Sesenta metros cuadrados. Capítulo 4

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CUATRO

Viernes, 11 julio

Alberto no solo me recomendó reposo, también me propuso una terapia. Y mi terapia son los monólogos, estos monólogos. No sé si es una terapia habitual, pero es lo que me propuso: hablar sola y en voz alta. No todo el rato, eso no hace falta. Además, sería de locos. No todo el rato, pero sí de vez en cuando. ¿Una vez por semana? Muy bien ¿Dos? Mejor aún. Hablar en voz alta, aunque sea un momento, lo suficiente para poder contarme a mí misma lo primero que me pase por la cabeza. Esas cosas que en realidad ya están ahí esperando a ser contadas.

¿Cuándo hacerlo? De repente, sin más, cuando me apetezca. Lo único que tengo que hacer es, en un momento dado, ponerle un altavoz a mi línea de pensamientos y escucharme mientras hablo.

¿Y cuándo terminar? Eso no lo sé, Alberto no me dio más detalles; las únicas instrucciones fueron: tú empieza a hablar y, cuando te canses o te aburras, será que has terminado con el monólogo del día.

Un apunte: Alberto no mencionó lo de la grabadora, eso es algo que se me ocurrió a mí cuando hice mis dos primeros monólogos de prueba, antes de salir de Madrid. Quiero decir, él me propuso que hablase en voz alta, pero lo de grabarme ha sido idea mía. Todavía no he escuchado ninguna de las grabaciones, ni creo que lo haga nunca, pero noto que me lo tomo más en serio si me grabo.

No sé qué pensará Alberto de esto, no me dio tiempo a preguntárselo, o más bien quise, no fuese a ser que me dijese que no me grabase. Cuando termine con la terapia —que no creo que se le pueda llamar a esto terapia porque, si lo he entendido bien, lo único en que consiste es en estar aquí descansando, dejando que pasen los días, y en hablar en voz alta de vez en cuando—, pues eso, que cuando termine con esto, ya veré qué hago con todas las grabaciones.

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