Sesenta metros cuadrados. Capítulo 8

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OCHO

Miércoles, 23 de julio

Nunca me había pasado una semana entera leyendo. Y qué sensación más rara tengo ahora en el cuerpo, como de estar, pero no estar, de vivir en una burbuja. Empecé a leer el miércoles pasado por la mañana. Por fin me decidí a abrir la caja de libros que me había traído Gunnar el domingo. Después, me senté en la mecedora a leer el primer libro de Las Fundaciones de Isaac Asimov, saqué la mecedora a la puerta y así se me pasó el día. Me olvidé hasta de comer.

Los libros los tenía una prima de Gunnar, en su casa, ¡libros en español! Hace veinte años compró una casa en Torremolinos en una subasta de un banco y la casa venía con libros incluidos. Al parecer, había sido propiedad de un tipo que se había fugado a Brasil después de llevarse todo el dinero de la cooperativa agrícola que había montado con sus amigos. Pero los libros no se los llevó. A la prima de Gunnar le daba mucha pena tirarlos; además, quería aprender español, así que se quedó con ellos. Pero como lo que tenía en mente era una casa de veraneo minimalista, sin trastos acumulando polvo, al final acabo por llevarse los libros a Suecia. La misma empresa de mudanza que bajó los muebles desde Suecia se subió luego los libros. Luego se olvidó pronto de su propósito de aprender español. No le hace ninguna falta. El idioma que se usa principalmente en la urbanización donde tiene la casa es el inglés, incluso a veces el sueco. Pero los libros no los tiró y siguen aquí, en Jokkmokk, en un rincón del antiguo granero de la familia que lleva muchos años convertido en almacén de trastos. Gunnar habló de su prima y de los libros en el granero y, a la semana siguiente, me trajo una de las cajas. Así, al peso, una caja de libros. Que cuántas cajas quería, le preguntó ella. Decía que encantada de dármelas todas. Pero yo nunca he sido muy de leer; además, no quiero llenar la cabaña de libros. Hemos quedado en que cuando me termine o me canse de una caja, Gunnar me traerá otra nueva. «Hay muchas —dice—, muchísimas».

Una semana leyendo ciencia ficción y no haciendo nada más que eso. Diferentes sistemas planetarios y la galaxia llena de seres humanos, de imperios, de gobernantes y de guerras. Viajes a la velocidad de la luz o incluso más rápido: teletransportaciones. Me siento a leer en la mecedora y, como no se hace de noche, se me pasan las horas volando y pierdo la noción del tiempo. El único reloj que hay en la cabaña es mi reloj de pulsera y siempre lo dejo en la mesita de noche. Miro la hora al irme a dormir y al despertarme. La mayoría de las noches duermo a lo que serían unas horas normales, pero es por casualidad.

No, nunca he sido muy lectora, no sé si porque no me ha interesado o porque no he tenido tiempo, quizás por las dos cosas. Supongo que cuando no se tiene el hábito, cuesta empezar. Al llegar a casa del trabajo, era mucho más fácil poner la tele que coger un libro y tanto a mí como a Marcos nos gustaba. Y cuando Marcos se marchó, las dos teles se quedaron en casa: la del salón y la de la cocina.

Y, además, ¿cómo iba a coger un libro si apenas había en casa? En la nuestra, quiero decir, porque en la de mis padres era otra historia. Yo no compraba libros nunca. Las raras veces que pasaba por una librería, o por la sección de libros del Corte Inglés para buscar algún regalo de última hora, no sabía muy bien dónde mirar ni qué buscar. Pero aquí estoy, terminándome Fundación y Tierra y haciendo una pausa porque tengo los ojos cansados. Y la cosa es que me está gustando, me gusta leer. ¿Quizás son estos libros en concreto? No lo sé; de momento, voy a seguir con el resto de libros de la caja. Lo que más me gusta es que no tengo nada más que hacer, ninguna otra ocupación. Leo y desaparezco en los mundos que leo, y como aquí en Jokkmokk no me distraigo con nada, desaparezco por completo.

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