas palabras terroríficas sobre la doctrina de la mortificación. Pero, aun así, pese a las diferencias, el Moreno confiaba en Juan y sabía que no les iba a delatar. Y sabía también que su espíritu inquieto le iba a obligar a leerse el libro de Antonio hasta el final, aunque lo que estuviese leyendo le pareciese completamente erróneo. ¿Y quién sabe? A lo mejor, las palabras del verdadero Antonio conseguían remover algo y cambiar el interior de su amigo. Había tanta luz en Juan que le parecía una tragedia que anduviese mortificándose por esas sendas tan oscuras del alma.

Papá se estaba poniendo nervioso y le dijo al Moreno que se dejase de contar las cosas que él ya sabía por las cartas, que intentase hacer memoria y le revelase qué es lo que había pasado con él y con Catalina después de la última carta. El Moreno volvió a encogerse de hombros, y yo, que siempre me han puesto nerviosa los momentos de tensión, noté de repente el traqueteo del trineo y aproveché para cortar por lo sano y decirles a los dos, y también a mi madre —que seguía cuchicheándome en el oído— que, por si no se habían dado cuenta, estábamos viajando en una caravana de trineos y que si salían fuera y avanzaban un poco en la caravana, podían encontrarse con san Antonio. Entonces fue cuando mi madre y yo por fin tuvimos ese momento tranquilo para nosotras, hasta que ella se puso los esquíes y se fue a ver a Inés y a su embarazo. Yo también me puse los esquíes y me fui en dirección contraria, hacia el final de la caravana, a ver quién era esa figura que venía esquiando hacia nosotros.

El rato dentro de la tienda había sido muy intenso y mientras esquiaba, me volvían a la mente las historias que nos acababa de contar el Moreno, con todos esos detalles de lugares y nombres de personas de las que en principio no sé nada más que eso, que aparecen en las cartas del baúl de Sobradillo: Catalina Gajate, Gaspar Sánchez, Hernando Álvarez, Juliana de Amberes… Otros nombres que sí me suenan, como Calvino, Miguel Servet, santa Teresa de Jesús, fray Luis de León o san Juan de la Cruz, pero que lo único que hacen es eso, sonarme, porque si no llega a ser por la evocación de estos recuerdos, no habría sabido colocar ni siquiera en qué siglo vivieron. La sensación que tenía, y que tengo ahora mismo mientras evoco el sueño, es la de que me avasallan: mi padre, don Aurelio, el Moreno, san Antonio, todos. Sí, me avasallan, entran dentro de mi cabeza y me dejan exhausta. En realidad, hablando en propiedad, no es que entren en mi cabeza, sino que están ya dentro y lo que hacen es salir, pero la sensación que tengo es la de que entran sin pedir permiso, entran y se quedan todo el tiempo que les da la gana hasta que han dicho todo lo que tienen que decir. Y no se preocupan de que yo tenga un hambre canina y de que lo que debería estar haciendo es salir de la cama y prepararme un desayuno, o directamente la comida, que vaya horas que son; a este paso, me voy a pasar el primer día del año en la cama. Que tampoco estaría mal para compensar por el primer día del año pasado, que me lo pasé trabajando, en casa pero trabajando.

No estaría mal pasarme el día entero en la cama, pero lo del hambre tengo que solucionarlo. Voy a salir un momento a coger un vaso de leche y un bollito de canela y traérmelos a la mesita de noche, pero voy y vuelvo con la grabadora en la mano y sin dejar de hablar para que no se me vaya el hilo del sueño, porque a la mínima que me despisto un poco noto cómo se me va difuminando. Me está pasando ahora mismo.

Pero vuelvo, regreso al sueño, a la caravana de trineos que se aleja, y yo esquiando en sentido contrario, acercándome a esa persona que va esquiando sola. ¿Era Marcos? No, no era Marcos. ¡Era Javier Román! Y no sé por qué me sorprendo tanto si hablé con él ayer mismo después de seis meses sin ningún contacto. Si alguna persona tenía derecho a participar en el sueño de esta noche, mucho antes que el Moreno o santa Brígida, esa persona es Javier Román, aunque solo sea porque me pasé toda la cena dándole ochenta vueltas a la conversación que habíamos tenido. Lo de que me echase la bronca por no haber dado noticias en todos estos meses me lo esperaba, también que le hiciese mucha ilusión mi llamada y que me preguntase si comía bien y si me abrigaba, como si estuviese hablando con mi padre. La sorpresa, el sorpresón, es que además de eso me ofreciese un trabajo. Primero quiso saber cómo estaba, si había funcionado la cura de reposo. Y le dije que sí, no lo dudé ni un segundo, aunque ahora me llama la atención mi seguridad, ¿tan claro lo tengo? Pero sí, va a ser que ha funcionado, que está funcionando. Lo que no tengo yo tan claro es si ya he reposado lo suficiente. ¿Cómo lo puedo saber? ¿Va a llamar a mi puerta un empleado del Ministerio del Reposo para decirme «Laura, ya estás lista»? ¿Y lista para qué? No, lo que va a pasar es lo que ya está pasando, por ejemplo lo que pasó ayer con el ofrecimiento de un trabajo, que no va a venir nadie a solucionarme la duda de si estoy preparada para hacer otra cosa diferente a lo que estoy haciendo aquí, que es, así simplificando, no hacer nada. Soy yo quien tiene la respuesta.

Javier no me quiere presionar, dice que no hay prisa, que si quiero trabajar con él, tengo la puerta abierta siempre que quiera. De momento, si no me animo directamente, va a empezar él solo. Dice que tomó la decisión poco después de que yo me fuese; que en mi lugar pusieron a un jefe bastante insoportable y maniático y que ya no tiene edad para estar aguantando según qué cosas. Así que también ha dejado la empresa y va a trabajar como consultor, haciendo más o menos el mismo tipo de proyectos que hacíamos en la empresa, pero con mucha más libertad. Lo que me estaba proponiendo ayer era empezar juntos desde el principio, montar una empresa de consultoría entre los dos, pero cuando vio que yo tenía mis dudas de si estoy preparada, o incluso dudas de si me apetece volver a trabajar en algo parecido al anterior trabajo, entonces reformuló rápidamente la propuesta y me dijo que podía unirme más adelante, como empleada o como socia, según me cuadrase más. De una manera o de otra, el caso es que le encantaría volver a trabajar conmigo, eso me lo dijo varias veces, aunque también me avisó de que en los estatutos de la nueva empresa va a escribir que queda totalmente prohibido trabajar después de las seis de la tarde, y por supuesto tampoco los fines de semana.

Me descolocó mucho la conversación. Me puse a preparar mi cena de Nochevieja sin uvas y no paraba de darle vueltas a la cabeza. Por un lado, me hacía ilusión que Javier pensase en mí para su proyecto, ¡solo en mí!, porque me había dicho que o trabajaba conmigo o trabajaba solo, esas eran las dos alternativas que se planteaba. Pero, por otro lado, estaba completamente perdida. Estaba, y estoy. ¿Quiero volver a trabajar ya?, ¿y quiero volver a Madrid? Y si no ahora, ¿cuándo? Me da una pereza terrible imaginarme a mí misma sentada otra vez un montón de horas al día delante de una pantalla de ordenador y tecleando, aunque solo sea hasta las seis de la tarde, como dice Javier. ¿Pero qué trabajo podría hacer yo que no sea sentarme delante de una pantalla y teclear? ¿Qué es lo que sé hacer? Ojalá fuese como Rebecka, que entre otras muchas cosas sabe pilotar helicópteros, conducir autobuses y manejarse con un grupo de cincuenta jubilados alemanes esquiando por las montañas de Kvikkjokk. Vale, tengo que admitir que en el fondo lo de sentarme a teclear no me disgusta del todo, y que soy buena haciéndolo. Se me da bien organizar las tareas, soy efectiva y resolutiva y tengo una buena intuición para saber cuándo hay que responder a un correo electrónico o cuándo la cosa requiere una llamada de teléfono. Y me lo dicen bastante a menudo, que soy buena, me dan las gracias por la rapidez en contestar, me ponen comentarios muy positivos en LinkedIn, me dan la enhorabuena por proyectos que he sacado adelante en tiempo récord… O me lo decían. De lo que me doy cuenta ahora es de lo adictivos que eran todos esos halagos de oficina; el día que no recibía ninguno, me preocupaba y poco más o menos que me sentía una mierda. ¿Trabajaba para recibir halagos o por el trabajo en sí? ¿O por el dinero y no le busques tres pies al gato, que diría mi abuelo? No sé, tengo claro que una parte de mi iba a estar contenta si aparezco mañana mismo por arte de magia en una oficina en Madrid y me siento a teclear. Sentiría que todo vuelve a la normalidad. Pero a lo mejor no quiero que todo vuelva a la normalidad. Lo que está claro es que no he avanzado nada desde ayer por la noche, las vueltas que le estaba dando a este asunto en la cena son las mismas que le estoy dando ahora mientras me como los bollitos de canela mojados en leche. ¿Y si no trabajo nunca más? También es una posibilidad. Mientras los alquileres en Madrid y en Jokkmokk sigan siendo los que son, la diferencia entre lo que cobro y lo que pago me da para vivir. Podría quedarme aquí siempre, o seis años en lugar de seis meses, y volverme ya loca del todo charlando con san Antonio y con los troles del bosque que aparecen en los libros que lee Magda. ¿Y Niklas? ¿Qué está pasando con Niklas? ¿Va la cosa en serio? ¿Y cómo se combina eso con irme a Madrid? Me da rabia que no haya aparecido Niklas en el sueño de esta noche, con toda la gente que ha salido, que parecía un carnaval. Aunque, a lo mejor, sí que ha aparecido, pero antes de la parte que recuerdo.

La parte del sueño que recuerdo empieza con el tío Darío hablando con el tío Erik, el sami, que son los que iban delante del todo en la caravana, pero el sueño venía de antes, habían pasado más cosas. No sé cuáles, pero cosas. Y el caso es que Niklas en la caravana no estaba. El último de la caravana, tan rezagado que casi ni se le veía, era Javier Román. Cuando me acerqué a su lado, me di cuenta de por qué iba tan descolgado, iba esquiando y leyendo a la vez, como un vecino de Madrid, que siempre se le veía por el barrio caminando y leyendo una novela, pues Javier igual, pero esquiando. Tan tranquilo. Iba leyendo un libro de historia, la historia del pueblo sami, así que para meterle un poco de prisa y no quedarnos descolgados del todo, le dije que en el principio de la caravana iba el tío Erik y que el tío Erik le iba a contar la historia del pueblo sami mucho mejor que cualquier libro. Funcionó. Se guardó el libro en la mochila y nos pusimos en marcha hacia el principio de la caravana. Mientras tanto, me iba hablando de los samis y de los renos, de todo lo que acababa de aprender leyendo el libro, que eran justamente las historias que me había contado a mí el tío Erik en la cena de Nochebuena, por ejemplo, que los samis, durante muchos siglos, no tuvieron rebaños de renos tan numerosos como los de ahora, no les hacía falta. Cada familia tenía unos pocos renos para ayudar a tirar de los trineos y para el consumo propio de carne y de pieles. También cazaban renos salvajes. Los rebaños numerosos empezaron a aparecer en el siglo XVI, cuando los reyes de Suecia reclamaron a los samis que pagasen impuestos en pieles y carne de reno. Poco a poco, los renos salvajes fueron desapareciendo, y la población de renos quedó repartida entre las diferentes familias samis. Mientras los países del sur de Europa buscaban colonias en otros continentes, Suecia encontró su colonia particular en el norte del país. Pero en la actualidad, han cambiado las prioridades y parecen ser mucho más importantes las minas que los renos: las minas, las presas y las zonas de ejercicios militares. Ahora, los rebaños numerosos de renos y sus migraciones anuales han pasado a ser un problema. De repente, sobran y son una molestia. Pero sobreviven. Aunque ahora muchas familias samis tengan que transportar a los renos en camión, porque algunas de las rutas tradicionales están intransitables. Bueno, y otras familias lo hacen simplemente porque la opción del camión es menos trabajosa, que la modernidad es muy tentadora, aunque el tío Erik ponga el grito en el cielo y diga que los renos sufren mucho en el camión.

Como íbamos charlando, tampoco es que avanzásemos mucho y parecía que nunca íbamos a alcanzar al resto de la caravana. Hasta que se pararon. Oímos un ruido fuerte, como de alguien soplando por un cuerno, y nos dimos cuenta de que la caravana se había parado en mitad de un lago, en concreto en mitad del lago que hay en el centro de Jokkmokk y que vi hace un par de semanas cuando fui con Gunnar a ver el partido de Mahmoud en el polideportivo, cuando conocí a Saúl el sefardí. Y ahí estaba también Saúl, dentro del sueño, era él quien había soplado por el cuerno. Todos los renos y los trineos se habían colocado en círculo y en el centro del círculo estaban Saúl con el cuerno y san Antonio con un serrucho haciendo un agujero en el hielo. En el perímetro del círculo, de espectadores, estaban todos los que habían aparecido en el sueño, incluido el jabalí. A Javier y a mí nos hizo hueco Inés en su trineo, que ya se había despertado, y nos invitó a un poco de café que traía en un termo y a unos churros que parecían recién hechos.

A los pocos minutos, cuando el agujero estuvo listo, el tío Erik le dio una caña de pescar a san Antonio. El jabalí, que algo se olía, empezó a moverse más rápido, de la emoción, y se acercó al agujero husmeando con el hocico. No tuvo que esperar mucho. Algo había picado el anzuelo, algo grande. ¡Un lucio! Fue mi madre la que lo reconoció al momento, era un lucio, un lucio bastante grande. San Antonio le quitó el anzuelo al lucio y se lo acercó al pecho, le dio un beso y luego se lo dio al jabalí, que, sin más protocolos, empezó a comérselo. Y san Antonio a llorar, primero pensé que de pena por el lucio, pero no, lloraba de alegría:

—¡Oh, qué felicidad!, ¡qué felicidad!, he visto nacer la vida, he visto comenzar el movimiento. La sangre de mis venas late con tanta fuerza que va a romperlas. Tengo ganas de volar, de nadar, de ladrar, de mugir, de aullar. Quisiera tener alas, un caparazón, una corteza, echar humo, llevar una trompa, retorcer mi cuerpo, repartirme por todas partes, estar en todo, propagarme con mis olores, desarrollarme como las plantas, vibrar con el sonido, brillar como la luz, acurrucarme bajo todas las formas, penetrar cada átomo, descender hasta el fondo de la materia, ¡ser la materia![1]

Entonces, me desperté. Y lo primero en lo que pensé al despertarme es en esa parrafada de san Antonio del sueño; ¿dónde la he oído? Supongo que en una de las muchas conversaciones entre mi padre y don Aurelio. ¿O quizás no? Me da la impresión de que la he leído, es como si viese las palabras escritas moviéndose delante de mi cabeza. ¿En la Wikipedia en el móvil de Niklas?

Pero ahora voy a pasar del sueño y de la frase y lo que voy a hacer es salir de la cama a hacerme algo de comer. Con el hambre que tengo, me comería un lucio. O mejor aún, un jabalí. Feliz año nuevo, Laura.


[1]    Penúltimo párrafo de Las tentaciones de san Antonio, de Flaubert , uno de los tres libros que Niklas le trajo a Laura a la cabaña (nota del autor).

Link al capítulo 38 / Link al capítulo 36