Sesenta metros cuadrados. Capítulo 7

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SIETE

Martes, 15 de julio

Me había olvidado de que tengo un teléfono en casa. Se ha puesto a sonar y he tardado un buen rato en reaccionar. ¡Un teléfono! ¿Y quién llama? Yo no le he dado el número a nadie, así que la llamada tenía que ser para Niklas. ¿O quizás fuese el propio Niklas llamándome a mí?

Al final lo he cogido, y sí, era Niklas, quería saber qué tal va todo, si Gunnar me tiene bien alimentada y si la calefacción funciona. Sí que funciona, aunque apenas la he encendido porque de momento está haciendo bastante calor. También me ha preguntado si estoy segura de que no quiero un ordenador para poder usar internet en la cabaña. Sí, estoy segura. Dice que los gastos correrían de su cuenta, que lo considere incluido en el alquiler. Sigo estando segura. No necesito ni un ordenador ni internet, sería contraproducente, me pasaría los días fisgoneando vidas de otros en Facebook y eso no es un retiro ni es nada.

No me insistió más, se quedó tranquilo con que al menos el teléfono funcione bien y que pueda comunicarme con el mundo. Me dice que llame a España siempre que lo necesite. Después, coge carrete, hay que ver lo que le gusta hablar a este hombre, y me cuenta cómo el teléfono ha cambiado la vida en el norte de Suecia. Antes todo era más duro, las familias podían pasarse una o dos semanas incomunicadas y había que tener siempre una buena reserva de alimentos en la casa. De ahí pasó a contarme que su abuela materna era de una familia de pastores samis, pastores de renos. Su abuelo materno, por otro lado, creció en un ambiente muy distinto, era el hijo del médico del pueblo y se fue a estudiar medicina a Uppsala. Terminó la carrera y volvió al pueblo a trabajar con su padre. Entonces, conoció a la abuela, la sami, yendo a la casa de la familia a visitar a uno de sus hermanos, que tenía unas fiebres muy altas. Los samis, por cierto, son los que yo toda la vida he llamado esquimales. Lo que pasa es que la palabra esquimal es despectiva, y la palabra lapón, al parecer, también. Así que samis. Ya, por acabar de enterarme bien, le he preguntado si no se puede usar también la palabra inuit, pero no, los inuits son otro pueblo, también originario de las zonas árticas, pero del lado de Alaska, Canadá y Groenlandia. Los de aquí son samis, pero aquí no quiere decir solo el norte de Suecia, sino también el norte de Noruega y Finlandia y el noroeste de Rusia, la zona que yo hasta ahora he llamado Laponia, o Lapland en inglés, aunque según Niklas el nombre más respetuoso con el pueblo sami, y el que él me recomienda que use, es Sápmi: el territorio de Sápmi.

Mientras intentaba formular en mi cabeza frases en inglés para poder preguntarle más cosas sobre los samis, Niklas cambió de tercio y me empezó a hablar de su familia paterna. Al parecer, eran emigrantes rusos que cruzaron las fronteras de pueblo en pueblo, primero la de Rusia con Finlandia y luego la de Finlandia con Suecia, buscando trabajo en lo que saliese. Eran rusos, pero no rusos samis, porque también hay samis en Rusia, pero ellos no lo eran. La historia de la familia paterna y de la emigración de Rusia a Suecia parece una gran saga, con relatos de osos, tías zaristas y sobrinos trotskistas, pero yo, sin querer, me despisté un poco porque me había quedado pensando en la abuela sami y en sus renos, en si viviría en un iglú o no, quién sabe, quizás los iglúes solo son cosas de las películas. Cuando colgamos, me quedé pensando en lo del ordenador con internet. Sé que no debo, pero es una tentación. Dice que él se encargaría de todo, que lo considere incluido en el alquiler, ¿pero cuánto tiempo se piensa que me voy a quedar? ¿Y cuánto tiempo quiero quedarme? Cuando hablé con él desde Madrid, le dije que en principio tres meses y, rápidamente, me respondió que por él no había prisa, que puedo quedarme dos o tres años si quiero. De momento, no tiene ninguna intención de usar la cabaña. La heredó de sus abuelos maternos y la renovó con su exmujer, Hilda. Bueno, quien la heredó fue su madre, pero, como ni sus padres ni su hermana tienen ninguna intención de usarla, es más o menos como si fuese suya. Terminaron de renovarla hace dos años, pero justo después Hilda le dejó. Ella es de Estocolmo y se había mudado a Luleå para vivir con él. Después de dejarlo, Hilda se cambió de continente, se marchó a Toronto, y Niklas se quedó en Luleå. Dice que prefiere tener alquilada la cabaña hasta que pueda volver aquí sin que el fantasma de Hilda se le aparezca detrás de cada esquina. Y de momento, parece que está contento conmigo como inquilina.

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